Lunes, 18 de julio:

Me he despertado, o al menos he regresado de mis pesadillas, con las primeras luces del alba. Por doquier se escucha un coro de voces mortecinas, lejanos ecos de las otrora voces vigorosas, juveniles, que piden agua, que suplican agua para calmar esta sed que nos devora. 

Todavía el sol no está en lo más alto y el calor, insoportable, abrasador, nos castiga ya con sus rigores. Creo que hace mucho más calor que ayer. El hedor se hace imposible de soportar. Los más de 40º han acelerado la descomposición de los cuerpos de los hombres que, insepultos, yacen reventados sobre la alambrada; con ellos se mezclan, en un dantesco y macabro amasijo, los despojos de las bestias tiroteadas al tratar de huir de la posición con los primeros disparos o las que resultaron muertas en la intentona de introducir el último convoy. Es un amasijo de sangre y carne putrefacta. Un olor fétido, penetrante, a muerte, a esa muerte que ya presentimos próxima.

A primeras horas, desde el parapeto, entre las sombras del claroscuro, se advierte la presencia, a unos trescientos metros de la posición, de alguien que se mueve con dificultad portando una carabina en sus manos. Tras hacer una minuciosa observación con los gemelos se le identifica, por el inconfundible color garbanzo de su uniforme, como un soldado de Regulares, sin duda perteneciente a ese último convoy de ayuda que tantas vidas costó en vano al querer entrar en la posición durante el día de ayer.

El Teniente Casado se ofrece voluntario, al igual que el resto de los Oficiales de la guarnición, para salir a recogerlo al darnos cuenta de que se halla herido. Casado junto con un Soldado del Regimiento abandonan la posición y corren en su socorro. Un gesto heroico que a la postre de nada ha servido pues el valeroso Regular había ya dejado de existir. Tan solo han podido ocultar su cuerpo entre los peñascos para que no sea profanado por el enemigo o devorado por cualquier alimaña que pueda rondar estos parajes una vez todo haya terminado.

Recuerdo, en mi infancia, oír contar a mi abuela materna, mi abuela Josefa, la indignidad cometida por los moros al ensañarse con los cadáveres de nuestros Soldados muertos en la Campaña de 1909. Mutilaciones indescriptibles sufridas por los cuerpos de aquellos valientes después de haber sido pasados a cuchillo o tiroteados sin piedad. Tal vez eso mismo nos espere a nosotros el día que estos bárbaros ocupen la posición.  

¿Alguien me dará cristiana sepultura? Tal vez algún día, mis restos mortales, mis despojos, puedan descansar en el cementerio de San Amaro junto a los de mi madre, junto a los de mis antepasados, con una placa que recuerde mi muerte en esta tierra hostil, en esta tierra en la que estamos defendiendo el honor de España, el honor de nuestra Bandera.

 

En una posición

Me gustaría que así fuese y que mi amada Carmiña acudiese, al menos cada 1º de noviembre, a poner flores en mi sepultura, a recordarme después de muerto como las gentes dicen de aquella misteriosa dama que acude, puntual, al ponerse el sol, cada tarde, al viejo Jardín de San Carlos a rezar ante la tumba de su amado, el legendario General inglés, muerto en La Coruña a manos del Ejército francés en nuestra Guerra de la Independencia.

A las 10 de la mañana, desde la loma de Amar Saib, a unos 1.800 metros de la posición, la harka ha comenzado a disparar sobre nosotros utilizando una pieza de artillería, seguro que una de las que nos tomaron en Abarrán. Esta situación, previsible pero que considerábamos no factible, nos desconcierta y añade una nueva angustia a nuestra panoplia de desgracias. Disparan con poca precisión, pese a ello, una de las granadas se ha incrustado, sin explosionar, en el muro de protección de nuestro cada vez más mermado depósito de municiones. Parece que la Providencia aún está de nuestro lado.

Los artificieros han examinado la granada y efectivamente, se trata de un proyectil de una pieza de montaña, sin duda de alguna de las que nos ocuparon en Abarrán. Qué ironía, nuestras armas se han vuelto contra nosotros; ojalá que sólo fuese esa pieza, lo peor es que, esos canallas, están disparando con los mosquetones que entregamos a las que llamábamos harkas “amigas”, eso sin contar la defección de Mias completas de la Policía, todas ellas armadas con lo que nosotros les hemos dado, y que ahora nos disparan incluso por la espalda. ¡Qué razón tenía mi compañero de alojamiento en la cada vez más lejana Melilla!

Nuestra Batería, perfectamente dirigida por el Capitán de la Paz, ha afinado la puntería y pronto ha hecho enmudecer al cañón moro. Todavía hemos tenido fuerzas para ovacionar el gesto y dar vivas a nuestros artilleros.  

Seguimos sin agua. Esta sed es insoportable, imposible de aguantar un día más, una hora más, un minuto más. En el almacén de Intendencia, cada vez más exiguo, tan solo queda medio barril de vinagre que se acaba de distribuir entre la gente para tratar de mitigar esta sed que nos consume. Creo que poco más podemos hacer y si Dios no lo remedia, enviándonos el convoy que necesitamos con urgencia, moriremos de sed bajo este sol que nos está quemando el cerebro.

El hedor cada vez se torna más insufrible. Los pañuelos colocados en la cara no impiden que este olor a muerte penetre no solo por nuestras fosas nasales, sino también por todos los poros de nuestra piel que lo trasmiten al cerebro fijándose como una lapa lo hace a las rocas de un mar batido. Esos cuerpos que yacen sobre la alambrada, junto a los de las bestias, se muestran cada vez más hinchados, tumefactos, desfigurados, por efecto de la descomposición que se ha visto acelerada por este calor a cada instante más insoportable. Esta visión produce un sentimiento de impotencia difícil de describir. Nuestros hombres no se merecen yacer insepultos en medio de estas montañas africanas, merecen, por su valentía, ser enterrados con todos los honores, con sus ataúdes cubiertos por los colores de la Enseña patria, esa misma Bandera que murieron defendiendo y que sigue ondeando, desgarrada, en lo alto de la posición.

 

Mapa de la Comandancia de Melilla

Los heridos se multiplican y no se les puede atender como debiéramos. No hay médico en la posición, tan solo los sanitarios de las Compañías que hacen lo que pueden, en una enfermería de fortuna muy mal dotada, para paliar los sufrimientos de todos los hombres que han sido alcanzados por el fuego enemigo.

Otra imprevisión del Mando no haber destinado a un Oficial Médico y a un Capellán a la posición, los dos nos hubieran hecho más llevadero el transito a la muerte. Así tan sólo podemos contar con los limitados conocimientos de los sanitarios de las Compañías que hacen lo humanamente posible por asistir a heridos y moribundos; en cuanto al consuelo espiritual, tenemos un Soldado alicantino que es diácono en su parroquia y se está encargando, con mucha entereza, de asistir con los últimos Sacramentos a los que se hallan en las puertas del tránsito hacia la muerte.

He visto como varios Soldados se han desmayado consumidos por la fiebre. Esto es inhumano.

Pienso en mi querida Coruña tan lejos de este infierno. Un día de julio como hoy, la gente paseando por Miramar o recibiendo sus baños de mar y de sol en el arenal de Riazor o en alguna de las Casas de Baños próximas a la playa. La Coruña se trasforma cada vez que llega el verano, se convierte en una ciudad alegre, bulliciosa, sus gentes se echan a las calles y escenarios como el Cantón, la calle Real o el Relleno se convierten en lugares de cita obligada para quienes desean saborear la ciudad, paseando entre sus gentes.

Carmiña, amor mío del alma, ¿qué será de ti? Ojalá encuentres a un hombre bueno, mejor que yo, que sepa hacerte muy feliz, darte la felicidad que yo no he sabido o no he querido darte. 

Los Tenientes Sierra y Casado han sido alcanzados cayendo heridos. Quizás la peor parte se la ha llevado Sierra. Al ser retirado le he oído decir “no siento perder la vida, solo siento no poder continuar con vosotros, a vuestro lado, hasta el final”.

¡Hasta el final! Que extraños ecos cargados de malos presagios me devuelve esa frase. Miro a mí alrededor. Estamos cercados por todas partes. Todos los caminos que conducen aquí están controlados por esa chusma que nos ataca por doquier. Creo que la posibilidad de rescatarnos, incluso de evacuar la posición, se está convirtiendo cada vez en más remota.

El Comandante ordena que se transmita, mediante el heliógrafo, un mensaje al Cuartel General de Annual: “Situación comprometida, el hambre, la sed y el hedor de los muertos irresistible. Pese a todo, estamos dispuestos a todo antes que rendirnos. ¡Viva España!

Annual responde felicitándonos por nuestra bravura, arrojo y heroísmo demostrado y exhortándonos a persistir en la defensa de la posición hasta que nos envíen una fuerte Columna de socorro que ya se está preparando.

Al conocer la noticia, el Comandante Benítez, ordena que se difunda entre la Guarnición. Por Unidades, a todos, se les da a conocer la buena nueva que acogen con muestras de una emoción indescriptible. Se suceden las arengas por parte de los Oficiales, en especial las del Capitán Bulnes, que son coreadas con vivas a España, proferidos por las gargantas extenuadas de todos los Soldados de la posición.

 

El Regimiento “Alcántara” al galope

Parece como si el fantasma de la muerte se hubiese alejado de nosotros, como si la sed, el hambre, este hedor nauseabundo o el cansancio, fuesen tan solo el recuerdo de una noche de pesadillas. La alegría se ha contagiado por doquier al conocer que una Columna vendrá en nuestro auxilio. Tengo mis dudas de si podrá llegar hasta aquí, pese a todo la aguardo con la misma fe que el resto de mis compañeros.

Durante toda la jornada, los moros no han dejado de hacer fuego certero con otra pieza de artillería haciendo que la metralla llueva sobre nosotros. Las granadas caen dentro de la posición causando estragos. El Capitán de la Paz Orduña, concertado con Annual que le sirve de puesto de observación para localizar la ubicación del cañón, corrige el fuego de su Batería hasta que finalmente hace saltar por los aires el parapeto que protege la pieza enemiga que calla durante unas horas, dándonos un respiro que nos permite descansar, al menos relajarnos de la tensión que acaba con nuestros nervios.  

Los ataques cada vez son más frecuentes y más encarnizados. He vuelto a ver disparar las piezas que manda el Capitán de la Paz Orduña con espoleta a cero. Tenemos al enemigo a menos de cien metros. Las municiones son cada vez más escasas ya casi no tenemos granadas para nuestros cañones.

Con las primeras sombras de la noche, el moro, agazapado, conocedor del terreno, nos ha atacado con bombas de mano. Hemos sabido responder con fuego vivo y nutrido y se han replegado con bajas. Cerca de mi ha caído el Soldado Jiménez. ¡Pobre chico! La metralla le reventó la cabeza. Era simpático y dicharachero como buen andaluz, sin embargo, no podía ocultar sus temores; momentos antes me había confesado, lleno de pesadumbre, “mi Teniente, yo no paso de esta noche”. Instantes después, una de aquellas bombas de mano le segó la vida para siempre.

Por lo demás, mis hombres se han portado bien, insuperables. Todos saben, o por lo menos intuyen, que esto no tiene remedio y que poco tiempo más vamos a resistir salvo el milagro de la llegada de la columna de rescate. No hay ni gota de agua. No hemos podido cocinar el rancho. Benítez ha ordenado que se abran las latas de pimientos en conserva y se reparta el agua entre los enfermos y heridos.

Ha cesado el fuego. Como cada noche tan solo se escucha, de vez en cuando, el rumor de los “pacos” cuyos certeros disparos hacen estragos en la posición a poco que nos descuidemos. Sus ecos, perdiéndose entre riscos y peñascos, hacen imposible el descanso. En mi cabeza martillea el silbido mortífero de los tiros al cruzar sobre nuestras cabezas.

Una noche más, ¿será la última…? Miro al cielo, las estrellas inundan este firmamento tan lejano a mi realidad. Recuerdo una de mis últimas noches en las calles de Melilla, con mis compañeros de armas. Hablamos del cielo africano, de su magia, de su duende. Uno de ellos dijo algo parecido a lo que me había dicho Adela en la cada vez más lejana Almería y que yo mismo pude descubrir la primera noche tras arribar al puerto de Melilla, que su embrujo es como el mortal canto de las sirenas, que atrae a los hombres y a su alrededor teje una especie de tela de araña de la que nadie puede escapar. Algo así me contó Jazmine, la putilla egipcia con la que compartí sexo en las lujuriosas noches previas a mi despedida de la ciudad. 

  • El cielo africano es como los ojos de las mujeres de esta tierra, negro, brillante. Una vez que lo miras jamás te liberarás de su hechizo.

Creo que aquella mujer se merece algo más que un sucio burdel en el que satisfacer los más bajos instintos de los hombres. Allí, ofreciendo su hermoso cuerpo dorado al mejor postor, a quien sea capaz de pagar un puñado de monedas para disfrutar de sus encantos, de su fingida pasión.

¿Habrá fingido conmigo en algún momento? No lo sé, aunque creo que no; estoy seguro que desde la primera noche, en sus palabras, en lo que me contó de su vida y sobre todo en sus ojos, brilló un destello de algo más que la fingida mentira de quien hace su trabajo. Sé que no son imaginaciones mías, sé que todo lo que me confesó, lo que me pidió, nació de lo más profundo de su alma.

¿Qué habrá sido de ella? Tal vez ahora mismo, bajo este mismo cielo, esté satisfaciendo los deseos de otro hombre y ni siquiera se acuerde de mí. Quizás esté susurrando palabras de amor a cualquiera de mis compañeros que se han quedado en retaguardia, tumbada sobre la cama doselada de sábanas de muaré rosado, mostrando su sensual cuerpo desnudo, sus sugerentes curvas que invitan a la lujuria con solo mirarla por un momento. ¿Quién sabe? A lo mejor no es así y sentada sobre su cama, con mi moneda de plata entre sus manos, me recuerde emocionada esperando el día de mi regreso.

Sé que Carmiña, mi amada, jamás leerá los renglones escritos en este diario. No dejaré que lo haga. Lo guardaré como si de un inconfesable secreto se tratase. Quizás, sin embargo, alguien llegue a leerlos algún día y sepa de mis sufrimientos, de mis dudas, de mis miedos, de los tristes padecimientos de todos los que estamos aquí.

Tengo fiebre. Estoy ardiendo. He sentido algún escalofrío que me ha obligado a resguardarme bajo el capote.

Ya nos hemos bebido casi todo, incluso el agua de las latas de tomate y pimientos que ordenó repartir el Comandante se ha terminado ya. He visto como alguno de los Soldados introducía pequeñas piedras en la boca para generar más saliva, lo que le ha producido terribles llagas cuyo dolor no pueden mitigar. No queda nada. 

Creo que estamos cerca del límite entre lo humano y lo inhumano. Acabo de ver a un Soldado moribundo sorber la sangre que emana de sus propias heridas para paliar un poco la sed que le consumía y a otro que, presa de un ataque de locura, se ha precipitado de cabeza contra una roca gritando ¡agua, agua!, como si del espejismo de un manantial de limpia agua se tratase. 

La sed, el olor, el eco lejano de esos disparos. No puedo dormir, no quiero dormir, las pesadillas que me asaltan cada noche, cada vez que caigo en ese estado de extraña duermevela, me aterran como lo hace esta realidad en la que estoy sumido.

(Tomado de la novela “Tiempos de amor y muerte. El infierno de Igueriben”. LC Ediciones 2018, del mismo autor).