El mundo político para el intelectual siempre ha sido un terreno difícil, un campo sembrado de minas. Parece que aterrizar desde el ámbito de las ideas a ese mundo de intereses encontrados, de grandezas y miserias que es el ruedo político es, para muchos, un cambio traumático. Muchos intelectuales han entrado en política con el aura de personas que vienen a aportar ideas brillantes y, sin embargo, terminan por traicionar las expectativas y por tener una  mala experiencia.

Galdós, Menéndez Pelayo, Azorín, Marañón, Manuel Halcón, Pemán, Maeztu, Ortega, Unamuno. Alberti…todos ellos,  grandes (algunos, egregios) maestros del pensamiento y la palabra,  ocuparon  un escaño en las Cortes de España, pero su aportación política no tiene mucho que recordar.   

Azaña puede ser el modelo de intelectual que sí ocupa altas responsabilidades; pero, en su carrera política, da la sensación de un hombre que está fuera de su ámbito, que se cree incomprendido, un obispo in partibus infidelium. Basta leer sus diarios para comprobar que habla mal de todo el mundo, de los que están a su derecha (Alcalá Zamora), o  a su izquierda (Largo Caballero, Prieto). El Azaña de la última época es la figura trágica de un hombre que contempla el desastre de España que él, como intelectual, comprendió como pocos, pero al que, como político contribuyó. Es muy probable que su lucidez pudiera amargar sus últimos momentos con esta triste verdad.

Hay, en nuestra historia contemporánea, un curioso y casi pintoresco episodio del difícil encaje entre los intelectuales y la política. Ocurrió en las Cortes de España, el 10 de diciembre de 1931.  Ese día los diputados elegidos en las elecciones constituyentes del 28 de junio de ese año, votaban para elegir al primer presidente de la República, a la que tanto contribuyó a traer el citado don Manuel. Ganó aquella votación, con abrumadora mayoría y el apoyo de derechas e izquierdas, don Niceto Alcalá Zamora, con 362 votos de los 410 emitidos. Fue una curiosa paradoja que aquella república, con tanta influencia masónica, que comenzó con la quema de conventos en mayo de 1931 y terminó sublevando a esa “media España  que se resiste a morir” (Gil Robles), fuese presidida por un conservador y católico señorito andaluz. Don Niceto era como un bombero dirigiendo un grupo de pirómanos.

En estas votaciones hubo dos diputados que sacaron cada uno un voto. Sus nombres: José Ortega  y Gasset y Miguel de Unamuno.

Si hubiera que destacar a dos intelectuales del siglo XX, éstos serían Ortega y Unamuno. Matizo: intelectuales, no escritores o filósofos o eruditos. Es decir, creadores de ideas, con una gran  presencia pública, con influencia sobre la sociedad de su tiempo; generadores de una incesante actividad cultural, más allá de círculo de especialistas. Tan distintos  y, sin embargo, ambos ejemplos de un mismo modelo de figura pública. Ambos excelsos maestros  de la palabra y la idea, pero… ¿políticos?

Unamuno fue quizá el escritor más completo de su tiempo -ensayo, artículo, poesía, narrativa, teatro; en cantidad y en calidad increíble-, además de un hombre de una cultura enciclopédica, desde los clásicos a sus contemporáneos. En el terreno político su actitud fue todo lo contrario de la estabilidad. Estuvo cercano, como otros muchos, al socialismo en su juventud. Siempre protestó contra todo  (Contra esto y aquello), con un punto de histrionismo. Su famoso incidente con Millán Astray da una imagen desfigurada de él[1]. Apoya en principio el Alzamiento y luego se vuelve crítico con el bando nacional. En sus  últimos escritos (Del resentimiento trágico de la vida) muestra una actitud hostil a los dos bandos, los hunos y los hotros.  Para terminar esta vida tan poco convencional desde el punto de vista político, tenemos la escena de destacados falangistas portando su féretro como si rindieran honores a uno de los suyos. ¿Alguien se imagina a don Miguel en un cargo político y, más el de presidente de aquella república plena de inestabilidades, desequilibrios y terribles tensiones?

Si Unamuno obtuvo su acta como independiente, Ortega ocupaba su escaño como diputado por la Agrupación al servicio de la República, de la que era el principal inspirador junto a otros grandes nombres de la cultura española como Marañón, Pérez de Ayala o García  Valdecasas. Este noble proyecto se extinguió rápidamente. Algunos (Marañón, el propio Ortega), adjuraron abiertamente de aquel régimen, otros (Pérez de Ayala) se identificaron con el bando nacional sin tapujos; García Valdecasas acaba en Falange.

Ortega  apoya el cambio político con todo el peso de su prestigio y autoridad.  Es la figura paradigmática de nuevo régimen. Pero pronto empieza  a poner reparos.  Poco antes, el 6 de diciembre, da un famoso discurso en el Cinema de la Ópera de Madrid con el título de Rectificación de la República. Como el del discurso que da en las Cortes como representante de la Asociación,  Ortega valora el nuevo régimen, como una gran posibilidad de construir un Estado moderno, pero ve como este proyecto se ve lastrado por el radicalismo y la demagogia. Esa Constitución, que podía ser una gran posibilidad, según el maestro madrileño,  y dicho con esa magnífica retórica tan suya,  ha sido mechada con unos cuantos cartuchos detonantes. Uno es el espíritu separatista de varias regiones española, dos o tres regiones ariscas; otro es el anticatolicismo que entra en colisión con una importante fuerza cultural y espiritual de España. A principios de la guerra su separación de la República es ya total. Huye fuera de España, después de sufrir un tenso incidente con unos comunistas que le obligan a firmar un manifiesto. Vuelve a España en 1945 y, hasta su muerte, seguirá trabajando sin ser un hombre del Régimen, pero con cierta holgura.

Podría decirse, como resumen, que los regímenes y los gobiernos pasan y cambian, pero las creaciones de hombres como Unamuno y Ortega sobrevuelan los cambios históricos  como categorías espirituales permanentes.

Un simple voto demuestra los lejos que estaban, en realidad, del mundo político.

Un dilema: ¿Se votaron a sí mismos? ¿Los votos vinieron de admiradores incondicionales?

Hay una tercera posibilidad casi digna de un cuento de Borges: estos dos hombres excelsos, tan distintos, impulsados por una secreta admiración, se votaron mutuamente.

 

[1] Vease mi artículo Unamuno y Millán Astray: la persistencia del tópico, https://elcorreodeespana.com/historia/667583997/Unamuno-y-Millan-Astray-la-persistencia-del-topico-Por-Tomas-Salas.html