El caso es que el último día del año crítico de 1933, horas antes de tomar las uvas de la Nochevieja, se reúne el Comité Nacional de la UGT para estudiar la situación política nacional, la declaración de principios de la ejecutiva del PSOE y una propuesta concreta del caballerista Amaro del Rosal, presidente de la Federación de Trabajadores de Banca y Bolsa, que aspira a la organización «urgente e inmediata» de un movimiento revolucionario. Gracias a la presencia de Besteiro la propuesta revolucionaria, tras ser debatida y discutida, es derrotada por mayoría absoluta..., aunque en el ánimo de los presentes domina el que «algo hay que hacer y pronto».

 

 

Y ESTOS FUERON LOS "BRINDIS":

 

Largo Caballero:  ¡¡ POR LA REPÚBLICA MARXISTA!!

Anastasio de Gracia:  ¡¡POR LA DICTADURA DEL PROLETARIADO !!

Santiago Carrillo: ¡¡ POR EL LÉNIN ESPAÑOL !!

proletariado

 

Tal vez por ello no sorprende a nadie que aquella noche, al filo de las doce campanadas del fin de año y mientras los presentes se «tragan» las doce uvas de rigor, en un viejo edificio de la madrileña calle de la Libertad (curioso, pero cierto) se brinde ya «¡Por la revolución!» y «¡Por el Lenin español!» y «¡Por la dictadura del proletariado!»

Como no sorprende que unos días más tarde, justo el 9 de enero de 1934, y reunido de nuevo, en «sesión extraordinaria», el Comité Nacional se produzcan dos votaciones decisivas. Primero, una proposición de censura contra la actuación de la Ejecutiva que preside Besteiro, que da el siguiente resultado: en contra de la Ejecutiva 2 votos; a favor, 34 votos. Es un «movimiento táctico» aconsejado por Largo: amagar y no dar. Después, el caballerista Anastasio de Gracia presenta una proposición consistente en que las Comisiones Ejecutivas del PSOE y la UGT se reúnan para convenir un programa común que una en la acción a ambos organismos... y naturalmente se aprueba: 40 votos a favor y 2 en contra. Lo que, en silencio, era un gran triunfo para Largo Caballero, pues de ahí a la «Unificación» sólo había un paso.

Y es que el socialismo se inclinaba definitivamente por la «aventura revolucionaria». Sin detenerse a pensar que aquellas uvas de 1933 iban a ser las últimas de un PSOE en libertad... Pero, como Lenin en 1917, la verdad es que muchos de aquellos socialistas ya se estaban preguntando: Libertad, ¿para qué?

Pero dejemos que sea el Boletín de la UGT quien nos diga lo que pasó aquellos días cruciales a caballo entre .1933 y 1934:

 

«Ante el momento político actual

Acuerdos del Comité nacional de la Unión General de Trabajadores

 

»Se han publicado en la Prensa informaciones correspondientes a las dos sesiones celebradas por nuestro Comité nacional durante el día 31 del pasado mes de diciembre, cuya procedencia ignora esta Comisión ejecutiva, que pueden desorientar a las organizaciones y a los afiliados que integran la Unión General de Trabajadores, razón esta que aconseja publicar la presen­ te circular para exponer de manera sucinta y objetiva lo sucedido en las sesiones del Comité nacional que nos ocupa.

»En primer término, esta Comisión ejecutiva dio cuenta de lo sucedido en la última reunión conjunta celebrada por las Comisiones ejecutivas del Partido Socialista y de la Unión General de Trabajadores, quedando informado nuestro Comité nacional de la posición diferente que había adoptado cada una de ellas. Mientras la Comisión ejecutiva del Partido estimaba conveniente que ambos organismos adquiriésemos el compromiso de producir el movimiento si se daban de­ terminadas circunstancias políticas -que afortunadamente no se han presentado hasta la fecha-, la Comisión ejecutiva de la Unión consideraba que esas u otras circunstancias eran motivo para reunirse las dos Comisiones ejecutivas y determinar lo que se considerase más conveniente.

»Terminada la información de la Comisión ejecutiva, y después de intervenir con este motivo la mayoría de los componentes del Comité nacional, fueron sometidas a votación las dos proposiciones siguientes:

»Primera. "Ante la situación política actual, el Pleno acuerda: la inmediata y urgente organización, de acuerdo con el Partido Socialista, de un movimiento de carácter nacional revolucionario para conquistar el Poder político íntegramente para la clase obrera, aceptando la colaboración de todas aquellas fuerzas que quieran contribuir al movimiento y sean una garantía para nuestros intereses y propósito.

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»"El momento para determinar el movimiento será estimado, de ser posible, por los Plenos de la Unión General de Trabajadores y del Partido; de no serlo, por sus respectivas Ejecutivas o Comisión nacional que pudiera haber constituida por ambos organismos."

»En favor de esta proposición votaron los siguientes camaradas: José Díaz Alor, de Artes Blancas; Santamarina, de Dependientes de Comercio; Rosal, de Banca; Pretel, de Espectáculos públicos; Pascual Tomás, de Metalúrgicos; Nistal, de Petróleos; Hernández, del Transporte; Cortés, de Hospitales; Torres Fraguas, de Médicos; Bernal, de Productos Químicos; Beltrán, de Oficinas; Muñoz, de la Industria Hotelera; Villalba, de Agentes de Comercio; Manuel de Díez, de Recaudadores de Contribuciones; Ruiz Cao, de Fábricas de Cervezas, y Mora, de Auxiliares de Farmacia. Total, 116.

»Con posterioridad ha hecho constar su voto favorable a esta proposición el compañero Martínez, de Juntas de Obras de Puertos.

»En contra se pronunciaron: Salvador Vidal, de Arte Textil; Lois, de la Gráfica, Anastasio de Gracia, de Edificación; Díaz Hervás, de Gas y Electricidad; Génova, de la Madera; González Peña, de Mineros; García, de Dependientes Municipales; Vilar, de Papeleros; Sánchez Llanes, de la Piel; Mira, de Peluqueros; Guerra, de Ferroviarios; Aguadé, de Toneleros; Castro, de Trabajadores de la Tierra; Manuel Vidal, de Transportes Marítimos; Claudina García, del Vestido y Tocado; Zapata, de Trabajadores de la Enseñanza; Navas, de Radiotelegrafistas; Navarro, de Teléfonos; Viesca, de Azucareros, y Saborit, Trifón Gómez, Muñoz Giraldos, Lucio Martínez, Celestino García, Septiem, Muiño, Cernadas y Mairal, de la Comisión ejecutiva. Total, 28.

»El camarada Julián Besteiro no asistió a la reunión por hallarse enfermo.

»Segunda. "La Comisión ejecutiva de la Unión General de Trabajadores afirma, hoy día 31 de diciembre de 1933, que está en absoluto identificada con la siguiente declaración, suscrita por unanimidad por las dos Comisiones ejecutivas del Partido Socialista y Unión General de Trabajadores el día 25 de noviembre pasado, y que, reproducida textualmente, dice:

»"Sometida a examen la situación política creada como resultado de las elecciones legislativas, hubo absoluta unanimidad de criterios, así al apreciar las consecuencias de este resultado como al considerar imprescindible el vivir alerta ante el peligro de que el adueñamiento del Poder por los elementos reaccionarios (bien lo ejerzan directamente o delegándolo en quienes les facilitaron el triunfo) les sirva para rebasar los cauces constitucionales en su público designio de anular toda la obra de la República, propósito contra el cual habrán de alzarse vigorosamente las organizaciones obreras."

»A favor de esta propuesta votaron: Salvador Vidal, Lois, Díaz Hervás, Génova, Peña, García, Vélez, Sánchez Llanes, Mira, Guerra, Aguadé, Castro, Manuel Vidal, Claudina García, Zapata, Navas, Navarro, Viesca, Saborit, Gómez, Muñoz, Martínez, Celestino García, Septiem, Muiño, Cernadas y Mairal. Total, 27.

»En contra lo hicieron: Díaz Alor, Santamarina, Rosal, Pretel, Tomás, Nistal, Hernández, Cortés, Torres Fraguas, Bernal, Beltrán, Muñoz, Villalba, De Díez, Ruiz Cao y Mora. Total, 16.

»No obstante el resultado de las votaciones habidas y la posición inequívoca de la Comisión ejecutiva al pronunciarse en contra de la primera proposición, expusimos al Comité nacional la conveniencia de sustituir a los tres representantes de la Unión en la Comisión de enlace, constituida de acuerdo con el Partido Socialista, por otros tres camaradas identificados con éste y con tan amplias facultades que pudiera esa Co­ misión de enlace preparar y hasta lanzar el movimiento sin nuevas consultas.

»Atendiendo nuestros requerimientos, el Comité nacional designó a los camaradas Carlos Hernández, José Díaz Alor y Felipe Pretel, teniendo que emplear toda suerte de razones, a fin de vencer la resistencia que opusieron para aceptar el cargo. Posteriormente, con fecha 1 del corriente, primero, y con fecha 5, después, no obstante el requerimiento por escrito de esta Comisión ejecutiva para que aceptasen el nombramiento del Comité nacional, estos camaradas han resuelto mantener su actitud negativa y no aceptar el mencionado nombramiento, viéndonos precisados a convocar de nuevo al Comité nacional para el día 9 del mes en curso, a fin de que resuelva lo que estime conveniente.

 

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»Una vez cumplido con el deber informativo que antecede, la Comisión ejecutiva, queriendo evitar posibles sorpresas de los elementos reaccionarios, advierte la necesidad de que todas las organizaciones de la Unión General de Trabajadores estén vigilantes y preparadas para responder como las circunstancias demanden al ataque que los mencionados elementos puedan realizar. Si en el interregno de tiempo que medie hasta que recibáis instrucciones de la Comisión de enlace de esta Comisión ejecutiva se lanzasen a la calle, como se propala, los enemigos de la República y de la clase trabajadora, a cumplir con vuestro deber, sin ninguna vacilación, a producir la huelga tan absoluta como sea posible, a luchar con serenidad y firmeza hasta que recibáis instrucciones de esta Comisión ejecutiva.

»Fraternalmente vuestros y de la causa obrera. - Por la Comisión ejecutiva: Julián Besteiro, presidente; Trifón Gómez, secretario.

 

»El Comité nacional rechazó una proposición de censura a la Ejecutiva y acordó que se reúnan de nuevo las Ejecutivas del Partido Socialista y de la Unión General de Trabajadores.

 

»El día 9 de este mes de enero se reunió el Comité nacional de la Unión General de Trabajadores para tratar de las dimisiones presentadas por los tres compañeros designados por el Pleno en su reunión anterior para constituir la Comisión de enlace establecida por la Unión General y el Partido Socialista.

»La reunión fue presidida por el camarada Besteiro, asistiendo los restantes miembros de la Comisión ejecutiva y representantes de las treinta y seis Federaciones nacionales de industria que integran la Unión General de Trabajadores.

»El Comité nacional examinó con amplitud la cuestión objeto de la convocatoria y, después de rechazar por 34 votos contra 2 una proposición de censura a la Comisión ejecutiva, presentada por un delegado, se entró a examinar una propuesta del camarada Anastasio de Gracia, consistente en que las Comisiones ejecutivas del Partido Socialista y de la Unión General de Trabajadores se reúnan de nuevo para convenir un programa común que una en la acción a ambos organismos.

»Suspendida la sesión para dar lugar a que la Co­ misión ejecutiva se reuniera, ésta aceptó por unanimidad la propuesta del camarada Anastasio de Gracia, que, sometida a votación, fue aprobada por 40 votos contra 2; acordando, acto seguido, dar por terminadas las reuniones.

 

¡Atención al disco rojo!

 

Era imposible detener aquella tromba desatada... a pesar de los esfuerzos de Besteiro y los «reformistas». El Socialista, en manos de Largo, era un torbellino de palabras revolucionarias y de amenazas contra la República burguesa. «¡Que se muera!», grita un día. «¿Para qué queremos nosotros una República que defiende, como la Monarquía, los intereses de una clase?», dice otro día...

Pero, es el día 3 de enero cuando en su primera página publica el famoso editorial que iba a ser el símbolo de la revolución y de la contrarrevolución. Se titula No puede haber concordia. Atención al disco rojo y es un alegato rotundo contra la convivencia democrática.

Y todo porque El Debate del día anterior se había lamentado de la imposibilidad de convivencia que habría en Cataluña a raíz de la toma de posesión de Companys como presidente de la Generalitat (el presidente Maciá acababa de fallecer unos días antes)...

El Socialista no se anduvo por las ramas y atacó furibundamente al diario católico...

«Y ahora piden concordia -dice-; es decir, una tregua en la pelea, una aproximación de los partidos, un cese de hostilidades. Eso antes, cuando el Poder presentaba todas las ejecutorias de la legitimidad... ¿Concordia? ¡No! ¡Guerra de clases! ¡Odio a muerte a la burguesía criminal...! ¿Concordia? ¡Sí!, pero entre los proletarios de todas las ideas que quieran salvarse y librar a España del ludibrio. Pase lo que pase, ¡atención al disco rojo!»

Que era como decir: se acabó la democracia y se acabaron las votaciones... ¡Ahora que hablen las armas! O sea, la señal del comienzo de una «guerra ci­ vil» a muerte... en la que una de las dos Españas ha­ bía de fenecer. De ahí a «lo de Asturias» y al 18 de julio sólo había unos pasos por recorrer.

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Las lágrimas de Fernando de los Ríos

 

Llegados a este punto no me resisto a reproducir unas cuantas páginas de las Memorias de Azaña, pues nadie como «el hombre de la República» ha dejado escrito los «pormenores» y las «entretelas» de aquellos cruciales días de la historia de España.

Corresponden al Cuaderno de La Pobleta y están escritas en 1937. Pero su contenido está referido a los días críticos de noviembre de 1933 y especialmente a una entrevista que sostiene con el socialista Fernando de los Ríos el día 2 de enero de 1934, es decir, justo el mismo día que se está escribiendo el editorial de la concordia y el «disco rojo».

Como verá el lector a Largo Caballero le llama el «adelantado visible del movimiento revolucionario dirigido por mí», lo cual no es sino una ironía de lo que a nivel gubernamental se había dicho de Azaña tras la «revolución de Asturias»...

Pero, leamos las páginas de Azaña:

 

«l.º Largo Caballero, adelantado visible del movimiento revolucionario dirigido por mí. Mis relaciones políticas y las de mi partido, y en general las de los otros republicanos de izquierda, con los socialistas eran muy tirantes desde la caída de mi Gobierno, en septiembre del 33. Más exacto sería decir que no manteníamos relación alguna. Yo conservaba trato con algunos socialistas, como Prieto, Besteiro, Fernando de los Ríos, y otros, que siempre habían sido amigos míos. Conservaba también popularidad entre las masas, como probaron los actos públicos convocados por mí; popularidad y prestigio poco gratos a los pontífices del extremismo revolucionario. Pero la tendencia "caballerista" predominante en el partido nos era hostil. A Caballero, "adelantado visible" de mi insurrección en cierne no había vuelto a encontrármele más que una vez, en las Cortes, la noche en que cayó el primer Gobierno Lerroux, después de mi discurso. Y no le vi más ni hablamos, desde esa fecha, hasta julio de 1934, en la ocasión que diré. Cuando dejé de ser presidente del Consejo, en septiembre, todos los ministros vinieron a visitarme y a despedirse en mi casa, menos Largo Caballero, que no entiende de ceremonias. Motivos de la tirantez entre los republicanos, especialmente de mi partido de Acción Republicana, y la tendencia dominante en el socialista: Uno de carácter general, anterior a mi salida del poder, y otro más agudo: la solución dada a la crisis producida por la caída de Lerroux y de la que nació el Gobierno de Martínez Barrio. La coalición republicano-socialista funcionaba bien en el Gobierno, y regularmente en las Cortes; pero cada vez peor a medida que se descendía en la escala de la jerarquía del poder o de los organismos políticos. En los pueblos, socialistas y republicanos solían andar a la greña, por cuestiones locales, y políticas, ya de orden social. Los republicanos se quejaban de las Casas del Pueblo. Los socialistas se quejaban de los republicanos. Yo bien comprendía que por ahí habría de venir la ruptura de la coalición, que en las Cortes y en el Gobierno era infrangible. Yo deseaba que el acaba­ miento de la coalición se produjese sin ruptura ni riña, para que el Partido Socialista siguiese, en la oposición, siendo un partido colaboracionista y de turno en la República. Así habríamos acabado, y la coalición no habría llegado más que hasta el verano del 33, o menos, si la brutalidad de Lerroux, el desatino político de quienes le ayudaron, no hubiese atravesado en el camino la atrocidad de la obstrucción. La salida normal de los socialistas estaba sobreentendida, y más que sobreentendida en mi discurso de Santander, meses antes, discurso que fue conocido y aprobado en esa parte por todo el Gobierno antes de ser pronunciado. La obstrucción lo echó todo a perder, sin ventaja para nadie. Cuando en junio del 33, muy contra mi voluntad, hube de reconstituir un Gobierno y presidirlo, me tracé un programa muy limitado. Sacando la ley de Orden público, indispensable, quería hacer aprobar la de Arrendamientos y la de Reconstitución del patrimonio municipal o comunal, que por fin habían logrado parir los colaboradores de Marcelino Domingo. Perdimos el tiempo. Hubo en la Comisión un Lucio Martínez Gil, socialista, que por su terquedad, suficiencia y palabrería, obstruyó más que todas las oposiciones juntas. Y un señor Feced, amigo de Sánchez Román, aunque afiliado al Partido Radical-Socialista, que con habilidades, aplazamientos y tergiversaciones, inspiradas por otros, no permitía adelantar un paso. Es sabido que para construir algo en política hace falta mucho tiempo, mucho esfuerzo, grandes medios. Para estorbar e impedir que otros hagan, sin proponer cosa mejor y más hacedera, con poco basta. Aprobar aquellas leyes podía llevar, dados los hábitos de nuestro Parlamento, dos o tres meses. Por ganar tiempo, no pensé siquiera en cerrarlo durante el verano. Es seguro que don Niceto se hubiera opuesto a la clausura, porque esperaba vernos fracasar en él. Oponiéndose o no, siempre hubieran podido las Cortes, por acuerdo propio, suspender sus sesiones hasta el otoño. No me presté a ello y las hice trabajar julio y agosto, como el año anterior. Los diputados lo llevaban muy a mal. Aprobadas aquellas leyes, vería si me quedaba tiempo para votar un nuevo presupuesto, y en todo caso, con presupuesto o sin él, dimitir a fines de año, antes de la vacación parlamentaria, dando por cumplido lo principal del programa de la coalición republicano-socialista, para dar paso a un Gobierno de coalición republicana, que naturalmente yo no había de presidir ni formar en él, aunque mi partido lo apoyaría de todos modos, tuviese o no participación en el Ministerio. Sosteniendo un Gobierno puramente republicano, las Cortes hubieran podido durar algún tiempo aún, y el Gobierno, con lealtad a las leyes de las Constituyentes, ahuyentar de las imaginaciones soliviantadas el coco de la "revolución marxista" y de la "dictadura del protariado", ¡de que se me quería hacer a mí representante y protector!, y prepararse sin reñir con los socialistas el terreno para unas elecciones generales, concebidas sobre una especie de "pacto de no agresión" entre todos los partidos mantenedores del régimen. Este plan me parecía entonces el más prudente, el menos aventurado y peligroso, el más favorable a la consolidación del sistema. Los hechos no han desmentido mi creencia. Sin duda podía discurrirse cosa mejor. Pero las que se hicieron y se implantaron fueron de tal modo desatinadas que aun ahora, a tal distancia, me afirmo en mi parecer y mis consejos de aquellos días. Don Niceto conocía mis intenciones. Nunca me dijo si las tenía por acertadas o desacertadas. Evitó incluso hacer conversación sobre ellas, como evitaba las ocasiones de encontrarse conmigo. Estaba al acecho de una ocasión para darnos la puñalada.

»Las discordias, la hostilidad entre republicanos y socialistas por esas provincias y esos pueblos, dio su primer fruto político en la elección, a fines de agosto, de los vocales para el Tribunal de Garantías. Otros frutos peores había de dar. Los partidos de la coalición no supieron ni quisieron llegar a un acuerdo o una disciplina común para esas elecciones. En cada región electoral, y dentro de cada región, en cada Ayuntamiento, el partido o la facción dominante hizo lo que le dio la gana. El Gobierno había acordado estar neutral en la elección, no darle carácter político, no prestarse a que fuera una votación de confianza en el Gobierno o de censura. Resultaron elegidos algunos republicanos y socialistas, pero los más eran de la derecha, incluso monárquicos y hombres de la Dictadura. Esto ocurrió sobre todo en los colegios electorales restringidos, como universidades, colegios de abogados, etcétera. La explotación política del suceso era inevitable, y no dejaron de explotarla las oposiciones, como era normal, y también la explotó don Niceto, con menos derecho, dados los antecedentes .del caso y los resultados. Mas, lo peor, fue el efecto causado en el propio campo de los partidos ministeriales. Los ánimos, ya encrespados, se enfurecieron. Vinieron los reproches, las imputaciones de falta de lealtad, etcétera. Los republicanos se quejaban de que sus candidatos habían sido atropellados por los socialistas; éstos, de que los republicanos no habían votado con disciplina. Por primera vez, el oleaje alcanzó al Ministerio. En un Consejo, Largo, recogiendo los agravios de los socialistas, me dijo solemnemente que la coalición electoral republicano-socialista estaba rota. "Entonces -repuse- se habrá roto todo." ¿Se imaginaba Largo que la situación podía mantenerse ni que yo me prestaría a sostener una ficción, después que el más autorizado representante de los socialistas me hacía en Consejo una declaración tan grave? Increíble. Las circunstancias se bastaban por sí solas para impedirlo. Tenía yo el propósito, ya antiguo, de convocar para fines de septiembre elecciones parciales para cubrir más de treinta vacantes en las Cortes. Teníamos también a la vista las elecciones municipales que, según ley, debían celebrarse en noviembre. Para ambas elecciones era necesario, entre otras condiciones, conservar la coalición electoral. A las elecciones parciales les daba yo gran importancia, no para la prolongación de la vida del Gobierno, sino para la vida de las Cortes, que era lo principal. De las treinta y tantas vacantes, suponían los entendidos que los partidos ministeriales podrían obtener catorce y dieciséis, que reforzarían la mayoría, y las restantes irían a los radicales y otros partidos republicanos de oposición, siendo muy reducido el número que podían obtener las derechas hostiles al régimen. Mi plan prescindía de este cálculo, y se fundaba en otro mucho más general. Un triunfo electoral brillante, no podíamos esperarlo. Que tuviéramos una votación honrosa, ya bastaba para la solidez y autoridad del Gobierno. Pero aun obteniendo la minoría de los puestos vacantes, si entre los que ganasen los partidos ministeriales y los que ganasen los partidos republicanos de oposición se lograba, como creían todos, incluso las oposiciones, la mayoría de los puestos, las Cortes quedarían corroboradas y autorizadas en su estructura vigente. Sería derrotado el Ministerio, pero no las Cortes, que podrían continuar, adelantándose la renovación ministerial que yo creía conveniente para fin de año, con el indiscutible argumento de una demostración del sufragio. Por último, quedaba la eventualidad de una derrota en toda la línea, de un triunfo de las derechas. En este caso, el tanteo de las elecciones parciales habría sido más útil todavía. Era preferible perder veinte o treinta actas en la prueba, que no lanzarse a ciegas a perder doscientas. La derrota, si sobrevenía en las parciales, serviría de aviso y lección y pondría alarma en todos, incluso en el Presidente de la República, y tal vez se adoptara una táctica de defensa y unión pará el caso de disolución del Parlamento. Ni las elecciones parciales ni las municipales podían hacerse si nuestra coalición ministerial estaba rota. "No me presto a presidir un desastre", les dije a aquellos señores. No hubo lugar a pensarlo mucho, porque don Niceto se adelantó a provocar la crisis con el motivo de las elecciones municipales.

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»Lo ocurrido en aquella crisis, ya contado en otro lugar, no pertenece a esta nota, en la que solamente me refiero a lo que denota su epígrafe. Derrotado el primer Gobierno Lerroux en la última sesión de las Constituyentes, los socialistas, por boca de algunos de sus catedráticos, que definieron la doctrina, promulgada en las Cortes y en su periódico, afirmaron que según el artículo 75 de la Constitución no solamente no podía formar nuevo Gobierno el presidente censurado por el Parlamento, sino que tampoco podía recibir el encargo de formarlo ninguno de los ministros del Gabinete derrotado, ni siquiera entrar en el nuevo Ministerio. La interpretación del artículo era, a mi ver, desatinada e impolítica, y, en todo caso, una ligereza propia de inexpertos e imprevisores. Tal declaración resultó un cepo para los socialistas mismos. La imposibilidad de "tragársela" impidió que formasen en el Gobierno de Martínez Barrio, a lo que estaban dispuestos. Desde que este Gobierno se formó sin ellos, y sobre todo después de las elecciones, Largo y sus amigos no se hartaron de vociferar que los socialistas habían sido expulsados, arrojados del poder con la complicidad de los republicanos de izquierda. Todavía en febrero de 1936, Largo, en unas declaraciones que conservo, insistía en el tema, y reprochaba a los republicanos que hubiesen dado ministros para el Gobierno encargado de disolver las Constituyentes. Nunca he querido rectificar a Largo, ni confundirle con los da­ tos irrebatibles que poseo, como testigo excepcional, para no agravar las discordias ni contribuir a rompimientos irreparables, conducta que he observado siempre, bien poco estimada ni recompensada. Las cosas ocurrieron de esta manera:

»Martínez Barrio, al encargarse de formar Gobierno, quiso dar participación a los socialistas. Así lo aconsejaban los otros partidos republicanos. Lerroux, jefe del Partido Radical, base de la combinación, se opuso a la colaboración de los socialistas. Pasó toda una tarde y casi toda una noche gastadas en negociaciones. Marcelino Domingo, después de hablar con Martínez Barrio, me buscó en la sección del Congreso donde yo estaba con los diputados de mi partido, y me propuso que fuésemos juntos a casa de Lerroux, para convencerle de que debía levantar su veto a los socialistas. Los diputados se oponían a ese paso, es­ timándolo depresivo, después de lo que Lerroux me había dicho en la Sesión de Cortes. Dije que yo no estaba ofendido con Lerroux, y que en todo caso, si mi visita podía ser útil, valía la pena hacerla, con tal de asegurar la formación del nuevo Gobierno. Fuimos a casa de Lerroux, ya acostado. Nos recibió en su alcoba. Le impresionó mi presencia, me llamó "querido Azaña", y en pocas palabras accedió a que "Diego" hiciese lo que quisiera. Volvimos al Congreso, ya cerca de la madrugada. Ahí me tropecé con Largo en un pasillo y me dijo que de haberlo sabido a tiempo me habría aconsejado que no hiciera la visita. A Martínez Barrio y a los socialistas les dijimos que Lerroux aceptaba su presencia en el Ministerio. Estábamos con Besteiro, en su despacho de Presidente, Martínez Barrio, Prieto, Fernando de los Ríos, Domingo y yo, no recuerdo si alguien más. Entonces, después de nuevas palabras, y de consultas al grupo parlamentario socialista, se trató de redactar una nota explicando por qué ese partido estaba en el Gobierno, a pesar de lo que había dicho sobre el alcance del artículo 75 de la Constitución. (Martínez Barrio había sido ministro en el Gabinete derribado.) Prieto se sentó a la mesa de Besteiro y se puso a pergeñar la difícil nota. Mientras, yo hablaba con Martínez Barrio. Se le conocía la satisfacción de traer al Gobierno a los socialistas. Tampoco yo estaba disgustado. Al cabo de más de dos años de maltratarme porque gobernaba con ellos, distinguiéndose en eso los radicales, se formaba un Ministerio radical con socialistas, aunque fuese reducida su representación. Martínez Barrio me declaró que no se presentaría en las Cortes con el nuevo Ministerio. "Después de lo que han dicho sobre el artículo 75, no quiero que discutan al Presidente de la República por la solución dada a la crisis, encargándome a mí de constituir el Gobierno. Aquí le acusarían de infringir la Constitución." Como esto significaba la disolución del Parlamento, le contesté que, al entrar en el Gobierno, los socialistas arrinconaban su tesis sobre el artículo 75. Que al Presidente, si le discutían, le defendería el Ministerio, manteniendo otra doctrina menos rígida. Que su Gobierno, teniendo dentro a uno o dos socialistas, con ministros de Acción Republicana, radicales-socialistas y el concurso más numeroso de los radicales, con el que yo no había contado desde diciembre del 31, tendría una base parlamentaria amplísima, semejante a la del Gobierno provisional, y que a mi juicio valía la pena de intentar mantener las Cortes algún tiempo, con esa formación, para suavizar el tránsito a otra política, y no precipitarse en la aventura electoral. Añadí que Lerroux, obcecado por su soberbia y por enconos de partido y aun personales, se había negado a mis requerimientos en la última sesión para que suavizase la hostilidad de su declaración ministerial y no pusiera a la mayoría bajo la amenaza de votarle la confianza en blanco o disolver. Que si hubiera tenido la sagacidad de recoger el cable que yo le tendí, la mayoría, o por lo menos los republicanos de la mayoría, habrían votado con él, y podido gobernar, sustituyendo los votos socialistas por los radicales. Lo que Lerroux no quiso hacer, lo podía hacer él, y retrasar la disolución y las elecciones, y que en el estado actual de los partidos podían ser un desastre para la República, y marcar el fin de la normalidad política del régimen. No se convenció. Más exactamente, no entró a examinar mis razones. Se conocía que su encargo era limitado y estricto, incluso en la composición del Ministerio, pues entre otras cosas me soltó que la presencia del señor Botella Asensi en la cartera de Justicia era una condición sine qua non, la clave de la combinación. Y como yo no encubriese mi asombro, don Diego se sonrió enigmáticamente y abrió los brazos, corno diciendo: "¡Qué le voy a hacer!" Insistió en que de ninguna manera consentiría que el Presidente fuese zarandeado en las Cortes. (Entonces estaban aquellos señores en la luna de miel del "nicetisrno", que les subía al poder y les hacía presidentes, ministros, etcétera. El Presidente se había permitido dar nombres de favoritos suyos para algunas carteras, y hasta para gobernadores.) No era difícil averiguar de dónde procedía la consigna de que el Presidente no fuese discutido. En cuanto a las elecciones, no temía nada de ellas si los partidos se coligaban, si no se "'triangulaban" las candidaturas. "Ahora, si empiezan a triangular las candidaturas, será un desastre." "Cuente usted con ello, en el estado actual de las cosas. Habrá candidatura socialista, de republicanos de izquierda y la ministerial, cuyos límites no preveo." "Confío en que el buen sentido se imponga." "Pues, yo, no." (Más adelante, el Gobierno adoptó la política de amalgamar la candidatura ministerial con la de derechas, y así salió ello.) El Presidente de la República estaba decidido a disolver las Cortes. "No podrá -le dije- sin un Gobierno que le refrende el decreto. Y si todos los partidos de la mayoría, que van a estar representados en él, le aconsejan que no disuelva, no lo hará." "Algunos partidos de esa mayoría -me contestó Martínez Barrio- han allanado ya a la necesidad de disolver. Los socialistas pretenden cohonestar su entrada en el Gobierno y sus declaraciones sobre el artículo 75, precisamente porque este nuevo Gobierno está llamado a presidir las elecciones y quieren vigilarnos, digámoslo así. Si nosotros no disolvernos, el Presidente podrá nombrar otro Gobierno extraparlamentario y darle el decreto de disolución; por mi parte, yo no vengo a estas Cortes con el Gobierno que forme." En eso estábamos, cuando Prieto prorrumpió en exclamaciones de enojo. Acudimos a la mesa donde trabajaba. Había comenzado a emborronar un papel, tachó, volvió a escribir; no le gustaba lo que hacía. Por último, con un ademán colérico, rasgó los papeles, y hechos una bola los arrojó al cesto. "No sé cómo se puede decir algo que no sea una paparrucha. No sé. No acierto. Es imposible..." Se levantó y allí se concluyó todo. Quería, en efecto, decir que la próxima disolución de las Cortes aconsejaba la presencia de los socialistas en el Gobierno que presidiera las elecciones; simplemente como testigos y observadores... Pero estaban tan recientes otras demostraciones, la cólera entre radicales y socialistas había llegado a tales extremos, que la propia honradez de los sentimientos de Prieto se atravesaba como un obstáculo insuperable. Eran las cinco de la mañana. Todos estábamos rendidos de cansancio, de mal humor, descontentos, con prisa. Es de creer que a otra hora, y hallándose reposado, tranquilo, Prieto habría acertado a hilvanar una explicación, aceptable con buena voluntad. El caso fue que los socialistas desistieron. Su grupo parlamentario, reunido hasta una hora antes, se había separado, y los diputados ídose a dormir. No había lugar a más delibera­ ciones. Martínez Barrio quería y necesitaba salir de allí con una solución, para llevársela al Presidente a primera hora de la mañana. "¿Y qué se hace?", pre­ guntaba Domingo. "¡Qué se va a hacer! -dijo Besteiro-, formen ustedes Gobierno los republicanos." Los otros asintieron. Y cada cual se fue a su casa. Los socialistas que han estado más de tres años propalando que fueron expulsados del Gobierno, y atacando a los republicanos de izquierda que dieron ministros al Gobierno para disolver las Cortes, no dicen verdad ni tienen derecho a censurar a nadie. Ellos iban a entrar en el Gobierno, "como en una mesa electoral", no solamente sabiendo el propósito de disolver las Cortes, sino porque iban a ser disueltas.

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»Artículo principal en nuestra tirantez política con los socialistas fue la táctica electoral y sus resultados. Los socialistas se negaron a una coalición general pactada. Muchos de ellos la aconsejaban, como Prieto; pero en vano. En cualquier situación esa negativa conducía al desastre, pero más aún después de dos años de gobierno, en la oposición y con el ministerio de la Gobernación en contra. Había además en la actitud de los socialistas una contradicción gravísima e increíble. Acabábamos de retocar la ley Electoral, dejando subsistente el sistema mayoritario, con una fortísima prima a la mayoría. Cuando en Consejo de ministros se examinó el proyecto, todos los partidos allí representados, y principalmente los socialistas por boca de Largo, afirmaron la necesidad de mantener ese sistema, que exigía y postulaba la coalición, porque con él los partidos de izquierda estaban seguros de obtener una mayoría compuesta. Y no solamente se mantuvo el sistema, sino que iba a aplicarse a las elecciones municipales. Pues bien: a las pocas semanas de votada la ley, hecha sobre el supuesto de subsistir la coalición, los socialistas la rompían, para luchar solos, con lo que, además de renunciar a las ventajas del sistema, las ponía enteramente, como una masa, en manos de la coalición de derechas y radicales que en sus mismas narices estaba formándose. Es inconcebible, pero así ocurrió. No hubo razonamientos capaces de convencerles. Hice cuanto pude. Inútilmente. Mi último llamamiento fue el discurso en el "Teatro de la Princesa", de Madrid, en octubre. Expuse, con la clarividencia del desinterés, lo que podía ocurrir. El mismo día, los socialistas de Madrid votaban contra la coalición. Los personajes socialistas con quien hablé se escudaban en la voluntad de las masas; las masas estaban descontentas de los republicanos, irritadas, desconfiaban de la República, etcétera, etcétera. Creo que la agrupación de Bilbao, por influencia de Prieto, fue la única que mantuvo la alianza electoral. En Mi rebelión en Barcelona he recordado algo de esto, y mencionado que los números electorales de noviembre demostraron la enormidad del error cometido. En Badajoz, por ejemplo, la candidatura socialista fue derrotada por 4.000 votos. Una candidatura de republicanos de izquierda obtuvo 7.000 votos, que no sirvieron para nada. Sumados a los socialistas, la coalición hubiera triunfado por 3.000 votos. Cosa parecida aconteció en Alicante, en la provincia de Madrid, en Ciudad Real, y otras. Los catalanes por su lado remacharon el clavo, yendo divididos los republicanos, con lo que perdieron bastantes puestos. De haberse hecho las cosas como el buen sentido pedía, el lado derecho de las nuevas Cortes habría contado cincuenta o sesenta lugares menos, que trasladados al lado izquierdo, habrían equilibrado de otra manera aquel Parlamento, y la política, en ninguno de los dos lados, habría seguido los nefastos derroteros que tomó. No es ésta la ocasión de probarlo, caso por caso, hasta sus consecuencias últimas. En mi opinión, la ruptura de la coalición electoral en noviembre del 33, es el mayor dislate político cometido después del de disolver las Constituyentes en tan mala oportunidad.

»Los socialistas, enojados por la derrota (pensaban ganar quince o veinte puestos más y perdieron treinta) y agraviados por las persecuciones del Gobierno, empezaron a chillar, casi siempre con fondo de razón, pero se excedieron en el tono y en los términos. Fernando de los Ríos, en un discurso en Granada, dijo que renegaban de la República. Ése fue el tono de los más. La República era una engañifa, tan mala como la monarquía, no tenían nada que esperar de ella; los republicanos, burgueses al fin, los habían engañado; en la República no había sitio para los proletarios, etcétera, etcétera. Toda la propaganda, desde aquella fecha hasta octubre, partió de ese tema, bordándolo infinitamente, y su consecuencia inevitable era la actitud revolucionaria. El periódico del partido no cesó en todo ese tiempo, de disparar coces contra los republicanos. De vez en cuando, alguna pluma amiga me dedicaba en El Socialista algunas líneas de respeto, o de afecto, salvándome del anatema general. Pero eso no me consolaba de nada. Apareció la imagen del "'disco rojo", y todo lo que siguió. El día 2 de enero del año 34, vino a verme Fernando de los Ríos, y tuvimos en mi casa una conversación larga y dramática, de la que guardo notas. Amós Salvador asistió a una porción de ella. Le dije a Fernando que no se me pasaba por las mientes entrometerme en las cosas del Partido Socialista, si bien en las cuestiones tocantes con la política general de España me creía con derecho a juzgar su conducta, y a dar un consejo; que, en todo caso, nuestra amistad personal y el recuerdo de nuestro compañerismo en el Gobierno, autorizaban esta conversación. Lo aceptó muy gustoso y con toda franqueza -Amós quiso retirarse, pero Fernando no lo consintió, porque le agradaba que hubiera un testigo-. Me hizo relación de las increíbles y crueles persecuciones que las organizaciones políticas y sindicales de los obreros padecían por obra de las autoridades y de los patronos. La Guardia civil se atrevía a lo que no se había atrevido nunca. La exasperación de las masas era incontenible. Los desbordaban. El Gobierno seguía una política de provocación, como si quisiera precipitar las cosas. ¿En qué pararía todo? En una gran desgracia, probablemente. Le argüí en el terreno político y en el personal. No desconocía la bárbara política que seguía el Gobierno ni la conducta de los propietarios con los braceros del campo, reduciéndolos al hambre. Ni los desquites y venganzas que, en otros ramos del trabajo, estaban haciéndose. Ya sé la consigna: "Comed República", o "que os dé de comer la República". Pero todo eso, y mucho más que me contara, y las disposiciones del Gobierno, y la política de la mayoría de las Cortes, que al parecer no venía animada de otro deseo que el de deshacer la obra de las Constituyentes, no aconsejaba, ni menos bastaba a justificar que el Partido Socialista y la UGT se lanzasen a un movimiento de fuerza. Era desatinado hacer cundir entre las masas el sentimiento de que nada podía esperarse de la República. Una injusticia, una ingratitud y un yerro gravísimo envolver a todos los republicanos y a las instituciones de la República en la misma aversión y en el mismo anatema que al Gobierno actual y a su mayoría parlamentaria. No basta decir que las masas sienten esto o lo otro. Los sentimientos de las masas pueden ser cambiados o encauzados, y ése es el deber de los jefes, los cuales no deben ponerse al servicio de aquéllas cuando íntimamente están convencidos, como de seguro lo estaba él, de que pretenden un disparate. Hay obligación de decirlo así, aunque se pierda la popularidad, y cuando no pueda remediarse de otro modo, se abandona el puesto. Una derrota electoral, y sus desastrosas consecuencias, debe repararse en el mismo terreno. Se habían cometido muchos errores, subsanables en lo venidero, pero el error de promover una insurrección, llamada al fracaso, no sería ya subsanable, y pondría a la República y a España en trance de perdición. Porque no había que esperar que las derechas se estuviesen quietas, ni que se limitasen a restablecer el orden, sino que abusarían de la victoria e irían mucho más allá de lo que estaba pasando y de lo que se anunciaba. El país no les secundaría, porque en sus cuatro quintas partes no es socialista. La consigna de que no se pretendía hacer la revolución social ni implantar el programa completo del Partido Socialista era disparatada, porque no podía concebirse una insurrección de los proletarios, invocando el espíritu y los intereses de clase, para emplear el esperado triunfo en remendar la política republicana y obtener algunas «reformas», por importantes que pareciesen; tampoco podía esperarse que ningún republicano se prestase a recibir el poder de manos de una insurrección proletaria victoriosa, y era igualmente ilusorio creer que, triunfante el movimiento, gobernarían los moderados, no ya republicanos, pero ni siquiera socialistas. A un Gobierno así nacido, no le obedecería nadie, fuera de los afiliados en la Internacional, y, para eso, no todos; su poder alcanzaría a donde alcanzasen las pistolas. Una situación de tal índole era insoportable a mi pensamiento político, e insostenible en la realidad, dando pretexto a una reacción espantosa. Tenía por otra parte la evidencia de que, si las cosas pasaban a mayores, se estrellarían en un fracaso sangriento. El Gobierno disponía de medios sobrados. Ya conocía él cómo estaba la Guardia civil. El Ejército soportaba a duras penas la República. Yo había sostenido con mucha constancia la doctrina y la práctica de mantener al Ejército alejado de la política, y más aún de las luchas sociales, no empleándolo ni para sofocar los levantamientos anarquistas. Había deshecho los núcleos más importantes del caciquismo militar, y eliminado con causa justificada a los generales más señalados por su desafección al régimen. Manteniendo este sistema durante algunos años, y mejorando al propio tiempo la situación profesional de los militares, podía esperarse que al fin echásemos piel nueva; pero sobre todo importaba que los ambiciosos y levantiscos perdieran la esperanza de ser protegidos desde el poder. Las señas eran de que todo eso se venía abajo, y que de un modo o de otro se haría volver a sus puestos a los más peligrosos. Que aun sin eso, el Ejército entero se lanzaría gustoso a una represión, en cuanto se lo mandasen, e incluso podría temerse que se lanzara sin mandárselo nadie. Lo mismo harían las demás fuerzas, incluso las gubernativas. Contra eso, los proletarios en armas, no podrían resistir. Era quimérico suponer que ganarían la partida con una huelga general, por muchos motes de revolucionaria que le pusiesen, y por muchos puestos de la Guardia civil que destruyesen. No ignoraba los trabajos que intentaban en los cuarteles. Tenía la impresión de que los directores carecían de experiencia y de conocimiento cabal del Ejército para medir bien el valor de esos trabajos. Que en tal o cuál regimiento hubiese dos o tres sargentos socialistas, o una célula comunista, o que unos cuantos oficiales se inscribiesen en la Casa del Pueblo o en el Partido Socialista, no significaba nada. Si le iban a contar a Largo, o a quien fuese, que la tropa, antes que disparar sobre sus hermanos proletarios, desobedecería a sus jefes, se ensañaban y le engañaban, y que sería ceguera muy culpable no reconocerlo y "saberlo". Después le hablé de su posición personal. Le dije cosas tremendas. No sé cómo me las aguantó. Además de aguantarlas, le impresionaron profundamente, le emocionaron. En cierto momento, se le saltaron las lágrimas. Me dijo, en resumen, que su situación era trágica. Estaba pasando una terrible crisis de conciencia. Su formación intelectual y moral, su acción de profesor y de militante, sus mi­ ras sobre España, etcétera, etcétera, le habían encaminado siempre hacia otros métodos que los actualmente en boga dentro de su partido. Ejercía en él una función de buen consejo, y en el Comité figuraba entre los prudentes y moderados, cada vez más impopulares. Y que aun pareciéndole mal ciertas cosas, y demasiado terribles, lastimosas, como para caer en desengaño, no podía abandonar a su partido en tales momentos, y con gran repugnancia le seguiría. Después, cualquiera que fuese el resultado, estaba resuelto a abandonar la política. Me pareció aturullado, angustiado, presa de un chasco doloroso, y no libre de temores. No se pasa uno la vida envuelto en un chaquet, con un cartapacio bajo el brazo, profesando cosas graves y hablando de los valores de la cultura, para, de la noche a la mañana, en virtud de un plebiscito de las masas, verse obligado a tomar sitio en las barricadas.

»Nuestra conversación tuvo un débil eco público. Fernando de los Ríos debió de hablar con sus correligionarios de lo que yo le había dicho. No sé con quiénes ni cuándo, seguramente con Largo Caballero, por­ que transcurrido poco tiempo Largo aludió duramente en un discurso a los que se permitían "dar consejos" y se entrometían en lo que no era de su incumbencia. Alusión clarísima, para mí; indescifrable para los demás.»

 

O sea, que Fernando de los Ríos no pudo evitar «en cierto momento» que se le saltaran las lágrimas y apenarse de lo que estaba pasando en el Partido Socialista Obrero Español... Incluso -se dice- que «después» (es decir, tras la revolución) cualquiera que fuese el resultado estaba resuelto a abandonar la política.

Lo cual demuestra -como venimos viendo- que el socialismo ya estaba «sublevado» contra la legalidad vigente en las postrimerías de 1933 y comienzos de 1934... casi un año antes de la «Revolución de Asturias» y de que entraran en el Gobierno los primeros ministros de la CEDA.