Cada vez son más los jóvenes intelectuales que están realizando importantes trabajos académicos para legitimar el alzamiento Nacional con sólidos argumentos. Javier Navas-Hidalgo, graduado en Derecho y Periodismo por CEU San Pablo, realizó el año pasado una tesis de fin de grado sobre este tema tan importante y en un momento histórico crucial en el que quieren reescribir la historia y perseguir a los que defienden la verdad.

¿Por qué una tesis sobre la justificación del Alzamiento Nacional?

Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica, establece que para la legitimidad de la guerra se requiere una justa causa. Tanto las acciones de los innovadores (aprobación de la Ley de Memoria Histórica o del reciente anteproyecto de la Ley de Memoria Democrática) como las omisiones de los conservadores (abstencionismo parlamentario) evidencian que es legítimo emprender una defensa intelectual contra las acometidas que está sufriendo la Verdad. Las razones que instan a elaborar una tesis de está índole se sobrepujan con tan solo otear el espectro político. Sin embargo, la intención durante su realización no se centraba fundamentalmente en responder a las ofensivas del poder ejecutivo. Desde 1931, con la proclamación de la Segunda República, el fervor revolucionario se topaba con la firmeza inmutable del Dogma.

La Iglesia era el único refugio en una Europa viciada por las ideologías. Podrían reducir a escombros su realidad visible, pero, espiritualmente, la Cruz enraizaría con mayor arraigo en el alma de los españoles. Por ende, la justificación del tema reside en un afán de recuperar la posición de la Iglesia frente al conflicto; no solo para evidenciar la ingratitud de los herederos políticos de aquella España, sino también la de la curia romana desde el Concilio Vaticano II. El laicismo anticlerical de la legalidad republicana, la persecución religiosa desde la proclamación de la Segunda República y el desorden social predominante en España constituyeron, grosso modo, las causas por las que la Iglesia legitimó el Alzamiento Nacional.

¿Por qué podemos hablar de verdadera Cruzada?

España está íntimamente ligada a la catolicidad. Somos la hija predilecta de la Iglesia, la que goza de su mayor favor… En la tesis se pretende defender que un asalto al catolicismo suponía un agravio a España. Podrían ambos contendientes ser españoles, pero solo uno de ellos empuñaba las armas por la civilización cristiana. Esta comunión es la que otorgó el carácter sacro a la guerra, la que consagró la respuesta del Ejército Nacional. En rasgos generales, una cruzada es una guerra que requiere un llamamiento de la autoridad eclesiástica a la participación, una respuesta voluntaria a esa vocación, una emisión de privilegios como gratificación al cumplimiento de los votos jurados y un elemento redentor como causa incitadora de los voluntarios a librar la guerra. Desde una perspectiva puramente teórica, la Guerra de 1936 cumple con todos los requisitos enunciados. Este es el fundamento en el que se estriba y sobre el que se fundamenta el estudio.

¿Cuál fue el pronunciamiento de los Papas durante el conflicto?

Tanto Pío XI como Pío XII condenaron el desafuero que sufría la Iglesia a causa de la legalidad republicana. La primera manifestación se produjo con la encíclica “Dilectissima Nobis” (1933), en la que Su Santidad afirmó, refiriéndose a la Constitución de 1931, que era deber de los católicos defender y conservar los derechos de Dios frente a una ley tan lesiva. Comenzada la contienda, el mismo Pío XI en la encíclica “Divini Redemptores” (1937) denunció los horrores en España del comunismo bolchevique y ateo, que no solo se ensañaba con perseguir a los católicos, sino con cualquiera que fuese contrario a la Revolución. Con Pío XII en la Cátedra de Pedro, dos son los hechos que creo reveladores de la predilección de la Iglesia hacia los vencedores del conflicto: el radiomensaje que dirigió a los fieles españoles con motivo del victorioso desenlace y la imposición al General Franco de la más elevada distinción pontificia (1954).

¿Por qué la sublevación fue algo necesario, un elemento re-conductor de una situación gravísima de crimen y sacrilegio?

Como norma general, la Iglesia no patrocina el derrocamiento de la tiranía imperante, sino que anima a los fieles a que purguen sus pecados ofreciendo las injusticias provocadas por los que les afligen. Únicamente la acción violenta contra la autoridad es legítima cuando la estructura social esta fragmentada y la norma no goza de respeto alguno por parte de la sociedad; y siempre regida por la virtud prudencial, cuya razón es la recta ordenación al fin. El desorden que prevalecía en España con la legalidad republicana constituyó la causa que impulsó, iluminada por la prudencia, el Alzamiento Nacional. La naturaleza de la sublevación fue la restitución del orden quebrado. El cardenal-arzobispo de Toledo Enrique Plá y Deniel, Primado de España, así lo creía cuando afirmó que fue una sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden.

¿En qué medida la llamada ley de memoria democrática es una ley injusta y un atropello contra la verdad de la historia?

La Verdad no tiene predilección alguna, es un estorbo que trastrabilla el triunfo de la Revolución. La Ley de Memoria Histórica (y sus hijas bastardas) son el fruto del programa político comunista. Es una labor de ingeniería social cuya finalidad es desarraigar lo divino de lo humano. Dolores Ibárruri “Pasionaria” lo adelantó en 1974, cuando en el mensual italiano “Il Borghese” amenazó con una venganza que duraría cuarenta veces treinta y nueve años (en referencia a la vigencia del General Franco en la Jefatura de Estado). Remitiéndome a la primera de las respuestas, reitero que no ha de alarmar la persecución a los católicos. El afán del Mundo por destruir la Cruz (como la de Cuelgamuros) otorga la garantía de que previamente existió un justo obrar. La verdadera turbación aparecerá cuando la Revolución vuelva a desatarse con toda su crueldad y los católicos, perplejos, no encuentren amparo en quienes hoy ocupan la Santa Sede.