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El 26 de junio de 1793, un banderín de enganche que reclutaba tropa para la Infantería de Marina, llegaba a Aguilar de la Frontera, un pueblo situado en la campiña sur cordobesa, tan en boga, en estos momentos que vivimos, debido a que su malvada, resentida y odiosa alcaldesa comunista, con la aquiescencia y complicidad de la consejera de Cultura de la Junta de Andalucía, miembro del partido Popular,  perpetró un injustificado ataque, lleno de maldad, ofendiendo, de forma intolerable, los sentimientos más profundos de los Cristianos, al arrancar de su céntrico emplazamiento, delante del Convento  de las Descalzas, una gran Cruz, que para mayor oprobio y escarnio, terminó, arrojada, cual basura, en el vertedero del municipio de Moriles. Pero no todos los habitantes de Aguilar de la Frontera son de la catadura canalla de su vil alcaldesa. Hubo hombres y mujeres de Aguilar de la Frontera, que lo dejaron todo en defensa de su Dios, de su amada Patria España y de su Rey, como podrán comprobar los lectores, a través de estas líneas.

 

A ese pueblo cordobés, tan de moda en la actualidad, por ese criminal y fanático suceso, llegó, en la mañana de aquel 26 de junio, un Sargento acompañado de varios soldados, para proceder al enganche y filiación de nuevos soldados en la Infantería de Marina.  

En esos instantes, España se hallaba en guerra contra la convención revolucionaria Francesa. La conocida como guerra del Rosellón, había estallado en el mes de marzo de ese año 93, cuando  una brigada francesa se apoderó del valle de Arán. De seguido el general Ricardos, Capitán General de Cataluña, invadía el Rosellón. 

Ante ello, el Ejército y la Armada  necesitaban nuevos efectivos, sobre todo para embarcar tropas de  Infantería de Marina en la flota española del Océano, que comandaba el coruñés  Juan de Lángara, y que constaba de 18 navíos, una fragata y un bergantín,  arbolando su insignia en el navío Reina María Luisa. Esta flota, unida a tres navíos al mando de Federico Gravina y  buques ingleses, al mando del vicealmirante Samuel Hood, evacuaría del puerto francés de Tolón a los partidarios del Rey Luis XVI, acosados por los revolucionarios galos, tras una victoriosa acción  de guerra.

Numerosos aguilareños acudieron a la llamada de nuestra infantería de Marina. Entre ellos un muchacho muy joven, que se alistó con el nombre de Antonio María de Soto. Pero aquel alistamiento tenía trampa. En realidad el muchacho era una joven llamada Ana María de Soto, nacida en Aguilar de la Frontera y bautizada en el mismo lugar el día dieciséis de agosto del año 1775.

Haciéndose pasar por hombre, con el pelo castaño claro cortado, Ana María llegó a San Fernando. Allí fue foliada y destinada a la  6ª Compañía del 11º Batallón de Marina. Tras un periodo de instrucción, Ana María seria destinada,  el 4 de enero de 1794, a la fragata Nuestra Sra. de las Mercedes, participando, a las órdenes del teniente general de la Real Armada  Federico Gravina y Nápoli, en el ataque a Bañuls y en la evacuación del puerto de Rosas. Los franceses habían cercado Rosas, tras tomar Figueras sin resistencia. Pero se encontraron con una enconada defensa de la plaza, que se mantuvo durante setenta y dos días, soportando sus defensores al mando de Bruno Hezeta, todo tipo de privaciones  hasta que al final, cuando no hubo más remedio, tuvo que  ser abandonada, cayendo   en poder de los franceses, el día 4 de enero de 1795. Pese a que la escuadra del general Lángara, llegada desde Cádiz, -en ayuda de los navíos de Gravina, donde se hallaba embarcada Ana María y que se habían mantenido en aquellas aguas de Rosas, en ayuda de sus defensores-,   sufrió un tremendo temporal, los defensores pudieron ser evacuados.

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Tras ello, el pretendido Antonio se embarcó de nuevo en la Fragata Mercedes de treinta cañones, que junto a otros 26 navíos, al mando de José de Córdoba, que arbolaba su insignia en el imponente navío Santísima Trinidad, provisto de 140 cañones, salieron, el día uno de febrero de 1797, del puerto de Cartagena con rumbo al cabo de San Vicente, para enfrentarse a una flota inglesa que comandaba el almirante Jervis que derrotaría a la flota española.

Ese año, el granadero o granadera Antonio o Ana María, participó entre los días del tres al ocho de julio, en la defensa de la ciudad de Cádiz, a las órdenes del Capitán General José de Mazarredo, cuando varios buques al mando de Horacio Nelson, sitiaron y bombardearon  la tacita de Plata con el objetivo de forzar a la flota española, derrotada meses antes en la Batalla del Cabo de San Vicente, a abandonar la protección del puerto para enfrentarse en mar abierto  a la flota inglesa de bloqueo al mando del almirante Jervis, El tres de julio, las tropas inglesas intentaron conquistar la Caleta, siendo rechazadas gracias al valor mostrado  por los hombres de las lanchas cañoneras al mando de  Federico Gravina y Antonio de Escaño, provocaron severos daños en las fuerzas enemigas, obligándolas a retirarse.

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Federico Gravina.

Los ataques  fallidos de los ingleses y la gran actuación de las 136 cañoneras españolas al mando de Federico Gravina, en una de ellas iba embarcada Ana María, consiguieron frustrar el ataque. Nelson abandonó las aguas gaditanas con dirección a las islas Canarias, en cuyo ataque, también fallido a Santa Cruz de Tenerife, perdería uno de sus brazos.  Jervis se retiró hacia Lisboa. El pueblo gaditano con su habitual buen humor cantó de forma decida la gesta de las cañoneras españolas: ““¿De qué sirve a los ingleses tener fragatas ligeras, si saben que Mazarredo tiene lanchas cañoneras?”.

Ya en época de paz, nuestra protagonista el granadero Antonio versus Ana María, se embarcó en julio de 1798 en la fragata Matilde, donde contrajo unas fiebres altísimas, que le obligaron a pasar un exhaustivo reconocimiento médico. Allí se descubrió que era una mujer, reconociendo ella misma que su nombre no era Antonio sino Ana María de Soto. Notificada la sorpresiva noticia al  Comandante general de la escuadra, José de Mazarredo, este dio orden de que Ana María desembarcase el día uno de agosto, recibiendo la licencia absoluta en la Infantería de Marina, pero con la admiración y el respeto de su mandos y compañeros. 

Don Juan de Lángara escribiría una carta al propio Mazarredo, dándole cuenta de la concesión del Rey Carlos IV, por Real Orden de 24 de julio de 1798, a Ana María de una pensión vitalicia, la merced de uso de insignias militares (sobre el traje de su sexo) y el grado de sargento primero” Decía Lángara en misiva :” “Con esta fecha digo al Comandante General de la Escuadra del Océano Don José de Mazarredo: Habiendo dado cuenta al Rey de cuanto V.E. expresa en su carta del 13 del presente mes que trata sobre lo acontecido con Ana María de Soto que ha servido bajo el nombre de Antonio de Soto, soldado de la 6ª Compañía del 11º Batallón de Marina; y enterado S.M. de la heroicidad de esta mujer, la acrisolada conducta y singulares costumbres con que se ha comportado durante el tiempo de sus apreciables servicios, ha venido en concederle dos reales de vellón diarios por vía de pensión, y al mismo tiempo, que en los trajes propios de su sexo pueda usar los colores del uniforme de marina como distintivo militar. Seguía escribiendo Lángara en su comunicado a  Mazarredo: “Se han presentado los ancianos padres de Ana María de Soto, con el fin de recogerla y llevarla a su casa, dispondrá V. E. que se haga su ajustamiento y libre lo que alcanzare para que puedan verificarlo, pues aquellos han venido pidiendo limosna por el gozo de abrazar y recobrar a su hija»

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 El coruñés Juan de Lángara,

Efectivamente sus padres Tomas y Gertrudis llegaron desde Aguilar a San Fernando para recoger a Ana, tras recibir noticias de ella, después de pasar cinco largos años sin saber dónde se hallaba. Con escasos bienes, tuvieron que hacer el trayecto a pie, pidiendo limosna, durante el camino, a fin de poder llegar a la Isla de León y abrazara su hija perdida.     

Por aquella situación de indigencia una Real Orden, fechada el 4 de diciembre de ese año de 1798, disponía S. M  el Rey Carlos IV: “De concederle a Ana María de Soto, el grado y sueldo de sargento primero por haber servido en los Batallones de Marina como soldado voluntario durante cinco años y cuatro meses, con particular mérito, para que pueda atender a sus padres.

Tras su bravo comportamiento como Granadero de Infantería de Marina, Ana regresó con sus padres a Aguilar, trasladándose, en 1799, a Montilla, donde, desde el día uno de diciembre, regentaría una expendeduría de tabacos sita en la Plazuela del Sotollón.

El día 5 de diciembre de 1833, cuando tenía 58 años, fallece soltera, en su casa de la calle de la Corredera de Montilla, Ana María. Dejo ordenado su entierro al que destinó una limosna de 78 pesos y 8 más para la celebración de Misas en sufragio de  su alma. Legó todos sus bienes a su ahijada, Antonia Pérez Luque, a la que había acogido de pequeña y criado Solicitó a la cofradía de los Hermanos de Nuestra Señora de la Aurora, poder ser enterrada en la zona que ellos tenían reservada en el cementerio de la localidad.  

A día de hoy se desconoce dónde se hallan los restos de la valiente y brava granadera de Infantería de Marina, pues en 1894 el cementerio donde reposaban, fue cerrado y levantado para construir en sus terrenos el colegio de los Hermanos Salesianos en el primer tercio del siglo XX. En vez de tirar Cruces al basurero podía, la incompetente, malvada y llena de Cristianofobia, alcaldesa de Aguilar, junto a su equipo canalla de gobierno, ponerse en contacto con el alcalde  socialista de Montilla y entre los dos dedicarse a encontrar los restos de una heroína de la Patria, Ana María de Soto,  para que así montillanos, aguilareños y españoles, pudiesen recordarla como se merece por su arrojo, desmedido valor, y profundo amor a España y arriesgar su vida por ella.