No hay mejor recurso para aprender de la Historia que las anécdotas conocidas de los hechos pretéritos: ocurrencias, moralejas, ingenio y oportunidad de sus intérpretes. Por eso recurrimos de nuevo a narrar unas pocas anécdotas del pasado.

Estimación difícil. Federico el Grande, cuyos hechos de armas le acreditaron como excelente caudillo militar y estratega, preguntó sarcásticamente a su médico: “Hábleme con franqueza doctor, ¿a cuánta gente cree usted que habrá matado a lo largo de su carrera?” Y el doctor contestó: “Majestad, con toda seguridad, a trescientas mil personas menos de las que habéis matado Vos”.

Presencia de ánimo. Un cabo de la guardia de Federico II de Prusia, rey que, además de sagaz político, era excelente guerrero, solía llevar siempre una cadena dorada al extremo de la cual pendía no un reloj, como pretendía hacer pensar, sino una bala de mosquete. Acostumbrado el soberano a verle entre los demás soldados de su guardia, y sospechando la inocente superchería, le dijo: “Veo que habéis sido ahorrador para haberos comprado un reloj como ese...”. Calló respetuoso el cabo, y el monarca insistió: “Por cierto, ¿qué hora lleváis...?”. El interpelado se dio cuenta de las intenciones de su Señor, y le dijo, tirando de la cadena para que viera la bala: “Majestad, mi reloj no marca las horas, pero me recuerda que a cualquier hora es preciso estar dispuesto a morir por Vos”. Gustó al rey la respuesta del muchacho, y regalándole su propio reloj, le dijo: “Tu lealtad merece que tomes el mío, para que si llega el caso sepas qué hora será entonces...”.

Inusitada honradez. Uno de los ministros más eficaces y poderosos del primer Borbón español fue José Patiño. En su lecho de muerte, en 1736, al saber que el rey le había convertido en Grande de España con derecho a permanecer cubierto en presencia del rey, dijo: “Me da Vuestra Majestad sombrero cuando ya no tengo cabeza”. Cuando murió el leal ministro el día tres de noviembre, en San Ildefonso, todos se enteraron de una cosa: el poderoso hombre, el influyente político no tenía dinero ni para enterrarse, por lo que hubo de correr con los gastos Felipe V.

Hay que observar la etiqueta. Cuando en 1740 yacía en su lecho de muerte el último emperador Habsburgo, Carlos IV de Austria, antiguo aspirante al trono español tras la muerte de Carlos II, al escuchar la cercanía del viático y ver cómo se arrodillaban los miembros de la Corte al paso del monaguillo con el incensario, se incorporó cuanto pudo y dijo extendiendo un brazo para señalar hacia las velas encendidas, sólo tres en aquel momento: “Como Jefe Supremo del Sacro Romano Imperio tengo derecho a recibir la extremaunción entre cuatro velas: que venga presto mi maestre de ceremonias”.