Y así acabó aquella sesión histórica del 19-20 de noviembre (¡otro 20 de noviembre!, ¡cosas de la Historia!), en la que se condenó drásticamente a Don Alfonso XIII, el que fuera Rey de España 

El Sr. PRESIDENTE: supongo que a la altura que ha llegado el debate, el Sr. Companys no insistirá en hacer uso de la palabra.

El Sr. COMPANYS: renuncio a ella.

EL Sr. PRESIDENTE: igualmente renuncia el Sr. Soriano.

Se va por consiguiente a votar el fallo propuesto por la Comisión como condena del ex rey de España, D. Alfonso de Borbón y Habsburgo-Lorena. Un Sr. Secretario se servirá dar lectura de dicho fallo.

El Sr. SECRETARIO (Vidarte): dice así:

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«Las Cortes Constituyentes declaran culpable de alta traición, como fórmula jurídica que resume todos los delitos del acta acusatoria, al que fue Rey de España, a quien, ejercitando los poderes de su magistratura contra la Constitución del Estado, ha cometido la más criminal violación del orden jurídico de su país, y en su consecuencia, el Tribunal soberano de la Nación declara solemnemente fuera de la Ley a D. Alfonso de Borbón Habsburgo Lorena. Privado de la paz jurídica, cualquier ciudadano español podrá aprehender su persona si penetrase en el territorio nacional. 

Don Alfonso de Borbón será degradado de todas sus dignidades, derechos y títulos, que no podrá ostentar legalmente ni dentro ni fuera de España, de los cuales el pueblo español, por boca de sus representantes elegidos para votar las nuevas normas del Estado español, le declara decaído, sin que pueda reivindicarlos jamás ni para él ni para sus sucesores.

De todos los bienes, derechos y acciones de su propiedad que se encuentren en el territorio nacional se incautará en su beneficio, el Estado, que dispondrá el uso más conveniente que deba darles.

Esta sentencia, que aprueban las Cortes soberanas Constituyentes, después de sancionadas por el Gobierno provisional de la república, será impresa y fijada en todos los Ayuntamientos de España y comunicada a los representantes diplomáticos de todos los países, así como a la Sociedad de las Naciones».

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«Previa la correspondiente pregunta, fue aprobado por aclamación, dándose Vivas a la República y a España.

El Señor Presidente, puesto en pie, dio Vivas a la República y al Pueblo Español, que fueron contestados con gran entusiasmo por todos los Señores Diputados. 

Eran las tres y cincuenta y cinco minutos de la madrugada del día 20 de noviembre de 1931».

Y los señores diputados se fueron a dormir, unos hinchados como pavos reales por haber sido protagonistas de una jornada histórica y otros avergonzados como el apóstol Pedro la noche de las tres negaciones.

Bueno, todos menos uno. Porque el diputado y presidente del Gobierno, don Manuel Azaña, se fue directo a su Diario a escribir unas páginas increíbles, seguramente las más sangrantes que salieran de su pluma. Como el lector comprobará, el señor Azaña arremete contra todo y contra todos y no deja títere con cabeza.

Pero, lean ustedes.

***

20 de noviembre.

A las cuatro de la mañana acabó anoche -o mejor dicho, hoy- la sesión. Uno de mis ayudantes, que me acompañaba a casa en el coche, le dijo a otro, resumiendo sus impresiones: «Ya decía yo que esta sesión sería histórica». Para mi ayudante, echar esta calificación sobre un suceso, es una ponderación gigantesca. 

El Congreso estuvo atestado. En las tribunas, llenas desde las nueve y media, racimos de gente, en gran número monárquicos, que iban a oír a Romanones. Muchedumbre en los escaños, y muchos diputados apelotonados al pie de la Mesa presidencial. Yo estoy completamente inhibido, de puro cansancio. Me preguntan si voy a hablar, y respondo que no, porque se trata de una sentencia que dictan las Cortes a propuesta de la Comisión, sin que el Gobierno intervenga. Mi deseo cierto era no hablar.

Al principio, no supieron decirme con certeza si la Comisión había aceptado o no un nuevo texto. Me anuncian que Balbotín se propone hablar acusando al Gobierno por haber dejado que el rey se fuese de España el 14 de abril. Este propósito suscita mucha emoción, como si de él pudieran salir cosas tremebundas. Pero yo me río. No me hace reír tanto la noticia de que Alcalá-Zamora contestará a Balbotín, si por último habla. Temo que Don Niceto dé un resbalón.

Lectura del triste dictamen. Silencio sepulcral. Lectura del voto particular de Royo Villanova, aún más chocarrero que el dictamen; reproduce lo que cantaban por las calles de Madrid: «no se ha marchao, que le hemos echao». ¡Espléndido!

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El discurso de Romanones ha parecido en algunos momentos hábil. En realidad, como a Romanones nadie le toma en serio y él mismo no cree ni jota de lo que estaba diciendo, el espectáculo es de una comicidad profunda, seria, y, a ratos, cuando el Conde se abandona a su natural, bufo. Viejo y gordo, mal asentado sobre su pata coja, y, con aquella voz que fue clara, el Conde, cuando se enojaba y levantaba a duras penas el tono, me dejaba ver el ojo izquierdo, fulgurante y rotatorio, y su cólera parecía una caricatura de la cólera. ¡Lo que es la falta de autoridad! Las Cortes se han reído de buena gana en algunos pasajes del discurso. Y no se reían del Conde. Reían sus agudezas, a veces involuntarias. Y, sobre todo, yo creo que se reían porque al actor y a la escena les faltaba grandeza. Romanones defendiendo al rey destronado ante las Cortes republicanas, es toda una conclusión de la historia de un tercio de siglo. Y no tuvo ni un acento elevado. La defensa de la dinastía y del rey suscitó risas. Son tal para cual.

Cuando Romanones acabó de hablar no se oyó ni un murmullo. Las tribunas se aclararon. Y los escaños, Galarza, que siempre ha de estar en todo, se levantó a sostener la acusación. Por la tarde le oí decir que se marchaba a su casa a estudiar el dictamen de la Comisión, porque tenía que defenderlo y no lo conocía aún. Seguro de lo que iba a ocurrir, me marché del salón. Al poco rato, los pasillos del Congreso se llenaban de diputados. Venían huyendo de Galarza. Era voz unánime que estaba haciéndolo muy mal. Y los periódicos de hoy lo certifican. Estuve por los pasillos, y en el bar, con amigos. Pasó una hora, y Galarza seguía hablando .Yo no volví al salón hasta que terminó 

Mientras Royo Villanova defendía su voto particular, hubo muchas idas y venidas al banco de la Comisión, al del Gobierno y a la Mesa. La Comisión había aceptado el nuevo texto, redactado por la tarde, añadiéndole algunas expresiones de su cosecha. Eduardo Ortega aceptó este sacrificio por intervención de su hermano don José, que anduvo por la tarde complicado en las gestiones de Sánchez Román y Sánchez Albornoz. Cuando se leyó la enmienda, algunos diputados de mi partido protestaban furiosos. Les parecía un pastel. Vinieron a consultarme. Yo les dije que autorizaba que se leyera si llevaba firma de todos los partidos; pero si no era así, y en lugar de conseguirse la unanimidad, sólo se lograba dividir a los republicanos, no podía presentarse como iniciativa de Acción Republicana. Les dije además que debía dejarse a la Comisión que se desenvolviera sola, y no subrayar demasiado la repulsa del primer dictamen. Se leyó la enmienda, y el alcalde, Pedro Rico, que también se perece por estar en todo, se apresuró a pedir la palabra. Le envié recado de que no hablase en nombre del partido. Así lo hizo. Dijo cuatro cosas, que no hacían falta ninguna. La Comisión, con una docilidad insospechable en este presunto «comité de salvación pública», hizo suya la propuesta.

La discusión se rebajó aún más cuando hablaron Gil Robles y Balbotín. Este Gil Robles, de voz metálica, inalterable, un poco cargado de hombros, sin ideas ni talento, es la estampa del abogado cínico. Iba a promover un escándalo, quizás a provocar una agresión, y a poco no se sale con la suya. Tal es la ingenuidad de las Cortes. El diputado Muñoz se agitaba como un energúmeno y se puso en pie, como para arrojarse sobre Gil Robles. Costó trabajo sujetarlo.

Balbotín se cree un gran parlamentario y un polemista temible. Tiene frenillo en la lengua, y eso le hace parecer cuando habla un niño bobo. Brazos largos, que no saben accionar y se despegan de la figura. Cursi. Los diputados se lo decían a gritos. Sacó el tema de la huida del rey, protegido por el Gobierno. Maura vociferaba desde su asiento. Balbotín creía producir un gran efecto, y debió de quedarse sorprendido al ver que nadie le hacía caso. Yo estaba resuelto a no discutir con él, dijera lo que dijese. Y haciendo memoria de lo que ocurrió con el rey aquella noche, descubrí que no me acordaba de casi nada; así estaba yo de fatigado. Cuando Alcalá-Zamora se levantó a hablar, muchos diputados le instaban para que no lo hiciese. Le instaban, o por menospreciar a Balbotín, o por evitar que el relato de don Niceto provocase contra él una reacción de las Cortes. Esto último no era ya de temer, visto lo que acababa de ocurrir. No había apenas régicides à retardement.

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Don Niceto estuvo bien, y a pesar de su insufrible oratoria, acertó a ser conciso (cuanto puede serlo), certero y, a ratos, irónico. Pero dijo que reclamaba para él solo la responsabilidad de lo ocurrido aquel día, y esto me impulsó a hablar en nombre del Gobierno. Le hicieron una ovación clamorosa, en que había ya una antevotación para la presidencia.

Maura había pedido la palabra, y mientras se apagaban los últimos aplausos a don Niceto, hacía gestos y ademanes como diciendo que hablaba el Gobierno o hablaba él. Yo me había puesto ya en pie y me volví a sentar. Dudé, y Fernando de los Ríos me instó a que hablase. Cuando empecé, no estaba muy seguro de lo que iba a decir, fuera de proclamar la solidaridad de todo el Gobierno en cuanto se hizo el 14 de abril. Me dejé llevar del discurso, que no tenía otro fin que el de poner término decorosamente a un debate ya gastado, y acerté. Me aplaudieron a rabiar, puestos en pie. Y ya no hubo más. Se votó el texto por aclamación. En la hora de las felicitaciones, los ministros y los diputados me daban enhorabuenas, y Prieto, al salir del banco azul, pasó por delante de mí, me estrechó la mano y profirió una blasfemia. De puro entusiasmo. En los pasillos todavía nos aplaudieron. Al salir, como eran las cuatro, convinimos en suspender el Consejo convocado para las once de hoy.

***

Epílogo

«DEL ÁRBOL CAÍDO TODOS HACEN LEÑA»

Y reproduzco el epilogo que escribí para “Las Cortes condenan al Rey” publicada, por primera vez el año 2005.

Muchas razones y muchos argumentos podrían emplearse para demostrar que al condenar las Cortes Constituyentes de 1931 al rey don Alfonso XIII de un modo tan radical no se cubrieron, precisamente, de gloria..., pero, eso sería tener que escribir otro libro, lo cual no descarto para un futuro no lejano.

También me gustaría lanzar la idea de que restablecida la Monarquía en un nieto de aquel Rey, las Cortes democráticas actuales tuviesen un día el gesto de levantar aquella condena que pesa sobre don Alfonso... cuando ya ha pasado el tiempo suficiente para que las pasiones se hayan enfriado y hayan hablado la Historia. Pero, eso sería, quizás, un reto inaceptable para los herederos de aquella «mayoría» que lo condenó y lo declaró «fuera de la ley»..., pues, se notaría mucho el «cambio» de ayer a hoy.

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No: Yo voy a limitarme a recordar ese refrán tan castellano y clásico que dice eso de «del árbol caído todos hacen leña», pues ninguna argumentación podía sintetizar lo que encierra esta sentencia. Ni nada puede explicar mejor lo que hicieron con don Alfonso XIII ni lo que son los españoles a la hora de juzgar al que ha perdido el poder.

¿Cómo se explica sino que una clase política y un pueblo que unos meses antes del 14 de abril todavía aplaudían a los Reyes se manifiesten tan cruelmente contra el que había sido rey y jefe del Estado durante casi treinta años?

¿Por qué nuestros políticos tienen tanta facilidad para el «cambio» y son tan injustos con «el árbol caído»?...

Ayer..., aplausos, servilismos, lealtades inquebrantables, artículos encomiásticos, férreas disciplinas y máximos honores, colaboraciones indestructibles, gritos histéricos y mayorías incondicionales...

Hoy..., dentelladas lobunas, abandonos increíbles, deslealtades incalificables, rebeliones sanedriles, traiciones vergonzantes, fugas camaleónicas y venganzas bellidas.

¿Por qué?

¿Por qué este pueblo será tan dado a hacer leña del árbol caído?

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¿Dónde estaban los ministros de aquel Rey en esa hora de la acusación de «alta traición»?... ¿Dónde estaban los cortesanos y los millones de monárquicos?... ¿Dónde estaban los que se decían «leales servidores de S. M».?..., ¿y dónde, aquellos generales que le rendían los máximos honores? 

Como en el milagro evangélico de los diez leprosos..., sólo un hombre se volvió a dar las gracias, aquel que se quedó solo en la estación de El Escorial viendo marchar el tren que llevaba a la reina doña Victoria Eugenia y a la monarquía: el conde de Romanones. 

¡Vae Victis!…¡Ay... ay de los vencidos!

 Y para terminar unas cuantas preguntas:

¿Fue, realmente, un traidor a la patria don Alfonso XIII?... Ciertamente, no... y la historia lo ha demostrado. Ni siquiera aceptando que tuviese «alguna culpa» en el golpe del 13de septiembre de 1923... Pues, aun entonces, hizo lo que creyó mejor para España.

Cuando un hombre -y más si ese hombre es jefe del Estado- hace en cada momento lo que su conciencia y las circunstancias le dictan, podrá estar «equivocado», pero no, nunca, ser un «traidor»... Alfonso XIII pudo equivocarse, y de hecho se equivocó, muchas veces a lo largo de su reinado, pero está demostrado que ante las más dispares alternativas siempre eligió la que creyó mejor para España, pues para él -como dijo en Córdoba- España estaba «hasta por encima de la Constitución».

¿Fue don Alfonso XIII un buen rey?

Para unos, sí; para otros, no. Y tanto unos como otros pueden esgrimir argumentos suficientes para demostrar su postura. Hay unos «hechos ciertos» que figuran en su «haber» y hay otros «hechos ciertos» que figuran en su «debe»...

Entre los primeros, sin duda, el haber mantenido a España fuera de la Gran Guerra y su noble comportamiento con los perseguidos por ambos bandos... Su amor a España y su gesto del 14 de abril[1].

Entre los segundos; algo que nadie puede discutir: que no supo conservar la Corona que heredó ni mantener firme el amor de su pueblo.

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¿Fue don Alfonso una buena persona? 

Aquí me van a permitir que transcriba unas palabras del profesor Seco Serrano:

“Como todas las personalidades, con fuerte huella en la historia, la del rey Alfonso ha despertado pasiones contrapuestas, que van desde la rendida incondicionalidad -caso de su devoto biógrafo Cortés-Cavanillas- a la animosidad insuperable reflejada, por ejemplo, en las Memorias de Alcalá-Zamora. Por mi parte, pienso que tanto la beatificación como la «fulminación» dejan escapar al hombre que alienta tras el personaje histórico. Desde luego, este último tiene talla sobrada para concederle puesto de honor en la galería de nuestras figuras contemporáneas -cosa que no me atrevería a decir de don Niceto, tan pagado siempre de sí mismo-. Pero tras el político, tras el Monarca, está el hombre con todas sus cualidades y sus defectos. Bien entendido que, según los puntos de vista, las cualidades pueden parecer defectos, y viceversa. Por ejemplo, la mixtura entre majestad y campechanería... Creo que dejando los tópicos en su lugar exacto no es honesto enjuiciar a Alfonso XIII como un egoísta o como un cínico. Pero, más o menos, así lo ve Alcalá-Zamora, cuyo oscuro resentimiento contra el Rey, en vista de que él «encaraba» la república, no justifica, en modo alguno, que llegue al extremo de decir: «Puede creerse que no quiso de veras a nadie, aun dentro de la misma dinastía». Despojar a don Alfonso de sentimientos humanos es negar la evidencia misma. 

***

Pero, en cualquier caso, esto es algo que pertenece a la historia y, por tanto, libre de interpretación para cada cual.

Lo que no es objeto de interpretación es el suceso del Acta de Acusación de noviembre del año 31... Aquello fue un «hecho» histórico y real que interpretan los diputados de las Cortes Constituyentes de la Segunda República y que -guste o no guste recordarlo- está «ahí»... en el Diario de Sesiones y en las páginas de la historia de España.

Porque negar, silenciar o ignorar que las Cortes Constituyentes de la República declararon al rey don Alfonso culpable de un delito de «alta traición» y «fuera de la ley» sería pueril y absurdo...

[1] El 14 de abril de 1931don Alfonso XIII, rey desde el mes de mayo de 1902, decidió abandonar España y dar paso a la república, que ya estaba en la calle. Don Alfonso se despidió de los españoles con estas palabras:

«Las elecciones celebradas el domingo (o sea, el 12 de abril) me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo. Mi conciencia me dice que ese desvío no será definitivo, porque procuré siempre servir a España, puesto el único afán en el interés público hasta en las más criticas coyunturas. Un rey puede equivocarse, y sin duda erré yo alguna vez; pero sé bien que nuestra patria se mostró en todo momento generosa ante las culpas sin malicia.

Soy el Rey de todos los españoles, y también un español. Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil. No renuncio a ninguno de mis

derechos, porque más que míos son depósito acumulado por la historia, de cuya custodia ha de pedirme un día cuenta rigurosa.

Espero a conocer la auténtica y adecuada expresión de la conciencia colectiva, y mientras habla la nación suspendo deliberadamente el ejercicio del Poder Real y me aparto de España, reconociéndola así como única señora de sus destinos.

También ahora creo cumplir el deber que me dicta mi amor a la Patria. Pido a Dios que tan hondo como yo lo sientan y lo cumplan los demás españoles».