Una de las cosas más patéticas de la derecha es su ardiente deseo de sepultar a Franco en el olvido y “que se ocupen de él los historiadores”. PSOE y separatistas entienden mucho mejor el asunto. Entienden  que persiste una herencia de Franco que consideran intolerable. Esa herencia es la unidad nacional, la paz, la monarquía y la democracia. Toda su política desde hace muchos años, tiende a destruir las cuatro cosas. Y el “olvido” de la derecha, basado en su indigencia intelectual (y moral)  la ha arrastrado a sumársele en la condena al franquismo y en la falsificación de la historia.
El (falso) problema suscitado es el de la democracia: el franquismo habría nacido sublevándose contra un régimen democrático para mantener una dictadura de 40 años, tesis que ha terminado por aceptar la derecha desde Aznar. Por lo tanto, a la derecha no le cabía otra que seguir las políticas de izquierda y separatistas, autodenominadas  democráticas por identificarse con los vencidos de la guerra civil, y so pena de ser tachada de franquista y antidemócrata. 
La historia ha sido muy diferente. Franco se sublevó contra un régimen de terror salido de unas elecciones fraudulentas,  que avanzaba dramáticamente hacia la disgregación y sovietización de España. Por consiguiente, su objetivo principal siempre fue mantener la unidad nacional frente a los separatismos  y la cultura occidental de base cristiana frente a los sovietizantes y sus apéndices políticos. Lo cual era mucho más importante que las formas democráticas, por importantes que estas fueran, pues sin ello el país y su cultura no se mantendrían y la democracia naufragaría, como naufragó en la república. La democracia solo podía funcionar con una sociedad transformada, y eso fue lo que en sus cuarenta años logró el franquismo, sin oposición democrática y  afrontando la hostilidad y el sabotaje de casi toda Europa, comunista y demoliberal. 
Hubo en el franquismo el intento de crear un régimen que superase a la democracia y al comunismo, sobre la base de la confesionalidad católica –como Dinamarca, por ejemplo, es confesional luterana–. El intento lo hizo fracasar el concilio Vaticano II, a partir del cual el franquismo solo se sostuvo por sus éxitos económicos y el prestigio de Franco. Pero se había construido una nueva sociedad, próspera y sin los odios y amenazas  del pasado, sobre la cual podía plantearse una democracia no convulsa o suicida como la republicana.  Y  por eso la transición se hizo a partir del propio régimen, con un jefe del Movimiento y un monarca nombrado por Franco,  de la ley a la ley, es decir, con reconocimiento de la legitimidad histórica del franquismo,  y contra las rupturas dementes pretendidas por una oposición que pretendía reivindicar al Frente Popular. Esto fue posible porque la historia estaba aún fresca en la mente de la mayoría, no sometida a la tergiversación sistemática de la memoria de los amigos de las chekas que han terminado por dominar el panorama.
Una democracia real y no convulsa tenía que apoyarse necesariamente en los logros del franquismo, no en su destrucción como pretende el nuevo frente popular de separatistas y liberticidas totalitarios. Liberticidas cada vez más poderosos debido a la degradación intelectual y política de la derecha. Bien es verdad que es preciso clarificar la cuestión de la democracia, sobre la que no tienen fin las discusiones bizantinas.