La situación en España a comienzos de los años 20 del pasado siglo se podía calificar de caótica, especialmente en materia de orden público. A las constantes huelgas salvajes y violentas algaradas callejeras había que sumar la actuación de los pistoleros anarquistas que operaban con impunidad por todo el territorio nacional, asesinando a clérigos, policías y empresarios; el problema en el Protectorado de Marruecos empeoraba, aunque todavía faltaba lo peor por llegar, y la situación socioeconómica, heredada del final de la gran guerra, afectaba profundamente a nuestra Patria.

Las elecciones generales celebradas el 19 de diciembre de 1920, habían dado el triunfo, con una mayoría aplastante, al Partido Conservador, obteniendo el 54,77% de los votos, con un total de 224 escaños, seguido del partido Liberal con 119 representantes y de otros partidos minoritarios, Regionalista (15), Reformista (9), Republicano (8) y el Partido Socialista Obrero Español, totalmente testimonial, que, con el 0,98% de los votos escrutados, había logrado cuatro escaños, dos menos que en la cita electoral anterior.

En este escenario, en la tarde del 8 de marzo de 1921, cuando salía del Senado en un vehículo rápido militar sin escolta, fue asesinado el Presidente del Consejo de Ministros, el coruñés Eduardo Dato Iradier, a manos de tres terroristas de filiación anarquista que atentaron contra el político en la madrileña Puerta de Alcalá, sin que el servicio de contravigilancia establecido por efectivos del Cuerpo de Vigilancia, en determinados puntos del habitual recorrido del Presidente, pudiera evitarlo.

El atentado sufrido por el Presidente del Consejo de Ministros, Eduardo Dato, vino a poner de manifiesto las grandes carencias que afectaban a los Cuerpos integrantes de la Policía Gubernativa -Vigilancia y Seguridad-. Una prueba de ello la encontramos en los diversos comentarios vertidos por la prensa de la época aquellos días. El ABC, por ejemplo, en su número correspondiente al 9 de marzo, día siguiente a producirse el magnicidio, inserta un comentario en el que alude a la notable falta de medios de que disponía la Ronda del Presidente o lo que es lo mismo el servicio de protección asignado a Eduardo Dato, señalando que "Toda la buena voluntad, todo el deseo y el entusiasmo de la Ronda del Presidente, se estrella ante la escasez de medios con que cuenta".

Sin duda, tal aseveración era del todo cierta ya que existe constancia de que en fechas anteriores al atentado, el Jefe de la Ronda del Presidente había expuesto al Subdirector General de Seguridad la necesidad de reorganizar el servicio, pues si bien el número de efectivos destinados a proteger el domicilio de Eduardo Dato podría considerarse excesivo, no así el encargado tanto de su escolta dinámica como de verificar las contravigilancias y la protección del itinerario por el que transitaba, a diario, el Jefe del Gobierno camino de su domicilio.

A tan fundada queja que, por supuesto no fue atendida, había que unir las informaciones relativas a las amenazas contra la vida del Presidente que circulaban por Madrid y de las que eran conocedores los efectivos del Cuerpo de Vigilancia que, pese a todo, tampoco fueron tomadas en consideración por el Ministro de la Gobernación.

Pero sigamos de nuevo, en este punto, al ABC quien, en el mismo artículo al que nos hemos referido, prosigue describiendo lo limitado del dispositivo de protección presidencial en la misma jornada del atentado: "Para vigilar el trayecto como el que hay que recorrer desde el Senado hasta la calle Sagasta había ayer cinco policías distribuidos de la siguiente forma: uno, a la puerta de la Alta Cámara; otro, en la calle del Arenal; otro, en la Puerta del Sol; otro en Cibeles y el último en la puerta del domicilio del Sr. Dato".

Este despliegue, tan mermado de personal en un itinerario tan largo -algo más de dos kilómetros trescientos metros-, deja bien a las claras su escasa, cuando no nula, efectividad como quedó puesto de manifiesto el día de la comisión del magnicidio, al carecer de una mínima capacidad de reacción.

A todo ello, suponemos que habría que añadir la falta de una preparación específica, en materia de protección, por parte del personal adscrito a la Ronda del Presidente que, a lo sumo, cumplía su función ciñéndose a seguir las pautas de la rutina del protegido, sin capacidad para establecer cambios de horarios o de itinerarios, imprescindibles para evitar la comisión de atentados.

Pero todavía el columnista de ABC añade un dato a todas luces esclarecedor a la hora de valorar los medios con los que contaba la Ronda, pese a las constantes reclamaciones en este sentido presentadas por sus responsables: "Y para hacer la vigilancia diaria, la Ronda no dispone ni de un automóvil, ni de una motocicleta, ni de un carruaje siquiera".

Tal afirmación confirma que, en sus desplazamientos, el Presidente no contaba con una mínima protección dinámica, que lo acompañase a lo largo del itinerario que describía y tuviese capacidad de reaccionar en el supuesto de producirse un atentado.

Por lo tanto, haciendo una valoración somera sobre los hechos referidos, parece lógico pensar que si el servicio de protección del Presidente del Consejo de Ministros, en un escenario de agitación social, de asesinatos callejeros, de penuria económica e incluso de preguerra, cuando no de guerra, dada la situación del Protectorado de Marruecos, disponía de tan notoria escasez de medios que obligaba a realizar la escolta -por llamarle de alguna manera- a pie, mucho mayor sería la carestía de estos medios en otras Unidades de cualquiera de los Cuerpos integrantes de la Policía Gubernativa, incluso aquellas destinadas a la captación de información, elemental a la hora de prevenir un hecho de estas características.

En este estado de penuria más absoluta por parte de las fuerzas del orden, llegamos a la tarde del 8 de marzo de 1921, fecha en la que se perpetró el atentado contra el Presidente Dato.

Aquella tarde, como era habitual, Eduardo Dato, se dirigió a su domicilio, en la calle Sagasta, siguiendo el itinerario habitual, a bordo del vehículo ARM-121 (Automovilismo Rápido Militar) –el citado coche se conserva en el Museo del Ejército de Toledo-, sin blindaje alguno, acompañado del conductor y de un lacayo; sin contar, como queda acreditado, por ningún elemento de escolta dinámica ya que, de haberlo llevado, probablemente el magnicidio no se hubiese perpetrado o, al menos, entrañaría mayores dificultades para su comisión.

Según las crónicas, a las 20,14 de aquel día, al cruzar el vehículo la Puerta de Alcalá, tres anarquistas, asesinos a sueldo, viajando sobre una potente motocicleta “Indian”, provista de sidecar, hicieron fuego, repetidamente, incluso en veinte ocasiones, con sus armas automáticas, sobre el vehículo del Presidente, alcanzándole con dieciocho disparos, tres de los cuales resultaron mortales de necesidad, al impactar sobre el cuerpo de Dato.

Los autores, tres peligrosos asesinos a sueldo, Pedro Matéu, Luis Nicoláu y Ramón Casanellas, venidos de Barcelona, donde habían sido contratados entre la élite de los criminales más peligrosos, con el fin de cometer, con garantías de éxito, el magnicidio.

Tradicionalmente, se achaca este brutal atentado al apoyo mostrado por el Presidente al respecto de la aprobación de la Ley de Fugas, pintando a los mercenarios asesinos como tres jóvenes anarquistas que, guiados por su ideología, atentaron contra Eduardo Dato. Sin embargo, estudios posteriores demuestran que tal hipótesis no deja de ser una mera elucubración que persigue ocultar una trama de mayores implicaciones, desviando la atención sobre las oscuras motivaciones y las connivencias habidas alrededor del magnicidio que, todavía a día de hoy, se desconocen.

Este atentado, al igual que los restantes de características similares habidos en España a lo largo de finales del XIX y el XX, obedeció a una trama bien articulada en la que se contó con un elemento intelectual que seleccionó cuidadosamente el objetivo; otro con capacidad para financiar la operación; otro más, formado por elementos del propio sistema que facilitaron la información necesaria y, finalmente, el brazo ejecutor, siempre una organización terrorista. Una constante que se repite en todas las ocasiones.  

En cuanto a los asesinos, por lo que se sabe, habían llegado a Madrid a principios de enero, dedicándose por entero a realizar vigilancias en la zona por la que se desplazaba el Presidente, con el fin de elegir el lugar más idóneo para la perpetración del atentado, lo que también pone en evidencia la escasa efectividad del servicio de contravigilancia, incapaz de detectar estos movimientos. Igualmente, una vez en Madrid, dispusieron de información sensible que les permitió saber la clase de vehículo usado por Dato, así como las personas que lo acompañaban en sus desplazamientos y otras circunstancias de interés para los terroristas.

También, de acuerdo con estudios realizados recientemente, que contradicen las informaciones facilitadas, tanto por las Autoridades como por la prensa tras la comisión del hecho, los magnicidas dispusieron de armas modernas y de gran efectividad, posiblemente pistolas Mauser, que fueron las usadas para perpetrar el atentado.

Tras cometer el crimen, los tres asesinos huyeron. Nicoláu, se dirigió a Alemania de donde fue extraditado; Casanellas a Rusia y Matéu fue detenido cuando se dirigió de nuevo a la pensión donde habían estado alojados los terroristas. Los dos implicados que pudieron ser juzgados -Nicoláu y Matéu- fueron condenados a muerte, siéndole conmutada la pena capital por la de cadena perpetua.

Cabe señalar que, en el instante del advenimiento de la II República, Pedro Matéu se encontraba encarcelado en Valencia cumpliendo condena, siendo indultado por el nuevo gobierno y sacado a hombros de la cárcel por la chusma como reconocimiento a su “valerosa hazaña”. Otro negro episodio que hay que colgar en el debe de la “idílica” República, esa con cuya repetición nos amenaza impunemente el del “moño sucio” y toda la gentuza que lo rodea y secunda.

Tampoco conviene olvidar que esa misma República, en manos del sectario y criminal frente popular, tuvo la malvada osadía de renombrar la calle Mayor de Madrid con el nombre del asesino Mateo Morral que tanto dolor causó en la capital de España aquel 31 de mayo de 1906, cuando lanzó una bomba sobre la carroza real el día de los esponsales de D. Alfonso XIII, causando veintiocho víctimas mortales y, al menos, un centenar de heridos. En resumen, una loa popular al terrorismo asesino, algo que, tristemente, estamos viendo repetido, cada semana, con el acercamiento de los criminales etarras, que no han dado las mínimas muestras de arrepentimiento, a las cáceles de las Vascongadas, merced a las concomitancias del partido socialista con los proetarras de Bildu para así mantenerse en el machito y poder seguir con su misión de destruir España.

Volviendo al asunto que nos ocupan hay que señalar, desde un punto de vista técnico-policial, que el despliegue del dispositivo encargado de garantizar la seguridad del Presidente Dato era, además de irrelevante en su número, totalmente ineficaz desde el punto de vista operativo, algo que ya se había observado, tan solo nueve años antes, con motivo del asesinato del Presidente Canalejas que, pese a ir acompañado de una escolta dinámica, la distancia entre los miembros de esta y el protegido era lo suficientemente grande como para no poder impedir, como así se demostró, la comisión del atentado.

Sin embargo, en este caso concreto, la situación era mucho peor dado que Dato se desplazaba sobre vehículo y a lo largo del desplazamiento tan solo en cinco puntos, muy distantes entre sí y posiblemente invariables por mor de la rutina, había apostados policías, carentes de otros medios de comunicación que no fuesen los tradicionales silbatos de uso por aquellos años, lo que impedía cualquier rápida intervención. Sin duda, dos motocicletas o un vehículo de escolta, acompañando al Presidente, hubiesen evitado, al menos en este caso, la comisión del atentado.  

Aquel grave suceso provocó, de inmediato, una profunda reorganización de la Policía, creándose, con fecha 16 de junio, la Dirección General de Orden Público en sustitución de la de Seguridad y comenzando a dotar a la Policía, a partir de 1922, de medios móviles, entre ellos de vehículos asignados tanto a la Ronda del Rey, como a la del Presidente del Consejo.

Hoy, se cumplen exactamente 100 años desde aquel 8 de marzo en el que Eduardo Dato, un gran estadista, un hombre bueno, católico, reformador social, amigo de los desfavorecidos, cayó asesinado por las balas traidoras de la miserable extrema izquierda y su aniversario pasará sin pena ni gloria.

Por lo que sabemos, VOX presentó en las Cortes una iniciativa para rendir un justo y merecido homenaje a este español que entregó su vida por España, sin embargo, la malvada y deleznable izquierda -perroflautas, anarquistas, golpistas, proetarras y, cómo no, el PSOE- lo ha impedido. Ellos sabrán sus motivos que, por cierto, dan mucho que pensar.

Es intolerable que mientras el PSOE organizó, en fechas recientes, contando incluso con la presencia de S.M. el Rey, aquella pantomima de homenaje a Manuel Azaña, un tipo que proclamó una República de forma irregular; que puso en busca y captura al Rey Alfonso XIII, quien podía ser detenido por cualquier español; que toleró la quema de conventos en 1931; que quiso destruir el Ejército y la Armada; que estuvo vinculado al golpe de Estado que la izquierda quiso dar en Cataluña en 1934, hasta el punto de ser detenido y recluido en el Destructor “Sánchez Barcaiztegui”; que, siendo presidente de aquel malvado frente popular, auspició un estado de cosas que finalmente nos condujeron a una guerra civil y que, encima, en lugar de quedarse en España a dar la cara, se escapó como las ratas hacen cuando el barco se hunde, ahora se niegue a secundar otro en recuerdo de un español que dio su vida por España, vilmente asesinado, siendo Presidente del Consejo de Ministros. Eso deja bien claro la catadura moral de todos y cada uno de los que en sus carteras todavía guardan el carné de este partido miserable.