El quince de marzo de 1936, el general Emilio Mola Vidal, tomaba posesión de la Comandancia Militar de Pamplona. Cegado por su sectarismo, el gobierno del Frente popular iba a cometer un error de proporciones históricas, destinando a Mola, que se encontraba al frente de la jefatura de la circunscripción oriental de  las fuerzas militares de Marruecos en Tetuán, a  mandar como gobernador militar de Pamplona,  la 12 Brigada de infantería, en el centro del avispero del Carlismo, que le había jurado odio eterno a la II república Española, entro otras muchas cosas, por consentir el cambio de los colores de la bandera Nacional y la quema de los conventos.

Emilio Mola ya había comprobado en sus carnes el sectarismo y la maldad de los primeros gobiernos de la flamante II república española, presididos por Manuel Azaña. Tras realizar una magnífica labor como director general de Seguridad, en la época final de la secular monarquía española, una vez proclamado el gobierno provisional republicano fue cesado de forma fulminante de su puesto, encarcelado brevemente y procesado. Incluso  tras la fallida sublevación del general Jose Sanjurjo, en agosto de  1932 en Sevilla, y a pesar de que no había tenido intervención alguna, el Gobierno de Manuel Azaña lo separó del ejército con la consiguiente suspensión de sueldo. Aquellos  problemas económicos, que lo  llevarían incluso a construir y diseñar juguetes; a escribir en distintos medios y a editar cuatro libros para conseguir algo de dinero con que sobrevivir, él y su familia, entre ellos el titulado “El pasado, Azaña y el porvenir”, había dejado en el  excelente militar un poso de amargor y porque no decirlo, resentimiento contra la figura de Manuel Azaña, al que culpaba de la lamentable reforma del ejército, por él emprendida y planeada, considerando a aquellos gobiernos de Azaña como antiespañoles y enemigos de la patria. Su preocupación por una intervención comunista-socialista  contra España, le llevaría a partir de 1934 en que vuelve a reingresar en el Ejército, sobre todo tras la fallida revolución socialista-comunista de Asturias, a convertirse en un declarado enemigo de socialistas, comunistas y separatistas, convencido de que las izquierdas intentarían de nuevo otro golpe contra la república para instaurar por la fuerza un régimen a imagen y semejanza del soviético.

 

 

  1. General Emilio Mola Vidal.

Desde el viejo caserón de la Comandancia Militar de Pamplona, Emilio Mola, movido por su inquebrantable  amor  a España,  se iba a erigir en actor principal de una vasta conspiración contra el gobierno frente populista presidido por el coruñés Santiago Casares Quiroga. Con el nombre del director, el general Mola, ayudado principalmente por los capitanes Gerardo Diez de la Lastra, Manuel Vicario Alonso y Carlos Moscoso de Prado, auténticos motores de la conspiración que se pretende, destinados en el Regimiento de Infantería América de Pamplona, y su fiel ayudante Emiliano Fernández Cordón,  comenzará a redactar una serie de instrucciones reservadas, dirigidas a diferentes mandos militares y guarniciones peninsulares, insulares y de África, que poco a poco se irán incorporando al proyecto de un posible alzamiento para derribar el desgobierno partidista y sectario del frente popular.

En La Coruña los primeros que se suman a esta iniciativa son los capitanes de la Guardia Civil, José Rañal y Gumersindo Varela. Las reuniones clandestinas comienzan a sucederse. Salones del Sporting club Casino, parque del Leirón del propio Sporting club, Café Marineda, Café Unión, parajes apartados de la ciudad, paseos por las solitarias calles de la ciudad vieja, inmediaciones de la playa de Riazor y su parque de sports, e incluso el cuartel de la Guardia civil, son algunos de los lugares que van a utilizar los conspiradores para preparar sus planes.

Las adhesiones a sus propósitos comienzan a hacerse realidad. Unas de las primeras son las del comandante de Estado Mayor, Fermín Gutiérrez de Soto y del capitán de la Guardia de Asalto, Ricardo Balaca. De todas formas, por su cuenta, estos mandos militares proyectan un golpe para el día 18 de abril como respuesta a los gravísimos sucesos acaecidos el día  14 del mismo mes en Madrid, con motivo del desfile de las Fuerzas Armadas, en el V aniversario de la proclamación de la República, donde caería asesinado a manos de unos pistoleros de extrema izquierda, el alférez de la Guardia Civil Anastasio De los Reyes. 

El movimiento del día 18, ignorado por Mola y por todas las guarniciones peninsulares, insulares y africanas, estaba perfectamente preparado para llevarse a cabo en La Coruña. La guarnición acuartelada y la Guardia Civil y de Asalto con sus servicios distribuidos. Pero debido a una delación de un oficial apellidado  Monasterio y de un guardia que prestaba sus servicios en el gobierno civil, las autoridades son alertadas de la trama y los conjurados dan marcha atrás en sus propósitos. Véase el artículo publicado en El Correo de España, el día 30 de abril de 2021, titulado “Un episodio  casi desconocido. El intento de levantamiento de la Guardia Civil y el Ejército contra el Frente Popular,  el 19 de abril en La Coruña”.  

Las represalias no van a hacerse esperar. El general Sebastián Pozas, Inspector General de la Guardia Civil, conspicuo frente populista y masón, ordena destituir fulminantemente al teniente coronel jefe de la comandancia coruñesa, Benito de Haro y a los capitanes Rañal y Varela. El oficial delator, Monasterio, se va a hacer cargo de la investigación para depurar responsabilidades y asestar así un duro golpe a los comprometidos. Estas pesquisas encontrarán un muro de lealtad y silencio en diferentes mandos y números del instituto armado que se niegan a denunciar a sus compañeros. 

Se abrirá un sumario con el nombramiento de un juez especial que recae en un coronel de artillería, enviado al efecto desde Madrid, que gozaba de la confianza total del presidente de la república, Manuel Azaña y del jefe de gobierno, Casares Quiroga.

Será nombrado  secretario del juez, el capitán Ignacio Olavide Torres, un destacado militar que va a tener un papel fundamental en la ciudad herculina en el movimiento que se avecina.

El teniente coronel De Haro  a quien se unirán  los capitanes Rañal y Varela, serán trasladados al castillo de San Felipe como detenidos por un supuesto delito de rebelión militar. Allí permanecerán por espacio de ocho días hasta que un tribunal jurídico militar dictamine su libertad al no encontrar pruebas suficientes que confirmen su participación en el pretendido plan. Sin embargo Haro quedará disponible forzoso y los capitanes Rañal y Varela serán trasladados a Pozoblanco (Córdoba) y a Zamora respectivamente. El anteriormente mencionado Ricardo Balaca, capitán de Infantería destinado en la Guardia de Asalto, -que no llegó a ser detenido-, también será destinado forzoso a Murcia. Allí, Balaca sería fusilado por los marxistas el 8 de septiembre de 1936 al fracasar en su intento de sublevar a la Guardia de Asalto murciana en favor de la causa Nacional. Su muerte constituyó un ejemplo de valor y entereza dando las órdenes al pelotón que lo iba a fusilar con vítores a España y a Cristo Rey.

En el mes de mayo una serie de enlaces llegan a La Coruña para entrevistarse con diversos altos mandos y comprobar, si se puede o no contar con ellos para los planes de alzamiento que ya dirige, implicado hasta el tuétano, el General Emilio Mola.  El comandante González Salom, enviado por Mola se entrevista con el general Salcedo Molinuevo, jefe de la división orgánica. Salom regresa a Pamplona desalentado y comunicando a Mola que con el general que manda la división en La Coruña no se puede contar, debido a su excesiva ambigüedad.

Mola no pierde la calma ni se desalienta. En el horizonte conspirativo, además del ya citado Gutiérrez de Soto, que se había salvado milagrosamente de ser encarcelado por los sucesos del día 18 de abril, aparecen varias figuras que van a ser claves para que el alzamiento triunfe  y tome cuerpo en La Coruña. En primer lugar Mola, convence, para que secunde el movimiento, al teniente auditor destinado en la 8ª división orgánica con base en la ciudad herculina, Tomás Garicano Goñi, a quien se le encomendarán  labores de enlace con el coronel jefe del regimiento de Zamora y antiguo ayudante del Rey, Pablo Martín Alonso  quien sin reservas y debido a la fraternal amistad que le une a  Emilio Mola, se pondrá incondicionalmente a sus órdenes.

Se adhieren también los capitanes de Estado Mayor, Juan Castañón de Mena y Del Valle Carlos-Roca; los capitanes de infantería y de la Guardia civil, Ignacio Olavide y Roger Oliete, quien se encargará de continuar en el cuartel de la Benemérita la función desarrollada por los capitanes Rañal y Varela; los de artillería Ojeda y Castro Caruncho; el de ingenieros Román; el teniente auditor, José María Salvador y Merino y el más entusiasta de ellos, el teniente coronel de Estado Mayor, miembro de la U.M.E. (Unión Militar Española), Luis Tovar Figueras.

En el domicilio de este teniente coronel de cincuenta y un años de edad, se producirán importantísimas reuniones para diseñar la futura estrategia a desarrollar en el alzamiento.

Otros  militares que se suben al carro conspirativo serán, el teniente coronel de Infantería en la reserva, Jesús Teijeiro, gran amigo de Pablo Martín Alonso; el Teniente coronel de Infantería Óscar Nevado y  el comandante del la misma arma, Fernández Bacorell; el coronel de Ingenieros Cánovas Lacruz; el comandante de Estado Mayor Couceiro Fernández; el teniente de la Guardia Civil, González; el comandante del Cuerpo jurídico Otero Goyanes, quien visitaría, en nombre de Mola, al capitán de Fragata, destinado en El Ferrol, Salvador Moreno y le hará entrega de unas claves para desarrollar el alzamiento en la ciudad departamental, con combinaciones numéricas en tamaño tan reducido que había que descifrarlas con una lupa; los capitanes  de Infantería Mosquera Palleiro y Rodríguez Volta; el teniente también de infantería Latorre Valls; el capitán de artillería Santiago Méndez Nava y los tenientes del arma, Fernando Ozores Marquina y Juan Cañada; los hermanos Francisco y Juan Judel Peón, comandante y capitán de artillería, respectivamente y el capitán de infantería piloto observador aéreo, Eugenio Jack Caruncho.

 

  1. Cuartel de la Guardia civil en La Coruña 

La conjura se va extendiendo a otros mandos, sobre todo, jóvenes, muchos de ellos proclives a los ideales de Falange Española. Se unen a los propósitos de los conspiradores, el coronel del regimiento de artillería de costa nº2, con sede en El Ferrol, Antonio Corsanego Waters-Horcasitas, quien convencerá al general Morales, comandante Militar de El Ferrol, para que también secunde la acción; el teniente coronel Fano; los comandantes del mismo regimiento de artillería, Hermenegildo Sánchez Esperante; Reyna y Martínez de Tejada; Francisco Mariñas Gallego; Santiago Romero Durán  y Miguel López Uriarte; los capitanes Lobo Montero, Gallego, López Sors, Taboada y de la Calleja; tenientes Pontijas, Montenegro y Nieves, además de otros jóvenes tenientes que estaban realizado en el regimiento de artillería un curso de precisión, entre ellos los tenientes Carlos Franco González-Llanos y  Lorenzo, a quien el alzamiento sorprenderá en Lugo, en cuya capital se distinguirá el comandante Manso del regimiento de Infantería Zaragoza, padre del recordado general Javier Manso Pedrosa. El comandante Manso, medalla militar individual lograda en la campaña de Asturias en 1934, encontraría gloriosa  muerte en el alto de los Leones de Castilla  a los pocos días de iniciarse el movimiento Nacional.  

Otro de los implicados será el coronel  del regimiento de infantería de Mérida, con base en la ciudad departamental, Juan González; sus comandantes Pardo Villamayor, Dorrego Esperante, Ollo Álvarez; capitán Daniel Regalado Rodríguez; teniente coronel de Intendencia, Marcos Jiménez.  Su participación, así como  las de la Infantería de Marina y Armada en la declaración del  estado de guerra en El Ferrol, será decisiva para la suerte de los alzados.  

A sus hermanos de armas se unen los capitanes de navío Bastarreche, Manuel Vierna y Francisco Moreno; los de fragata Salvador Moreno, Luis Vierna y Fontenla; los de corbeta Guillermo Díaz del Río, Manuel Arnaiz, Manuel Espinosa y  Manuel Antón; el teniente coronel de Infantería de Marina Enrique de la Huerta. Se incorporan también al alzamiento los tenientes de navío Jaudenes, Antonio Díaz Pache y Guillermo Rodríguez y los comandantes del destructor Velasco, Capitán de Corbeta Manuel Calderón y del Guardacostas Uad Martin, teniente de navío Manuel Seijo y su segundo Federico Sánchez Barcáiztegui. Con su valerosa defensa de la puerta del dique y posterior toma de otros emplazamientos lograrán desactivar la revolución en las dotaciones del acorazado España y Crucero Almirante Cervera, que con sus imponentes cañones a punto estuvieron de dar al traste con la acción salvadora de los marinos e infantes de marina. Como muy bien señala el almirante Francisco Moreno en sus memorias escritas por sus hijos Fernando y Salvador con el título de “la guerra silenciada y silenciosa”, “eran dos mil individuos completamente rojos; ciento y pico en actitud pasiva y tan solo unos  ciento cincuenta se mantuvieron leales al mando”. 

Igualmente  en Santiago de Compostela los militares contarán con la determinante participación del comandante del grupo del regimiento 16 ligero de artillería, Bermúdez de Castro y sus capitanes Joaquín de la Calzada, Andrés Grande y Manuel Saavedra.

El día 5 de julio, enviado por el General Mola, llega a  La Coruña el capitán del regimiento de América, con sede en Pamplona, Simón Vizcaíno, con un informe del “director” para el teniente Garicano Goñi. Se alojará para no levantar sospechas en una pensión y viajará desde Pamplona en tercera clase del ferrocarril. A la noche después de cenar, se entrevista con Garicano Goñi en un lugar cercano a la playa de Riazor, no sin antes dar numerosos rodeos por las calles de la ciudad. Tomás Garicano recibió las ordenes de Mola y por su parte le entregó a Vizcaíno una misiva de los comprometidos en La Coruña, que el capitán del regimiento de América, introdujo en el puño de su camisa.

Garicano visitará al general Mola en los días en que Pamplona arde en  fiestas de San Fermín. Allí se diseñará la forma de aviso a la guarnición coruñesa para su levantamiento. Será por medio del envío de un telegrama que indicará la hora y el día de la acción. El número de letras de la última palabra será la hora y la suma de las letras de las demás palabras el día. El texto era el siguiente: “ENVÍE ABRIGO BLANCO DE VERANO”. En total diecinueve letras en las cuatro primeras palabras y seis en la última. El diecinueve a las seis, algo que no se cumpliría ya que las tropas saldrán a las calles más allá del mediodía del día 20 de julio.

El último mando en incorporarse al movimiento es el Teniente Coronel de la Guardia Civil, Florentino González Vallés, que tras los sucesos del asesinato y posterior entierro del Alférez de los Reyes, el 14 de abril,  ha cumplido dos meses de arresto en Guadalajara, en los cuales no perdió contacto con los enlaces del alzamiento y que llegará a la  ciudad en calidad de disponible el día 18 de julio.

En la noche del día 17  se conoce en la ciudad que parte del Ejército de África se  ha sublevado contra el gobierno del Frente Popular. El gobernador civil Pérez Carballo y diferentes elementos de las organizaciones de izquierda se constituyen en baluarte defensivo y hacen numerosas llamadas a través de la radio a los “trabajadores antifascistas” para que estén alerta. Carballo pide al presidente del Gobierno y ministro de la Gobernación, Santiago Casares,  autorización para armar al pueblo. “No dé usted ni un solo fusil”, le responde Casares Quiroga.

La señal para los enemigos del fascismo será el ulular de las sirenas de barcos y de alguna fábrica. Sonarán durante la tarde del día 19 y en la mañana del 20. El sábado 18,  la C.N.T. convoca a los obreros a un mitin en la Plaza de Toros, donde los altos mandos del sindicato prometen aliarse con sus viscerales enemigos, los socialistas y  comunistas, contra el militarismo, si este levanta la cabeza. Por radio se avisa al pueblo que tome las armas.

  1. El regimiento de Infantería Zamora forma en el patio del Cuartel de Atocha. Su participación sería decisiva en el alzamiento Nacional en la Coruña de julio de 1936. 

En la tarde del domingo 19, elementos marxistas y algún guardia de asalto, entre ellos el comandante Manuel Quesada, jefe de las Fuerzas de Seguridad y Asalto en La Coruña y el capitán de Infantería destinado en las mismas fuerzas, Tejero Langarita, levantan barricadas con sacos terreros, adoquines, madera y alambre de espino para defender el gobierno civil, sito en el edificio del Teatro Rosalía de Castro en la calle de Riego de Agua. Se emplazan dos ametralladoras, unos morteros y una ametralladora más, junto a sacos terreros, se sitúa  enfrente de la puerta del cine París en el inicio de la calle de Fermín Galán (hoy calle Real). Igualmente varios números de la Guardia de Asalto y milicias populares toman estratégicamente las casas de los alrededores y bocacalles contiguas. Las principales defensas del gobierno civil se orientaron hacia la calle de Riego de Agua, donde se guarneció el edificio de correos, Bailen y Real, dejando al descubierto la fachada de la avenida de la Marina, que como veremos será utilizada ¡y de qué manera! por las fuerzas sublevadas de artillería.

Los marxistas recorren la ciudad amenazando con sus puños en alto y pidiendo armas. Es asaltada la armería Eirea de la calle de San Andrés.  La turba incendia y profana la Iglesia de San Pedro de Mezonzo.

La guarnición se desespera e impacienta por la postura ambigua del general jefe de la división Salcedo Molinuevo, que ha recibido órdenes de Madrid de acuartelar a las fuerzas. Los participantes en la conspiración se comprometen a salir a las calles el lunes día 20, debido sobre todo a la agitación de la Guardia Civil.  El capitán Olavide llama al Teniente del Benemérito Cuerpo,  González, para concretar una entrevista a lo largo de la tarde de ese día 19. Lo hace simulando voz de mujer  como si se tratase de convenir una cita amorosa, ya que los frente populistas mantenían unas severas escuchas en todas las comunicaciones telefónicas. A primera hora de la tarde en el campo de Riazor, se reúne con los tenientes González y Sarandeses y les comunica que:” mañana día 20, el Ejército, saltando por encima de todo lo que a ello se oponga, saldrá a la calle a unirse al alzamiento salvador de España. Queremos saber si contamos con vosotros”, a lo que el teniente González contesta:” Ocurra lo que ocurra, se hará honor  a la palabra empeñada. La guardia Civil saldrá a la calle ¡Viva España!

El día 19, se pasa con miedo e inseguridad por parte de la población que  pendiente de la radio conoce que Mola se ha sublevado en Pamplona, Franco en Las Palmas, Queipo en Sevilla y que los militares están siendo derrotados en las calles de Barcelona.

De todas formas aquel domingo 19 de julio, la ciudadanía coruñesa se divertirá como en otro  domingo cualquiera. En el viejo Riazor jugaron un partido amistoso el Deportivo y el Celta de Vigo. Victoria coruñesa por dos tantos a uno. La última alineación del Deportivo antes del inicio de la guerra de liberacion será la siguiente: Rodrigo; Paradela, Pedrito; Feliciano, Antoñito, Reboredo; Breijo, Pirelo, Chacho, Hilario y Diz. La compañía Gascó-Granada ponía en escena en el Rosalía, la obra de Alejandro Casona, “Nuestra Natacha”. El Linares Rivas exhibía “La Bandera”, película homenaje, dedicada a La Legión Extrajera. En la Terraza se pasaba “Un capitán de Cosacos”. El Kiosco proyectaba  “Nuestra hijita” con la niña prodigio, Shirley Temple.  El Savoy “Fiel y pecadora”. El parque Rosales en el Puente del Pasaje, anunciaba un gran baile amenizado por la orquesta Mallo. En la granja aviar estaba instalada una exposición de avicultura. El gobierno civil había despachado el sábado 18, el reglamento del Liceo Recreo de Puentes de García Rodríguez. La Voz de Galicia insertaba en su primera página que parte del Ejército de África se había levantado en armas. Anunciaba también que el precio de la suscripción mensual al diario, se aumentaba en cincuenta céntimos. De dos cincuenta pasaría a costar tres pesetas.

Llegaban a La Coruña para pasar su veraneo, los condes de Santa Marta, el comediógrafo, Adolfo Torrado, el comandante de Infantería,  Amado Loriga. También se encontraba en la ciudad pasando unos días con su familia, Luciano Yordi de Carricarte, que cursaba ingeniería de caminos en Madrid y que se distinguirá durante el régimen del generalísimo Franco, como uno de sus más reconocidos ingenieros con obras tan importantes como los embalses  y presas del Eume y Belesar, entre otras y el puente de Catoira sobre la ría de Arosa.  Era pedida por los señores  de Gómez Mosquera, para su hijo Ricardo, la mano de la señorita, María Rosa González Docal, hija de los señores González Salgueiro.

Volvoreta, patroneada por Carlos Miranda se llevaba la victoria en la regata de balandros, organizada por el club Náutico. Se celebraba en las Jubias una jira campestre, organizada por la asociación de amigos de las escuelas Nacionales de la calle de Juan Castro Mosquera. El lunes día 20 darían comienzo las obras de pavimentación del Parrote, Maestranza y Puerta de Aires. Nacían ese día Primitivo Pérez Lamela, Eusebio Mares Barril y Fernando Caamaño Lorenzo. Había que lamentar el fallecimiento de Eduardo Rebollo, Mercedes Vila y Antonia Penas. La compañía Trasatlántica Española, anunciaba la salida el día 25 de julio de su nuevo barco, el Manuel Arnús, con destino a La Habana, Nueva York y Veracruz.

19,8 grados centígrados era la temperatura en La Coruña de ese domingo 19 de julio. La banda de música del Regimiento de Zamora interpretaba desde las siete y media de la tarde un variado programa, en los jardines de Méndez Núñez, que finalizaba con el pasodoble de Pascual Marquina, “Gitana del Albaicín”.  El niño de dos años, Manuel Varela, era atropellado por un carro en la calle de Orzán. Dos muchachos de 17 y 16 años eran detenidos en la avenida de la Marina cuando trataban de sustraer de un carro, un monedero que contenía 50 pesetas y era propiedad de  Dolores Vázquez. 

Para seguir militarmente lo sucesos acaecidos en la Coruña se han consultado numerosos libros y en especial la monumental obra “Historia de la Cruzada” de Joaquín Arrarás y “Galicia y el Movimiento Nacional: páginas históricas”, del Rvdo. P. D. Manuel Silva Ferreiro, canónigo de la Catedral de Santiago de Compostela.

La madrugada del día 20 va a ser decisiva para el general de la división Enrique Salcedo. Se pasará la noche en vela manteniéndose en una ambigua actitud sin tomar ningún tipo de partido por una u otra opción. A las cinco de la mañana de ese día recibe la visita en el palacio de la división, del general gobernador militar de la plaza, Rogelio Caridad Pita, furibundo izquierdista, masón y partidario del Frente Popular.  

Caridad le hace algunas observaciones sobre lo que está sucediendo en España, ya que la sublevación militar, según su alborozada opinión, no va a ninguna parte. Le previene de la actitud equivoca de algunos mandos de la guarnición y le pide que los destituya de forma fulminante. “Limpie de traidores las cercanías de su despacho” dice con altanería. Salcedo le contesta: “¿A quién se refiere?” El gobernador Militar señalará un nombre: “El jefe de su  Estado Mayor, Tovar Figueras el primero”. Salcedo le trasmite una orden: “Caridad, váyase inmediatamente al cuartel  del Zamora y destituya al coronel Martín Alonso”. En el transcurso de esa entrevista llegó a la división, el señalado teniente coronel Tovar, que salió de forma apresurada hacia el cuartel de Atocha. 

Desde la División, el capitán Galán Fontenla, efectuará una llamada telefónica al propio cuartel para indicar que el General Caridad se dirige hacia el mismo, para evitar que el gobernador militar se  encuentre con Tovar.

Caridad Pita llega al acuartelamiento acompañado por  dos oficiales de la plana mayor de su brigada, Cabrera Rodríguez y García Navarro, así como por su ayudante Goizueta. El destino hace que  con quien primero se tope sea precisamente con el teniente coronel Tovar. “¿Qué hace usted aquí a estas horas?”, le pregunta. Tovar contesta:” Estoy aquí como jefe de estado mayor”. “¿De paisano?”, inquiere el General. Tovar no se arredra: “Tengo perfecto derecho a presentarme con o sin uniforme”. Caridad Pita termina la conversación: “Retírese y espere en la División mis órdenes”. Tovar obedece y sale del cuartel.

El general Caridad envalentonado por su fácil acción, obliga al coronel Pablo Martín Alonso a que entregue el mando. Le arresta y manda recluirlo en una dependencia del cuartel.  Se instala en su despacho desde donde ordena llamar al teniente coronel, Oscar Nevado de Bouza y le dice: “En este regimiento se conspira. Acabo de detener al coronel Martín Alonso. A partir de ahora se encargará usted del regimiento, respondiéndome de la disciplina del mismo”. Nevado con aplomo le objeta: “Lo que me pide es imposible ya que jefes, oficiales, suboficiales y tropa, compartimos los puntos de vista de nuestro Coronel”. 

 

  1. Acuartelamiento de Atocha sede del Regimiento de Infantería de Zamora.

Irritado, el general Caridad lo arresta. Tras el teniente Coronel es llamado el comandante Marcelino López Pita, el más antiguo de los de su empleo en el regimiento. También se niega en redondo a sustituir a su coronel. El general aturdido, nervioso y desconcertado recibe a dos oficiales que desean parlamentar con él. Estos le manifiestan de forma respetuosa que la destitución de Martín Alonso ha encendido los ánimos de la oficialidad y que la indignación que se respira en el cuarto de banderas puede llevar a alguna situación muy grave: “Si se producen más arrestos estallará la protesta que nadie sabe a dónde puede conducirnos”.

El general Caridad, que se ve acorralado, quiere entonces revertir la situación. Convoca en la sala de banderas a todos los jefes y oficiales incluido Martín Alonso, al que saca de su encierro. Trata de ganar su afecto: “Me dicen que la oficialidad está excitada. Tranquilos. Yo nunca seré su enemigo. He sido hasta mi ascenso a general, coronel de este regimiento.  Si he arrestado al coronel Martín Alonso, al que aprecio mucho, es para evitarle las consecuencias de un paso en falso. Mis actos bienintencionados se han interpretado de forma equivocada. Pero aquí no ha pasado nada. Queda usted repuesto en su cargo de coronel del regimiento”.  Martín Alonso le responde: “Usted puede destituirme pero reponerme en el mando solo lo puede hacer el ministro de la Guerra”.

El silencio en la sala, después de la contestación del coronel, se corta con un cuchillo. Todos han quedado helados y sumidos en un profundo desconcierto, debido a que el motor del alzamiento y jefe de la conspiración por sus cualidades y simpatía, es el propio Martín Alonso. Si él no se hace cargo del regimiento, la desgracia para el movimiento militar será irreparable. El Teniente Coronel Nevado le ruega se haga cargo de nuevo del regimiento. Después de un forcejeo emocionado, Martín acepta la reposición. Acompañando al General Caridad, con jefes y oficiales, baja al patio a tomar la promesa a la bandera a los voluntarios del mes de julio. El capitán Osset, que manda la formación, ha hecho entonar canciones patrióticas a la tropa mientras se producían los sucesos descritos.

Una vez tomada la promesa a los nuevos reclutas, el general Caridad Pita habla a la formación. Su figura quijotesca, muy alto y con una poblada barba blanca, sobresale en el patio del cuartel. Todos los mandos están muy pendientes de cómo se dirige a los nuevos soldados. Les habla de patriotismo, de disciplina y termina con un ¡Viva España!, guardándose el ¡viva la república! en él muy usado. Quizás  la prudencia, para no enturbiar más las cosas, alumbró en esa arenga al general Caridad.

 

  1. Palacio de Capitanía, sede de la Jefatura de la División Orgánica de La Coruña.

Mientras en el palacio de la división ocurría algo similar al cuartel de Atocha. El general Salcedo destituye al teniente coronel Tovar, cuyo puesto ocupa el  comandante Antonio Alonso, que se presta a sustituir a su compañero. Un nutrido grupo de jefes y oficiales al conocer la noticia, se dirige a ver al General. Se produce un grave alboroto en la antesala del despacho de Salcedo que quiere avisar a la guardia a través del teléfono y que ya ha sido cortado por los rebeldes. Ordena a uno de sus ayudantes que se disponga a cumplir la misión pero este se topa en las escaleras del palacio con el capitán Galán Fontenla, quien lo encañona con una pistola y le obliga a volver al despacho del general. El general Salcedo a voz en grito, pregunta indignado:” ¿Por qué suben todos en grupo? ¡Esto es un soviet! ¡A ver mi jefe de Estado Mayor!” “¡Presente!”, contesta el teniente coronel Tovar. “¡Usted ya no es mi jefe de Estado Mayor! ¡Está usted destituido! ¡A ver la guardia Militar!”  La orden se pierde por los pasillos de palacio. Los jefes le exigen que se una a sus propósitos y declare el Estado de guerra y  nombre comandante militar al coronel de Ingenieros Cánovas Lacruz. “¡Solo cederé ante un acto de fuerza!” “¿Ante un acto de fuerza?”, inquiere el capitán de infantería, piloto observador aéreo, Jack Caruncho. “¡Pues ahora se va a producir! ¡General queda usted detenido!” El capitán  se ha abalanzado sobre el General y consigue sentarlo de forma violenta en su sillón. Sus subordinados, atemperando al fogoso oficial,  piden al general que rectifique pero Salcedo no da marcha atrás. “Cedo ante la violencia. Que se haga cargo del mando el coronel Cánovas. Ustedes se equivocan y no comparto su responsabilidad. Yo me retiro y hagan ustedes lo que quieran”. Enrique Salcedo Molinuevo, general de la División orgánica nº 8, quedará detenido en compañía del coronel jefe del regimiento de artillería Adolfo Torrado Atocha y el comandante  de Estado Mayor, Antonio Alonso que son los únicos que le secundan. 

El conocimiento de que el general Salcedo ha sido detenido se extiende por la ciudad con celeridad. El capitán Olavide comunica por teléfono la noticia al regimiento de Artillería, previniéndoles de que tengan preparadas las baterías para salir a la calle en cuanto lo ordene el coronel Martín Alonso. Del cuartel de Artillería le contestan que la orden tiene que venir por escrito, ya que el coronel no se haya en las dependencias. “Por escrito, la tendrán” contesta Olavide, “ah y a su coronel no lo esperen pues ha quedado detenido”. En el cuartel del regimiento ligero de artillería número 16, se produce un alborozo generalizado ya que la inmensa mayoría de los jefes y oficiales recelaban de la actitud de su coronel,  Adolfo Torrado. 

La orden llegará por escrito y el papel a desarrollar por los artilleros coruñeses será fundamental  para inclinar a favor del ejército la partida en el difícil tablero coruñés. 

En la sala de banderas del cuartel de Atocha, una vez terminado el acto de la promesa de los nuevos reclutas, los jefes y oficiales se encuentran tomando un pequeño refrigerio. Un teniente, Osuna, entra precipitadamente en la sala y dirigiéndose al coronel Martín Alonso le dice: “A la orden de usía, mi coronel,  el coronel Cánovas Lacruz acaba de tomar el mando de la División”.  Sorprendido por lo que acaba de oír, el general Caridad Pita se levanta de su asiento y decide salir del cuartel. “Voy a comprobar si esa noticia es verdad”, dice a todos los presentes. Martín Alonso  se levanta y grita: “¡Los que estén conmigo a este lado!”. La respuesta de jefes y oficiales, incluidos Cabrera y Navarro que han llegado con el general, es unánime. Rogelio Caridad se queda solo con su ayudante Goizueta, al que dice: “Laureano aquí sobramos”. “¡No se marche, mi general!”,   le comenta Martín Alonso, cerrándole el paso. “¡Es mejor que se quede aquí con nosotros!”. “¡He de reintégrame a mi despacho!”, protesta el General Caridad. “Insisto mi general”, le manifiesta Martín Alonso, “no puede salir”. “¿Es que estoy detenido?”, inquiere Caridad. “¡Como usted quiera entenderlo!”, le replica, Pablo Martín Alonso.  En ese momento, el teniente Ríos, pronuncia unos gritos de ¡Viva Franco! y ¡Viva España! y un ¡mueran los traidores a la Patria!”, que son contestados de forma unánime por todos los presentes. El coronel se dirige al mayor del regimiento y le comunica: “Acompañe usted al general y a su ayudante a la sala de justicia, donde quedarán detenidos”. El capítulo en el cuartel de Atocha se ha resuelto favorablemente para los propósitos de los alzados. 

Por su parte la Guardia Civil entra en movimiento. En el cuartel de Juan Flórez, se presenta vestido de uniforme y con su arma reglamentaria, el teniente coronel González Vallés que ha sido llamado urgentemente desde Capitanía. Vallés se entrevista con el coronel Pérez Tella y le dice que acaba de recibir una llamada de la división y que para trasladarse allí necesita un vehículo y alguna escolta.  “Vaya usted como pueda y por sus medios”, le contesta el coronel. Ante tal negativa, Vallés, se traslada al domicilio del teniente coronel del Benemérita instituto, Benito de Haro.

Desde allí enlazan con la división y comunican que ante la inseguridad reinante no pueden atravesar las calles para llegar hasta el palacio de capitanía. “Ahora irán a recogerle”. En efecto, instantes después  llegará hasta casa de De Haro un coche oficial con el capitán Togores y dos soldados que los llevarán sanos y salvos hasta el palacio de la división. A Capitanía, -donde se ha presentado también el teniente Manuel Sanjurjo de Carricarte, que meses después morirá de forma heroica en el puente de Segovia y alcanzará con su acción la medalla militar individual a título póstumo-, llega González Vallés que entra dando vivas a España. Alguien le pregunta: ¡Se dice que la Guardia Civil está con el gobierno del Frente Popular! Vallés contrariado replica: “La Guardia Civil sale en el momento que yo lo ordene” “¡Entonces a la calle!”, le dicen “¡Pues a la calle!”, contesta enardecido el jefe del instituto armado.

El teniente coronel González Vallés llama desde la división al cuartel del Benemérito cuerpo. Se comunica con el sargento Santos y le dice que el coronel Cánovas se ha hecho con el mando de la división y ha redactado un bando de la declaración del estado de guerra. ¡Bueno, Santos pues sin más dilación a la calle inmediatamente! ¡A tomar la radio y la telefónica!  Al conocer la noticia en el cuartel de la guardia civil se  produce una considerable excitación. Se toca a generala. Gritos de viva España, acompañan a las dos secciones que al mando de los tenientes González y Sarandeses, salen del cuartel para unirse a sus compañeros de armas, el ejército, desoyendo así las palabras del gobernador civil, que a las once de la mañana en la radio afirmaba que las fuerzas de asalto y  guardia civil estaban indefectiblemente al lado de los frente populistas.

Llegan al centro de la ciudad diversos camiones con jóvenes provistos de diferente armamento. A las dos de la tarde dejan de funcionar los tranvías. Los partidarios del frente popular se hacen dueños de las calles.

Las tropas salen a proclamar el estado de guerra. A los cuarteles comienzan a llegar voluntarios, sobre todo de Falange Española y patriotas, en absoluto de acuerdo con el desgobierno del frente popular y que se unirán a  lo largo del día a las fuerzas militares. Entre ellos mi padre, Marcelino,  que se presentará voluntario en el cuartel de artillería. 

González se apodera sin dificultad del palacio de justicia y de radio Coruña desde donde, entre música militar, ordena al locutor Enrique Mariñas que lea el bando de guerra. A los pocos minutos suena el teléfono de la emisora. Es Juana Capdevielle, esposa del gobernador civil, que pregunta en nombre de quien se proclama el estado de guerra. “No tengo que darle ningún tipo de explicación, señora, contesta González, “pero si tiene mucho interés en saberlo, le diré que en nombre de España”.

 

  1. Enrique Cánovas Lacruz Comandante militar de la Coruña que encabezó el Alzamiento militar de julio en la ciudad gallega. 

Una compañía del regimiento de infantería y voluntarios, enarbolando la bandera Nacional tricolor y precedida de una banda de cornetas y tambores,  al mando del capitán Ignacio Sánchez Tadeo, lee en las inmediaciones del Obelisco el bando de guerra: “Yo Enrique Cánovas Lacruz, comandante Militar de La Coruña y jefe de sus Fuerzas Armadas, hago saber: Que secundando el Movimiento iniciado en el resto de España por todas las  fuerzas armadas de la nación para salvar su existencia y defender a la República 

ORDENO Y MANDO

1.- Queda proclamado el Estado de guerra en todo el territorio de mi mando y como primera consecuencia militarizadas todas las  fuerzas armadas sea cualquiera la autoridad de quien dependían anteriormente con los deberes y atribuciones que competen a las del Ejército y sujetas igualmente al Código de Justicia Militar”. El bando que consta de 10 puntos, finaliza del siguiente modo: “Quien no secunde lo que anteriormente he prevenido para el bien público, será mi enemigo y como tal será tratado por las fuerzas a mis órdenes. ¡Viva España! ¡Viva la República! 

Son las dos y media de la tarde cuando una batería que arrastran animales de tiro, protegida por una sección de infantería se dirige hacia el Parrote, para situarse detrás del edificio de la división, emplazando dos piezas de 105/22 en la explanada de la antigua cárcel, enfrente de la actual calle de Tabernas. En la Ciudad Vieja, en unos tejados cercanos a Capitanía, se emplazarán dos ametralladoras para cubrir a la fuerza artillera, que serán manejadas por el teniente de infantería, Santiago Fernández Miranda y por el también oficial, Rodríguez Losada. Estos oficiales harán nutrido fuego de ametralladora contra el club Náutico desde donde creen que se les dispara. En el edificio del club deportivo se hallan el doctor Pastor Nieto Antúnez y el conserje del mismo que a la carrera abandonan las instalaciones. Al llegar a la caseta de aduana se dan de frente con un grupo de guardias de asalto que van a dispararles, evitándolo el conocido administrador del Ideal Gallego, Federico García, que venía con los guardias y que los reconoce a tiempo de evitar el tiroteo.

Casi al mismo tiempo, una compañía de infantería al mando del capitán Mariano Hareizaga desemboca en la plaza de María Pita y se hace con el ayuntamiento. Otra sección, esta de la Guardia civil, con muchas dificultades debido al intenso tiroteo, se dirige por la plaza de Pontevedra y la calle de San Andrés a tomar  la telefónica. Al llegar al edificio, el sargento de asalto que manda la guardia que custodia telefónica, se niega a entregarla sin orden de sus jefes. Avisado Martín Alonso, este llama a la División al capitán Galán Fontenla, antiguo mando de las fuerzas de asalto que se había distinguido bravamente en los sucesos de la revolución de Asturias de 1934, cuando al mando de dos secciones de la 16 compañía de la Guardia de Asalto de La Coruña, intervino en las operaciones para doblegar a los revolucionarios. En razón de su brillante conducta en Asturias, fue separado del cuerpo por el Frente Popular.

Galán se dirige al cuartel de asalto y en unión de los tenientes  Vélez y Miranda se hace cargo de la situación y sublevan a sus componentes con la valiosa ayuda del capitán Herminio Vicente Barrios. Desde allí, Galán habla con el sargento y le dice que va a ir él personalmente a hacerse cargo de la telefónica. El sargento le contesta: “¡A sus órdenes! No haremos fuego, pero tenga cuidado que estamos rodeados de rojos por todas partes”.

Sale Galán con un pelotón de guardias de asalto. A la altura de la fábrica de Tabacos es hostigado por  nutrido fuego  que va a ir en aumento al atravesar la plaza de Orense. Su pelotón quedará disperso, pero él, junto a un cabo y dos soldados, llega hasta la telefónica, donde se une al teniente Sarandeses y al sargento de Asalto, tomando el edificio.

Mientras Hareizaga lee el bando de guerra en la Plaza de María Pita y se instala en el ayuntamiento, la sección de ametralladoras del capitán Rodríguez Volta avanza por Riego de Agua para hacerse con el edificio de correos. Desde allí emplaza sus morteros  de 81 milímetros, en dirección al  gobierno civil.

A las tres de la tarde la batería que ha colocado sus piezas en el Parrote y que manda el capitán Santiago Méndez Nava, acompañado por los tenientes Fernando Ozores Marquina y Gregorio Cañada Argudo, abre fuego contra el Gobierno civil, disparando diez cañonazos con una admirable precisión. Desde varias ventanas la fuerza artillera es hostilizada por algunos tiradores. Uno de ellos alcanzará al cabo Santiago Gómez que fallece al instante. Es la primera baja del Ejército en el alzamiento coruñés. Al ver el capitán y los tenientes caer sin vida al cabo y heridos a cinco soldados más, ordenan a los artilleros que se pongan a cubierto, encargándose ellos tres de servir las piezas con un arrojo y valor sin límites. Ozores será herido levemente.  

En esas horas terribles de incertidumbre, lucha y balas, habrá también lugar para dos episodios surrealistas y chuscos. Uno  de ellos tiene que ver con el famosísimo Marcelino “El del Cantón”, personaje extravagante de aquella Coruña de 1936. En plena contienda entre militares alzados y revolucionarios, desafiando a las balas, Marcelino, dio su paseo diario por una calle Real completamente desierta y llena de sacos terreros. El otro nos cuenta la reacción de  unos hermanos apellidados Juncosa, que vivían muy cerca del Teatro Rosalía. Los Juncosa,  tenían en casa un cabra con la que se surtían de leche para su consumo. Pues bien al iniciarse el bombardeo artillero del Gobierno Civil, los Juncosa, temerosos, se asomaron al balcón de su casa y comenzaron a dar gritos y a tirar comida a fin de lograr con ello que no le matasen la cabra a la que tenían un cariño muy especial. ¡Vivir para ver!

 

  1. Destrozos en el gobierno civil de La Coruña tras ser cañoneado por los militares alzados. 

Los cañonazos de la artillería  ha dañado seriamente el edificio. Uno ha penetrado en el propio despacho del gobernador, otros han causado destrozos en  el escenario del Teatro Rosalía que comparte edificio c0n la sede gubernamental y en la radio del propio gobierno civil que queda destrozada. Lo impactos sorprenden a Pérez Carballo rodeado de diputados izquierdistas y simpatizantes del frente popular, así como a una sección de guardias de asalto que defienden el inmueble y que se desmoralizan al conocer que sus antiguos tenientes Galán y Miranda están con los militares. Incluso uno de los mandos defensores, el teniente Reigada, adicto al alzamiento, deriva de forma intencionada los disparos de los morteros para que no alcancen a las fuerzas sitiadoras.

A las cinco y media de la tarde, ante el acoso de los militares, se iza bandera blanca. El gobernador contra la opinión de su mujer, se rinde. Los guardias de Asalto defensores, abren las puertas y salen al encuentro de los soldados con los brazos en alto. La mujer del Gobernador, Juana Capdevielle, se refugió en una farmacia cercana, la de López Abente, desde donde presenció el final de las hostilidades. Soldados de infantería entran en el edificio con sus bayonetas caladas.

 

  1. Parte trasera del edificio del Gobierno Civil de La Coruña en la avenida de la Marina, tras ser cañoneado.

Se detendrá a todos los presentes; al gobernador civil Pérez Carballo; al alcalde Suárez Ferrín; al secretario municipal Martín Martínez; al jefe de la agrupación socialista, Ramón Maseda; al comandante Quesada y al capitán Tejero, que serán trasladados al acuartelamiento de Atocha. Escaparán para refugiarse en una casa de la calle de la Florida, el diputado de izquierda republicana, Manuel Guzmán y el funcionario municipal Francisco Prego, que serán arrestados días después. 

Las fuerzas militares lograr desalojar de revolucionarios la casa del  banco Pastor en cuya azotea  habían emplazado una ametralladora. Pedro Barrié de la Maza refugiaría en su vivienda a varios de sus vecinos mientras duró el dramático tiroteo entre fuerzas de infantería y elementos marxistas. Pese a todo el emblemático edificio no sufrió excesivos daños.

 

  1. 20 de julio. Tropas del ejército custodian las inmediaciones del Gobierno Civil, tras su rendición, y del Teatro Principal al inicio de la calle de Fermín Galán (hoy Real) 

De esta forma  el conflicto se extiende hacía Santa Margarita y barrios periféricos. A la seis de la tarde llegan al puerto el torpedero nº 2 y un Guardacostas de la Armada, que se unen a sus compañeros de armas. El teniente coronel González Vallés, ordenaría  a sus comandantes, que introdujesen todos los barcos situados en la bahía, algunos de ellos con elementos izquierdistas embarcados, que han luchado contra el Ejército en las calles coruñesas y se han visto derrotados; que los abarloase a la Dársena, dándoles la instrucción de hacer fuego contra toda embarcación que intentase abandonarla. Igualmente llegarán dos Hidroaviones  de la base de Marín que amararon en la propia Dársena.

 


  1. 20 de julio. Fuerzas del ejército desplegadas en las calles de La Coruña. 

A la noche quedan en manos del Ejército, la Ciudad Vieja, los edificios más importantes y el resto de la ciudad hasta la plaza de Orense. Los marxistas se han ido replegando hacia Santa Margarita y el Gurugú, En su poder están todavía los barrios de Nelle, Castiñeiras, Monelos, la estación del ferrocarril, la cual asaltan; Fábrica de Tabacos; escuelas Labaca en el Camino Nuevo; el  chalet de Torrado al inicio de Santa Lucía (actual calle de Ramón de la Sagra) y la casa de  Bendamio en la huertas de Garás, zona  actual de la avenida de Primo de Rivera, escalinata de Rafael del Río y calle de Fernández Latorre.  

En ese sector cerca de Cuatro Caminos,  está ubicado el cuartel de la Guardia de Asalto en la calle de García Prieto, hoy avenida de Oza, bautizada asi tras desposeer al general Sanjurjo, que daba nombre  a la vía, por el gobierno municipal de la infecta y malvada marea podemita, con la inestimable ayuda del PSOE, salido de las elecciones municipales de  2015.

El cuartel de la guardia de Asalto quedó bloqueado, pero el capitán Herminio Vicente al mando de cien hombres, toma los depósitos de la CAMPSA y mejora notablemente la situación del acuartelamiento. Desde allí tendrá que  defenderse por espacio de dos días de los continuos ataques de los revolucionarios,  que provienen de  las alturas de los Castros y de las cercanías de la fábrica de Tabacos.

A la mañana del día 21, una columna de mineros provenientes  de Noya se adentra en la ciudad por la Palloza y avenida de Primo de Rivera. No podrán pasar de la plaza de Orense, donde fuerzas de la Guardia civil los repelen de forma contundente. Pronto se rehacen e intentan proseguir por el Camino Nuevo y calles adyacentes. Pero una ametralladora situada en las cercanías del colegio Dequidt les hace continuo fuego, obligándoles a retirarse hacia la plaza de Vigo,  chalet de Torrado en el final de Linares Rivas  y la casa en construcción del señor  Bendamio. De esos inmuebles serán desalojados a cañonazos por una batería del regimiento 16 Ligero de Artillería al mando del capitán Juan Judel y por una sección de morteros de regimiento de Infantería que manda el teniente Español.

A la tarde de ese día las fuerzas de Ejército y Guardia Civil, comandadas por el capitán de la Benemérita, Roger Oliete, toman el monte de Santa Margarita, los barrios del Gurugú y Monelos. En la fábrica de Senra las tropas incautan gran cantidad de dinamita. Los anarquistas, socialistas, comunistas y mineros huyen de la ciudad, no sin antes dejar su estela de destrucción. Asesinan en el hotel Europa de la calle de San Andrés al magistrado de la sala de lo criminal, Policarpo Fernández Costas; incendian la sacristía de la Iglesia de San Pedro de Mezonzo y saquean la residencia de los Redentoristas. Igualmente prenden fuego y expolian el pazo de Maximiliano Linares Rivas en el lugar del Espino.  Es nombrado delegado municipal, o sea alcalde, el capitán de intendencia José Fuciños Gayoso y delegado gubernativo el teniente coronel de la Guardia civil Florentino González Vallés, haciéndose cargo de la Diputación provincial el comandante Otero Goyanes.

 

 

  1. Soldados en el molino de Santa Margarita. 

El día 22, fuerzas del ejército se hacen con el último reducto en poder de los marxistas, la estación del ferrocarril y establecen contacto con las fuerzas de Asalto bloqueadas en su acuartelamiento y en los depósitos de CAMPSA. El triunfo en La Coruña es total. La vida cotidiana será rápidamente restablecida. El propio día 22 llegará a puerto el cazatorpedero Warn de la armada inglesa. Se hará a la mar igualmente el trasatlántico Magallanes que llevaba varios días amarrado a nuestro puerto.  El comandante de ingenieros, Andrés Fernández Albalat, se encargará de poner en funcionamiento tranvías y trenes. De nuevo vuelven a circular taxis. Entre los días 24 y 25, los servicios de  transporte  urbano,  de correos y telégrafos, quedan restablecidos con total normalidad.  El servicio de trenes también se reinicia al tenerse conocimiento de que en las restantes provincias gallegas ha triunfado el Alzamiento. A las siete y media de la tarde del día viernes 24 la banda de música del regimiento de Infantería reanudó sus conciertos en los jardines de Méndez Núñez.

 El nuevo alcalde coruñés, Capitán de Intendencia, José Fuciños Gayoso, publicará un bando donde entre otras cosas manifiesta: “La Coruña está entrando en estos momentos en la normalidad de todos los servicios. Lo prestan bomberos, servicios funerarios, Guardia Municipal, abastecimientos de carnes, limpieza, desinfección, con absoluta normalidad y merced a la gran colaboración que he obtenido de estos empleados y obreros  que haciendo gala  de un civismo digno de toda alabanza, están dispuestos conmigo  a colaborar en beneficio del bien común al que presta al mismo tiempo su entusiasta colaboración el pueblo íntegro de La Coruña. Al ponerme por primera vez en contacto con los coruñeses he de expresar mi sentir militando con vosotros. ¡Viva España! ¡Viva La República!”

  

  1. Alcalde de la Coruña tras el alzamiento Nacional. Capitán de Intendencia, José Fuciños Gayoso, 

Los derrotados en la capital, han buscado refugio en los ayuntamientos limítrofes que serán pronto pacificados. En las proximidades de Guitiriz, la Guardia Civil logra detener a los importantes cabecillas del marxismo, “los hermanos de la lejía”, Bebel, France y Jaurés García y al conocido agitador anarquista, Enrique de Miguel Moscoso, apodado “el cristo de Vioño” o “el tuerto”,  cuando viajaban en un vehículo incautado, en el que llevan un cartel muy visible  donde reza: “peligro de muerte”. Y así era, ya que los conocidos “hermanos de la lejía”, pertenecientes a un familia de recia ascendencia socialista, eran elementos muy peligrosos. Su padre José García Iglesias fue desterrado de Ribadeo después de los graves sucesos que convulsionaron a España en 1917. Se traslada a La Coruña y en ella, abre un negocio de fabricación y venta de lejía. Ateo y marxista convencido, tendrá ocho hijos, la mayoría nacidos en Ribadeo, a los que pondrá entre otros los estrambóticos nombres de Bebel, Jaurés, France, Voltaire, Berthelot, arrancándole su esposa, en un descuido, el nombre de José para uno de ellos. Van a ser muy populares en la ciudad, ya que impondrán entre las gentes de derecha un pánico atroz.  Violentos, con coraje, deportistas,-Bebel llegó a jugar en el Deportivo-, son los organizadores de las milicias de las juventudes socialistas coruñesas. Entre sus “pacíficas” acciones destacan su detención en Santiago de Compostela el día 7 de febrero de 1936, por agredir  a la Guardia civil y portar armas en plena campaña electoral. De este delito fueron amnistiados a los pocos días, coincidiendo con el triunfo amañado en las urnas del Frente popular; el apuñalamiento del falangista Pena Manso; palizas a varios jóvenes de derechas y a personas por tan sólo el hecho de asistir a Misa; tiroteo contra el cuartel de Artillería; duros enfrentamientos con miembros de la Falange coruñesa, que eran los únicos que les hacían frente en las luchas callejeras; registros a personas en plena vía pública; asesinato de los hermanos Freire en junio de 1936; asalto a locales de organizaciones de derechas y a la patronal; ocupación, pasadas las elecciones de febrero del 36, de los jesuitas, previo incendio de la Iglesia. En unos locales anexos a la Iglesia, los Luises, establecerán la casa del pueblo, de donde serán desalojados el día 21 de julio por fuerzas del Ejército que arriarán la bandera roja e izarán ante un numeroso público que les aplaude frenéticamente la bandera nacional tricolor.  

En la mañana del 20 de julio de 1936, los hermanos de la lejía acompañados por otros activistas participaran en el asalto a la casa de los hermanos José y Armando Casteleiro Varela, situada en la calle Real. Los hermanos Casteleiro miembros destacados de Renovación Española, no se hallaban en su casa, encontrándose en lugar desconocido desde el  13 de julio, día en que se conoció el asesinato de José Calvo Sotelo en Madrid por fuerzas del orden y pistoleros socialistas.

A los hermanos de la lejía también se les relacionó con el atentado contra el  General  Carlos Bosch y Bosch, al que alguien disparó en su habitación del hotel de Francia en la madrugada del día 18 de abril de 1936. El general Bosch había participado en el aplastamiento de la revolución marxista de Asturias en 1934. Con posterioridad se conoció que el grupo de pistoleros estaba formado por los hermanos Bebel y France García, Enrique Pena Vila, Juan Martínez Fontenla, Félix Gila Esteban y Fabián Alonso. Después de una noche de copas alrededor de las cuatro de la madrugada decidieron encaminarse hacia el hotel de Francia y haciéndose pasar por policías exigieron al conserje del hotel, Antonio Villaverde, que le mostrase el libro de registro de huéspedes que estaba sin actualizar  y las papeletas que se cubrían según la llegada de viajeros. En una de ellas figuraba el nombre de Carlos Bosch y Bosch que había llegado a La Coruña desde León, donde era general jefe de la XVI Brigada de Infantería, para presidir en nuestra ciudad un consejo de guerra incoado a un oficial. 

Con la misma y después de amenazar al conserje se van por donde llegaron. En la calle deciden atentar contra el general, A las seis de la madrugada cuatro de ellos, Bebel García, France García, Fabián Alonso y Pena Vila regresan al hotel. Llaman varias veces a la puerta de la habitación donde está alojado el general, quien cree que es su  ordenanza que viene a buscarle. El general se levanta y descorre el pestillo permitiendo el acceso. La puerta se abre y Pena Vila dispara y todos huyen a la carrera. Por fortuna para el general la habitación contaba con dos camas. El general Bosch descansaba en la más alejada a la puerta y en la otra tenía extendido el abrigo que posiblemente fue lo que confundió al pistolero, pues  fue quien se llevó la bala disparada.

En su decálogo, las juventudes socialistas manifestaban en su punto cuarto: “Es necesario manifestarse en todas partes, militarmente, para que todas nuestras actuaciones lleven por delante una atmósfera de miedo y respeto”. En otro punto decían textualmente: “La única idea que hoy debe tener grabada el joven socialista en su cerebro es que el socialismo solo puede imponerse por la violencia y que aquel compañero que propugne lo contrario, que tenga todavía sueños democráticos, sea alto, sea bajo, no pasa de ser un traidor consciente o inconscientemente” 

Bebel, France y Jaurés, acompañados del “cristo de Vioño”, fueron detenidos por la Guardia Civil en Guitiriz.  Un juicio sumarísimo condenó a muerte a los hermanos Bebel y Jaurés, así como al “cristo de Vioño”. Actuó como juez instructor el capitán Olavide.  Como auditor, José María Salvador y Merino, que era también presidente del Deportivo. El fiscal fue el teniente auditor, Hernán Martín Barbadillo y el abogado defensor, el teniente de artillería Esteban López.

Condenados por alta traición y de hacer armas en la mano contra los militares alzados en las calles de la ciudad, en la madrugada del 29 de julio, el capitán Olavide, se trasladó acompañado del secretario, el brigada de Infantería, Jesualdo Rodríguez, a notificar la sentencia a los presos. Fueron fusilados en Adormideras. France, menor de edad, sería paseado por incontrolados en fechas posteriores. Su hermano Pepín, consiguió escapar. Escondido durante unos meses, logró secuestrar un barco pesquero a punta de pistola y puso rumbo a Francia.

Algunos pseudo historiadores por supuesto rabiosamente de izquierdas y otros “compañeros de viaje”, han querido presentar a “los de la lejía” como unos románticos luchadores por la libertad cuando los hechos demuestran  a las claras todo lo contrario.

Los generales Salcedo y Caridad, así como el alcalde Suárez Ferrín y el secretario municipal, Martín Martínez, condenados por un sumarísimo consejo de guerra, serán fusilados, al igual que el  comandante  de asalto, Quesada y el capitán del mismo cuerpo, Tejero Langarita.



1936, De izquierda a derecha alcalde Alfredo Suarez Ferrín, General de división Enrique Salcedo Molinuevo, coronel Pablo Martin Alonso, Juan Capdevielle, General de Brigada Rogelio Caridad Pita y gobernador civil Francisco Carballo. Menos el coronel Martín Alonso, los otros cinco tuvieron un infausto final. 

Es la tragedia, la  dramática realidad de las contiendas civiles, que como el río desbordado se lleva por delante todo lo que encuentra  a su paso con inusitada furia. Así fue la guerra de liberación española de 1936-1939, una lucha a muerte sin cuartel entre dos enemigos irreconciliables. Ya José Antonio Primo de Rivera, antes del inicio de la guerra, vaticinó con  visión profética: “La próxima lucha que acaso no sea electoral, que acaso sea más dramática que las luchas electorales, no se planteará alrededor de los valores caducados que se llaman derecha e izquierda; se  planteará entre el frente asiático y torvo de la revolución rusa en su traducción española y  el Frente Nacional de la generación nuestra en línea de combate”.  

Y como siempre gente inocente caerá de un lado y de otro. Constantemente oí decir en mi casa, a mi padre, Marcelino,  decidido partidario de la causa de Franco y del bando Nacional, en el que se jugó la vida como voluntario,  que el fusilamiento del alcalde Suárez Ferrín, del secretario municipal  Martín Martínez, y del diputado  Guzmán, había sido un craso error, ya que coruñeses de esa valía y bondad, no eran peligrosos ni en las filas del enemigo. E igual José Antonio, Pedro Muñoz Seca, Ramiro de Maeztu, Julio Ruiz de Alda, Onésimo Redondo, Ramiro Ledesma Ramos, Juan Canalejo. Españoles de una pieza,  de cuerpo entero, patriotas de corazón, en suma personas de bien, que la maldita guerra les dejó en el camino y les truncó de raíz la esperanza de seguir luchando en cualquiera de los dos  bandos por una España mejor, sin necesidad de acudir a las armas. Así estaba escrito y así inexorablemente se cumplió. Venir ahora, ochenta y tres después de la finalización de la contienda, a desenterrar muertos tan solo de un lado, pues el otro, el nacional, no interesa al sanedrín de vividores y tragaldabas sectarios y llenos de odio que abanderan, atiborrándose de subvencioes, la malvada ley de la memoria histórica, junto a los tibios que miran, llenos de complejos, hacia otro lado,   es sencillamente deleznable, trágico y en suma muy peligroso.

Un apunte final a modo de epílogo del alzamiento en La Coruña, es el que se refiere al  destino  dramático del gobernador civil, Francisco Pérez Carballo y su esposa. Amigo personal y compañero de partido, en izquierda republicana, del presidente del gobierno, Santiago Casares Quiroga, este le nombra gobernador de La Coruña, dándole el cargo, según sus propias palabras,  “como regalo de boda”. Carballo acababa de contraer matrimonio con Juana Capdevielle, archivera de la ciudad universitaria de Madrid. La joven pareja  llegó a La Coruña en el mes de abril de aquella  primavera caliente de 1936, totalmente desprotegida, sin ningún tipo de experiencia para afrontar con éxito su difícil y arriesgado cometido. Las únicas cartas credenciales que presentaron para tan comprometido puesto, fue su militancia férrea, su lealtad inquebrantable a Casares Quiroga y su izquierdismo más recalcitrante.

En las memorias del general farmacéutico Ángel Ramos, colgadas en la red por su nieto, hay un párrafo dedicado a las formas y maneras de la archivera y “gobernadora de La Coruña”, Juana Capdevielle que dice así: “En el gobierno civil, quedaron cercados el gobernador civil de La Coruña y su señora con  guardias de asalto, carabineros y milicianos rojos. La señora se constituyó en  jefe de aquellas fuerzas, alentándolas con grandes gritos y vivas a la república”. En otro lugar de sus memorias, continua el general Ramos: “El gobernador se arrepintió y murió cristianamente, diciendo que recibía lo que se merecía. Pidió perdón a todos. No así su mujer, que fue la que empujó a la política a los de “la lejía” para hacer numerosos crímenes. En la prisión provocaba a los guardianes haciéndoles exhibiciones obscenas y excitando a la rebelión a otros presos”. “Era un elemento peligroso. Se le atribuía que era la que señalaba a los de la lejía, las victimas a causar. Empujaba a su marido a hacer una política extremista”.

La violenta tempestad de consecuencias insospechadas, que recorrió España de norte a sur, los arrolló. Después del triunfo del alzamiento, los sublevados condenaron a muerte al matrimonio. Él murió fusilado y su esposa, que había sido puesta en libertad, fue lamentablemente asesinada por fuerzas represoras incontroladas. Su cuerpo fue encontrado en una cuneta en las cercanías de La Coruña. Que tragedia para una pareja que en pocos meses pasaría de la más absoluta felicidad, su boda, su nuevo cargo político, en fin su triunfo,  a la desdichada y fatal realidad de una brutal y estremecedora derrota que le llevaría a la muerte.