Escribe José María Cusell: “por encargo de don Mauricio de Sivatte visité en Madrid a don José María Valiente, miembro del Secretariado que sucedió a Fal, para decirle que el Carlismo no debía vincularse a Franco, para que, cuando este faltase, no se le barriese con los restos del Movimiento. Valiente me contestó que había estado con Franco y éste le había mostrado el Decreto nombrando sucesor, sin nombre y creía debíamos no crearle problemas a Franco por sí se decidía a nombrar como sucesor a un Príncipe carlista”.

 

Estas declaraciones de Valiente se produjeron a mediados de la década de los cincuenta. Todavía don Carlos Hugo no se había presentado en el Montejurra de 1957. La Comunión Tradicionalista esperaba que, después de una profunda reflexión y teniendo en cuenta la contribución de los Requetés durante la guerra civil, Franco se inclinara por un miembro de la dinastía carlista en el momento de buscar sucesor. Evidentemente no se pensaba en la posibilidad que un príncipe de la dinastía liberal fuera el elegido.

 

Durante una serie de años el Carlismo vivió sumida en la hipótesis, esto es, si Franco hace esto o aquello, si nosotros colaboramos con la dictadura, si no nos hacemos indispensables, si no provocamos discrepancias… tal vez éste sea el momento de ver a un rey carlista en el trono de España. El Carlismo, que antes de la guerra civil, había sido un movimiento político fuerte, se veía subyugado al pensamiento de un ser que gobernaba en España por imposición. Ese fue el error del Carlismo. Si el Carlismo hubiera tenido un rey esta subordinación no hubiera existido pero, desgraciadamente, sólo se tenía un regente.

 

Ahora bien, el Carlismo vivió y sucumbió a una hipótesis pero, en realidad, ¿qué pensaba Franco de todo esto? Se quiera o no, se esté de acuerdo o no, el futuro de España estaba en sus manos. ¿Qué pensaba sobre la sucesión? ¿Las especulaciones de los dirigentes carlistas eran ciertas? ¿Se equivocaron al pensar que un rey carlista podía acceder al trono de España? La historia nos demuestra que se equivocaron pero, ¿por qué cometieron ese error?

 

Una vez finalizada la guerra civil surgieron tres pretendientes al trono de España. Todos ellos ya lo eran antes de 1936 pero, centraremos la historia una vez finalizada la guerra civil. Por una parte estaba don Javier de Borbón-Parma, nombrado Regente por don Alfonso Carlos de Borbón, último rey carlista de la dinastía mayor. En septiembre de 1936, a la muerte del segundo, sobre él recayeron los derechos dinásticos y legítimos que, desde 1833, habían defendido los reyes y el pueblo carlista. En segundo lugar estaba don Juan de Borbón y Battemberg, hijo de Alfonso XIII. Por derecho, de no haber renunciado su padre el trono de España, año 1931, le correspondía heredar el trono de sus mayores. El tercero era el Archiduque don Carlos de Habsburgo y de Borbón, nieto de Carlos VII. Al morir don Alfonso Carlos de Borbón sin descendencia, le correspondía a él heredar los derechos dinásticos del Carlismo. La línea sucesoria directa era para él y no para don Javier de Borbón-Parma, que era sobrino de doña María de las Nieves de Braganza, esposa de don Alfonso Carlos de Borbón. Así las cosas, ¿Cuál era la legítima línea sucesoria?

 

El Archiduque don Carlos de Habsburgo y de Borbón murió, infortunadamente, durante las navidades de 1953. Le sucedieron sus dos hermanos, los Archiduques Antonio y Francisco José. Ninguno de los dos estuvo a la altura de las circunstancias. Se pensó que, tal vez, de no haber muerto inesperadamente, Franco hubiera pensado en él para sustituirlo. En 1964 Franco declaró, sobre el derecho al uso del título de duque de Madrid, como descendiente directo de Carlos VII, por parte del Archiduque Francisco José que: ya conocía yo eso, pero para mi los descendientes legales a la Corona de España son los herederos de Don Alfonso XIII, y por lo tanto no comprendo cómo haya quien no reconozca esta legitimidad. Si uno de los descendientes no reúne condiciones por discrepar del Movimiento Nacional, será elegido su hijo para reinar, y en caso de no poderse hacer esto por renuncia del designado, se nombrará a un regente tal como está dispuesto en la ley de sucesión. De lo cual se desprende que difícilmente ninguno de los nietos de Carlos VII hubiera podido ser designado para reinar en España.

 

Desde la muerte de don Alfonso Carlos de Borbón, septiembre de 1936, don Javier de Borbón-Parma fue reconocido como Regente. No fue hasta 1965, con el acto de Puccheim, cuando se proclamó rey. Durante esos treinta años hubo algunos intentos para que aceptara unos derechos que, por mandato real, le eran propios. Don Javier de Borbón-Parma rehusó, en dos ocasiones dicho nombramiento y no fue hasta doce años antes de su muerte cuando los aceptó. No entraremos en los motivos por los cuales no aceptó dicho reconocimiento. Pensamos que son poco significativos. Rey o Regente, indistintamente, el derecho existía y, por lo tanto, esta matización no tenía que haber sido un obstáculo para nombrarlo sucesor de Franco.

 

En diciembre de 1958 Franco comentó: Dentro de la monarquía no considero más heredero legítimo que Don Juan de Borbón. Todas las ramas tradicionalistas no son hoy legítimas, y a sus representantes nadie los conoce en nuestro país. Lo malo es lo mal aconsejado que está Don Juan, lo liberal que es, y que prescinde del actual régimen hablando en muchas ocasiones como si éste no existiese. Estas palabras constatan lo que anteriormente hemos dicho. Regente o Rey sólo era una matización. Lo importante es que Franco no los consideraba como sucesores por dos hechos: ser extranjeros y no ser conocidos en España. Todo lo demás, esto es, poseer los derechos legítimos del Tradicionalismo, era lo de menos. Para Franco la única rama legal y legítima era la de Alfonso XIII. Lo cual no es sorprendente. Sólo recordaremos que su padrino de boda fue el propio rey.

 

Teniendo en cuenta lo dicho, es interesante conocer el pensamiento de Franco con respecto a la guerra que se inició en 1833, tras la muerte de Fernando VII, entre los defensores del príncipe don Carlos María Isidro de Borbón -después conocidos como carlistas- y los defensores de la reina Isabel II -conocidos como cristinos o isabelinos-. Opinaba Franco que: Fernando VII al abolir la ley no hizo otra cosa que restablecer una costumbre española, pues la guerra civil que estalló después de su muerte no fue otra cosa que una defensa de los ideales que representaba el príncipe Don Carlos frente a los de Doña Isabel II. Fue la lucha del principio absolutista contra el liberal, pasando a segundo plano el defender o atacar la ley Sálica. En la actualidad, al haber recaído en los descendientes de Don Alfonso XIII los derechos de sucesión de la Corona, no hay razón para que estén divididos los monárquicos, siempre que el sucesor encarne los principios por los que se lucho en la Cruzada. Por ello es una pena esta división y que el príncipe Don Juan sea cada vez más liberal.

 

Como hemos comentado anteriormente, don Javier de Borbón-Parma, finalmente, dio el paso de aceptar los derechos que, por ley, le habían sido concedidos por el Decreto de Regencia y, mediante un manifiesto firmado en Puccheim, en 1965, y se reconocía como rey de los carlistas. Esta matización es importante. Sus derechos eran legítimos. Desde 1833 se había luchado por el reconocimiento de una traición. Don Carlos María Isidro de Borbón tenía que ser Rey de todos los españoles. Una traición lo apartó de su deber. Desde la fecha hasta don Alfonso Carlos de Borbón, todos los pretendientes carlistas quisieron que les fuera reconocido su derecho a ser reyes de España. Ellos se sentían reyes de todos los españoles. Don Javier de Borbón-Parma no. Aceptó ser rey de los carlistas y no rey de los españoles. Esta matización es muy importante en el momento de profundizar sobre el verdadero pensamiento político de don Javier de Borbón-Parma. En la Carta-Manifiesto al Infante don Alfonso, 30 de junio de 1869, decía Carlos VII: Yo no sé si puede salvarse España de esa catástrofe, pero si es posible, sólo su Rey legítimo la puede salvar.

El ejemplo anterior es uno de los muchos que se podrían recuperar de los reyes carlistas, a todos ellos llamo y a todos ellos me dirijo. Reyes de España, no reyes carlistas. Pues bien, con motivo del manifiesto de Puccheim, Franco opinó que: ¡Una vez más la gran división entre las monarquías españolas! En esto no han variado después del 18 de julio. Las pequeñas capillitas les interesan más que los elevados ideales de una futura monarquía católica, representativa, al servicio de la nación y apoyada por la mayoría de los españoles. Prefieren la división a la unidad; no les importa que los enemigos del régimen estén unidos y soñando con el desquite de conseguirlo sin lucha. Los principios fundamentales del Movimiento hay que mantenerlos sea como sea. Todo cuanto tienda a separarnos de ellos o a debilitarlos es traición a la Patria y a nuestros caídos. Al frente de la monarquía estará el rey que acate cuanto establece la ley de sucesión; el asunto está claro.

 

El 21 de diciembre de 1967 Franco vuelve sobre un tema que ya hemos tratado: Don Javier es extranjero y nada tiene que hacer políticamente en España. Por eso me da pena que haya españoles que le sigan. El 20 de diciembre de 1968, el consejo de ministros decidió expulsar de territorio español a la familia Borbón-Parma. En enero de 1969 comentaba lo siguiente refiriéndose a la expulsión: la expulsión de Don Javier ha sido motivada por el ataque continuo que hace al régimen y a las leyes fundamentales, haciendo alarde de no acatar lo que la nación española decidió en el referéndum. En ningún país se le hubiese tolerado una actitud tan contraria a las leyes dadas al pueblo español. Puede comprender tu informador que por capricho o afán de meterse con un príncipe, que dice que es amigo, no se le expulsa de España de esta forma.

 

Si bien don Javier de Borbón-Parma no era santo de la devoción de Franco, como tampoco no lo era don Juan de Borbón y Battemberg, en contrapartida ambos tenían un hijo y, por lo tal, un posible heredero. Por una parte estaba don Juan Carlos de Borbón y por la otra don Carlos Hugo de Borbón-Parma -originalmente Hugo-. Sobre la inversión del nombre y sobre su persona opinaba Franco: Tal vez tenga razón ABC en lo del primitivo nombre, pues en la fotocopia de la partida de bautismo hay una enmienda marginal en la que se hacía constar el nombre de Carlos. Claro que esto no destruye la realidad de que Don Carlos Hugo es heredero de Felipe V, y por tanto un Borbón de la rama francesa. Desde luego es francés mientras no adopte la nacionalidad española, lo cual no me alegraría nada, pues sería querer complicar la sucesión del régimen, sobre todo por parte de los tradicionalistas. De todas formas, la legalidad de la Corona de España está en la rama de Don Alfonso XIII y sus descendientes, siempre que acaten los principios del Movimiento Nacional.

 

Volvemos otra vez al tema repetido al hablar de don Javier de Borbón-Parma. No les negaba su derecho dinástico, como descendientes de Felipe V, pero no eran españoles sino franceses y eran poco conocidos en España. Sobre el primer punto podría existir una discrepancia. Don Juan Carlos de Borbón tampoco era un príncipe español de nacimiento, pues nació en Roma. Si uno era francés, el otro era italiano. Sin embargo, la última frase dilapida cualquier discrepancia. La legalidad de la Corona de España- según Franco- estaba en la rama de Alfonso XIII y, don Juan Carlos de Borbón era su nieto.

 

En abril de 1964, al conocerse la boda de don Carlos Hugo de Borbón-Parma con la princesa Irene de Holanda, Franco comentó: Siento por él afecto, y su corrección y simpatía son grandes, pero no me parece el príncipe adecuado para ser el rey de los españoles. La sucesión de la Corona nunca hubiera correspondido a este príncipe, pues si bien es descendiente de Felipe V, no tiene derecho al trono español, que correspondió a Don Alfonso XIII por don Francisco de Asís (rama carlista) y por su abuela Isabel II. Estos príncipes que apoyan las diferentes ramas tradicionalistas sólo sirven para contribuir a la eterna división de los monárquicos que tanto daño ha hecho a la Patria.

 

La solución al problema sucesorio quedó despejado en 1969, cuando Franco decreto que don Juan Carlos de Borbón sería su sucesor. Si bien es cierto que a partir de 1969 el tema quedó resuelto, en su mente la solución ya estaba resuelta muchos años antes. El 20 de abril de 1964 Franco declaraba: Lamento mucho que Don Juan de Borbón se haya hecho incompatible con el régimen; tú sabes bien que siempre pensé en él para que en su día fuese coronado y por esto no le permití arriesgar su vida cuando él quiso venir a luchar con nosotros para salvar a España. Tengo esperanzas de que, dado su patriotismo, en el momento oportuno aceptará renunciar a favor de su hijo, y de que éste prestará juramento comprometiéndose a respetar y a hacer cumplir las leyes fundamentales y los postulados del Movimiento.

 

Volviendo al principio, es decir, a las palabras que José María Valiente le comentó a José María Cusell, con respecto a no crear problemas al régimen de Franco, viendo lo explicado hasta ahora, nos damos cuenta de que el Carlismo, después de la guerra civil, actuó equivocadamente. Al menos el oficial. Caso contrario es el camino que tomó la Regencia Nacional y Carlista de Estella y Mauricio de Sivatte. Franco nunca pensó en ningún príncipe carlista para sucederle. Siempre contó con don Juan de Borbón y Battemberg. Debido a su actitud contraria al poder establecido por Franco, don Juan fue apartado. Siempre se ha dicho que Franco lo dejó todo atado y bien atado. Tal vez una frase hecha pero, en esta ocasión acertada. No sólo don Juan de Borbón renunció a favor de su hijo, tal y como dijo Franco en 1964, sino que don Juan Carlos de Borbón respetó y cumplió las leyes fundamentales y los principios del Movimiento. Lo que no se esperaba Franco es que, tres años después de su muerte, una constitución liberal, borrara del mapa político español sus leyes fundamentales y los principios del Movimiento Nacional.