Hace algunos días, paseando por la Ciudad Vieja coruñesa, volví a observar el gran escudo de la República que preside la fachada del Colegio público “Montel Touzet”, situado en la calle Herrerías, lo que me hizo, una vez más, reflexionar sobre la hombría de bien y el respeto a la historia de unos, en contraposición con el vil sectarismo y la maldad de otros.

Allí sigue campeando, impertérrito, el escudo que, en su día, colocó la II República en el frontispicio de este edificio que ocupaban las Escuelas de Náutica y de Magisterio, sin que nadie lo retirase y que no se argumente, de forma malvada, que fue por olvido de la Autoridades del régimen del General Franco, toda vez que el escudo está suficientemente visible como para que no pase inadvertido para nadie.

El contrapunto a este hecho, que demuestra tolerancia y respeto a la historia, lo encontramos andando más en el tiempo, en 2017, año en el que la ciudad de La Coruña la mal gobernaban los talibanes de la marea quienes, en connivencia con el Consejo Escolar, suponemos que de la misma cuerda, y con el visto bueno de la pepera Consejería de Educación de la Xunta, procedieron a cambiar el nombre de este centro docente, eliminando el que hacía alusión a Juan Montel Touzet, Teniente de Ingenieros, muerto gloriosamente defendiendo a España del malvado comunismo, en septiembre de 1936, en el frente de Asturias, y cambiándolo por el de “Ciudad Vieja”.

Cabe señalar que otros dos Montel Touzet, hermanos del anterior, también perdieron la vida en el frente, entre los años 1937 y 1938, luchando por liberar a nuestra patria de la criminal garra marxista. Pero así se escribe la historia en España, el nombre que alude a una familia en cuyo seno tres de sus hijos, en edad juvenil, entregaron sus vidas por la Nación, no merece ser recordado, simplemente por la miseria de aquellos que no siendo capaces de ganar una guerra en los campos de batalla, pretenden ahora, cobardemente, ganarla en los despachos. El colmo de la ignominia.  

Sin embargo, pese a lo que pretende inculcar la maligna izquierda, aliada con la miserable progresía militante, en referencia a los años del franquismo, en esta fachada del colegio “Montel Touzet” encontramos un símbolo de la tolerancia de aquellos años de gobierno del General Franco, algo que jamás hallaremos allá donde la presencia de esta izquierda intolerante ha emponzoñado con sus vilezas la vida de ciudades y pueblos.  

Tampoco cabe alegar que el precitado escudo no fue retirado por desconocer la Autoridades pertinentes su origen ya que, la preparación intelectual de aquellos gestores ha sido infinitamente superior, siempre, a la de la izquierda, más movida por posturas ideológicas excluyentes y de ancestral venganza que por el valor histórico real que pudiera poseer aquello que, a su llegada, destruyeron.

No podemos olvidar, por ejemplo, la quema de conventos y la aniquilación total de auténticas obras de arte, llevadas a cabo, de forma sistemática, durante aquellos gobiernos de izquierdas de la II República.

Efectivamente, alguien podrá aducir que semejantes actos vandálicos obedecían a la atávica ignorancia de sus protagonistas, sin embargo, no era ese segmento de población los alentadores de tales hechos, convertidos únicamente en perros fieles a las consignas de los pseudointelectuales y progres de izquierdas, auténticos instigadores de estos desmanes, que se mantenían bien parapetados en sus despachos y tertulias.

Sin embargo, actitudes como estas, promovidas desde muchas Instituciones, siguen siendo el pan nuestro de cada día. Tal es el caso de la retirada de cruces por parte de alcaldesas talibanas; la tergiversación constante de la historia como el caso de aquella iletrada podemita que cantó las benignidades de la criminal invasión musulmana; el intento de demolición de escudos de la época de los Reyes Católicos, por aparecer en ellos el Aguila de San Juan y el yugo y las flechas, o los cambios de nombres de calles, sin saber siquiera quien había sido el personaje que daba nombre a la calle.  

El otro día, en otro foro, recordaba el crimen de lesa majestad perpetrado por aquella marea de oscura e infame suciedad que inundó La Coruña entre 2015 y 2019, tras hacerse, de forma incomprensible, con una buena parte de los escaños de la Corporación municipal, contando, eso sí, con el concurso necesario de los socialistas, carentes del mínimo atisbo de dignidad y de la más elemental muestra de cariño y respeto por La Coruña que, con su apoyo incondicional, permitieron que la otrora pujante y vanguardista ciudad, se convirtiese en triste, gris y mediocre, dejando de contar en el panorama nacional, al convertirse en una urbe residual donde los perroflautas campaban a sus anchas.    

Me refería entonces a la retirada de una espectacular vidriera, de gran valor histórico, que desde 1955 coronaba, a modo de lucernario, la bóveda de la escalera de honor del Palacio Municipal coruñés. En aquella vidriera aparecía la imagen de Hércules, fundador legendario de La Coruña, portando en sus manos un Escudo Nacional, con la iconografía heráldica de los Reyes Católicos, aprobado en 1938, y un escudo con las armas de la ciudad.   

Pues bien, la maldad perversa, el talibanismo galopante y la supina ignorancia de aquellos “inteligentísimos universitarios” de la marea promovió, con absoluto desprecio al coste de las obras y sin protesta alguna por parte de nadie, su retirada, desconociendo, a fecha de hoy, su paradero.

Esto me recuerda otro hecho que pone de manifiesto, una vez más, la intolerancia y la perversa maldad de estos miserables, frente al talante infinitamente más respetuoso y menos iconoclasta de los que ellos llaman “fachas” y, para ello, he de volver al Palacio Municipal coruñés, al menos al que yo visité hasta el 2015.

La vidriera de su magnífico Salón de sesiones estuvo siempre presidida por un escudo de la República, emblema que nadie retiró y que, como en su día señaló el Alcalde Francisco Vázquez en un pleno municipal, “allí siguió durante cuarenta años sin que nadie lo ocultase, incluso en aquellas cenas de gala que, el Ayuntamiento coruñés, ofrecía, cada verano, al General Franco”.

Cabe señalar, como apoyo al principio de tolerancia que siempre informó, al menos hasta 2015, el talante coruñés, que durante la II República, las Corporaciones de este signo político, jamás retiraron las placas alusivas a la presencia de SS.MM. los Reyes, en los años de la monarquía alfonsina, con motivo de la inauguración del remate de las obras del Palacio Municipal y de sus Salón de sesiones.

El propio Francisco Vázquez, se encargó, en varias ocasiones, de subrayar la tolerancia que La Coruña mostró con relación a todos los símbolos históricos de las distintas épocas, hasta estos tristes tiempos de la "memoria histérica", constituyendo tal actitud “el mejor reflejo del alma liberal y tolerante del coruñesismo, tan lejano de cualquier veleidad sectaria”.

Un buen ejemplo de la antedicho, lo encontramos -al menos lo encontrábamos, desconozco lo sucedido tras el tsunami de marea sucia que asoló la ciudad- en el despacho del Alcalde coruñés. Allí, sus paredes estaban cubiertas por los magníficos retratos del General Miguel Primo de Rivera, de José Calvo Sotelo, del General Martínez Anido y del también General Mariano Muslera Planes, representante de la Región Militar de Galicia en el Directorio de Primo de Rivera, por cierto, fusilado por los rojos en San Sebastián. La presencia de los retratos de tan destacadas personalidades de la vida nacional se debe a la aportación económica hecha, en su día, por el Directorio para concluir las obras del Palacio Municipal, totalmente inasumibles, dado su elevado coste, por la ciudad en aquellos años.  

Llegado a este punto, no quiero dejar pasar la ocasión para recordar que muchos españoles deberían de tomar buen ejemplo de la actitud tolerante de Francisco Vázquez durante sus años de Alcalde de La Coruña, quizás, por su significación, el mejor ejemplo de sana convivencia entre españoles, independientemente de su ideología, cualquiera de ellas muy respetable.

A Paco Vázquez, con quien me unen lazos de amistad y con quien colaboré, en la medida de mis posibilidades, por el engrandecimiento de mi ciudad, La Coruña, siempre lo definí como un hombre que sabía sumar. Lejos de ese afán perverso de restar, tan propio de políticos mediocres, Paco Vázquez sumaba y lo hacía teniendo como única meta el engrandecimiento de nuestra ciudad, más allá de banderías y de talibanismos excluyentes. Merced a ello, logró que La Coruña se posicionase, en todos los órdenes, como un referente y un paradigma incluso más allá de nuestras fronteras nacionales.

José Antonio Primo de Rivera, decía “… Cuando España encuentre una empresa colectiva que supere todas esas diferencias, España volverá a ser grande como en sus mejores tiempos” y esta idea, este pensamiento, lo hizo bueno Francisco Vázquez en nuestra ciudad, devolviendo a los coruñeses ese sentimiento de orgullosa pertenencia, el sentimiento aunador de coruñesismo tan necesario, como lo sería hoy el de españolismo si realmente deseamos sacar a flote nuestra Patria de la situación de frustración en la que se encuentra.

Cuando Paco Vázquez asumió, en 1983, la alcaldía de la ciudad comenzó desde el primer día a sumar, ordenando la colocación, en el rellano final de la escalera de honor del Palacio Municipal, de un Escudo Nacional con el formato adoptado en 1981, conviviendo, en perfecta armonía, con el del Aguila de San Juan. Tal vez, aquel gesto fue toda una declaración de intenciones de lo que sería su política municipal a lo largo de los veintitrés años de mandato. Se trataba tan solo de eso, de sumar, de sumar voluntades por el engrandecimiento de La Coruña.

Buena prueba de esa voluntad se reflejó en el callejero coruñés del cual no fue cambiado ningún nombre, conviviendo en calles y plazas los referidos a preclaros hombres del franquismo con otros de la época republicana, cuyas calles comenzaron a inaugurarse.

Quizás el mejor ejemplo esté en aquella placa, desconocida para la mayoría de los coruñeses, colocada en el frontal del edificio del banco Pastor, al inicio del Cantón Pequeño, que daba nombre a la gran vía coruñesa: “Cantones de José Antonio”. Allí estaba aquella placa, rematada con un yugo y flechas, y allí continuó, al igual que el monolito que señalaba el inicio del ”Viaducto del Generalísimo”.

Incluso, cuando dispuso la recolocación por orden cronológico de la galería de Alcaldes, se encontraron, frente a frente, fruto de la casualidad o sabe Dios de que, los retratos de dos republicanos, Suárez Ferrín, fusilado por el bando nacional, y de Abad Conde, asesinado por el frente popular en la cárcel Modelo de Madrid. El mejor ejemplo de aquella barbarie que enfrentó a españoles contra españoles y que, en lugar de resucitarla cada día, lo mejor que deberíamos hacer es olvidarla para que jamás vuelva a repetirse.

Lo que son las cosas, pasados los años, con la triste llegada al Ayuntamiento de los sectarios e incompetentes de la marea, se retiraron de inmediato los retratos de los que habían sido Alcaldes en los primeros años del franquismo e incluso de otro, de gran valor, del dramaturgo Joaquín Calvo Sotelo, colocado allí en la época de Paco Vázquez, y que estos “inteligentísimos universitarios”, miserables sectarios de la marea, retiraron sin duda por las connotaciones de su apellido. El colmo de la ignorancia malvada de aquella pandilla de perroflautas.

Sin embargo, todos estos desmanes no deberían quedar ahí y así, el día que vuelvan a gobernar La Coruña personas del talante y la preparación intelectual y humana de Paco Vázquez, deberían exigir explicaciones y las responsabilidades económicas derivadas de los miserables actos de estos populistas que se permitieron el lujo de eliminar parte del patrimonio de nuestra ciudad, pagado con los impuestos de todos los coruñeses  -ah, se me olvidaba, y de coruñesas, como gusta de decir a la incompetente izquierda, ya que ellas también pagaron- y cuyo único titular es la ciudad misma.

Habrá entonces que preguntarles, ¿qué hicieron, por ejemplo, con los uniformes históricos y el armamento de época de la Policía Municipal coruñesa e, incluso, con aquellos elegantes reposteros que adornaban, con motivo de las grandes solemnidades, la fachada del Palacio Municipal y que permitían un recorrido por la evolución de la heráldica coruñesa, adquiridos, tanto unos como otros, en tiempos de Francisco Vázquez?, ¿qué fue de todo aquello pagado con el dinero de los coruñeses?

Todo esto, pone de manifiesto, una vez más, la tolerancia e inteligencia de unos, contra la intolerancia y la ignorancia de esta malvada extrema izquierda que, pese a autoproclamarse universitarios, como si tal cosa constituyese un aval, demuestran cada día que la Universidad jamás entró en ellos.