Durante la Guerra Civil (1936-39) fueron asesinados 13 obispos, 4.184 sacerdotes seculares, 2.365 frailes: uno de cada siete sacerdotes y uno de cada cinco frailes

 

Antes de adentrarnos en las vibrantes páginas de este libro, para los que han sido víctimas de la visión sesgada de la historia española, especialmente del siglo XX, que se ha inoculado, desde el colegio, el instituto, y la pantalla de televisión, es necesario insistir en una serie de verdades históricas que han sido silenciadas y manipuladas ya desde los años sesenta en la universidad y progresivamente desde los setenta en el resto de los niveles educativos.

El mito de la República democrática o la irracionalidad hecha política

A la vista de los datos sintéticos, la historia de la II República es sencillamente desconcertante. El nuevo régimen llegó como fruto del resultado de unas elecciones municipales en las que los monárquicos obtienen un número de concejales cuatro veces mayor que el de los republicanos. El domingo 5 de abril se hizo la proclamación de las candidaturas que no tenían listas en la oposición y que arrojaron unas cifras de 14.018 concejales monárquicos y 1.832 republicanos. El domingo siguiente, el célebre 12 de abril, el resultado fue de 22.150 concejales monárquicos frente a 5.775 republicanos. «Es decir, el voto monárquico prácticamente fue el cuádruplo del republicano»

La defenestración de Alfonso XIII estaba decidida desde el fin de la Dictadura del general Miguel Primo de Rivera a pesar del trato favorable con que el militar obsequió al PSOE y la UGT, única central sindical permitida con el fin de socavar la hegemonía sindical anarquista de la CNT. Esto colaboró de forma decisiva a su consolidación hasta convertir al socialismo en el movimiento hegemónico dentro de la izquierda. Las elecciones municipales fueron la ocasión propicia al constatar que al monarca no le defendían ninguna de las instituciones fundamentales de la nación: ni la magistratura, ni el Ejército ni la Guardia Civil.

En definitiva, el proceso que llevó a la proclamación de la II República no fue democrático sino revolucionario. La proclamación se hizo en las calles de Madrid y Barcelona con la aquiescencia de los poderes legítimos. El caos fue especialmente patente en Barcelona con la proclamación de la «República catalana» por Francesc Maciá, dentro de un irreal «Estado Federal Español», que no existía más que en su desportillada imaginación.

La intolerancia característica de los dirigentes republicanos se manifestó en las reacciones al texto de Segura. La izquierda tenía el proyecto de desterrar a la Iglesia de toda presencia social y de instaurar un laicismo que no era simple neutralidad sino militantemente anticatólico. Episodios como la posterior quema de conventos tuvieron la capacidad de poner en el primer plano del debate político una cuestión religiosa que las fuerzas que llevaban en sus manos el timón de la República no estaban dispuestas a relegar a un puesto secundario o a regularla de manera que supusiera una renuncia a sus viejas reivindicaciones laicistas. Lo cual les perjudicó enormemente a largo plazo.

La República pirómana

Los sucesos de Madrid arrancan, sin relación de causa-efecto, debido a la agitación callejera de las izquierdas. En la noche del 10 de mayo de 1931 comienzan a pronunciarse las primeras amenazas contra frailes y monjas, especialmente los jesuitas. Desde una ventana del Ministerio de Gobernación el ministro Miguel Maura pidió la expulsión de las órdenes religiosas, mientras el gobierno permanecía reunido en Consejo en un despacho del mismo edificio. En el Ateneo, se estaban repartiendo listas de los conventos que se había decidido incendiar al día siguiente, así como la gasolina y los trapos para proceder a ello.