“HABRÁ OTRO DESASTRE si España no entiende que esta guerra no le conviene, porque no tendrá fin”

“Nosotros no odiamos a España y muchos menos a los españoles. El Rif combate el imperialismo invasor que quiere arrancarle su libertad”

Y Abd-el-Krim se queja: “Todo esto tiene un porqué…se me acusó de errores y malicias en un trato que tenía con el capitán de la Policía indígena, que no me quería bien… Pero el juez fue Sanz, uno que hoy es general. Puedes preguntarle. Y dijo que no tenía yo culpa, y me absolvió. Ya ves… pero seguí en la cárcel y me trataron como un perro”

Me complace reproducir integra la entrevista que don Luis Oteyza en aquello momentos Director de “La Libertad”, uno de los periódicos importantes de Madrid, le realizó al líder de los moros, Abd-el-Krim, cuando todavía seguía la guerra. Fue un impacto a nivel político, sobre todo porque muchas familias y muchos españoles creyeron que por ahí podía llegar la libertad de los cientos de prisioneros que todavía seguían en poder de los moros. Abd-el-Krim se confiesa con el periodista y en cierto modo hace responsables de la guerra a los Gobiernos españoles y a los Altos Mandos Militares que habían permanecido en Marruecos. Pasen y lean:

P: ¿Seguiste en la cárcel después de absuelto?.

R: Seis meses aún. Me dijeron que era preso político. Callo y medito. Presos políticos… Detenidos gubernamentales… Son resortes de gobierno que no hay inconveniente en emplear; ¿verdad, señores estadistas?. Pero a veces el tener seis meses en la cárcel a un hombre ocasiona la pérdida de 20.000 soldados y un gasto de varios miles de millones, sin contar la vergüenza de las derrotas, el horror de los sacrificios…

Me sigue hablando con gestos de dolor y amargura que luego se rompió una pierna. Yo hago un gesto de condolencia.

R: Abd-el-Krim se adelanta a mis palabras: Fue una fatalidad de la que nadie tuvo la culpa. Son cosas de conjunto que uno o dos no hacen ni deshacen. Yo a nadie guardo rencor. Al general Jordana mismo no le tenía odio, aunque fue él quien decretó mi encarcelamiento. Aprovecho la ocasión para cambiar ya el tema:

P: La paz, ¿es posible por tu parte?

R: Siempre que se conserve la independencia nuestra. De otra manera no habría paz. ¡Pasarían las mismas cosas! Tú sabes que pasarían. Y como ahora, seguiría la lucha. ¡Con razón! Tú sabes que con razón. Bueno, sidi, queda el asunto de los prisioneros. Es lo que más interesa al pueblo español y en lo que más desorientados estamos.

P: ¿Pueden rescatarse?

R: Pueden. Pero que vengan a tratar en serio. Ya le habrá dicho mi hermano…

P: Sí; mas hay algo en las condiciones que imponéis injusto, evidentemente injusto. Pides la libertad de todos los rifeños presos (40 en cárceles españolas).

R: Claro.

P: No tan claro, sidi. Hay entre ellos ladrones y asesinos juzgados y condenados. ¿Ésos también se han de liberar?. Los detenidos políticos y los prisioneros de guerra no hay nadie que no crea justo devolvértelos. Pero esos otros… ¡son criminales!

R: Más criminales son los aviadores, que matan mujeres y niños. A los aviadores que hemos cogido también les hemos formado causa y les hemos condenado. Si los españoles os quedáis con los que habéis condenado, nosotros nos quedaremos con éstos. R: Mohamed, escucha -lo digo con el más persuasivo acento que puedo encontrar-: No muestres una intransigencia que nadie, nadie, en ninguna nación, admitiría. R: Los aviadores emplean un arma terrible, tan terrible como quieras. Para mí todas las armas son igualmente brutales; pero reconozco, si quieres, que esa lo es más que las otras. Sin embargo, es un arma admitida por todos los pueblos civilizados. Y los militares que la usan por mandato de su patria, en obligación de una obediencia que juraron, no pueden equipararse con asesinos.

R: Para mí lo son más que nadie -dice enérgico. Y añade, exaltándose a medida que habla: ¡Las naciones civilizadas! Vienen a civilizar con aviadores. Matan seres indefensos, y los matan impunemente. ¡No hay, entre todos los asesinos de la tierra, mayores asesinos!.

 

P: Entonces -le digo- para rescatar a los prisioneros habría de ponerse en libertad a todos, absolutamente a todos los presos, ¿verdad?.

R: Sí. Bien. Y la otra condición es que se os entreguen cuatro millones de pesetas.

P: ¿Cuatro millones de pesetas no le parecen mucho?

R: Eso es lo que era antes. Ahora no es.

P: ¿Ahora es más?

Abd-el-Krim me mira fijo. Yo le miro a él. Hay un silencio. Al cabo me pregunta:

P: ¿Estás tú facultado por el Gobierno para tratar?.

R. Periodista: De ningún modo, sidi -replico-. Ni lo estoy ni lo estaré nunca. No he tenido ni tendré nada que ver con los gobernantes de mi país. P: Mandé que te lo dijeran. ¿No lo han hecho?

R: Sí, sí; está bien. Pero si no tienes facultades para tratar, ¿a qué vamos a discutir?.

P: Insisto con el natural empeño: No vamos a discutir condiciones, claro está. Sin embargo, tú puedes decirme a qué obedece el cambio. Esto siquiera…

R: Esto ya lo puedes tú comprender. Las negociaciones han sido rotas por el Gobierno español, y esto lo debemos aprovechar nosotros. No hacerlo sería abandonar un derecho.

Tú lo comprendes. Claro que tú lo comprendes. Abd-el-Krim habla con deseo de persuadirme. Yo callo, sin asentir ni negar con un ademán ni un gesto. De pronto, tras una pausa, me dice:

P. Abd-el-Krim: ¿No serás como el padre Revilla?

R. Periodista: ¿A qué viene tal cosa?- Hago un movimiento de asombro- Luego digo: No sé cómo es el padre Revilla; pero sospecho que no me parezco a él en nada. P: ¿Por qué me preguntas eso?

R: Porque el padre Revilla no dijo lo que yo le dije. Dio a entender que yo no quería soltar los prisioneros; que deseamos tenerlos como rehenes. Nosotros no necesitamos tener como rehenes a los prisioneros.

P: ¿Para qué rehenes, si nosotros tenemos nuestro armamento y nuestros hombres para luchar? Dilo así, así mismo.

R: Así mismo lo diré. Ya ves, aun causándote una molestia grande, estoy escribiendo, palabra por palabra, cuanto me dices. No tienes inconveniente ninguno en liberar a los prisioneros.

P: ¿Lo escribo así?

R: Escríbelo. Ya está.

R. Periodista: Y digo que, por tu parte, esperas a que se te acerque un delegado del Gobierno.  P:¿No es eso?

R: Eso es. Pero siempre que no sea un militar. Con militares no trato.

Y nada más de esto. Creo inútil insistir, y me dispongo a dar por terminada la conferencia. Cierro el carnet y guardo el lápiz. Al verlo, Abd-el-Krim me dice: ¿No tienes más que preguntarme?.

R. periodista: No -respondo-; pero si tú quieres decirme algo, estoy a tu disposición. Vacila Mohamed, y al cabo habla:

R Abd-el-Krim: Decirte yo… ¿Y qué decirte? España sabe demasiado lo que tiene que hacer. Hace una pausa y continúa: Yo creo, sin embargo, aunque esto no debiera decirlo, que a España no le conviene una guerra que no tendrá fin. Y cuando menos lo espere, de seguir así, vendrá otro desastre...

R: Me mira con extrañeza y me dice tranquilamente: Ya lo creo. ¡Si no ha pasado nada! Esto es siempre igual. Nosotros los rifeños, que estamos unidos ahora, estuvimos separados antes. Y también…Se calla. Le insto: ¿Yo también… ?

Nada. Ya no tengo nada más que decirte. Y tú me has dicho que no tenías nada más que preguntar. Creo que hemos terminado. Se ha puesto en pie. Yo le hago seña de que se detenga.

P: Una pregunta aún, sidi, o una ratificación de lo ya tratado. Me has dicho que no sentís odio contra los españoles; pero tu hermano ha ido más allá. Ya sé que en todo estáis conformes; sin embargo, conviene que tú me repitas la declaración extensa de tu hermano. ¿Estáis dispuestos a recibir entre vosotros, para cooperar al desenvolvimiento de vuestra prosperidad, a los españoles?

R: Ya lo creo. Lo repito.

P: ¿Quieres dármelo firmado?.

R: Abd-el-Krim vuelve a sentarse. Toma una pluma y escribe el autógrafo cuya reproducción fotográfica es dice: “Las puertas del Rif están abiertas para todos los paisanos españoles como lo han estado para el director de La Libertad / Mohamed Abd El Krim/Aydir 2 de agosto 1922”

Me lo alarga, y dice sonriendo:

P: ¿Quieres más todavía?.

R: Sí, sidi; quiero que permitas a mis compañeros retratarte.

R: No puedo, no; de veras que no puedo. No es por prejuicio político ni religioso. Es que… ¡Es otra cosa! Imposible, imposible.

Alfonsito y Pepe Díaz, que han permanecido tanto tiempo inmóviles y callados, se levantan y quieren hablar. Les hago seña de que no intervengan. Y digo a Abd-el-Krim: Insisto porque es cosa que a ti y a mí nos conviene. Yo tengo enemigos que, acaso no sabiendo cómo combatirme, negarán esta entrevista; y tú, ya sabes que nuestros gobernantes propalan que estás herido. Desmiente tu herida como Pajarito ha desmentido su muerte. ¡Que te vea el pueblo español a mi lado, bueno y sano, para que sepa cómo se le engaña!

R: Está bien. Ven aquí. Pepe Díaz y Alfonsito van hacia la puerta mientras yo arrastro mi butaca junto al sillón de Abd-el-Krim. Se tiran las pruebas sin ninguna dificultad. Los fotógrafos dicen que mientras nos retrataron yo tuve apoyada en la nuca la pistola de Amogar. No lo noté. Pero aunque lo hubiese notado no me habría movido… ¡No era cosa de estropear un cliché tan valioso por semejante pequeñez!

El hermano del presidente de la República rifeña, ministro de Estado de la misma, horas después de la conferencia celebrada por el autor con Abd-el-Krim, le dirigió, reiterando las palabras suyas a que hace referencia al final de la interviú que antecede, la carta presente: “Sr. D. Luis de Oteyza. Director de ‘La Libertad’: Como le he manifestado de palabra le reitero por escrito que el Rif no combate a los Españoles ni siente ningún odio hacia el Pueblo Español. El Rif combate a ese imperialismo invasor que quiere arrancarle su libertad a fuerza de sacrificios morales y materiales del noble Pueblo Español. Le ruego manifieste a su Pueblo que los rifeños están dispuestos y en condiciones de prolongar la lucha contra el español armado que pretenda quitarles sus derechos, y sin embargo tienen sus puertas abiertas para recibir al español sin armas como técnico, comerciante, industrial, agricultor y obrero”.

Mad. Abd-el-Krim. Aydir, 2 agosto 1922.

 

Conclusiones más importantes:

1. El general Fernández Silvestre, antes del Desastre de Annual, prestó grandes servicios a España. Tenía un brillante historial militar con valor más que acreditado y prestigio reconocido. En Annual debieron traicionarle su excesiva audacia y protagonismo personal en las operaciones, avanzando demasiado en poco tiempo, sin consolidar el territorio ganado y desoyendo los consejos de todos; posiblemente acuciado por las prisas en terminar cuanto antes con el problema de Marruecos que parece ser le hicieron desde altas instancias. Pero, teniendo bajo su mando la protección y vida de tantos miles de hombres, parece que debió ser bastante más prudente y mesurado, atemperando su valor y audaces impulsos a la realidad de los hechos y del sentido común, que le aconsejaban ser bastante más cauto y reflexivo..

2. Annual fue una trampa tendida por el clan de los Abd-el Krim y las cabilas de Beniurriaguel a Silvestre y sus tropas, deliberadamente estudiada y concienzudamente preparada. Habían autoproclamado la independencia de la República del Rif, necesitaban consolidarla y los abrumadores éxitos iniciales de Silvestre les estorbaban, queriendo a toda costa quitárselo del medio.

3. Los rifeños utilizaron con los españoles cautivos una crueldad feroz, espantosa y atroz, pocas veces conocida, torturándolos en los campos de trabajo forzado, maltratándoles y dejándoles morir por inanición, hasta el punto de haber fallecido en ellos 301 de los 658 rehenes apresados. Y eso ocurrió, pese a que ni siquiera las tropas españolas se batieron en retirada, limitándose a huir cuando el general Silvestre ordenó la retirada, siendo tremendamente mutilados y pasados por las armas sin la más mínima compasión.

4. Silvestre murió, según afirmó Mohamed a Oteyza, pero sin referir cómo ni por quién. No sobrevivió como algunos especulan.

5. Pese a que las tropas españolas tenían el encargo internacional de pacificar la rebelión de las cabilas contra la monarquía marroquí, autoproclamando la República Independiente del Rif, a cuyo restablecimiento monárquico tanto contribuyó nuestro Ejército, con tantos miles de vidas humanas e ingentes medios materiales tan generosamente sacrificadas en la pacificación, restablecida, Marruecos jamás lo reconoció ni agradeció.