Por su interés, voy a reproducir algunas páginas estos días de su obra "Horas del Madrid rojo" (aunque yo en lugar de horas les llamaría "Escenas"), en las que cuenta lo que vivió en los 3 meses que vivió en el Madrid rojo, entre el 18 de julio y el mes de octubre cuando pudo salvar su vida y huir al exilio

Son escenas de película (y algunas de sus obras también han sido llevadas al cine), son relatos apasionantes y tétricos, trágicos, en los que como periodista va recreando lo que fue y vivió aquel Madrid rojo, republicano, constitucional y legitimo (cuando un Gobierno LEGÍTIMO permitió que grupos desorganizados, descontrolados, y vengativos sembraran la muerte y el terror en Madrid)

Les aseguro que estos relatos del "Caballero Audaz" debían ser divulgados por un Gobierno que dice ser constitucionalista y legítimo como aquel.

 Pasen y lean. Son escenas muy cortas pero muy expresivas y eminentemente gráficas:

Biografía

José María Carretero Novillo (Montilla, 1887-Madrid, 1951) fue un escritor y periodista español más conocido por el seudónimo de "El Caballero Audaz" .

Estudió en el instituto de Cabra (Córdoba) y se trasladó a Madrid. Muy joven empezó a trabajar en el Heraldo de Madrid y en Nuevo Mundo del que pasados los años llegó a ser director. También colaboró, entre otras publicaciones, como redactor en Mundo Gráfico, pero donde más éxitos tuvo, alcanzando gran fama, fue en la revista La Esfera en la que popularizó el seudónimo de "El caballero audaz".

Gran corpachón, metro noventa de estatura y espadachín conocido por sus varios duelos. De vida azarosa, arrogante y beligerante fue maestro de la entrevista y del género interviú, defensor de que, además de las declaraciones del entrevistado interesa el perfil del propio personaje. Escritor de novelas folletinescas de fondo erótico, alcanzó en vida tiradas millonarias.

Ardiente propagandista de la facción nacional en la Guerra Civil, como periodista nos legó una serie de reportajes históricos de personajes y de sucesos de la Guerra Civil española de 1936, de la que fue protagonista en Madrid. Camuflado con barba y unas lentes ahumadas de los milicianos que le buscaban, organizó, en diciembre de 1936 y junto a otros amigos, un sistema que les permitió crear y difundir bulos y extender por Madrid el fantasma del derrotismo. Su campo de acción fue la calle de Alcalá, donde se estableció una especie de rastro apócrifo donde se vendía de todo, especialmente libros que lo mismo servían para ser leídos como para ser utilizados como materia combustible con la que poder cocinar.

Fue completamente olvidado tras su muerte, incluso en los ambientes profesionales y académicos. Al decir de Torrente Ballester en el prólogo a un libro de entrevistas, «su recuerdo nos hace volver la cara». (en la foto con Benito Pérez Galdós)

 

Escena 24 LA DE LA «COLA» 

 

 -¿Quién da la vez?... -preguntó con acento tímido la muchacha. 

Joven, bonita, a pesar de la palidez exangüe de su rostro... El trajecito, marrón deslucido; la bufanda, deshilachada, al cuello; las finas piernas, sin medias; los zapatos, torcidos, deformados. Todo el uniforme, en fin, de la pobreza no lograba darle un aspecto miserable, porque el traje no tenía una mancha, los zapatos aparecían lustrados y su cabello pulcro, su cuello blanco, su tez fina y, sobre todo, sus manos suaves y pulidas, hablaban de señorío. Y más que nada, su ademán cohibido, su gesto tímido, de inhabituada, que contrastaba con algunas plebeyas y escandalosas que formaban en la «cola». 

-¿Quién es la última? –repitió modosa. 

Se le encaró una mujeruca arrebujada en una manta: 

-Eso de la última, según. ¿Tú tiés cartilla o certificao?... 

-Certificado -contestó, cortés, la muchacha- de transfusión de sangre. 

-Anda leñe. ¿Tú también?... A mí me parece ya mucho cuento. Si toas las que traen volantes de esos fuera verdá que han dao sangre, había pa hacer morcillas pa to Madrid. 

La muchacha, sin replicar, se estremeció, miedosa. Ya pensó ella que sería una temeridad, con su aspecto débil, presentarse a coger leche con un certificado, de haber dado sangre para los heridos de guerra. Pero el buen don Ángel, el médico de cabecera de su casa, le había decidido a aceptar aquel recurso, como el único para facilitar alimento al infeliz padre que, sin estar enfermo, se moría de vejez y de debilidad. Harto exponía el buen doctor mintiendo en el certificado. Ella no tenía derecho a sentirse cobarde... Desde .la fila de al lado, otra muchacha le dijo: 

-Los certificados son en esta «cola». Póngase detrás de mí. Ahora, le advierto que yo tengo la vez cogida para otras dos. 

-Pues eso no debe ser -gruñó una vieja-. La que quiera peces, que se moje el c... 

-Es que -explicó la chica- son dos vecinas mías. Una está en la «cola» del pan y otra en la de la -tienda. Me van a coger lo mío... si es que dan algo. Con este jaleo no podemos estar en todas partes. 

A la puerta de la lechería había una pareja de milicianos con fusiles... Otros cuantos, distanciados a lo largo de la acera, cuidaban del orden. Las mujeres los asaeteaban con dicharachos y reclamaciones: 

-A ver... ¡tú!; miliciano. Esa frescales que se cuela. 

- Como tos los días -gruñó otra-. A lo mejor es su compañera... 

-Pero si puede ser su madre. 

-Y qué más da... Los hay caprichosos. 

Una vieja chilló: 

-Si todos estos gandules estuvieran en el frente pegando tiros, no pasaría esto... 

-¡Qué van a ir al frente! -terció otra, chulona e irónica-. ¿No veis que están muy padecidos?... Y nacieron cansaos

-¡Así reventaran! Dos hijos tengo yo en la guerra, y el más pequeño está tocao del pecho desde niño. Pues na, que no le ha valío alegar. Ni al otro, que era el único que me ganaba el pan. En las trincheras están va pa un año. Lo que yo digo: Ahora, como antaño, el que no tie padrinos se ahoga. 

De vez en cuando la «cola» se alborota y los milicianos, para ordenarla, tienen que emprenderla a empellones, o amenazando con las culatas de los fusiles. 

Hay gritos, quejas. Cuando el tumulto crece, los forajidos de guardia en la puerta echan el cierre metálico de la lechería. 

-¡Ea, se acabó! -grita uno, despótico-. Aquí os vais a estar hasta echar raíces. Nosotros no tenemos prisa. 

Esta medida es suficiente para calmar la algarabía. El temor a prolongar la espera horas y horas acalla a las más exaltadas. 

Pero dura poco la calma. La quietud, el frío, el cansancio va excitando los ánimos, tensando los nervios, prestos a dispararse al menor pretexto. 

Y la mujer que tiene en brazos a un crío y que, apoyada contra la pared y con gesto extenuado, apenas soporta la fatiga descansando alternativamente en sus pies hinchados, grita de pronto: 

-¡A ver ésa! ¡Que se cuela! No hay derecho. 

-¡A la «cola», a la «cola»!... -rugen, coreándola, otras cuatro. 

Se reproduce el tumulto. Un miliciano, intentando acallarlo, exclama: 

-Pero ¿qué vociferáis...? ¿No estáis viendo que es una embarazada?... ¿En qué quedamos?... ¿Se la deja pasar o no?... 

Pero la mujer del crío replica, airada: 

-¿Embarazada ésa?... Como mi padre. Si la conoceré yo... Es de Carabanchel y está evacuá en mi misma casa. Sin ir más lejos esta mañana, cuando bajó la basura a la calle, estaba más delgá que un espárrago. 

La acusación prende, como una traca, en toda la «cola». 

-¡Tía fresca! ¡Que la registren! 

-¡Pincharle en la tripa! 

Las más decididas se abalanzan sobre la presunta madre. Un barullo de gritos, de brazos en alto, insultos, forcejeos y blasfemias. 

Al fin, sobre el grupo, ondea triunfal una manta doblada, una faja y un almohadón... 

La fingida embarazada, deshaciéndose a duras penas de las manos agresivas, echa a correr calle abajo, perseguida por las voces iracundas: 

Camouflá!... 

-¡Fascista!... 

-¡Que la den el «paseo»! 

Y todavía no se han extinguido los comentarios cuando un nuevo incidente sobresalta a la «cola». 

Otra mujer ha caído al suelo, desmayada, inerte. Su cuerpo en la acera sucia se agita convulso, con espasmos de epilepsia. 

Unas comadres acuden a socorrerla. 

La accidentada forcejea, debatiéndose desesperadamente. 

-Esto es de los nervios. Un patatús -dice una. 

-Parece cosa del corazón -dictamina otra. 

-No decir tonterías -arguye una desgreñada y recia-. A esta pobre le pasa lo que a todas nosotras: que tiene hambre, frío y cansancio. ¡Que no hay quien aguante esta vida! ¡Que nos estamos muriendo a chorros en la calle! 

-Esa es la verdad -asienten varias-. ¡Que esto no es vivir! 

-¡Nos están matando entre todos! 

Zumbona, interrumpe otra: 

-Es la guerra, compañeras. «Hay que resistir. Con pan y sin pan». 

-Aquí quisiera yo ver a Negrín, a Miaja y a todos esos. Claro, como ellos llenan la andorga a tutiplén y van en buenos coches, y mientras, nosotras aquí y nuestros hombres en las trincheras tiraos como perros. ¡Mía tú si rabiáramos tos

-¡Eso: tos rabiosos! -afirma otra-. Pero pa morder a los «mandamases» y a tos los que están echando la tripa de buen año con la guerra. 

Se han acercado al corro unos tipos siniestros con «canadienses» y pistola al cinto. 

De repente, la accidentada se incorpora. Se arregla tranquilamente el desorden del vestido y dice a los milicianos: 

-Ya sabéis quiénes son, compañeros. Esa vieja; aquella otra del pelo suelto; esa delgada que parece un esqueleto. 

Y así va señalando una a una a las mujeres que habían hecho comentarios sobre las angustias de sus vidas. 

-Trincar a esta también, y a esa otra. ¡Al camión con ellas!... Son derrotistas, de la «Quinta Columna». Y a esa pavisosa que no dice na; pero no hay más que verla el tipo: fascista perdida. 

Una mano como una zarpa se posa en el hombro de la muchacha fina, de aspecto señoril. 

-Tú, hala p'alante

Ella piensa en su certificado falso, en el pobre anciano que la esperara inútilmente. 

No dice nada. No podría, aunque quisiera hablar. 

Dos lágrimas, como dos ascuas, le escaldan las mejillas pálidas, exangües, de virgen de retablo. 

Escena 25 LA DEL INTERCAMBIO 

 

-¡Un bote de leche por tabaco! -y él al pregonarlo miraba a su alrededor con aire inquisidor. 

Al fin se le acercó una mujer fina y pálida, de gesto triste. Tímidamente murmuró casi al oído del que ofrecía. 

-¿No cambiaría usted por otra cosa?... Tengo a mi nene enfermo y necesito leche. 

-¿Qué traes tú? 

-Dos pares de calcetines de caballero, muy buenos. De seda natural. 

Amos, anda! –replicó, chabacano, el hombre-. ¡Pa este tiempo está la ropa! ¡Calcetines de seda! ¡Lo indicao pa estas alpargatas!... 

Y alzando el pie derecho, lo mostró sucio, desnudo, en una alpargata rota y negruzca. 

-¿Hay quien cambie azúcar por huevos?... Frescos, del campo -ofrecía una mujer con aspecto pueblerino. 

-Un chusco por tres pitillos -gritaba sin rebozo un miliciano, mostrando en alto el pan, moreno y lustroso. 

Ojos femeninos, ojos de chavales que tenían los rostros pálidos, consumidos, miraban con infinita codicia el panecillo. 

-Oye, mamá: mira, ¡pan! -decía, señalándolo con una expresión admirativa, una chicuela, tirando de las faldas a la madre para llamarle la atención. 

-Ya lo veo, hijita; pero quieren cigarros. ¡Dichoso tabaco! 

Hostigada por la nena, se acercó al fin al miliciano: 

-Yo no tengo pitillos, pero si quisiera usted alguna piedra de mechero... 

-Eso. Y me chupo el dedo... Lumbre la da cualquiera -y se alejó entre los corros con ademán desdeñoso. 

En la pequeña plazoleta, especie de recodo que forma la calle de Alcalá en la desembocadura de Alcántara y Hermosilla, se congregaban desde el amanecer unos centenares de personas. 

Era un bolsín al aire libre, donde se cotizaban, con gritos y picardía de subasta, los valores más codiciados en la guerra, lo único que en el Madrid martirizado, hambriento y miserable tenía aún precio: el pan, la leche, e1 azúcar, las legumbres, el aceite, el jabón y los huevos. Alimentos que eran ya como tesoros fabulosos inasequibles, casi olvidados, con prestigio de mito para un millón de seres que se morían de hambre. 

Y, sin embargo, pese a la necesidad -que hacía de un trozo de carne de asno un manjar de dioses y de un puñado de hierbas desconocidas el sustento de una familia-, el valor máximo, como si se dijera el patrón oro en aquel bolsín trágico, era el tabaco. El que poseía una cajetilla o un paquete de picadura podía considerarse un Nabad. Tendría panecillos duros y resecos, sobra de los cuarteles; habichuelas amargas, dulzonas conservas rusas de pescados exóticos, un repollo, huevos... Tesoros quiméricos de los que se hablaba con una especie de supersticioso respeto. 

En el bolsín de Hermosilla se hacían los intercambios más absurdos. Una piedra de mechero, que se vendía ocultamente por 15 y 20 pesetas, allí se cambiaba medio litro de aceite. Una bobina de hilo, por la ración de alubias de una cartilla de seis personas. Unos zapatos viejos y remendados, por media docena de huevos. Una coliflor marchita, por una caja de cerillas. 

Se contaban en el corro operaciones increíbles, como entre agiotistas se comentan las especulaciones audaces de los reyes de la Banca... Un miliciano había cambiado un loro, robado con su jaula en no se sabía qué sitio, por veinte gramos de tabaco y una pastilla de jabón... Y el que se llevó el pajarraco aseguraba formalmente que aquella noche iba a tener una espléndida cena... 

Tristes, pobres mujeres de ojos de fiebre, de mejillas flácidas, traían al bolsín medias sin estrenar, finas ropas interiores, restos de una existencia dichosa, últimos tesoros de los hogares deshechos por la Revolución, prendas salvadas de los registros, postreros lujos de la miseria... Y los ofrecían por un poco de pan o de azúcar o por un puñado de legumbres... 

Lo pintoresco y bullicioso no era sino un disfraz, debajo del cual palpitaba la más horrenda pobreza, el hambre trágica, que desgarra las entrañas y hace delirar al cerebro. Miseria espantosa, agonía inacabable de un millón de seres, a los que ya ni el horror de la guerra, que tronaba sin cesar en su cielo, era capaz de estremecer... Sólo el hambre, el deseo, la necesidad de las vísceras atormentadas, eran en el Madrid rojo estímulos y acicates... 

-¡Tengo garbanzos por jabón!... 

-¡Una cazadora nueva por tabaco!... 

-¡Un tubo de aspirina legítima por dos chuscos!... 

Al fin, la mujer tímida y fina encontró quien le cambiara sus dos pares de calcetines de seda, por medio kilo de leche en polvo... Un bigardo que vestía «canadiense» y llevaba al cinto una pistola... 

Para hacer la operación fueron a un portal de la calle de Hermosilla la mujer, que iba acompañada de una muchachita de aire triste, y el poseedor del alimento. 

-Vamos aquí... para evitar moscones. 

-A ver los calcetines. ¿No estará la seda pasá?... 

-No, ¡qué va a estarlo!... Si son de lo mejor... 

El bigardo tomó- los calcetines y dijo: 

-Oye, ¿y esto de dónde te ha venío?... 

Tristemente murmuró la mujer: 

-Eran de mi marido... 

-¿Eran?... ¡Ah, sí!... Ya entiendo. De tu marido... Que le darían el «paseo», ¿verdad?... Porque ésta es prenda de señorito. 

Se guardó los calcetines y se la quedó mirando cínico. 

-Bueno... ¿Y la leche?... -se atrevió a preguntar ella. 

Entonces él se engalló, brutal: 

-Pero, ¿has picao?, ¡prima! ¿De dónde voy a darte yo na?... ¿No sabes que el intercambio está prohibido?... ¡Como que le declaran a uno faccioso!... Y que a ti no te falta un pelo. Te he calao. Tú eres una fascista clavá

-Yo soy una pobre... Los calcetines son míos. Y usted no tiene derecho a quitármelos- empezó a gritar la desventurada mujer. 

-Bueno, bueno, compañera. Si te parece, empezaremos a chillar todos... Pero tú detrás de mí... Pa la Comisaría voy... 

Y echó a andar acera adelante. 

-¡Infame! ¡Ladrón!... 

Antes de que terminara la palabra, la muchachita triste le tapó la boca con su mano. exangüe: 

-Cállate, cállate, por Dios, hermana. ¡No llames la atención!... No vayan a detenernos. 

Y en voz más baja, como un suspiro de terror, musitó: 

-Déjalo. ¡Si por culpa de nosotras llegan a casa y encuentran a papá!... 

Esta idea enmudeció a las dos mujeres. 

En la esquina vociferaba una arpía: 

-¡Harina por tabaco! ¡Huevos por jabón! 

Escena 26 LA DEL BUEN MÉDICO 

 

 El buen don Juan, médico de ilustre veteranía profesional, podía ser comandante o teniente coronel de Sanidad Militar si hubiera querido pedir su ingreso en el Ejército Rojo. Pero don Juan, ajeno siempre a la política oficial, es hombre de orden, acendrado católico, y no quiere colaborar con la Revolución marxista. 

Este digno apartamiento le ha producido molestias infinitas. En los primeros meses de la guerra fue detenido y llevado a una «cheka». Por un milagro no fue un número más en la legión de los mártires asesinados. Tuvo la rara fortuna de que le reconociera un antiguo zapatero de portal, convertido en capitán de Milicias. Lo reclamó al «tribunal» de forajidos y lo sacó de la «cheka». 

-Tú eres un «carca» y yo lo sé -le dijo el malhechor-. Pero me acuerdo que salvaste a un chico mío que tuvo la difteria. Y que te olvidaste de pasarme la cuenta. Te la pago ahora y estamos en paz. ¡Ándate con ojo!... 

Don Juan estuvo escondido unas semanas. Cuando volvió a su casa, la encontró casi desmantelada. Se habían llevado los mejores muebles de la consulta y el despacho, el instrumental quirúrgico, las vitrinas, los libros, la pequeña mesa de operaciones... Y, ni que decir tiene, el automóvil y cuantos objetos de valor poseía... 

El buen don Juan estaba cargado de familia y tuvo que ponerse a trabajar como cuando empezaba la carrera. 

Su antigua clientela se había esparcido al vendaval de la guerra, sembrador de muerte y de ruina. La visita a pie en las casas sin ascensores era terriblemente dura para don Juan, que tenía cincuenta años y padecía de asma crónica. 

Pero todas las mañanas, antes de las nueve, la emprendía con decisión heroica. 

De vez en cuando don Juan recibía un aviso misterioso. Un enfermo que no osaba dar su nombre le esperaba en una bohardilla de los barrios altos o en una casucha aislada de los arrabales. Don Juan sabía lo que significaban estos recados angustiosos, sin detalles... En la casucha o en la bohardilla, encontraba escondido a un antiguo cliente de los tiempos de esplendor. 

Él se esforzaba en atender a estos pacientes clandestinos. Pero toda su ciencia y su voluntad generosa se estrellaban con la carencia de medios: en Madrid ya no había medicamentos ni para preparar las más sencillas fórmulas... Los específicos eran objeto de contrabando, al alcance sólo de los nuevos ricos de la guerra. 

Don Juan se las ingeniaba como podía. Algunos compañeros que estaban en sanatorios y hospitales, le facilitaban, de vez en cuando, inyectables o medicinas caras, que le servían para sus enfermos necesitados. Afán inútil muchas veces, porque en la mayoría de los casos sus clientes ocultos, más que medicamentos, necesitaban tranquilidad, ejercicio al aire libre y, sobre todo, alimentación... 

Y el hambre era el enemigo común. Contra la que ni él mismo podía luchar. Don Juan y su familia había días en que carecían de todo. Si podía subsistir, era porque algunos clientes nuevos, familias de capitanes, de comisarios, de «mandamases» revolucionarios, le pagaban sus visitas en víveres. 

Hoy regresó de la visita matinal ya bien pasada la hora de la comida. Engulló con prisas el deslabazado potaje de lentejas y pasó a la consulta... 

Le esperaban varios clientes. El primero, un muchacho enclenque, de gesto apagado. En sus ojos había una expresión de suprema alarma. 

-Don Juan, ha llegado lo que temíamos... Ya lo habrá usted leído. Ayer llamaron a mi quinta. 

Sonrió bondadoso el doctor: 

-No se preocupe usted, amigo... Ahora mismo le extiendo el certificado para que pueda alegar... Tranquilícese, que no irá usted al frente. Tiene la suerte de que le toque en el C. R. I. M. número 1. Allí está el doctor Gonzálvez... Cuando él vea mi certificado, no se dará prisa en fallar su expediente... Y, a lo mejor, se traspapela dos o tres meses. Los bastantes para que acabe esto... 

-¿Usted cree, doctor?... A pesar de que cada noche «muestra radio» me llena de esperanzas, no veo la manera de que termine la guerra... 

La segunda visita era una mujer, aun joven, prematuramente marchita. 

-Ya usted sabe, don Juan, a lo que vengo... Ayer se cumplió el certificado de la leche para la abuela... Venía a ver si quería usted hacerme otro... 

-Desde luego, hija mía... Por mí no ha de quedar... Ya sé que el día que me vuelvan a coger me llevan a la cárcel... Pero ¡por mí no ha de quedar!... Lo que yo quisiera es que sirviera para algo... ¿Cuántas veces has podido tener leche con este certificado?... 

-Dos días nada más... Los otros trece no me han alcanzado... Y ya no dan lo que va en la receta... Usted pone litro y medio diario, pero no me entregan de cada vez más que medio. 

Entró detrás una mujer con traza de artesana, simpática, de aire jovial. 

-Aquí estoy otra vez, don Juan... Usté dirá que soy una pelmaza, pero a la fuerza ahorcan... Venía a que me repitiera usted la receta del aceite de hígado de bacalao para mis peques... 

-¿Pero otra vez, mujer?... ¿Cómo es posible que tus chicos se hayan tomado un litro en ocho o diez días? 

Rió la mujer: 

-Miusté, don Juan... Yo a usted le hablo como a mi padre... La verdad es que los chavales no se han tomaoto el aceite. Pero, la verdad, como no hay ni gota del otro, del de comer, el otro día pude conseguir unas sardinas frescas y, -¡qué quiere usted!, ¡trucos que se le ocurren a una!-, se me ocurrió freírlas con el de la medicina... Y vea usted qué cosa... Estaban riquísimas... No sabían a na... Los chicos se las comieron sin notarlo... Y es lo que yo digo: más alimento tendrían... 

Rió, comprensivo, el bondadoso doctor y extendió la nueva receta. Y no dejó de tomar en cuenta la combinación. Bueno era saberlo, para un caso de apuro... 

Entró en seguida un hombre trémulo, con los ojos enrojecidos, el rostro lívido de fatiga... En su porte, en sus vestidos deteriorados, se adivinaban vestigios de antiguo esplendor. 

Se aproximó a don Juan y le estrechó la mano con ademán convulso. 

El médico, con acento triste, murmuró: 

-Resignación, amigo... Era inevitable... 

-Sí, don Juan, ya lo sé... Usted ha hecho cuanto estaba en su mano... Yo he sido el culpable... Yo, que no he tenido arrestos para buscar, para robar si era preciso, lo que necesitaba mi pobre mujer... 

Don Juan templó con un gesto cordial la desesperación del cliente: 

-No se excite usted, querido... No es suya la culpa... Es la guerra. Su esposa hubiera necesitado hace ya meses, en la iniciación de la enfermedad, un clima de altura, una larga temporada en la Sierra... Y esto era imposible... Aun aquí hubiéramos podido irla ayudando con un régimen de alimentación copiosa, de tónicos... La sobrealimentación especialmente... 

-¡Eso es!... ¡Eso es, don Juan!... Mi pobre mujer ha muerto de hambre, ¡de hambre!... Y yo no he podido evitarlo... 

El médico le contuvo con un ademán de alarma... 

-Cállese usted, amigo... Pueden escucharle... No sé quién habrá en la antesala... Piense usted en sus hijos... Si cualquier soplón le oye decir eso, le detendrían... por derrotismo... Tiene usted razón: su mujer ha muerto de lo que mueren centenares de personas cada día en Madrid: extenuadas, hambrientas, de tristeza y de miseria... Y no podemos decirlo... Nosotros, los médicos, nos ingeniamos para certificar las defunciones atribuyéndolas a diversas enfermedades... Pero en nuestra conciencia sabemos que eso no es verdad... Si el que más y el que menos de nosotros no tuviera también unos hijos y una vida que defender, cumpliríamos con nuestro deber diciendo la verdadera causa de estas muertes: por inanición... Llevamos tres meses en que el racionamiento de la población civil apenas produce 300 calorías. Y el organismo humano necesita extraer de la alimentación 3.000 calorías diarias... ¿Cómo se puede resistir?... Contra ese terrible déficit, nuestra ciencia es impotente... Sólo Dios puede hacer el milagro de sostenernos todavía en pie...

Y en las pupilas del buen doctor, al elevarse, como una muda imploración a la divinidad, había una vaga neblina de lágrimas...