A los 90 años: seguimos con LA VERDAD DE CLARA CAMPOAMOR: Y así pensaba el Gobierno cuando ya estaba todo perdido: “¡Que todo se hunda con nosotros si no podemos dirigirlo nosotros”

Por Julio Merino.

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“Desde 1931 han demostrado una incapacidad política tal que ha desbordado todas las previsiones. Al final no vieron el abismo hacia el que empujaban el país decidiendo a la ligera sostener una lucha imposible y perdida de antemano”

CAPÍTULO XVIII

EL FINAL DE LA LUCHA 

 EL sitio de Madrid marca la fase decisiva de la guerra civil pero todavía no su final.

Las capitales más importantes de los sublevados, sitiadas por el gobierno de Madrid, han sido liberadas por ellos. Sin embargo las fuerzas gubernamentales daban a esas plazas no sólo una gran importancia estratégica sino una todavía mayor importancia política que sobrepasaba en mucho a la estratégica.

Desde el punto de vista estratégico, Toledo impedía el avance de las columnas del sur y del sudoeste. Oviedo abrigaba numerosos efectivos de mineros. En ellos había puesto el gobierno todas sus esperanzas ya que contaba con su ayuda para el momento en que liberadas por fin del sitio, esas tropas bajasen a la llanura castellana.

La ofensiva sobre Madrid es una seria amenaza para los gubernamentales, dada la desorganización del ejército que defiende la capital.

Pero queda por dirimirse cuál será la suerte de la ciudad, y si la resistencia del gobierno, que nunca ha conseguido imponer su autoridad sobre la anarquía, no convertirá Madrid en un montón de ruinas y escombros.

¿Seguirá el gobierno de Madrid el ejemplo del País Vasco que hizo evacuar la capital de Guipúzcoa para ahorrarle la lamentable destrucción iniciada en Irún? ¿Decidirá, al contrario, resistir a toda costa aunque la ciudad tenga que desaparecer con él, perpetuando a través de la historia el ejemplo de Numancia y de Sagunto, inmolándose ante el invasor en brava y trágica gesta?

He aquí la pregunta angustiada que se hacen muchos españoles. Porque podemos temer ese gesto de desesperación que es muy del gusto de los combatientes gubernamentales y, sobre todo, de su aliado, el anarquismo destructor. Añadiría una horrible página a la lucha.

La resistencia contumaz de Madrid es previsible porque la anuncian tres factores. Dos de orden político, como son el deseo del gobierno de prolongar la resistencia y el de los anarcosindicalistas de hacerse los amos de la capital. Otro factor, de orden psicológico, es la leyenda que siempre ha hecho de Madrid el «pueblo del Dos de Mayo», el pueblo heroico, la ciudad valiente e invencible que siempre ha mantenido el tipo y la única ciudad, aparte de Barcelona, en la que el gobierno registrase algún éxito en julio.

Madrid es por tanto capaz de una larga resistencia, gracias, en primer lugar, al entusiasmo de su excitada población obrera y luego a la ayuda que recibe del Levante y de Cataluña.

* * *

 En lo que se refiere al problema interior, tanto la política como el poder gubernamental se van yendo enteramente de las manos de los socialistas y comunistas -que se lo arrancaron hace ya tiempo a los republicanos-, a las de los anarcosindicalistas.

En efecto, mientras que la prolongación de la lucha amenaza con ir aumentando la inclinación de los alzados por el fascismo, para el gobierno el eje de la resistencia se desliza también hacia su extremo, que no es el comunismo sino el anarquismo.

Es esa fuerza obrera la que dominando ya por su número y su importancia a los demás elementos obreros en Cataluña y Valencia, empieza ahora a gobernar en Madrid. El gobierno, llamándola en su ayuda, le ha entregado la capital. Porque los refuerzos milicianos que Madrid recibe son todos anarcosindicalistas y tienen una doble misión: de una parte ayudar en la defensa, pero de la otra ganar por la mano a comunistas y socialistas e imponer su sistema de «comunismo libertario», ese régimen tan incomprensible como indica su nombre, formado por dos antítesis.

La guerra civil ha proporcionado al anarcosindicalismo la posibilidad inesperada de hacerse con el poder efectivo, primero en Cataluña y luego en Aragón. Al marcharse el gobierno de Madrid ha quedado en sus manos la resistencia de la capital, lo que provocando luchas internas quizás marque el final de la lucha, ¡pero a qué precio[1]!

La puesta en marcha de las fuerzas anarquistas supone una amenaza todavía mayor que la ofensiva militar en el sentido de aniquilar el gobierno del Frente Popular.

Ya hemos observado que ese partido siempre ha conseguido dominar las demás organizaciones de trabajadores e imponerles sus métodos y sus reivindicaciones. Día tras día, reservando sus efectivos para la retaguardia, apoderándose de los depósitos de armas y extendiendo su propaganda, los anarcosindicalistas se han hecho más fuertes a costa de los otros partidos obreros. Eso les ha resultado fácil ya que la doctrina sindicalista explota un rasgo del carácter español, el espíritu individualista, que bajo su influencia desemboca en una deformación de la libertad.

Ese rasgo de nuestro carácter explica el hecho de que España sea el único país en el que ha podido enraizarse un anarquismo «organizado». Esto se debe a que esa teoría, falsificada por el sindicalismo, habla al pueblo de la inutilidad de toda autoridad, de toda medida policial así como de toda la organización del Estado. Se hace reposar el orden social en los sindicatos y en la bondad natural del individuo y se predica la transformación de la sociedad en virtud de la aniquilación del Estado actual, del cual se subrayan las imperfecciones y las injusticias.

Esa doctrina ingenua -aunque enemiga de toda dictadura- ha hallado amplio eco entre las masas. Ha apiñado a su alrededor a todos los iluminados que la propagan, a todos los ignorantes y los simplones que la aceptan, a todos los malhechores y delincuentes que se aprovechan de ella. Para comprender el hecho de que llegue a convertirse en una seria amenaza hay que considerarla a través de tres elementos: misticismo nihilista, individualismo exaltado y bandolerismo.

Con todo, notemos que tratándose de un enemigo visceral y resuelto de los programas socialista y comunista, el anarquismo, durante esta lucha, ha opuesto una infranqueable barrera al desarrollo y a la realización del comunismo en la España gubernamental.

 

CAPÍTULO XIX

LA LUCHA NO ES UN «ASUNTO PRIVADO» DE ESPAÑA 

 LA lucha nacional de España es, empero, uno de los dramas menos nacionales de los últimos tiempos.

Como un recuerdo de los caducos tiempos gloriosos en que España resolvía las luchas internacionales, a este desgraciado país le ha sido reservado en ocasiones el jugar una carta decisiva en el destino de los pueblos. Fue en España donde la brillante estrella de Napoleón, soñando con el imperio del mundo, empezó a palidecer.

Hoy España es el tablero donde las dos fuerzas internacionales en lucha, fascismo y comunismo, se juegan la hegemonía mundial. Las dos han acudido a ese campo de pruebas que la ligereza y la indolencia de los republicanos les había preparado desde 1931.

Con cándida ingenuidad los gubernamentales han llevado al extranjero, y notoriamente a Ginebra, sus acusaciones y sus quejas poco sinceras contra la ayuda que habrían aportado a los alzados aquellos países con regímenes fascistas. No podían desconocer la importancia que el triunfo de uno u otro de los combatientes presentaría para el equilibrio mundial.

Lo ignoraban tanto menos cuanto que se habían apresurado, desde el principio y con cierta ligereza -recordemos la marcha atrás que suponía el discurso de Prieto, que ya mencionamos- en llamar fascista al movimiento militar y en solicitar el apoyo de varios países, como Francia y Rusia, para abastecerse en armas.

Sin que sea necesario citar las acusaciones ahora públicas dirigidas al Comité de no intervención por las notas rusas, de un lado, e italianas, alemanas y portuguesas del otro, la ayuda aportada a los dos bandos por el extranjero, y notoriamente a los gubernamentales, fue en seguida conocida y ensalzada en Madrid.

La esperanza de una victoria rápida del gobierno que habían fomentado los éxitos del principio, empezó a debilitarse a partir del 22 de julio cuando se vio que los alzados rechazaban ceder y se hizo patente la falta de armas y de municiones para sostener una lucha prolongada.

El 25 de julio una noticia oficiosa reanimó el valor de los círculos políticos: 22 aviones Douglas acababan de llegar a la frontera de Barcelona. Se precisaba que se habían pagado por ellos 25 millones de pesetas-oro. Trenes cargados de municiones llegaban de continuo por las estaciones de Hendaya y de Cervera.

«Estamos seguros de la victoria», se oía en todas partes. «El triunfo será del que tenga el dinero», gritaba también por radio, con su habitual imprudencia, el Sr. Prieto. Y añadía: «Nuestra moneda no tiene curso en el extranjero por culpa de la guerra. Por tanto hay que pagar las municiones en oro y ese oro sólo se encuentra en manos del gobierno».

Pagadas en oro o en esperanzas, las municiones y las armas seguían llegando. En el mes de agosto se anunció que una gran cantidad de aviones rusos habían llegado a Madrid. En el hotel Gran Vía se albergaba todo un enjambre de aviadores extranjeros que se divertían mostrando sus pasaportes falsos a los huéspedes rogándoles que les enseñaran la pronunciación de sus nombres supuestos.

Era evidente que los dos sistemas políticos en lucha en el mundo buscaban, como mínimo, impedir un éxito de sus enemigos en España, cuando no hacer de ella un aliado. El gobierno español siempre ha proclamado su derecho de preferencia o su derecho a secas a abastecerse en el extranjero en calidad de gobierno legítimo. Sin embargo las modificaciones luego realizadas así como la ayuda abiertamente obtenida de los soviéticos, muestran con claridad que el gobierno nacido de la alianza electoral del Frente Popular había sido transformado puesto que el programa electoral no preveía la formación de un Estado o de un gobierno proletarios.

La lucha empeñada en España presentó desde los primeros instantes un grave peligro para la paz mundial y si el acuerdo de no intervención tuvo por consecuencia el que se contuviera el primer golpe, se podía temer que la tormenta, que sólo se alejaba, amenazaría de nuevo y con mayor intensidad en el momento en que se pudiese prever el éxito de alguno de los bandos beligerantes.

En este momento Europa se encuentra en ese duro trance y el peligro es mucho mayor que al principio. Los gubernamentales, amenazados por la derrota, lo intentan todo para continuar a defenderse y Rusia, que como otros países interesados se apresuró en firmar el acuerdo de no intervención con la idea de imponerlo a los demás en lugar de respetarlo ella misma, se muestra igual de diligente en denunciarlo y recuperar su libertad.

En el interés del país, amenazado por una espantosa carnicería, hemos vituperado el error del presidente Azaña quien se opuso a que el conciliador Martínez Barrio tomara las riendas del poder. Y con una no menos profunda amargura seguimos reprobando aquel error cuando consideramos el alcance que ha tenido desde el punto de vista internacional. El poder político supremo de España no ha querido medir la responsabilidad en que nuestro país incurría respecto del porvenir del mundo, responsabilidad claramente asumida en ese gesto.

Una vez más, pero en mucha mayor medida, los responsables republicanos han puesto todos sus triunfos al servicio de los intereses específicos del partido socialista, un partido socialista que, además, ha abandonado su clásico carácter evolucionista para volverse revolucionario.

El gobierno del Frente Popular se ha apartado de sus deberes nacionales que consistían en no dejar caer el país en un estado de desorden revolucionario y ha faltado igualmente a sus deberes internacionales que consistían en no encarar Europa con una posible guerra internacional.

No ha iniciado el alzamiento, cierto que esto no es dudoso, pero, aparte de haberlo provocado, podía haberlo detenido cuando se le presentó la ocasión.

Las terribles consecuencias nacionales de una lucha que cavará abismos de odio y de rencor entre dos partes del país, habrían debido aconsejar el adoptar con urgencia una fórmula de statu quo que, dejando intactos los ideales y los intereses antagonistas, hubiese forzado a dirimir éstos en el terreno político.

Si se dejó de lado de esta forma el interés nacional, con qué dolor no debemos lamentar la falta de visión, el olvido del papel de árbitro de la paz europea que el azar ponía en manos de España. Y sin embargo, ¿qué mejor razón para justificar ese esfuerzo de conciliación, por duro que pudiera parecerle al orgullo partidista de los dirigentes de ese pueblo en armas?

El Sr. Azaña, que un día se levantó como una estrella de esperanza en el firmamento político de la República española, ha echado a perder deliberadamente todas las posibilidades de salvación que la joven república ponía en sus manos.

Primero levantó contra ella, durante el periodo que va de 1931 a 1933, todos los resentimientos de la derecha, a la que se mostró incapaz de someter. Su papel en la revuelta obrera de 1934 ¿acaso ha sido debidamente esclarecido? Otra vez dueño de los destinos del régimen, en 1936, por uno de esos caprichos de la fortuna que ésta no suele repetir con el mismo hombre, y cuando había conseguido despertar las ilusiones de los republicanos, se dejó desbordar por sus aliados políticos que con sus actos violentos, desde la mañana siguiente al triunfo electoral, azuzaron el alzamiento de la derecha. Árbitro del porvenir en una lucha que se anunciaba mortífera para España y amenazante para el mundo, ha desperdiciado esa última posibilidad de salvación que su paciente estrella le ofrecía y se ha decidido por la tormenta.

De todas esas faltas, de progresiva gravedad, la última es la más seria, la más cargada de responsabilidades.

España, por su debilidad militar y por su posición mediterránea no tenía nada que ganar y sí mucho que perder en el hecho de convertirse en la causa y la justificación de una guerra mundial. Y sin embargo esa guerra amenazaba con estallar en el momento en que se rompiera el equilibrio, más o menos inestable, de las dos fuerzas mundiales enemigas. Sólo una solución que impidiera el triunfo total de una u otra política podía frenar el choque de los sistemas políticos en liza. Incluso después de la lucha, cualquiera que sea el ganador, la única forma de evitar una guerra mundial consistirá en volver de alguna u otra forma a una especie de equilibrio.

La difícil situación de los gubernamentales ha desenmascarado el interés que los soviéticos ponen en el triunfo de los comunistas en España. No solamente el envío de armas y de municiones se ha hecho a la luz del día sino que los rusos toman una parte activa, incluso dirigente, en la ofensiva del ejército gubernamental. Los representantes de los soviéticos se encuentran actualmente mezclados en todas las actividades de los partidos obreros en Madrid, y, con su presencia, tratan de comunicar a las milicias gubernamentales entusiasmo y valor.

Pero su presencia ha llevado a todos los republicanos a dejar el país cuando les ha sido posible, aún a costa de jugarse la vida. Todos aquellos que no quieren ver España convertida en sucursal de los soviéticos se separan del gobierno.

Una palabra decisiva ha sido pronunciada por el ministro de Asuntos exteriores, Sr. Álvarez del Vayo, durante un discurso pronunciado con ocasión de las fiestas hispano-rusas organizadas por la U.G.T. en Madrid, a finales de octubre. En esa ocasión el Sr. del Vayo leyó un telegrama enviado al gobierno de Madrid por Stalin, en el cual éste afirmaba: «Es nuestro deber ayudar al pueblo español. Esta lucha no es un asunto privado de España». Declaración a la que siguieron los aplausos del público y el discurso habitual en ruso de un «tovarich» de los soviéticos.

Fue también en ese momento, tan difícil desde el punto de vista internacional, cuando nos sorprendió en el mes de noviembre, en Valencia, ver publicar sin reservas el acuerdo hispano-ruso con ocasión de la llegada de un barco ruso trayendo al pueblo español mercancías llamadas «pacíficas». Incluso se ha podido oír el discurso del agregado comercial de la embajada rusa y el mensaje escrito por el embajador mismo que proclamaban su simpatía por la causa gubernamental.

Solo a una chusma que parece haber perdido todo sentido crítico y todo juicio independiente se le pueden predicar alabanzas, como hizo el agregado ruso, de «la única prensa libre del único pueblo libre, ¡el de los soviéticos!».

Estos hechos ayudarán de aquí en adelante a los nacionalistas a explicar su alzamiento.

Ese alzamiento, a su vez, sólo se ha mostrado republicano y anti-marxista durante unos días. Más tarde, forzado quizás por la dificultad que suponía revelar durante la lucha sus intenciones ocultas o para apoyarse en fuerzas anti-bolcheviques, ha mostrado sus simpatías hacia el fascismo y parece hoy inclinarse por una política tan amenazadora para las libertades anteriores como para el equilibrio mundial.

Se puede por tanto afirmar que desde el punto de vista internacional, el final de la guerra civil española pondrá la diplomacia universal ante una situación que deberá esforzarse en atenuar para regresar al statu quo. Si no, significaría el principio de una nueva política mundial en la que la acción de los demócratas y de los liberales se vería poco a poco reducida, la acción de los extremos haciendo inclinarse la balanza y conduciendo al mundo a una guerra sin cuartel y sin tregua hasta la absorción total de un régimen totalitario por el otro.

  

CAPÍTULO XX

¿ADÓNDE VA ESPAÑA? 

 EL examen de los hechos nos lleva a hacer esta consideración: que el bando gubernamental no solamente ha carecido de técnica y la disciplina, de las que ya hemos tratado profusamente, sino también de las previsiones y de los cálculos, en definitiva, de todo aquello que interviene en el proceso de la inteligencia.

Los gubernamentales se arriesgan a ver el final de su vida política, víctimas de la ligereza y de la indolencia que han caracterizado su actividad desde 1931.

Los nombres de algunos de los hombres políticos puestos a la cabeza del gobierno de Burgos por los insurrectos nos recuerdan algunas observaciones hechas durante el agitado periodo de agotadoras luchas republicanas. Hay entre todos ellos hombres con una profunda formación técnica. Y no siempre aquellos atrasados en sus opiniones políticas sino aquellos que, en una época tranquila y normal, hubiesen desarrollado en España una actividad liberal en el sentido que tiene ese término cuando las elites intelectuales dirigen un país.

Muchos de ellos apartados por la República, en lugar de tomar parte en las disputas o de encerrarse en sus casas confesándose vencidos, han seguido estudiando los problemas nacionales con devoción y paciencia en el seno de asociaciones técnicas e intelectuales, y han seguido proporcionando a los diferentes gobiernos que se han sucedido opiniones e informes incluso cuando, en alguna ocasión, eran rechazados con sorna y desprecio.

Hemos llamado la atención a distintos hombres políticos, demasiado apáticos a este respecto, sobre el hecho siguiente: que esos hombres seguían estudiando los problemas políticos de una forma científica y técnica cuando numerosos militantes republicanos dejaban las academias, las asociaciones científicas y las bibliotecas o nunca las habían frecuentado. Y sin embargo la técnica y la ciencia le son necesarias a una política inteligente que aspira a ser algo más que una demagogia abocada al suicidio, amén de grotesca.

Ese eterno desprecio por la preparación y el conocimiento ha conducido la izquierda desde el atolladero político al atolladero militar en el que ahora se encuentra.

Ya hemos observado, desde el punto de vista de la política futura de España, que la división tan sencilla como falaz hecha por el gobierno entre fascistas y demócratas, para estimular al pueblo, no se corresponde con la verdad.

La heterogénea composición de los grupos que constituyen cada uno de los bandos, tal y como expusimos en las primeras páginas de este libro, demuestra que hay al menos tantos elementos liberales entre los alzados como anti demócratas en el bando gubernamental.

A la izquierda, socialistas y comunistas se han impuesto a los republicanos y ahora mandan ellos. Los sindicalistas y los anarquistas han sido el talón de Aquiles de la defensa gubernamental y serán los que saquen provecho de la resistencia.

A la derecha, la unión aparente mantenida con mejor táctica durante los trascendentes días de combate, empieza a debilitarse en el mismo instante en que se vislumbra la posibilidad del éxito final. El esfuerzo de conciliación intentado por la Junta de Burgos se ha revelado inútil. Se había nombrado al general Franco jefe de Estado, vaga y atractiva fórmula, y al mismo tiempo algunos jefes anunciaban un plebiscito para el momento en que se restableciera la tranquilidad, con un programa en que se acumulaban todas las teorías teocráticas y sociales de los cuatro grupos principales: monárquicos absolutistas, monárquicos constitucionales, fascistas y republicanos de derechas.

Fueron los carlistas, fuerzas extremas de la derecha, los que han hecho el primer gesto al rechazar ese programa general y tratando de imponer su vieja doctrina teocrática, pretensión que, si se puede conciliar con otros programas, se opone frontalmente al de los republicanos y sobre todo al de los monárquicos constitucionales de la última dinastía.

La «Junta de Gobierno» de Burgos ha tenido que permitir la publicación del manifiesto carlista, porque se encuentra en una situación delicada y no puede permitir que se agriete el conjunto de sus ejércitos que comprenden unos efectivos de al menos 40.000 carlistas.

La lucha ha empezado entre los alzados. Y también entre los republicanos, socialistas-comunistas y anarcosindicalistas en el grupo de las izquierdas.

Los rostros de las fuerzas antagónicas reflejan su heterogénea composición como en un espejo deformante, anunciando nuevas disputas internas en el grupo vencedor.

Esa tendencia a la división, a las facciones, a los matices, al espíritu individualista, es lo que ha hecho que España ofrezca tan escasa disposición para sistemas de bloque como el fascista o el comunista.

En el terreno de las armas, el resultado definitivo de la guerra civil española queda todavía lejos. Pero la gran desgracia de esta lucha fratricida -torpemente provocada por la debilidad del Frente Popular ante el desorden, lucha desencadenada con ligereza por los militares en un momento en que la situación internacional hacía prever complicaciones, y prolongada por los gubernamentales que rehusaron aceptar un gobierno de composición-, la gran desgracia, repetimos, consiste en que la víctima de esa lucha será la República plebiscitaria de 1931. Y sin embargo, cualesquiera que sean sus errores, sólo en ella albergábamos la esperanza de una renovación democrática y social.

Si el porvenir trae la victoria triunfal de los ejércitos gubernamentales, ese triunfo no llevará a un régimen democrático, ya que los republicanos ya no cuentan en el grupo gubernamental. El triunfo de los gubernamentales sería el de las masas proletarias, y al estar divididas esas masas, nuevas luchas decidirán si la hegemonía será para los socialistas, los comunistas o los anarcosindicalistas. Pero el resultado sólo puede significar la dictadura del proletariado, más o menos temporal, en detrimento de la República democrática.

Si, como ya hemos indicado, las causas de la debilidad de los gubernamentales llevan a la victoria de los nacionalistas, éstos habrán de empezar por instaurar un régimen que detenga los enfrentamientos internos y restablezca el orden. Ese régimen, lo suficientemente fuerte como para imponerse a todos, sólo puede ser una dictadura militar.

Pero si la dictadura militar, como lo vimos durante el periodo de 1923 a 1930, es una forma de gobierno fácil de imponer, es muy difícil salir de ella. Se dirá que otros países viven desde hace años bajo una dictadura militar y les va muy bien. Sin embargo no conviene olvidar que España ya ha sufrido ese régimen... Fueron esos siete años de dictadura los que separaron de la monarquía al pueblo y los que trajeron la República. En consecuencia el experimento ha fracasado.

Cierto es que tras el desastre nacional causado por esta lucha y sus excesos, mucha gente, incluso republicanos y liberales, se resignará, en interés del país, a aceptar cualquier régimen transitorio sólo con que restablezca el orden y que emprenda la tarea de reconstruir el país y de restablecer las jerarquías espirituales, demasiado pisoteadas por la debilidad de los republicanos de izquierda. Porque no hay que olvidar que no solamente se ha perseguido a los elementos considerados como enemigos de la República sino también a sus partidarios, perseguidos por grupos políticos que a la manera de los clanes primitivos buscaban la muerte de todo aquel que se opusiera a su jefe.

¿Pero vamos a instaurar bajo otra bandera un sistema parecido con el fin de imponer una unidad aparente?

Una vez transcurrido el primer momento y restablecido el orden, ¿se va a continuar a mantener el país -con la esperanza de impedir luchas ideológicas- bajo un férreo régimen que se arriesgará a encenagarse en sus propios errores ya que carente de opositores clarividentes y libres de expresarse[2]?

Esas preguntas con todos sus peligros habrán de ser examinadas tarde o temprano por los vencedores. Nos preguntamos si sabrán y querrán hacerlo con el espíritu que animaba Castelar cuando, hablando por última vez a las Cortes de la Primera República dijo: «La política no es nada si no es una transacción entre el ideal y la necesidad nacional».

La monarquía, al borde del abismo por sus propias culpas, decidió un día como único recurso pedir una dictadura. La dictadura despertó en el pueblo el deseo de un régimen republicano. Éste, hoy, se ve convulso por los errores de los partidos. ¿Hacia qué porvenir dirigirá sus esperanzas?

Las experiencias de los últimos quince años nos permiten afirmar que la libertad, ideal animador de todas esas luchas, nunca ha existido de una forma durable en España. Y a la libertad, y no a sus ficciones, habrá que llegar para introducir una paz efectiva y duradera, que permita el florecimiento de todas nuestras fuerzas materiales y de todos nuestros recursos espirituales.

Se trata de una empresa difícil ante la cual, durante años, todas las voluntades han fracasado. Pero a esa labor, a la institución de una democracia -dirigida, si se hace necesario- que imponga la libertad y ponga trabas a la tiranía, habremos de consagrarnos.

El porvenir es tan confuso y tan sombrío que no podemos más que expresar ese deseo.

Los pueblos, como los individuos, debido a prohibiciones de la naturaleza, acaban a veces, a través de crisis crueles, creando sus propios organismos de defensa contra los elementos convertidos en dañinos. ¿Quizás para llegar a ese periodo de calma y de libertad que deseamos ardientemente, le era necesario al país atravesar esta dura prueba donde se pone trágicamente de manifiesto la constante equivocación de los elementos reunidos alrededor del Frente Popular?

Han demostrado desde 1931 una incapacidad política que ha desbordado todas las previsiones. Al final no vieron el abismo hacia el que empujaban el país decidiendo a la ligera sostener una lucha durante la cual habría de entregarse armas al pueblo.

Han sido incapaces de medir las terribles consecuencias de ese gesto irreflexivo y cuando han empezado a mostrarse, desde el día siguiente, les ha faltado valor para reconocer sus errores y sacrificar su orgullo ante los supremos intereses del país. Han perseverado en el error, animados por ese talante rencoroso que les empujaba a destruir el enemigo aun al precio del aniquilamiento de la nación.

Hay entre nosotros un dicho, símbolo del resentimiento ciego e insatisfecho que dice: «Quedarse ciego con tal de que otro se quede tuerto». He aquí toda la política del Frente Popular en la lucha armada que, sin ningún éxito apreciable, lleva sin interrupción desde hace meses.

«¡Que todo se hunda con nosotros si no podemos dirigirlo!» se exclamó el gobierno, como un nuevo Sansón, sin considerar que las columnas son las del templo nacional.

Nos preguntamos con angustia lo que el pueblo español, herido y arruinado por la sacudida, conseguirá salvar de los escombros del amado templo, donde a pesar de todo habrá que seguir viviendo

 

París, noviembre 1936

 

[1] Recordemos dos hechos significativos: el Sr. Martínez Barrio, encargado por el gobierno de la administración de las provincias levantinas desde el principio del alzamiento, no ha podido fijar su residencia en Valencia donde los anarquistas le hacían la vida imposible. Incluso ha llegado a sufrir un atentado y ha tenido que fijar su residencia en Cuenca, ciudad castellana. En cuanto al gobierno, difícil le será también permanecer en Valencia.

[2] Es interesante recordar aquí la opinión expresada por el general Mola en un libro sensacional: «Un régimen podrá apoyarse -no por mucho tiempo- sobre bayonetas mercenarias; pero jamás sobre un ejército nacional que sea parte integral de la nación, participe de sus deseos y niegue lo que ella niegue». Véase GENERAL MOLA, La caída de la monarquía, Madrid, 1933, p. 182.