Luis Antequera es escritor y periodista. Autor de seis libros y 2.500 artículos. Los libros son “Jesús en el Corán”, “Derecho a nacer”, “El cristianismo desvelado”, “Cristianofobia”, “De Saulo a Paulo, el rabino que se cayó del caballo”, y el actual Historia desconocida del descubrimiento de América.

Director del programa de radio “Esta no es una Semana Cualquiera”. Colaborador del programa de radio “Diálogos con la Ciencia”. Bloguero en Religión en Libertad. Colaborador de otros medios como “Revista Asturias”, “Alto y Claro”, Decisión radio o El Toro. Fundador de “El Club de la Tertulia”. Colaborador de la “Tertulia Jesús Barrera”.

En esta entrevista analiza su libro “El cristianismo desvelado” desde el punto de vista del historiador, sin entrar en campos relacionados con la fe o con la teología.

¿Por qué un libro dando respuestas a las principales preguntas sobre el cristianismo? ¿Hay que desvelar lo que está revelado?

Pues sí, la verdad. Y no sólo porque, efectivamente, la gente en general y los cristianos en particular, desconozcan la historia que subyace detrás de cada dogma y de cada tradición de la religión que practican, algo en lo que se les podría atribuir, si no una culpa, sí una cierta responsabilidad, sino todavía más, porque subyace mucha, mucha historia detrás de cada uno de esos dogmas y tradiciones, y no es fácil conocerla sin ayuda, que es la que pretendo ofrecer con este libro.

Se centra en la Iglesia Católica, pero ¿por qué habla de cristianismo más que de catolicismo?

Todo lo que se continúa desde el mensaje de Jesucristo es, como la propia palabra indica, cristianismo, con un tronco central, la Iglesia Católica, que es la que ha prevalecido sobre las demás corrientes. Pero el mensaje cristiano, incluso el mensaje propiamente católico, se configura a partir de un debate que incluye también las propuestas no estrictamente católicas, muchas de las cuales forman actualmente el corpus de las herejías, otras el de los cismas… hasta contemplar, al día de hoy, a los cristianos, divididos en tres grandes categorías (y muchas otras menores): el cristianismo latino, o católico; el cristianismo griego, u ortodoxo; y el cristianismo germánico, o protestante.

¿Por qué es importante conocer los precedentes del cristianismo y las fuentes que tenemos?

Entiendo que es un trabajo que puede apelar no sólo a todo aquél que esté interesado en conocer la historia de la religión que practica, o que simplemente profesa, sino también, a todos los que estén interesados en la historia, uno de cuyos principales capítulos es, precisamente, el de la configuración del corpus cristiano de pensamiento.

Igualmente es bueno profundizar en el entorno y las costumbres en tiempos de Jesús.

Pues sí, la Palestina del s. I es un período muy interesante de la Historia, y a cuantos sostienen que los Evangelios y demás libros del Nuevo Testamento no son fuentes fiables, yo les digo: no sólo sí lo son, sino que son, probablemente, la mejor fuente de la que disponemos para conocer ese apasionante período histórico que es la Palestina del s. I., con la irrupción de Roma en esas tierras.

¿Por qué nadie puede dudar sobre la existencia histórica de la persona de Jesús?

Ese disparate del que Vd. habla se ha dicho, y lo han sostenido personas que presumen de ser historiadores. Dudar de la existencia de Jesucristo pone en cuestión todo el método histórico desde la base y desde los principios. La abundancia de fuentes y testimonios de Jesucristo es tal, que si Jesucristo no existió, entonces hay que dudar de la existencia de Alejandro Magno, de Julio César, de Alfonso X el Sabio, de Miguel Angel Buonarotti… y así podría citarle a Vd. miles de personajes.

Pero no sólo desde el punto de vista de las fuentes, sino que también desde el punto de vista de las consecuencias, explicar un mundo como el actual, en el que más de dos mil millones de personas son, de una manera o de otra, cristianas, obliga al historiador a la labor quimérica de explicar ese resultado sin la causa que lo produjo.

¿Por qué los milagros y las profecías son los principales criterios para autentificar la Revelación?

Los milagros realizados por Jesús son, desde el punto de vista histórico, el mayor reto que proponen los textos del Nuevo Testamento. De una cosa, sin embargo, no cabe dudar: se produjo en un entorno determinado, -y no precisamente reducido-, la convicción total de que Jesús obraba prodigios inexplicables. Un entorno que va incluso más allá del de sus seguidores. También tenían esa convicción muchos de sus enemigos, como demuestra un texto tan inesperado, y no precisamente cristiano ni propicio a la figura de Jesús, como lo es el Talmud hebreo. Esa evidencia es indiscutible.

Existe además un milagro “especial”, al que se ha de dar la importancia que tiene: la profecía sobre el Templo. Jesús predice que será destruído y efectivamente lo es cuarenta años después de su crucifixión. Para un historiador riguroso y serio no es difícil demostrar que los tres evangelios en los que se menciona la profecía están escritos antes de ese año 70 en que se produce la destrucción del Templo. Lo que demuestra que la profecía se pronunció, y además se cumplió. Esa es, también, una de las razones por la que tantos historiadores hostiles a la figura histórica de Jesucristo ponen el afán que ponen en demostrar que los evangelios se escribieron después del año 70, pudiendo afirmar así que la profecía es, en realidad, un recurso literario tramposo de los evangelistas, lo que se llama una “profecía autocumplida”, pues lo está ya cuando la registran los que la proponen. Parece mentira que un episodio tan en principio menor de los Evangelios, como es el de la profecía de la destrucción del Templo, haya podido llegar a resultar tan molesto: yo lo llamo “el milagro para las generaciones venideras”.

¿Por qué Jesús hablaba en parábolas sencillas de la vida cotidiana?

Aunque menos de lo que se cree, -su audiencia también se nutría de otro tipo de personas - el entorno de Jesús es un entorno de un nivel intelectual no excesivamente elevado. Es lógico que se dirija a él con historias sencillas. Es más, aunque su entorno hubiera alcanzado niveles intelectuales superiores, no está de más apelarlo con historias sencillas: en eso consiste el éxito de los buenos pedagogos, de los buenos comunicadores. Además, las historias que esas parábolas recogen son efectivamente sencillas, pero las moralejas y sus conclusiones dan para debates que pueden ser hasta complejos. No se debe olvidar otra cosa: la lectura de los evangelios sinópticos nos presenta a un Jesús que se expresa con un lenguaje simple y acomodado a personas sencillas, pero la lectura de Juan nos puede llevar a conclusiones muy diferentes.

Muchos se quedan con ganas de conocer más cosas de Jesús, su aspecto, anécdotas… ¿hasta qué punto cree que los evangelios son escuetos o considera importante que cuenten sólo lo esencial?

Contrariamente a lo que dicen tantos historiadores, -muchos de ellos hostiles a la figura de Jesús-, los Evangelios y demás libros del Nuevo Testamento constituyen fuentes históricas completísimas sobre la figura de Jesús. ¿Qué lo podrían haber sido más? Por supuesto. Pero no existe una sola figura contemporánea de Jesús sobre la que nos hayan llegado tantas fuentes y tan descriptivas. Cosa distinta es que uno no se crea lo que dicen esas fuentes, lo que por otro lado es muy legítimo… Pero el conjunto de fuentes que nos ha llegado sobre su figura histórica es abrumador.

A ello se ha de añadir dos observaciones. Primero, que, aunque éstas sí escuetas, existe un sistema de fuentes sobre la figura histórica de Jesús que no son cristianas, tanto provenientes del ámbito judío (Talmud), como del ámbito romano (Tácito, Plinio el Joven, Suetonio).

Y segundo, que no sólo el “contenido” de estas fuentes de las que hablamos es notable, sino que más aún lo es el “continente”: la cercanía existente entre el momento en que se escriben los textos relativos a Jesús, los evangelios, y los vehículos físicos (papiros, pergaminos) en que nos han llegado esos textos no tiene parangón con ninguna otra obra del período o anterior, e incluso con otras muy posteriores. Existe un fragmento del Evangelio de Juan, el Papiro Rylands, que dista del momento en que dicho evangelio fue escrito de… ¡¡¡entre 5 y 20 años!!! ¡¡¡Es que es casi el que Juan escribió!!! Esto es algo absolutamente extraordinario: podría hablarse de un nuevo milagro. Existen copias bastante completas del Nuevo Testamento (Códice Chester Beaty, Códice Bodmer) ¡que apenas distan dos siglos del momento en que éstos fueron escritos! No espere Vd. encontrar textos del período en los que se den circunstancias tan extraordinarias como éstas. Para poner las cosas en su adecuado contexto y que la gente entienda bien de lo que hablamos, baste señalar que la diferencia entre el momento en que Eurípides escribe sus obras y la copia más antigua que de ellas disponemos ¡asciende a mil seiscientos años! Esa misma diferencia en el caso de Platón ¡asciende a mil trescientos años!

También dedica un gran apartado a la Pasión de Cristo. ¿Por qué es un momento culminante en la historia la redención del género humano en la cruz?

Permítame que le hable en todo momento desde el punto de vista del historiador, sin entrar en campos relacionados con la fe o con la teología. Indudablemente toda la historia recogida en los libros del Nuevo Testamento sólo tiene una trascendencia histórica porque nos habla de una resurrección absolutamente anómala que una persona es capaz de producir de sí mismo después de haberla anunciado y pronosticado en varias ocasiones. De no haber recogido esos textos el hecho que ellos dan por cierto de una autorresurrección, es incluso improbable que ninguno de ellos hubiera llegado a nuestros días, o, en todo caso, hubieran pasado de ser una narración más o menos pía o atractiva con algún éxito entre sus contemporáneos. Y menos aún, que hubieran tenido la trascendencia histórica de máxima amplitud que han tenido, expresada en tantos hechos entre los que basta con citar uno: dos mil millones de personas son hoy seguidores de Cristo en el mundo, y son muy pocos, poquísimos, los seres humanos de todo el planeta que, aún sin profesar especial fe en su persona, no conozcan la figura de Jesús de Nazaret.

Igualmente es importante abordar el tema de la fundación de la Iglesia en la roca de Pedro y el Papado.

Claro, como no lo va a ser. Esas breves palabras que recoge Mateo (y sólo Mateo, por cierto) “Y yo a mi vez te digo: ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia’” constituyen todo el aval que tiene la institución más importante de la Historia de la Humanidad, y una de las más duraderas también, cual es la Iglesia.

Aquí el debate ha consistido en intentar demostrar que cuando Jesús dice “y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” no se está refiriendo a Pedro, -a pesar de ser el mismo Jesús el que pone ese curioso nombre “Pedro” a su discípulo llamado Simón-, sino a sí mismo. Los que esto intentan lo hacen indiscutiblemente con una intencionalidad, que no es precisamente pro-Iglesia, y tienen que desgañitarse para conseguir resultados muy pobres. También se ha intentado demostrar que el pasaje mateiano no es auténtico, sino interpolado con posterioridad. Pero los resultados del intento son igualmente pobres, cuando no más.

¿Por qué la figura de María merece un capítulo aparte?

Aquí nos hallamos, en verdad, ante otra singularidad de los textos neotestamentarios. Muchos críticos de los Evangelios intentar argumentar que no es normal que tengamos tan poca información sobre la familia de Jesús o sobre su vida familiar… ¡cuando es exactamente lo contrario! Lo verdaderamente singular es el solo hecho de que se cite a su madre, y que, además, se haga tantas veces y ofreciendo tanta información. No conocemos la vida familiar de muchos de los personajes históricos contemporáneos de Jesús, ni aún de muchos otros bastante posteriores… ¡¡¡y hasta contemporáneos!!! No sólo eso, sino que la madre de Jesús, María, ha generado una intensa e inmensa tradición en la vida del cristianismo, por lo que, efectivamente, merece capítulo aparte.

¿Por qué es importante conocer el dogma y la moral católicos?

A nadie debe sorprender que el que dice profesar una determinada doctrina o ideología conozca bien esa doctrina que profesa. Por si ello fuera poco, no estamos hablando de un club de cría de conejos tailandeses, estamos hablando de un doctrina que, con mayor o menor intensidad, profesan y comparten dos mil millones de seres humanos, y que, por si ello fuera poco, ha traído mucho progreso a la Humanidad y un modelo de convivencia contrastadamente positivo, que ha hecho posibles conceptos que hoy damos todos por sentados, pero que, sin la moral cristiana, difícilmente habrían advenido: así, la responsabilidad individual; así, la caridad; así, la igual dignidad de todos; así, los derechos humanos; así, la libertad de pensamiento; así, el libre albedrío, etc. etc. etc.

Por último, la liturgia, los sacramentos, con la presencia real de Cristo en la eucaristía, la confesión, son clave en la vida de la Iglesia.

Sí, y a la historia de todos ellos se ha dedicado un espacio en las páginas de “El cristianismo desvelado”. En unos casos se trata de institutos más antiguos, en otros, más modernos. Casi todos, o más bien todos, han sido objeto de controversia, más o menos intensa, más o menos prolongada, han pasado por un proceso de formación y de transformación. Y efectivamente, todos constituyen hoy una parte muy importante de la vida de la Iglesia y del modo de formar parte y participar en ella.