Hoy voy a hablar un poco de estas dos figuras estelares que al final recibieron un mal pago por parte de sus señores, desembarazandose de ellos de malas maneras tras grandes servicios rendidos a sus respectivas patrias.
 
Una juventud licenciosa del alemán, nada hacía presagiar en la clase de estadista en que se convertiría después. Tras estudiar derecho abandonó el funcionariado porque se aburría y se volvió a sus tierras para dirigirlas. Aquí se aburría también y se metió en política en partidos conservadores mientras fue asentándose en la vida. Aquí por fin hizo carrera hasta convertirse en el estadista más preclaro del siglo diecinueve.
 
Su gran obra fue la unificación de Alemania para formar el segundo Reich. Siempre actuó de manera conforme a lo posible y factible sin dejarse llevar por sueños locos. A partir de su presidencia de Prusia fue ganando varias guerras a otras potencias alemanas hasta que todos vieron en él al hombre que había de unir al país, dividido en un sinfín de reinos y territorios. Consiguió con ardides que Francia le declarara la guerra y la venció con lo que fue un paseo militar, anexionandose Alsacia y Lorena. Dejó dispuesto un sistema de alianzas para proteger a Alemania de otras potencias, pero esto lo desbarató el Kaiser Guillermo, que con excusas de política exterior lo destituyó, llevado por los celos.
 
Nuestro general Miguel Primo de Rivera también era un hombre de abolengo. El jerezano hizo una carrera militar convencional subiendo de grado en grado en el escalafón, sirviendo en Cuba, Filipinas y Marruecos.  Con el apoyo de la Corona y de los partidos políticos dio un golpe de Estado que lo convirtió en presidente de un directorio militar. Encontró tantos apoyos por que la gente estaba harta de la situación económica y de la anarquía imperante. Trato de imitar al fascismo italiano creando un partido a su medida, la Unión Patriótica. Pero era un hombre más conservador que fascista al igual que Franco.
 
En siete años de ostentación del poder hizo una magna obra. Arregló la economía y patrocinó un vasto programa de obras públicas que llenó España de pantanos, carreteras y vías férreas. Tras esta época de éxito total vino en todo el mundo la crisis del 29 que se lo llevó por delante. El rey se deshizo de el y murió exiliado en París a los dos meses de llegar a esta ciudad. Su obra queda ahí para las generaciones venideras sobre todo con la red radial de carreteras españolas. También con la creación de la Telefónica y de la red eléctrica, pues llevó la electricidad a los pueblos. 
 
Son dos hombres que ejercieron el poder bajo el señorío de dos reyes. Lo que hoy conocemos como unos primer ministros eficaces. Modernizaron sus respectivos países. Los llevaron a las más altas cotas. Y el desagradecimiento es el precio que recibieron por parte de sus monarcas y de sus pueblos.
 
Y la pregunta viene por si sola. ¿Necesita España un cirujano de hierro en estos momentos tal y como ha pedido en algún artículo el director de periódico P.J. Ramirez? ¿ Y Europa?
 
En el caso de España es obvio que si. El país dueño de un imperio donde no se ponía el sol se ha convertido en la taberna de Europa. 45 años de democracia y de régimen liberal no nos han modernizado en lo más mínimo. Es más, se ha perdido todo el tejido industrial y el sector primario. La decadencia es espantosa, pero eso sí, somos el país más buenista y más guay del mundo mundial.  Necesitamos urgentemente un cirujano de hierro que le dé la vuelta a España como un calcetín, acabando con las autonomías y con la administración elefantiasica. Y que ponga en marcha la repoblación de la España vacía. 
 
Y en el caso de Europa pues también. Europa se ha convertido en un parque temático. Vamos dando bandazos en política exterior sin tino ni criterio alguno. Es una sociedad envejecida. Con un invierno demográfico pavoroso. Que acoge a todo aquel indocumentado que quiere venir a delinquir aquí. Y que no se prepara para lo que ha de venir seguramente, la tercera guerra mundial contra el islamismo radical. Además de su falta de pulso en la carrera espacial y el desplazamiento al Pacifico del polo de actividad económica. 
 
Así pues, se necesita de un Bismarck en Europa y de un nuevo Primo de Rivera en España, que pongan fin a este cachondeo y reconduzcan nuestras sociedades por las vías del progreso y del desarrollo verdaderos. Quede así pues mi reconocimiento a la ingente obra de estos dos hombres en unos tiempos en los que ya nadie se acuerda de ellos.
 
Hombres hailos y más qué vendrán. Tenemos un Orban en Europa que podría valer para ello. Incluso el izquierdista Tony Blair podría valer para ello en un momento dado.
 
El caso de España es más peliagudo. La victoria de los mediocres ha sido de tanta envergadura que no se adivina a nadie que pudiese realizar esa tarea. El ínclito Gonzalez se cargó a toda la industria española y al campo. El gran Aznar nos regaló una burbuja inmobiliaria de cuya explosión aún no nos hemos recuperado. No valen. Quizás un Amancio Ortega o alguien así. Pero este hombre pasa de la política y otros grandes hombres que ha habido o están muertos, o están en sus casas, lamiéndose las heridas tras sufrir crueles persecuciones. 
 
Pero con la crisis económica que se nos viene encima, con la inflación por las nubes, con la deuda pública disparada, con el paro subiendo en la economía real, no así en la administración, pues tendrá que llegar un momento en que el rey y los partidos tengan que encargar a alguien que arregle esto. Así lo creo y espero que pronto se de con el hombre adecuado. Por nuestro progreso y supervivencia.