Así pues, la reconstrucción del país fue el objetivo esencial que frente a Alemania y los aliados guio los pasos de Franco, tan complicados por las circunstancias  en permanente  cambio. Se suele  prestar atención a la reconstrucción económica, pero el designio iba mucho más allá,  hasta un plano social y político.


Sobre la reconstrucción económica, Maiski, delegado soviético en el Comité de No Intervención,  relata su intento de involucrar a Londres en la guerra de España asustando al delgado inglés, Plymouth con la perspectiva de un títere de Alemania (Franco) pendiendo sobre intereses y comunicaciones vitales de su imperio. Plymouth vino a decirle: “Gane quien gane,  el país quedará devastado, y para rehacerse tendrá que recurrir a créditos que ni Alemania ni Italia pueden concederle. Tendrá que recurrir a nosotros, y ya nos ocuparemos de condicionarlos a la seguridad de nuestros intereses”. En breve,  España no dependería de Berlín, sino de Londres.


Apenas vencedor, Franco consultó a varios economistas sobre la vía a seguir. Como explica Velarde Fuertes en un reciente artículo de Razón española, dos de ellos fueron Manuel de Torres  y Luis Olariaga. El primero aconsejó “endeudarse hasta los ojos”  ante la actitud favorable de los mercados financieros internacionales. Franco objetó: “Esas deudas tendrán que pagarse, y eso supone una carga notable y una dependencia del exterior”. El optimista Torres lo descartó: “El riesgo recae, fundamentalmente, en el acreedor y no en el deudor”. Lo cual no convenció a Franco, muy sensible, sin conocerlas, a las explicaciones de Plymouth.


Olariaga planteó una serie de reformas administrativas que permitieran reintegrar la economía del bando perdedor, impulsar la inversión privada e intensificar el comercio con el resto del mundo. A Franco le convenció: en sus palabras, había que “estimular  la iniciativa privada, savia y vigor de las actividades nacionales (…) La consigna ha de ser ¡¡producir y producir!!”, y competir en precios en el comercio exterior.  “Es tan importante lograrlo como lo fue ayer ganar la batalla de la guerra”.  Parte de esas medidas las aplicaría  el economista y ministro José Larraz con la Ley de Desbloqueo,  una reforma tributaria, recuperación del oro llevado a Francia, y un equilibrio del presupuesto.


El ambiente era animoso. En septiembre, una emisión importante de deuda pública quedó rápidamente cubierta por el ahorro interior,  pareciendo innecesarios  los préstamos exteriores. Ante las tensiones prebélicas exteriores, se hicieron planes desmedidos para construir una gran marina y aviación, pronto abandonados. En octubre un Plan de Reconstrucción Nacional  se proponía crear una  red de embalses que suministraran energía abundante y barata, y extendieran los regadíos, más un plan de repoblación forestal, incentivos a la industria y liquidación del déficit comercial en diez años.


Todos los planes  se verían gravemente afectados por la guerra  europea, que empezó a pesar seriamente sobre España desde mediados de 1940. El comercio con el exterior fue drásticamente limitado por Londres abusando de su control del Atlántico, con duras repercusiones sobre la industria (petróleo, plásticos, etc.) y sobre la agricultura (fertilizantes). El régimen obtuvo algunos préstamos menores  ingleses y useños y rechazó alguno importante porque pretendía dictar la política exterior española.


Cierta deformación profesional de muchos economistas les hace creer que la economía determina la política, sin contar que su ciencia dista de ser rigurosa (Churchill decía que ante un problema económico consultaba a varios expertos, y cada uno le daba una solución distinta). Para Franco, la economía debía apuntalar unas políticas generales de sostenimiento de la independencia y exclusión de la guerra mundial. Larraz, que hablaría despectivamente de los conocimientos económicos de Franco (casi ningún jefe de gobierno en el mundo era economista), tenía una visión un tanto roma de la política en general. Dimitiría en mayo de 1941, cuando España afrontaba una situación muy difícil.


La guerra hizo inevitable una economía  más intervencionista, un racionamiento creciente –pero nunca total, muchos alimentos estaban libres de él–. Ante la retracción de la iniciativa privada por la situación exterior y sus repercusiones sobre la interior, en 1941 se creó el INI (Instituto Nacional de Industria), para suplir la debilidad privada e industrializar el país, con especial atención a la defensa. El papel del INI en la conversión de España en  potencia industrial fue sin duda decisivo. El Plan de Reconstrucción se mantuvo dentro de lo  posible. Hayes resume: “Pasado el año 1942, las condiciones económicas y de vida en España fueron mejorando de un modo visible y gradual. Había más y mejor comida. Frente a las grandes dificultades del momento se registró también una verdaderamente notable y casi milagrosa reparación de las carreteras, rehabilitación de los ferrocarriles, reconstrucción de iglesias, pueblos y edificios públicos (incluso la Ciudad Universitaria de Madrid) y construcción de nuevas casas de alquiler y  viviendas baratas”.


Contra ideas difundidas, puede calificarse de brillante la reconstrucción del país en aquellos años de enorme adversidad causada por la desarticulación económica del Frente Popular y las restricciones impuestas por Inglaterra y Usa.  Fueron años en que hubo hambre, sobre todo en el invierno de 1941, aunque fue disminuyendo hasta los niveles de la república. Pero el racionamiento y el hambre eran comunes en casi todo el resto de Europa, junto con bombardeos salvajes, desplazamientos de población, asesinatos masivos, etc., de los que se libraban los españoles. Y este beneficio excepcional  de la estrategia de Franco debería ser recordado siempre, frente a las falacias de quienes se consideran herederos de los que provocaron la guerra civil y habrían metido España en la mundial.


Al terminar  una guerra general en la que España no intervino, los vencedores decidieron “castigar” a España por no tener un régimen de su gusto. Eso merece otro comentario.