Iniciamos hoy la serie sobre LOS CABALLOS DE LA HISTORIA seleccionada en especial para "El Correo de España" con "Los caballos de Napoleón" por deseo expreso de Julio Merrino, aunque altere el relato histórico.
              Y como prólogo reproducimos el que él mismo escribió con "El caballo de Atila" como símbolo de la serie.

El Correo de España no puede tener más suerte con las propuestas que le va haciendo Julio Merino en sus colaboraciones. Esta última que nos ha propuesto, estamos convencidos que será del agrado de nuestros lectores, "LOS CABALLOS DE LA HISTORIA".

Os dejamos las palabras que el propio Julio Merino pronunció  EN LA PRESENTACIÓN DE “LOS CABALLOS DE LA HISTORIA” EN EL CÍRCULO DE LA AMISTAD.

Julio Merino presentó anoche en el Circulo de la Amistad de Córdoba su obra “Los caballos de la Historia” y entre otras cosas dijo:

“Desde que leí por primera vez, muy joven, aquello de “Donde pisa el caballo de Atila no vuelve a nacer la hierba” se apoderó de mí la curiosidad de averiguar qué tipo de caballo era el animal que podía arrasar la tierra que pisaba. Fue inútil. El caballo de Atila no aparecía por ningún sitio, aunque sí las barbaridades que cometió el bárbaro Atila, Rey de los Hunos, el terror de Occidente durante muchos años. Y era verdad, las hordas conducidas por el feroz Atila arrasaron y dejaron como “tierra quemada” Rumanía, Hungría, Austria, Suiza, Alemania, Francia e Italia.

Luego, muchos años después, descubrí y me convencí de que aquella obsesión juvenil era, en realidad, el ansia de buscar la verdad que me ha perseguido y me perseguirá hasta la muerte.

Así nació este libro (“Los caballos de la Historia”), porque mientras buscaba al desconocido caballo de Atila fueron saltando a mi vista otros caballos que, estos sí con nombres y apellidos, figuran en las páginas de la Historia. Son, no todos, los que figuran en mi obra, desde el famoso y legendario caballo de Troya hasta el no menos soñado “Rocinantes” de Cervantes, pasando por los caballos de Alejandro Magno, César, Hernán Cortés, el Gran Capitán, Shakespeare (“Mi Reino por un caballo”), Napoleón y etc.

Les aseguro que a lomos de esos caballos fui descubriendo que la búsqueda del gran ideal es el que nos mantiene vivos a los hombres. Tal vez porque la verdad es el pájaro más listo de la Creación y siempre sabe como burlar al cazador”.

Asimismo adelantamos por su interés el índice completo de la serie:

    A manera de prólogo: Mi caballo de Atila
    Introducción
    Pegaso, el caballo de los dioses
    Janto, el caballo de Aquiles
    El famoso caballo de Troya
    Bucéfalo, el caballo de Alejandro Magno
    Los caballos del sol
    Strategos, el caballo de Aníbal
    Los caballos de Síbaris
    Incitatus, el caballo de Calígula
    Genitor, el caballo de Julio César
    Los caballos de la Biblia
    Los caballos del Apocalipsis
    El caballo de San Pablo
    Regnator, el caballo de la Hispania Romana
    Al Buraq, la yegua divina de Mahoma
    Lazlos, el caballo del desierto
    Kohailan, la yegua madre de los pura sangre árabes
    El caballo de las mil y una noches
    Khamsa al-Rasul Allah, las cinco del profeta de Alá
    Orelia,la yegua de don Rodrigo
    Al-Lakko, el caballo de Tarif
    Babieca, el caballo del Cid
    La última batalla de Babieca
    Los caballos del Arcipreste de Hita
    Bayard, el caballo del imperio de Carlomagno
    Vigilante, el caballo de Rolando
    Vencedor, el caballo de Roncesvalles
    El caballo blanco de Santiago
    El caballo de Castilla
    El Desdichado de Ivanhoe
    Los caballos de Almanzor el Victorioso
    Los caballos del rey Arturo
    "¡Un caballo!.. ¡Mi reino por un caballo!"
    Barbary, el caballo de Ricardo ll
    Los caballos de don Miguel de Cervantes
    Rocinante, el caballo de Don Quijote
    Clavileño, el bisnieto de Pegaso
    El Negro de san Fernando
    Al-Jur, el caballo de Abderramán lll
    Los caballos de Juana de Arco
    Los caballos de Isabel la Católica
    Los caballos de la conquista de Granada
    El caballo de Muhlberg
    Los caballos del Renacimiento
    Los caballos de Leonardo da Vinci
    Los caballos de la Conquista de América
    Arriero, el caballo de Hernán Cortés
    Los caballos de Pizarro
    Los caballos de Argentina
    Bragao, el caballo de Hernando de Soto
    Los caballos de Napoleón Bonaparte

    Epílogo: Los caballos del deporte              

 Hoy LOS CABALLOS  DE NAPOLEÓN. 

Aunque antes conviene recordar varias cosas de interés para los lectores de esta obra.

Por ejemplo, que Napoleón «casi» nació sobre un caballo, pues a lomos de uno de estos animales tuvo que huir su madre, Leticia Ramolino, la «señora Leticia», luego la emperatriz madre y siempre una mujer «bella como los amores», cuando los nacionalistas corsos fueron vencidos por las tropas francesas de Luis XV. Entonces, verano de 1769, «doña Leticia» llevaba ya ocho meses de embarazo y formaba parte de un centenar de vencidos que trataban de escapar del desastre y esconderse, a través de los vericuetos del monte Rotonda, en una profunda gruta que pasaría a la Historia como «gruta de los refugiados». Los traqueteos de la difícil cabalgada, lo agreste del terreno y los difíciles embarazos de la joven esposa (no hay que olvidar que en este momento tiene diecinueve años y ya ha visto morir a dos hijos recién nacidos) hicieron temer al padre, Carlos María de Buonaparte, y al grupo de «huídos» que el niño naciera a lomos del caballo. No fue así y Napoleón nació en la casa paterna, sin problemas, el 15 de agosto de aquel año de 1769.

También hay que resaltar que el hombre que más horas pasó en su vida sobre un caballo y cabalgando miles de kilómetros, jamás fue un buen jinete. Según contaban sus ayudantes de campo y sus mariscales rara era la jornada de «campaña» en que no se caía de su montura o tenía problemas con el animal de turno. Lo cual no le impedía, eso sí, hacerse cada mañana, a manera de entrenamiento, una carrera de hasta diez leguas..., o cabalgar durante cuarenta kilómetros por delante de su Estado Ma­ yor. (El gran jinete de la vorágine del imperio napoleónico fue, sin duda, el mariscal Murat, luego duque de Berg y cuñado de Napoleón.)

Curioso es también saber cómo viajaba Napoleón y cuál era su séquito más cercano. El biógrafo Castelot escribe a este respecto:

 

«Una brigada de caballos de silla está dispuesta siempre para ser cabalgada por el emperador y su séquito. Pare él hay dos caballos de batalla y uno de marcha: tres monturas llamadas «de su Majestad». Los demás caballos están reservados para el caballerizo mayor, el caballerizo de servicio, el mameluco Alí, encargado de vigilar la botella de aguardiente, el capote y la casaca del emperador, el cirujano portador de un conjunto de todo lo necesario para curar, el picador, el encargado de la cantina, el portamantas, los dos ayudas de cámara que llevan con ellos hilas, sal, vino de Madera, instrumental quirúrgico, los tres mayordomos y el servicio de cocina. Los palafreneros transportan las carteras y la cartografía. Un paje está encargado del anteojo, de las bolsas que contienen un pañuelo y un par de guantes para Su Majestad y un pequeño surtido de material burocrático: papel, plumas, tinta, lápices, compases, lacre, todo conforme al estado B; detrás de su silla lleva un pequeño portamantas con las armas de su uso. Cuando el emperador salta sobre su caballo, todo el mundo se lanza no a seguirle, sino a perseguirle...»

 

Pues bien, de esos «dos caballos de batalla y uno de marcha» de que nos habla el biógrafo hablamos a continuación. Desgraciadamente no de todos, pues por la larga vida militar de Napoleón y por sus casi cien batallas no todos los animales tuvieron la suerte de pasar a la Historia. Tampoco puede asegurarse con exactitud matemática con qué caballo entró en esta o aquella capital, o cuál montaba exactamente en cada una de sus batallas, ya que a veces, casi siempre, en una misma jornada montaba diversas cabalgaduras. No obstante, sabemos:

BIJOU

Que el 15 de mayo de 1796, cuando entra triunfalmente en Milán, durante la primera campaña de Italia, monta un bello animal llamado Bijou, que fue su favorito también en Arcole, Rivoli y Mantua. Fue montado en este Bijou desde donde le dijo al joven coronel Lasalle (veintitrés años), que había tomado a los austriacos sobre la meseta de Rivoli un montón de banderas: «¡Acuéstate encima de ellas, Lasalle, que bien lo mereces!». 

CLEOPATRA

Que el 24 de junio de 1789 entra en El Cairo montando una yegua de color negro azabache (a su lado iba, en otro soberbio animal, el general Kléber) que responde al nombre de Cleopatra y ha sido, ella también, testigo de la famosa frase que pasó a la Historia: «Soldados, desde lo alto de esas pirámides cuarenta siglos os contemplan...». Después, y tras la fracasada aventura del Medio Oriente y la semi-derrota de San Juan de Acre, volvería a entrar otra vez en la capital egipcia en plan triunfal y a lomos de «un soberbio caballo árabe negro, cubierto con una gualdrapa bordada en oro, perlas y piedras preciosas», que le había ofrecido como regalo el jeque El Bekry, el primero y más respetado de la numerosa familia descendiente de Mahoma. Fue sobre este animal desde el que dirigió la gran batalla de Abukir, la más grande y más sangrienta de la odisea de Egipto, y al que bautiza ese día con el nombre de Vizir, el mismo del monte que ha sido clave en la victoria. Este caballo, y hasta el mameluco que le regala con él el jeque árabe, volverá con Bonaparte a Europa cuando se decide a tomar el poder político.

ALBINO

Que el «18 Brumario» (9 de noviembre de 1799), el día del mal llamado «golpe de Estado» por el que Napoleón alcanza el poder como uno de los tres miembros del Consulado (enseguida sería «Primer Cónsul», o sea, jefe del Estado y jefe del Gobierno), monta sobre «Un gran caballo negro de cabeza blanca», que le arrebatara sin más al almirante Bruix justo al salir camino de las Tullerías. El animal tenía -al decir de uno de los ayudantes del futuro emperador-una planta impresionante y era sumamente nervioso, de gran alzada y pelo gris oscuro en algunas zonas del cuerpo. Es el mismo animal que al día siguiente reclamará a gritos, en Saint Cloud, cuando ve casi perdida la batalla «con los políticos» ... porque entonces (mañana del 19 Brumario) pierde las «formas» democráticas y lanza los dos gritos que el Ejército, ya su ejército, esperaba: «¡A las armas!... ¡Mi caballo!». Al llegar a este punto del relato su mejor biógrafo escribe: «Al ver reaparecer su caballo, que piafa, cocea y se encabrita, Bonaparte, que nunca ha sido un jinete brillante, se sobresalta. Dos soldados forcejean con el animal para contenerlo. No sin dificultad, el general logra montarlo y trata de cabalgar airosamente... ». Le llamaban Albino.

VIZIR

En mayo de 1800 el cónsul Bonaparte, el ya jefe del Estado, a pesar de sus treinta años, el mismo que ha dicho a los representantes del pueblo francés aquello de «no se conduce a un pueblo más que mostrándole un futuro: un jefe es un vendedor de esperanzas...», inicia su segunda campaña de Italia, quizás la más brillante de su palmarés, la que le permitió igualarse a sus ídolos de la Antigüedad: el gran Aníbal y Julio César... Pues, como Aníbal, se atreve a pasar los Alpes con un ejército de 50.000 hombres, 10.377 caballos, 750 mulas y casi cien cañones. Y como César, bien pudo decir aquello de «Llegué, vi y vencí». Fue la campaña de Marengo, fue su segunda conquista en Italia. Y ¿qué caballo montaba esa histórica jornada del 15 de junio de 1800? ... Por sus biógrafos sabemos dos cosas: 1) que curiosamente los Alpes no los pasó a caballo, como lo presentó David en su famoso cuadro (un caballo encabritado y casi en equilibrio sobre una roca), sino más modestamente sobre una mula, y 2) que para esta campaña se llevó tres caballos: dos blancos, parte del lote que en 1797 le regala el emperador de Austria al día siguiente de la firma del tratado de Campoformio, y uno «árabe negro», o sea, el Vizir que se trajo de Egipto y que le regaló el descendiente de Mahoma. Por David, precisamente, podemos deducir que el caballo de Marengo fue el pura sangre árabe llamado Vizir.

MARENGO

A raíz de la gran victoria de Marengo, el Primer Cónsul Bonaparte recibe un valiosísimo regalo del rey de España, Carlos IV: un lote de diez caballos que han sido seleccionados en las mejores yeguadas andaluzas. Son diez animales preciosos, que asombran en París por su estampa, su alzada y el color de su pelo. Ocho son bayos y especialmente escogidos para formar un tiro «real» de paseo. Dos son blancos y su presencia es soberbia... (fue a partir de este regalo cuando Napoleón se enamoró de los caballos españoles).

Pues bien, son esos ocho bayos los que tiran de la carroza consular la solemne jornada de 1802, cuando Napoleón se dirige a Notre Dame para asistir al Te Deum de gracias por el Concordato con la Iglesia de Roma... y es uno de los dos blancos, al que ha bautizado con el nombre de Marengo (en recuerdo de la gloriosa batalla) al que elige para la especial revista militar del Carrusel. Sobre este Marengo recorrerá después media Europa.

Porque sobre Marengo entra en Viena primero, y presencia y dirige después la «obra cumbre» de su ciencia militar: Austerlitz.

Sucedió en 1805, en la bien llamada «batalla de los emperadores», cuando un ejército austro-ruso de casi cien mil hombres, comandado por los emperadores de Rusia (el zar Alejandro) y Austria (Francisco II) se enfrenta a los 60.000 soldados que manda el emperador de los franceses (Napoleón I). Fue la batalla cumbre del «rayo de la guerra», y no sólo por sus resultados sino también por el arte y la astucia con que la plantea aquel Napoleón de treinta y seis años, que ya era el «amo de Europa».

Marengo, el árabe de origen español, andaluz, quedó inmortalizado en el cuadro del barón Gros, que figura en el Museo de Versalles y que representa la escena del encuentro de los dos emperadores (el de Austria y el de Francia), la jornada del 4 de diciembre de 1805, justo dos días después de Austerlitz, en el que fijan las condiciones de la rendición de los austriacos.

Por cierto, que como consecuencia de la triunfal batalla de Austerlitz, y el momento victorioso que vive Napoleón entre 1805 y 1806, los franceses quisieron hacerle un monumento para la Historia y a alguien se le ocurrió transformarlo en auriga y aprovechar los famosos cuatro caballos de bronce traídos de Venecia (los que adornan la plaza de San Marcos) como botín de guerra. Napoleón se negó en redondo y los caballos fueron devueltos bajo la Restauración a la ciudad italiana. (Como el lector debe saber, estos famosos cuatro caballos fueron «transportados» desde Constantinopla a Venecia después de la conquista de esa ciudad durante la IV Cruzada.)

BRUMARIO

En octubre de 1806 Napoleón se hace confeccionar un nuevo capote gris y elige un lote de nuevos caballos. Comienza la «guerra impuesta» contra Prusia. Otra campaña triunfal, porque el general invicto arrolla literalmenta a los prusianos en Jena, Auerstaedt, Halle y Dessau, antes de entrar como un dios en Berlín. Lo que acontece el 27 de octubre, «al son de los tambores y de la música de la guardia», por la puerta de Brandenburgo. Aquel día, dicen sus biógrafos, Napoleón monta un caballo gris y penetra en la capital prusiana precedido de los mamelucos y de los granaderos, tocados con su célebre morrión de piel de oso. Viste un uniforme verde de coronel de cazadores y cruza su pecho con el gran cordón de la Legión de Honor. Al llegar ante la estatua de Federico el Grande, el emperador pica espuelas y hace galopar a su caballo en torno al monumento. Ese caballo se llamaba Brumario, en recuerdo de aquel ya lejano 18 de Brumario de 1799 que le llevó al poder supremo.

Y sobre Brumario, «un caballo gris, de crines y patas negras», hace la campaña polaca de 1807 (la misma que vivió con María Waleska en sus brazos). Sobre todo Eylan y Friedlan, donde vence por segunda vez a los rusos de su «amigo» Alejandro. La paz llegó entonces con el tratado de Tilsit.

CIRO

El 29 de octubre de 1808 Napoleón sale de París para España y el 3 de diciembre don Tomás de Moda le entrega en Chamartín las llaves de Madrid. Es el tiempo que tarda en derrotar a los ejércitos anglo-españoles mandados por el general Blake, el general Palafox y el conde de Belveder. Fue al franquear el puerto de Somosierra, que le abría el camino de Madrid, cuando dijo aquello de que la palabra «imposible» no existía para él. Sin embargo, España sería a la larga el gran fracaso de su carrera militar, como diría en sus postreros días de Santa Elena... ya que su fulgurante paseo peninsular no acabó con la cruel e inteligente «guerra de guerrillas» que el pueblo español le planteó durante los seis años largos de 1808-1814.

El caballo de la guerra de España tuvo un nombre propio: Ciro ... (otra concesión más que hacía a su pasión por la Historia y sus ideales juveniles, entre ellos Ciro II de Persia). El mismo que utiliza en su tercera guerra contra Austria y el que monta la jornada de Wagram el 6 de julio de 1809.

INTENDENTE

Pero, para entonces el boato imperial ya tiene caballo especial. Se llama Intendente y ha sido elegido para las entradas triunfales y los grandes acontecimientos de Estado. Es el mismo al que todo el ejército llama cariñosamente Coco y el que caracolea con ritmo musical cuando Napoleón entra por tercera vez en Viena.

Aunque ni siquiera Coco hace olvidar al emperador la otra cara de la victoria de Wagram, es decir, la muerte del mariscal Lannes (el discípulo predilecto, con Desaix, desde la primera campaña de Italia) en la jornada de Essling. Por cierto, que ese mismo día, y poco antes de que el duque de Montebello cayera mortalmente herido, Napoleón pierde su propio caballo al ser alcanzado por el fuego enemigo. ¿Qué caballo? Aquí el autor reconoce su impotencia investigadora, porque por más que lo intentó le fue imposible averiguar cómo se llamaba y cuál fue ese caballo que precede a Wagram.

LOS CABALLOS DE RUSIA

En la primavera de 1812 Napoleón emprende la «gran aventura de Rusia», la que a la postre acabará con su imperio. Lleva con él más de cuatrocientos mil hombres y los cincuenta mil jinetes que manda el mariscal Murat. El 23 de junio atraviesa el río Niemen y pisa suelo ruso. Ha elegido el camino de Vitebsk para llegar a Moscú. De por medio tendrá que enfrentarse a Smolensko y Borodino (la sangrienta batalla que Tolstoi narra en su famosa Guerra y paz)... Luego, la entrada en Moscú y el infernal incendio que provocan los propios rusos en su retirada. Napoleón vive el momento más crucial de su vida.

Pues bien, para esta decisiva campaña de Rusia, el emperador francés se llevó siete caballos con nombre: Emir, Taurus, Courtois, Lutzelberg, L'Embelli, Routelet y Leonora. Son los que va montando en las etapas hacia Moscú. Por el biógrafo Castelot sabemos que la jornada del Moskova (para la Historia «batalla de Borodino») monta tres de ellos: Lutzelberg, Emir, y Courtois. Sabemos que a la mañana siguiente (8 de septiembre) pasea el sepulcral campo de batalla a lomos de Taurus... y que el 14 de diciembre entra en Moscú sobre el soberbio ejemplar blanco Emir. Sobre Leonora vive el trágico paso del Beresina, ya en plena retirada y con el «general invierno» pisándole los talones y ahuyentando la grandeza militar del genio. 

WAGRAM Y ROUTELET

Son los dos caballos con los que afronta la batalla de Francia en 1814 y sobre los que camina hacia Fontainebleau, para firmar el acta de abdicación. Son dos ejemplares blancos, de cuello corto y cruz alta, según podemos ver en las estampas de Meissonier. Napoleón tiene en esos momentos cuarenta y cinco años y por un instante recobra «las botas del 93 », pues en menos de un mes vence en diez batallas y asombra a los aliados que le triplican en número, en caballos y en cañones.

DESIRE

Pasa el tiempo, un año escaso, de mayo de 1814 a febrero de 1815, y Napoleón reemprende la «conquista del poder» con la ilusión de aquel 18 Brumario de 1799. ¡Un mes!, sólo un mes le costará llegar desde Elba a París... e iniciar el «imperio de los cien días». Fue el mejor paseo militar de su vida. «Soldados, he venido a Francia con seiscientos soldados, porque contaba con el amor del pueblo y los recuerdos de los soldados veteranos. Veo que no me engañé en mis esperanzas.»

Pero, de ahí a Waterloo sólo hubo un paso.

El 14 de junio (aniversario de Marengo y Friedlan) Napoleón está ya otra vez montado a caballo y al frente de un ejército de más de cien mil hombres, camino de la lúgubre llanura que rodea un pueblecito perdido, que tan sólo cuatro días después (18 de junio) entrará en la Historia con letras de oro: Waterloo.

Es verdad que Napoleón ya no es el gran Napoleón, y no sólo por sus años y sus kilos de más, sino por las ausencias familiares, los abandonos sonados de sus viejos camaradas de armas, por sus desilusiones y sus propias torpezas.

Alguien lo dejó escrito para la posteridad: en Austerlitz Napoleón era un dios hecho hombre; en Waterloo sólo fue un hombre... Un hombre, añade el autor, vencido de antemano.

Y a pesar de ello, Napoleón pudo vencer perfectamente en Waterloo... pero, esa no es nuestra historia.

Lo que a nosotros nos importa es hablar de la yegua blanca que montaba ese día, un animal increíblemente bello que había seleccionado él mismo de entre un lote llegado de la Macedonia griega (la Macedonia natal del gran Alejandro y su caballo Bucéfalo) y a la que quiso poner de nombre Desire, tal vez en recuerdo de aquella su primera novia formal que luego se casaría con el mariscal Bernadotte. Con lo que bien puede decirse que la vida de Napoleón se enmarca entre dos Desirés: la que fue testigo de la irrupción del genio y la que presencia el hundimiento definitivo del «rayo de la guerra».

(Curiosamente el duque de Wellington, el gran vencedor en Waterloo, también montaba aquel día una yegua, de nombre Copenhague.)

JOSEFINA

Y llegamos al final del camino. Un camino abierto en el mar que lleva a Santa Elena, esa isla-portaaviones perdida en el Atlántico, que ahora ya no figura ni en las rutas marítimas. Allí llega Napoleón el15 de octubre de 1815 y allí muere el 5 de mayo de 1821, cautivo, desarmado y proscrito.

¡Y allí monta su último caballo!

El caballo más importante de su vida. Un animal construido ex profeso por el propio emperador, para cabalgar los últimos momentos de su existencia, cuando su carcelero le prohíbe pasear a caballo. Se trata de un «artilugio balancín» de madera, que Napoleón monta cada mañana y cada atardecer para recordar el pasado y soñar el futuro... y sobre el cual, a veces, va dictando las victorias de su vida al conde Las Cases.

Le ha puesto de nombre Josefina... porque a la postre, y por encima de las 36 mujeres que llenaron su biografía, es Josefina, la emperatriz Josefina, la que permanece en el recuerdo y en el corazón.