Nuestra memoria histórica

La doctrina del PNV la manifestaba José Antonio Aguirre y Lecube, presidente del entonces Gobierno vasco, en estos términos: “Y cuando la juventud vasca, interpretando correctamente la doctrina cristiana clásica del derecho de defensa, e incluso con las armas en la mano…”, para preguntar después: “¿Por qué calla la jerarquía? En nombre del pueblo vasco, guardador del orden, de la justicia y del derecho; en nombre de la conciencia cristiana de tantos compatriotas míos, apelo al Padre de la cristiandad para que haga cesar este silencio”.

Estas palabras desprenden un llamamiento grave, una apelación al Papa clara y urgente ¿Respondería el Pontífice? Porque el señor Aguirre juzga por adelantado la cuestión: somos la causa justa, viene a confirmar, adelantándose al juicio de la Iglesia.

Pero la apelación del presidente vasco al Papa carece de sentido.  El Pontífice había ya resuelto de un modo que no admitía dudas y de forma tajante, esta cuestión.

El 14 de septiembre de 1936, tres meses antes de aquella intepelación del vascongado, el Vicario de Cristo, en su residencia de Castilgandolfo, ante quinientos españoles, acompañados por los prelados de Cartagena, Seo de Urgell y Vich, al referirse al estallido de la guerra civil en el mes de julio del mismo año, se pronunció de manera muy clara. Lo recogió el periódico oficial de la Santa Sede (Acta Apostolicae Sedis): “Bendice de una manera especial a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión”.

El Papa dijo más: “Por el contrario, no es superfluo, más bien es oportuno y sobre todo necesario y para Nos obligado, poner en guardia a todos contra la insidia con la cual los heraldos de las fuerzas subversivas buscan el modo de dar lugar a cualquier posibilidad de acercamiento y colaboración de la parte católica, distinguiendo entre ideología  y la práctica, entre las ideas y la acción, entre el orden económico y el orden moral, insidia sumamente peligrosa, causada y destinada únicamente para engañar y desarmar a Europa y al mundo, favoreciendo así los inmundos programas de odio, de subversión y destrucción que lo amenazan”.

Las advertencias no albergan la menor duda. Pero recordemos lo que decía el señor Aguirre en el citado discurso de finales de diciembre del mismo año: “Nada mejor para justificar nuestra obra que examinar, remozando de nuevo los conceptos del programa que une a hombres tan diversos, ideologías en un empeño común, programa que nos une en el designio y en el trabajo, programa que ha sido norte y guía de nuestra acción…; en medio de esta lucha, un pueblo culto y civilizado ha sabido separar, respetando las creencias y prácticas de muchísimos ciudadanos…; un conjunto de hombres respetuosos entre sí e inflexibles cumpliendo la ley y la finalidad suprema que los mueve”.

También recuperamos las palabras de Pío XI, cuando alababa el espíritu de los soldados y mártires: “… la adhesión a la Fe ha agregado confesores y mártires al ya glorioso martirologio de la Iglesia en España”.

Los separatistas vascos intentaron entonces eludir la terrible acusación papal, de ser perseguidores de la Iglesia de Dios.  El Pontífice lamentó y condenó: “Las devastaciones, los estragos, las profanaciones y las víctimas”. Curiosamente, la iglesia de Las Arenas, a la que solía acudir el propio señor Aguirre a oír misa, resultó destruida por la acción de los enemigos de la Religión.

El presidente se justificaría con estas palabras: “No hemos de ocultar de que en algunos puntos hayan podido producirse excesos que no estaban previstos en la mente de los gobernantes. No ciertamente en el Pueblo Vasco; pero ante una sublevación militar que traicioneramente aprovechó ser la fuerza que el pueblo puso en sus manos, confiando en su juramento de fidelidad, más fácil es comprender los actos de violencia ante la sola consideración de la medida en que habla de producirse la irritación popular”.

Este comentario tiene visos de una invitación a la acción…, precisamente cuando se produjeron los asesinatos en masa de presos en varias cárceles.

La Encíclica “Divini Redemptoris”

El 19 de marzo de 1937, tres meses antes de la toma de Bilbao por las tropas de Franco, el Papa condenaba el comunismo en estos términos: “Un sistema lleno de errores y sofismas, que contradice a la razón y a la revelación divina; subversión del orden social, porque equivale a la destrucción de sus bases fundamentales, desconocedor del verdadero origen de la naturaleza y del fin del Estado, negador de la persona humana, de su dignidad y libertad”.

¿Supieron los separatistas vascos separarse a tiempo de sus compañeros de viaje o quedarían envueltos en las redes del comunismo, desoyendo al Papa?

Los pregoneros comunistas saben aprovecharse como nadie de los alagos de la raza, de los diversos sistemas políticos y hasta de la desorientación en el campo de las ciencias sin Dios, para infiltrarse en las universidades, motivando que los separatistas fueran esclavos de sus artes y que cada día los envolvieran más y más, hasta llevarles al extremo de preferir el comunismo a cualquier solución con el general Franco.

Mientras tanto la prensa roja, un día y otro, atacaba a los católicos y a los separatistas con el menor pretexto religioso. El periódico Euskadi solicitaba la colaboración de las mujeres del PNV para que enviaran altares portátiles a los capellanes gudaris. La respuesta de los comunistas no se hizo esperar: “En los frentes, a nuestro juicio, aunque algunos necesiten de altares, lo que más precisan los milicianos es que no los distraigan. En el frente sólo debe haber guerreros…”.

Sin embargo, los separatistas vascos se unieron a los comunistas a pesar de ver lo que hacían en la propia región, donde asesinaban, robaban e incendiaban, unidos a ellos a través del señor Irujo, ministro del Gobierno de Largo Caballero, en cuyo mandato se cometieron miles de asesinatos, violaciones, robos y profanaciones. Como decía Pío XI: “¿Cómo puede hablarse de garantía de conciencia donde ha venido a menos toda fe en Dios, todo temor de Dios? Quitada esta base, se derrumba con ella toda la ley moral y no hay remedio que pueda impedir la gradual pero inevitable ruina de los pueblos, de la familia, del Estado, de la misma civilización humana”.

Lejos quedaba ya, como vemos, la apelación de Aguirre al Papa.