El cuatro de marzo de 1939, con la guerra civil ya decidida a favor del bando nacional, se produce la sublevación de la base naval de Cartagena. El ejército rojo, ha sido destrozado en el Ebro y toda Cataluña ha caído en manos de las tropas de Franco. Se va a escribir así el último episodio de la agonía del Frente popular. ´

 

El día 27 de febrero, Manuel Azaña comunica al presidente de la Cortes, Diego Martínez Barrio, su dimisión como presidente de la república. Lo hace desde su casa de la Saboya francesa. Precisamente ese día, Francia y Gran Bretaña han reconocido de facto al gobierno del General Franco y la república frente populista queda abandonada a su suerte. El coronel Segismundo Casado, que ya había iniciado contactos con agentes del Ejército de Franco, era partidario de firmar la paz. Ayudado por el dignísimo político socialista, Julián Besteiro y por numerosos militares, entre ellos el anarquista Cipriano Mera, que no querían un predominio comunista en el ejército, preparan en Madrid un golpe de estado contra el gobierno de Negrín. Mientras los comunistas y el propio Negrín, se aprestan a dar el suyo, para hacerse con el poder y continuar así una guerra ya a todas luces perdida. Durante varios días, las calles madrileñas serán escenario de una lucha sangrienta y sin cuartel entre las dos facciones de los últimos residuos del ejército del frente popular.

 

También en Cartagena van a tener lugar unos movimientos insurgentes, que propiciaran una de las acciones más trágicas y lamentables de toda la campaña. Una acción que va a golpear de forma severa al ejército nacional, que un mes después se alzaría victorioso en la guerra de liberación española: El hundimiento del mercante Castillo de Olite, donde encontraron la muerte innumerables gallegos y coruñeses, pertenecientes a la 83 división, que al mando de General Pablo Martín Alonso, pertenecía, conjuntamente con las divisiones 55, y 108, al Cuerpo de Ejército de Galicia, bajo la órdenes del General Antonio Aranda Mata. Las otras grandes divisiones gallegas, la 82 y la 84, habían pasado a formar parte del cuerpo de Ejército del Maestrazgo, la 81 fue agregada a la agrupación García Escamez y la 85 al Cuerpo de Ejército de Castilla.

 

El Castillo de Olite, era un mercante apresado al bando frente populista, durante las operaciones de guerra. Había sido construido en los astilleros de Rotterdam en el año 1921, y después de muchos avatares, fue vendido a la Unión soviética en  1936. Llevaba el  nombre de Postishev, cuando fue capturado por la marina nacional en 1938. Medía 110 metros de eslora por 15 metros de manga y seis de puntal y pesaba 3.545 toneladas de arqueo bruto.

 

Al estar en aceptable estado, fue utilizado como transporte por la armada de Franco. Participó en el traslado de tropas de la 12 división, que desembarcó en Tarragona el día 18 de febrero, continuado viaje hasta Palma de Mallorca con efectivos  de Infantería de Marina. El 21 de febrero salió para Castellón, desde donde se preparaba una operación sobre Valencia. A primeros de marzo, se encontraba en el Grao de Castellón, descargando tablillas para la construcción de cajas para el embalaje de naranjas. La nave estaba al mando del capitán de la marina mercante, Bernardo Monasterio, que se encargó solamente del gobierno del barco. El mando militar recaía en el teniente de navío en la reserva, Eugenio Rodríguez Lazaga.

 

El 2 de Marzo, el mundo conoce el nombramiento de Eugenio Pacelli como nuevo Papa de la Iglesia católica. El sucesor de Pedro llevará el nombre de Pío XII.

 

Ese mismo día, Juan Negrín, que se halla en la posición Yuste de la localidad alicantina de Elda, conversa por última vez con el coronel Casado y los altos mandos del ejército rojo. Los dos bandos están ya en pie de guerra.

 

El día 3, la flota roja se reúne en Cartagena y adopta la decisión de apoyar las opiniones del coronel Casado, para firmar la capitulación y lograr así el final de la contienda.

 

General de Infantería de Marina, Rafael Barrionuevo.

 

Negrín, a través de la Gaceta de Madrid, realiza una serie de cambios en el ejército, ascendiendo a puestos preeminentes a distinguidos comunistas. Entre los nombramientos y ceses,  aparece la sustitución como jefe del Ejército del centro del propio coronel Segismundo Casado. Los centros de poder de una república ya  atomizada, posición Yuste en Elda, donde se encuentra Negrín; posición Jaca en Madrid, cuartel general de Casado; Valencia con el general Miaja y  la base naval de Cartagena, están en total ebullición.

 

Negrín nombra como jefe de la base de Cartagena al comunista Francisco Galán, hermano del capitán sublevado en Jaca en 1930, Fermín Galán. Este llega, a la nueve de la noche del día 4, al arsenal militar cartagenero, para hacerse cargo del mando. Pero a las once de la noche, un numeroso grupo de oficiales, firmes partidarios de las tesis de Casado de firmar la paz con el bando Nacional, encabezados por el capitán de navío Oliva y el teniente coronel, segundo jefe de las baterías de costa, Arturo Espá, acompañados de elementos de la quinta columna, falangistas en su mayoría, se  sublevan a favor de Franco en la base naval de Cartagena. Toman la emisora de la flota, alguna de las baterías de costa y detienen al coronel Galán. Casado por su parte contraataca en Madrid y suprime de la Gaceta los ascensos ordenados por Negrín.

 

El día 5 de marzo al Cuartel General del Generalísimo Franco en Burgos, llegan noticias de la que la base naval de Cartagena se ha sublevado a favor de la causa nacional. Por medio de un radio, la emisora de la flota republicana envía la siguiente comunicación: “Atención: Habla la Flota Española de Cartagena. Desde este momento pasa a incorporarse a la España Nacional. Franco, Franco, Franco.  Han sido liberados todos los presos, abiertas todas las cárceles. El pueblo de Cartagena arde de entusiasmo, en el muelle pueden atracar normal y con toda seguridad los barcos. Esperamos fuerzas. Arriba España”.

 

Los sublevados nombran como jefe de la base al general retirado de Infantería de Marina, Rafael Barrionuevo, un hombre de una gran simpatía y gracejo, amigo personal de numerosos toreros y de personajes del mundo del teatro y la revista. Su ideología de derechas y su carácter afable y abierto, le hacen ser el hombre idóneo para encabezar el movimiento insurgente a favor de la causa nacional. Es más, finalizada la guerra, Barrionuevo será el único militar de la zona vencida, que no sufrirá ningún tipo de castigo, incluso  será objeto de un grandioso homenaje.

 

  1. Soldados de la 83 división, embarcados en el castillo de Olite.

 

Para conocer en detalle aquellos días de Cartagena y de Madrid, que se escapan a lo  que este trabajo quiere significar, remitimos al lector a cuatro extraordinarios libros: “El final de la guerra civil” del Coronel José Manuel Martínez Bande; “Desastre en Cartagena” de Luis Romero; “El hundimiento del Castillo de Olite” de Luis Miguel Pérez Adán y “La sublevación del Coronel Casado”, dentro de la colección Episodios históricos de España, magistralmente escritos por Ricardo de La Cierva

 

El cuartel general de Franco, al conocer las noticias de la sublevación de Cartagena, organiza de inmediato el socorro marítimo. Nace así “La expedición sobre Cartagena”. Se cree, a ciencia cierta, que los insurgentes de Cartagena, favorables a Franco,  han tomado  el Arsenal Militar, el parque de artillería, los fuertes y las baterías de costa. Desgraciadamente los hechos demostrarán que no fue así.

 

En Castellón, el día de 5 de marzo, se cursa orden de embarque a la 83 división, perteneciente al Cuerpo de Ejército de Galicia, al mando del  General Martín Alonso. Los soldados gallegos  se aprestaban a asistir a una corrida de toros, que en su honor se iba a celebrar en Castellón. La orden del cuartel General del Ejército Nacional no deja lugar a dudas: “Orden urgentísima  de que la 83 división que debe embarcar en Castellón lo haga en los barcos preparados para conducirla a Cartagena. Salir urgentísimamente para Cartagena a fin de reforzar a los insurgentes y asegurar la base”.

 

Las unidades navales preparadas para tal fin, en el puerto del Grao de Villarreal, son los minadores, Vulcano, Júpiter y Marte y los vapores Antonio Lázaro, J.J. Sister, Castillo de San Sebastián, Castillo de Peñafiel, Castillo de Olite, Castillo de Gibralfaro y Castillo de Monforte. Desde el puerto de Málaga se organizará una expedición de similares características a la del Grao castellonense.

 

En el barco que nos ocupa, el Castillo de Olite, embarcaron la plana Mayor  del 11 regimiento de la División nº 83, al mando del teniente coronel Hernández Arteaga, que iba compuesta por 283 soldados. 2º y 3º batallones del regimiento de Infantería de Zamora, al mando de los comandantes Martínez Morales y López Canti. Eran unos 994 hombres. Grupo de Artillería 100/70  con doce piezas ligeras, mandadas por el comandante Juan Judel Peón y dirigidas por los capitanes Pelayo Pelayo, Luis Moyano y José Virgili, con 225 efectivos. Cuerpo Jurídico al mando del coronel Antonio Martín de la Escalera con 143 soldados. Una sección de transmisiones compuesta por 169 combatientes. Tripulación de barco, 39 marineros. Falange Naval  con 44 flechas navales. Oficiales, personal militar y otros sin precisar. En total unas dos mil doscientas doce personas.

 

  1. Soldado de la 83 División del Ejército Nacional, entrando en Castellón en 1938. Portada del Semanario Fotos. Colección particular del autor.

 

A fin de no encontrarse con la aviación frente populista, los diferentes barcos toman rutas y derivas distintas. La carestía de información va a ser una constante en la operación. El vicealmirante de la flota, Francisco Moreno, se hace a la mar desde Mallorca con los cruceros auxiliares “Mar Negro” y “Mar Cantábrico”. Igualmente, desde la base de Soller, zarpan los submarinos “General Mola” y “General Sanjurjo”.

 

El cuartel general del  Ejército Nacional envía otro radio cifrado: “Urgentísimo que Minadores salgan con el máximo de tropas que puedan llevar. Desviar derrota de la costa. Máxima velocidad. Procurad contacto Vulcano con el almirante de la flota a bordo del Mar Cantábrico. Resto convoy saldrá a medida queden buques listos”.

 

El Castillo de Olite fue el último buque en abandonar Castellón. Eran las 6,30 de la mañana del día 6 de marzo. Su destino, Cartagena.  Ese mismo día, Casado da el golpe de estado en Madrid contra Negrín, secundado por los generales de Valencia y la Flota roja que abandona el puerto de Cartagena.

 

La tragedia del Castillo de Olite comenzó a fraguarse al darse cuenta los mandos que la radio del barco no funcionaba. El buque navegó durante la travesía completamente incomunicado del resto de la expedición. En ningún momento supo lo que sucedía en la plaza de Cartagena. Mientras en la ciudad departamental y a pesar de la huida de la flota roja, en las primeras horas de la mañana del día 6, no todo iba a ser como los sublevados esperaban. La llegada de la Brigada de blindados  y la CCVI brigada al mando de Artemio Precioso, iba a desnivelar la balanza otra vez en favor de las autoridades rojas. Efectivos de esas brigadas republicanas logran  controlar de nuevo la casi totalidad de la baterías de costa, entre ellas la de la Parajola, artillada con cañones de 15,24, con un alcance máximo  de 21 kilómetros.

 

El Olite navegó de forma muy lenta, avistando el islote de Escombreras a las once de la mañana del día 7. Cuando llegó a la zona más próxima a la entrada de la bahía de Cartagena, debió creer que el desembarco de tropas ya se había efectuado con total éxito. El silencio en la zona era completo. El barco, muy lentamente, se fue introduciendo, sin ningún tipo de hostilidad, en la rada cartagenera, hasta que el disparo de un pequeño cañón, desde el muelle de la Curra, puso de manifiesto cuales eran las intenciones del enemigo. El Olite, al darse cuenta de que el Arsenal no está en poder de los partidarios de Franco, maniobra invirtiendo su rumbo y trata de navegar con rumbo sur. Ese movimiento le va a llevar a situarse en la línea de tiro de la batería de la Parajola, que va a disparar contra el barco cuatro proyectiles. Serán el tercero y el cuarto los que hagan blanco, siendo ese último el que va a producir enormes destrozos al volar el improvisado almacén de municiones.

 

Batería cartagenera de La Parajola de 15/24. Desde allí se hizo el fuego que hundió al Castillo de Olite. Imagen recogida de Internet.

 

El buque, tocado de muerte, comienza a hundirse de forma vertiginosa cerca del islote de Escombreras. Más de 1.200 hombres, la casi totalidad gallegos y coruñeses, encontrarán la muerte de forma instantánea. Fueron momentos fatídicos. Los trozos del barco esparcidos por el agua. Muchos soldados, que no sabían nadar, fueron salvados por la pericia de otros, en este caso magníficos nadadores, como los hermanos Sotomayor, Martínez Morás, Madaria, Jaspe, Villar y Rodríguez. Unos setecientos lograrán salvarse con la ayuda de los vecinos de la zona, entre ellos, María del Carmen Hevia, una ferrolana, esposa del farero de Escombreras, que realizaría una encomiable labor de ayuda.

 

Nadie tiene noticias del Castillo de Olite. Por parte del mando Nacional, se inicia una frenética búsqueda en un área que comprende los cabos San Antonio y Palos, aguas de Mallorca y costas argelinas. Durante dos largos días, Aviones, Cruceros y Minadores se afanarán en encontrarlo sin resultado. El día 10, a través de radio Moscú, se tienen noticias del hundimiento: “Un barco enemigo, conduciendo 1.500 soldados se acercó al puerto de Cartagena, pero ya los republicanos habían logrado apoderarse de las defensas de la ciudad e hicieron fuego sobre el buque, consiguiendo tocarle con dos proyectiles, el barco se fue a pique y todos sus soldados perecieron ahogados”.  Los Nacionales no quisieron creer esa noticia hasta que el servicio secreto francés  y el Minador Vulcano, que detuvo al falucho Manuel, en el que viajaban 19 soldados desertores de la infantería de Marina republicana, comunicaron a Burgos, que efectivamente el Castillo de Olite había sido hundido en la rada de Cartagena.

 

Las circunstancias del fracaso de la operación fueron diversas. En primer lugar la acción se malogró al no triunfar la sublevación en Cartagena. La llegada a  la ciudad de la CCVI Brigada del ejército rojo, que acabó con la insurgencia, fue un factor determinante para ello. La falta de información rigurosa, por parte del cuartel general de Franco, -que cometió notables errores-, de lo que en verdad estaba ocurriendo en la ciudad departamental. Disparidad de criterios en las fuerzas nacionales, sobre todo entre Franco y el vicealmirante Francisco Moreno. Franco, destituyó de su puesto a  Moreno, cometiendo una injusticia,  y tardó muchos años en perdonarle que tratase de asumir en los primeros momentos la dirección del operativo. Falta de medios para la realización de un desembarco de tropas. Primero se barajó la posibilidad de desembarcar a las fuerzas en Cabo Palos, en Mazarrón o en Portman y avanzar desde allí sobre la ciudad,  para seguidamente cambiar de estrategia y ordenar el desembarco en el propio arsenal de Cartagena.

 

  1. Uno de los palos del Castillo de Olite, hundido en aguas de Cartagena el 7 de marzo. Colección particular del autor.

 

Nadie sin embargo se propuso dotar al pretendido desembarco de 20.000 hombres con los medios necesarios, como por ejemplo lanchas de desembarco u otros medios de transporte. La lamentable navegación del Castillo de Olite, solo y sin comunicaciones, sin que nadie impidiese su salida de puerto. La temeraria actitud del teniente de navío Rodríguez Lazaga, de entrar solo en la rada de Cartagena, ya que las órdenes recibidas a su salida, especificaban con nitidez, que debía esperar un  mandato claro y puntual que le permitiese entrar en puerto. La esperada orden nunca llegó  y Lazaga, en todo caso, debió confirmar, por algún medio, que el arsenal de Cartagena estaba en poder de los partidarios de Franco.

 

La lista de bajas con nombres y apellidos no llegó a conocerse nunca, debido a que muchos cuerpos quedaron atrapados en la bodega del barco y jamás fueron rescatados. Otros fueron saliendo a flote y enterrados en el cementerio de Cartagena, foliados como cadáveres procedentes de un buque hundido en Escombreras, pero sin nombres ni apellidos. En un magnífico trabajo realizado por el arqueólogo y licenciado en historia, Luis Miguel Pérez Adán, presidente del Instituto Cartagenero de Investigaciones Históricas, ofrece en su documentadísimo libro “El Hundimiento del Castillo de Olite”, una relación de fallecidos identificados, que no llega a 25, entre ellos están el  coronel, Martín de la Escalera; el teniente coronel, Hernández Arteaga; el comandante Judel Peón, que moriría víctima de una gangrena, a los pocos días del hundimiento; el capitán de la nave, Bernardo Monasterio; el alférez de navío, Rodríguez Lazaga;  el comandante Víctor Martínez; el capitán Luis Moyano, héroe del Alcázar de Toledo y los soldados coruñeses José Moreno y Carlos Larrosa, este último entrañable amigo de mi padre.

 

Desde julio de 1939 una gran Cruz de piedra se alzó en Escombreras, costeada por suscripción popular, recordando el hundimiento del Castillo de Olite. Junto a ella posa Mari Carmen Hevia, la heroína rescatadora de tantos soldados náufragos del siniestro. Imagen recogida de Internet.

 

Entre los supervivientes y solo ciñéndonos a coruñeses, destacan, el buen amigo, el querido Enrique Jaspe, presidente de la Hermandad del Castillo de Olite y que durante años atendió a los coruñeses desde su papelería Jaspe en la calle de General Mola al lado de la Fuente de San Andrés; el recordado Alberto Madaria, gran amigo y mejor persona, oficial de prisiones, extraordinario experto en ciclismo y excelente poeta bajo el sobrenombre de Alberto de Pancorbo. Germán y José Álvarez de Sotomayor, Fernando Martínez Morás, Roberto No Lendoiro, Abad Cacheiro, Aurelio Artime, Francisco Bahamonde, Alberto Barrientos, Ramiro Bravo, Manuel Boelle, Sandalio Caridad, Melchor Cacheiro Astray, Manuel Cebollada, Juan Cardelle, Manuel Coudo, Santiago Expósito, Manuel Falcón, Bernardo Freire, Juan González, Jesús Iglesias, José Lage, Emiliano González, Horacio Leis, Julio López Muñíz. El comandante López Canti, que llegó a general, al igual que el capitán Virgili Quintanilla. César Suárez de Centi; Manuel Merlán, José Muiños, Pedro Moscoso, Armando García, Francisco Pereira, Luis Villar, Gil Pérez, Elisardo Locas, Ángel Lodeiro, Miguel Mateo de Arenaza, Antonio Orro, Guillermo Peña, Jesús Rabuñal, Ramón Rodilla, Andrés Rodríguez Angulo, Clemente Rodríguez Roca, Francisco Siso, Ramón Sorolla, Ramiro Ulloa; los hermanos Rodríguez Méndez; el medalla militar individual Julián Hernández del Río; Gerardo Salvador y Merino, hermano del que sería presidente del Deportivo, José María; Guillermo Ruiperez del Gallego, que llegó a ser Gobernador civil de Lugo.  José Vázquez Brandaríz, o el joven corneta,  José Cabarcos Castro, que  con el paso del tiempo, se distinguió en La Coruña como empresario, del sector del automóvil. Son algunos  de  aquellos jóvenes idealistas e ilusionados, que supieron, con las estrofas del Cara al Sol en sus labios,  morir con honor y  salvarse con decisión y gallardía.

 

El segundo y tercer batallón del Zamora, serían recompensados con la corbata de la Cruz Laureada de San Fernando colectiva. Veamos de seguido lo que el diario del segundo batallón del regimiento de Zamora dice textualmente:” En el mes de marzo de 1939, forma parte de la expedición sobre Cartagena embarcando en el transporte Olite, que fue hundido por el fuego  de las baterías de costa de dicha plaza, que les causó gran número de bajas, siendo hechos prisioneros los supervivientes que con elevado espíritu soportaron el cautiverio, rechazando las proposiciones del enemigo, haciéndose dueños al observar los síntomas de descomposición de la zona roja de la guarnición que les custodiaba, contribuyendo con el resto de los prisioneros del Olite a apoderarse de la plaza de Cartagena, por cuyos hechos le fue concedida la Cruz Laureada de San Fernando colectiva”. Sin embargo tal distinguida condecoración nunca se les concedió a los demás supervivientes de la terrible catástrofe.

 

Un manto de silencio cubrió la tragedia del Castillo de Olite. Al régimen de Franco le molestó siempre tan desdichada acción. Solamente en 1946, Franco, en una de sus contadas visitas a Cartagena, depositó una corona de laurel desde el submarino C-4, pronunciado las siguientes palabras: “Héroes del Castillo de Olite y marinos caídos. Que Dios os dé descanso eterno y lo niegue a los criminales que os asesinaros y que alejados en el extranjero difaman a España”.

 

Monumento a los héroes del Castillo de Olite,  inaugurado en 1956 y retirada en 2001 sin que volviesen a colocarlo. Imagen recogida de Internet.

 

Los dos mástiles del buque, estuvieron, durante años, hundidos en las aguas cartageneras. Una vez desmontados  y sacados a flote, fueron enviados a la ciudad de La Coruña. Hoy en día, uno está situado en el patio del campo de la Estrada del cuartel coruñés de Atocha y el otro, el que estuvo en el cuartel de Artillería de Zalaeta, está colocado en el acuartelamiento General Morillo de Campolongo, (Pontevedra), sede de la Brigada de Infantería Ligera Aerotransportable Galicia VII. En el museo Militar regional  de La Coruña, en una vitrina, se puede observar, junto a la fotografía y  maqueta del barco, una  Bandera Nacional que llevaba el Castillo de Olite.

 

En julio de 1939, una gran Cruz de piedra se alzó en Escombreras, costeada por suscripción popular,  recordando el hundimiento del Castillo de Olite. El alcalde de Cartagena,  al iniciar la suscripción, realizó un canto a  María del Carmen Hevia: “En los brazos de esta heroína, acariciados con ternura de  madre rindieron su último suspiro a nuestra España innumerables mártires que entregándole sus fotografías y el postrer aliento, le pedían con conmovedora gratitud dijera a sus familias que morían con orgullo por Dios, por España y por la indiscutible victoria de nuestro Generalísimo”.

 

Hasta los años cincuenta hubo siempre un recuerdo a los caídos del Castillo de Olite. Sin embargo,  poco a poco, los actos recuerdo fueron cayendo en el olvido. En 1964, veinticinco años después de la tragedia, los supervivientes crearon en La Coruña la Hermandad del Castillo de Olite. Al año siguiente, unos noventa supervivientes y con ellos María del Carmen Hevia, la rescatadora de tantos náufragos del hundimiento, que acudió desde Barcelona, asistieron en Cartagena a una ofrenda y a una Misa de campaña, ante el monumento, inaugurado en 1956, que debido a la construcción de una central térmica,  había obligado a retirar el construido en 1939. Esta nueva Cruz, de unos diez metros de alto, era metálica y tres veces de mayor envergadura que el primigenio monumento. Constaba de un altar y un grupo escultórico conformado por una matrona, que recogía en sus brazos a un joven, que acababa de dar su vida por la Patria. Hasta 2001, perpetuó aquella histórica y triste jornada. En esa fecha, fue retirada del lugar donde estaba emplazado, para ampliar las obras de la dársena de Escombreras, sin que hasta la fecha haya sido repuesta  de nuevo en su lugar.

 

Años sesenta. Supervivientes del Castillo de Olite se fotografían en el patio del acuartelamiento coruñés de Atocha, junto a  uno de los mástiles del barco hundido en costas de Cartagena el  7 de marzo de 1939. Foto Blanco. Colección particular del autor.

 

El Ayuntamiento de La Coruña, acordó, en sesión plenaria, dar el nombre del Castillo de Olite a una plaza coruñesa y del pueblo de Fuente Álamo a una calle en la zona de la Avenida de Finisterre-calle Barcelona. El nombre de Castillo de Olite  fue retirado en 2016, por la infecta marea de comunistas malvados, sectarios y perro flautas, apoyados por el siniestro PSOE,  que desgobernaron la ciudad de La Coruña, de mayo de 2015 a mayo de 2019, amparándose en la canallesca, sectaria y anticonstitucional ley de memoria histórica.

 

 

1939, Castellón de la Plana. Miembros del Cuartel general del Cuerpo de Ejército de Galicia al mando del General Antonio Aranda. El primero a la izquierda es mi recordado y querido padre, el cabo Marcelino, que a punto estuvo de embarcar en el Olite.

 

Desde aquella fecha de 1939, cada siete de marzo, se celebraba en la Iglesia Parroquial de Santiago, en la Ciudad Vieja coruñesa, una Santa Misa por el alma de todos aquellos soldados, la inmensa mayoría gallegos y coruñeses, que perecieron en aguas de Cartagena. A esa Misa, que ya no se celebra, al fallecer todos los supervivientes que la organizaban,  acudí durante años,  acompañando a los  supervivientes y a los familiares de aquellos héroes españoles, que desaparecieron en las aguas azules del mare nostrum, pues no en vano a punto estuvieron los soldados afectos al cuartel general del Cuerpo de Ejército de Galicia, -entre ellos mi querido y recordado padre-,  de embarcar en aquel fatídico viaje del Castillo de Olite. Si eso se hubiese llegado a producir, sin lugar a dudas mi historia habría sido completamente distinta.