Perteneciente a la casa de los Trastámara, hija del Rey Juan II de Castilla e Isabel de Portugal, tal día como el 22 de abril de 1451 nació en la localidad abulense de Madrigal de la Torres una niña, a la que pusieron de nombre Isabel, que habría de cambiar no solo el presente de España, sino también el futuro del mundo. Sin embargo, a pesar de su singular destino, su vida no fue precisamente un camino de rosas, sino más bien una angosta y escarpada senda, siempre serpenteante al borde del precipicio. Isabel nació siendo infanta, ya que el título de Príncipe de Asturias y, por tanto, heredero al trono de Castilla le correspondía a su hermanastro Enrique, nacido del primer matrimonio de Juan II con María de Aragón. Dos años después de su nacimiento su madre dio a luz al infante Alfonso, con lo cual Isabel quedó relegada al tercer lugar en la línea sucesoria, dando ello motivos para pensar que su posibilidades de reinar eran remotas. De hecho, tras la muerte de Juan II, acaecida el 22 de julio de 1454, Enrique fue coronado Rey de Castilla.

Cuenta la “leyenda negra antiespañola” que Isabel era una persona adusta, poco cuidadosa con la higiene corporal, intolerante y con escaso bagaje cultural, dibujándose así una imagen del personaje que para nada se corresponde con la realidad. Así, en lo que a su imagen se refiere, los cronistas de la época describen a Isabel como una mujer de hermosas facciones, mirar gracioso y honesto, que cuidaba con esmero su aspecto físico, hasta el punto de tener a bien adornarse con bellos vestidos y joyas preciosas cuando al ocasión requería que se mostrara públicamente en todo su esplendor. Por lo que respecta a su formación, recluida tras la muerte de su padre en el Palacio de la ciudad amurallada de Arévalo junto a su madre y hermano, Isabel recibió una esmerada educación en arte literatura y filosofía, en un ambiente apartado y austero, que invitaba al recogimiento y la meditación. Una prueba evidente de su interés por la cultura la encontramos en el hecho de que una vez reina se rodeó de un círculo cortesano compuesto en buena parte por mujeres eruditas con las que se reunía habitualmente para debatir acerca de cuestiones tanto políticas como filosóficas. Además, su abuela materna, Isabel de Barcelos, se encargó personalmente de fortalecer su carácter, haciéndola sentirse orgullosa de su condición femenina en una época en la que prevalecía la opinión de que las mujeres eran inferiores a los hombres tanto en racionalidad como en fortaleza. En resumidas cuentas, el proceso educativo seguido por Isabel desde su más tierna infancia hizo de ella una mujer con una personalidad fuerte, templada y reflexiva, acompañada de una cultura notable y muy superior a los estándares propios de la época.

En cualquier caso, su periplo vital continuó deparándola experiencias, en ocasiones dulces y otras amargas, que se encargaron de aumentar su bagaje intelectual y sus habilidades sociales. Así, a la edad de 10 años, la sencilla y fructífera estancia de Isabel en Arévalo se vio truncada al verse obligada a vivir en la corrupta corte de Enrique IV instalada en Segovia. Este periodo de su vida fue particularmente enriquecedor en el terreno político, ya que la permitió conocer de primera mano el complejo mundo de las altas esferas de poder, aprendiendo a desenvolverse con sagacidad en medio de las inquietantes intrigas palaciegas, fruto de las permanentes conspiraciones de unos nobles que luchaban entre sí por ganarse los favores del rey para aumentar con ello su poder y capacidad de influencia. En consecuencia, aunque aborrecía el ostentoso lujo que rodeaba a la corte de Enrique IV, lo cierto es que la vida en palacio proporcionó a Isabel la oportunidad de desarrollar una lúcida inteligencia política, como posteriormente pondría de manifiesto a lo largo de su vida.

De todas los episodios que hubo de vivir, el más penoso que padeció en estos años de juventud fue el que enfrentó al rey con su hermano el infante Alfonso, debido a que la mayoría de nobles castellanos, convencidos de la falta de virilidad del rey, pensaban que la hija de Enrique IV con su segunda esposa, Juana de Portugal, era en realidad hija de su valido, Beltrán de la Cueva, motivo por el cual se la conoce como Juana la Beltraneja. A la vista de esta situación la nobleza consideró que no era Juana sino Alfonso el legítimo heredero al trono. La situación para el rey fue empeorando progresivamente, hasta que finalmente claudicó ante las presiones nobiliarias, nombrando a Alfonso heredero al trono de Castilla, ganándose de paso el apelativo de “el Impotente”. Como consecuencia de todo ello la importancia de Isabel dentro de la corte creció como la espuma, llegando a convertirse en codiciado trofeo por garantizar el ascenso en el escalafón social. También Enrique IV comenzó a ver a Isabel como una pieza más con la que asentar su posición en el trono, de tal forma que acordó con el ambicioso aristócrata castellano Juan Pacheco que Isabel se casará con su hermano, Pedro Girón, a cambio de sofocar la rebelión que los nobles habían llevado a cabo al proclamar a Alfonso Rey de Castilla, en la llamada “Farsa de Ávila”. Finalmente, ni Pedro Girón se desposo con Isabel ni Alfonso reinó en Castilla, ya que ambos murieron prematuramente. Así, debido a la inusitada resolución del conflicto, la situación de Isabel se vio sustancialmente modificada al pasar a ser la presunta heredera al trono de Castilla.

A pesar del hondo dolor derivado de la muerte de su hermano, Isabel, sabedora de que no podía fiarse de nadie en la corte, se centró en consolidar su recién adquirida posición. Para ello Isabel se movió con rapidez, astucia y coraje, consiguiendo firmar con Enrique IV el llamado “Tratado de los Toros de Guisando”, en virtud del cual se acordaba su nombramiento como Princesa de Asturias y, por tanto, legítima heredera a la Corona de Castilla.

Demostrando una vez más su arrojo y capacidad de decisión en situaciones comprometidas, el siguiente paso dado por Isabel fue sumamente arriesgado, ya que eligió como futuro marido a Fernando, heredero al trono de Aragón, sin contar para ello con el obligado beneplácito del Rey Enrique IV ni con la dispensa papal necesaria para las bodas entre primos. Debido a todo ello el enlace matrimonial, celebrado el 19 de octubre de 1469, tuvo lugar en la más absoluta clandestinidad y con una dispensa papal falsificada. Al enterarse Enrique IV de lo ocurrido, montó en cólera y volvió a reconocer a su hija Juana la Beltraneja como heredera al trono de Castilla. Como consecuencia de dicha decisión, a la muerte del rey en 1474, se desencadenó la “Guerra de Sucesión castellana”, en la cual se enfrentarían ambas herederas al trono. Isabel fue apoyada mayoritariamente por la nobleza castellana y el reino de Aragón, mientras que Juana contó con la ayuda de Portugal, debido a su matrimonio con Alfonso V de Portugal, y de Francia, debido a su temor ancestral a la unión de Castilla y Aragón. Finalmente, en 1479, concluyó la guerra con la victoria del bando isabelino, de tal forma que Isabel fue coronada como Reina de Castilla, contando para ella con una dispensa concedida por el Papa Alejandro VI, mientras que Juana tomó los votos e ingreso como monja en el Monasterio de Santa Clara, situado en la ciudad portuguesa de Coimbra.

Ya como Reyes de Castilla y Aragón, fue nuevamente el Papa Alejandro VI el que, en 1496, mediante la bula “Si convenit” otorgó a Isabel y Fernando el título de Reyes Católicos. Adelantada a su tiempo, Isabel no cedió a Fernando por el hecho de ser mujer ni poder ni protagonismo, de ahí que el lema “Tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando” haya pasado a la historia por explicitar a la perfección la relación de igualdad mantenida por ambos monarcas a lo largo de su mandato.

Con la conquista del Emirato de Granada en 1492, la definitiva integración de las Islas Canarias en la Corona de Castilla en 1496 y la anexión del Reino de Navarra en 1512, los Reyes Católicos prácticamente completaron la configuración definitiva de la nación española. Los logros territoriales se vieron acompañados de un notable reforzamiento de la Monarquía Hispánica mediante la progresiva eliminación de la influencia y prerrogativas de la nobleza y el clero. Para ello lo Reyes Católicos reformaron el Consejo Real, que pasó a estar representado por una mayoría de consejeros altamente cualificados por proceder de la universidad, los cuales debían dar cuenta de su actuación exclusivamente a la Corona. Asimismo, los Reyes Católicos eliminaron a los validos y crearon un cuerpo de funcionarios que dotaron al Estado de una creciente y bien dimensionada burocracia que funcionaba de forma autónoma, mejorando de esta manera la eficacia y eficiencia administrativa de la Corona. A todo ello debe añadirse la creación en 1476 por parte de Isabel la Católica de la Santa Hermandad, una suerte de cuerpo policial, el primero del mundo, que servía, por un lado, para proteger a los pueblos de los ataques de los nobles levantiscos y, por otro lado, para perseguir a bandidos, salteadores de caminos y ladrones de ganado. Por último, con la finalidad de mantener la ortodoxia cristiana para garantizar la cohesión ideológica en todo el territorio español, en unos tiempos en los que la religión ejercía una enorme influencia sobre la población, nombraron a dos inquisidores del Santo Oficio, algo que, debido a la complejidad del tema, merece capítulo aparte.

En definitiva, desde su coronación los Reyes Católicos orientaron sus esfuerzos a fortalecer al Estado, dotándolo de una estructura propia e independiente del resto de poderes fácticos existentes en la época. Con ello los Reyes Católicos, socavando la estructura feudal hasta entonces imperante, hicieron de España el primer Estado-Nación de la historia, razón por la cual la historiografía comúnmente aceptada coincide en asignar a Isabel y Fernando un papel fundamental en el paso de la humanidad de la Edad Media a la Edad Moderna, señalando a Isabel I de Castilla como la “Reina Renacentista” por excelencia.