Es cierto lo que dijo el filósofo Santayana: “Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”. No es cierto, sin embargo, que esa repetición sea siempre idéntica. La cobarde huida del rey Alfonso XIII de España supuso la extinción de la Monarquía durante décadas igual que la firma sobre el documento que sella los indultos puede suponer lo mismo, ahora, a su descendiente Felipe VI. Nunca se había vivido con este nivel de impudicia la exoneración, por parte del Gobierno de España, de todos los crímenes cometidos por quienes contra ese mismo Gobierno, contra la propia integridad de la Nación, han conspirado y atentado de forma impúdica. La historia, si se desconoce, puede volver a darse, pero eso tampoco la exime de empeorar con respecto a lo anterior. Por primera vez desde la victoria de Franco contra los comunistas, España parece a punto de ser destruida.

La acedia muchas veces me ha llevado a refugiarme en El Museo del Prado. No estoy seguro del todo de que la mayoría de los madrileños sepan el lujo que tienen a su alcance, la opulencia de la que pueden gozar —muy superior a la del más poderoso de los antiguos faraones—, a la distancia de unas paradas de metro o de un grato paseo por las anchas avenidas madrileñas. Además de encontrar el consuelo ínsito a toda forma de belleza, ese consuelo que trasciende las vidas de los protagonistas de los cuadros, de aquellos que los pintaron y de quienes a lo largo de los siglos nos hemos asomado de forma procaz a su interior; uno encuentra una lección de vida y de historia en los cuadros. Una forma de aprendizaje del pasado, es decir, una prevención solemne sobre el futuro.

Así, estos días se me ha venido a la mente en más de una ocasión El fusilamiento de Torrijos de Antonio Gisbert. El arte se ha ocupado en no pocas ocasiones del tópico del fusilamiento, casi siempre fundado en hechos históricos concretos: De Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya a La ejecución de Maximiliano de Manet. Del cuadro de Gisbert destaca el verismo del autor a la hora de retratar la entereza con la que sus protagonistas afrontan la pena: en fila, con las miradas ásperas y los gestos rígidos, todos ellos se disponen a encajar la —merecida— ráfaga de pólvora y de plomo. No pude evitar, al ver a Junqueras, Cuixart, Romeva y compañía caminar sosteniendo una ridícula pancarta a la salida de prisión, contrastar la imagen de ambas cuadrillas de traidores. En otros tiempos, no digo que fueran mejores ni preferibles, por su crimen estos individuos habrían sido fusilados igual que le ocurrió al general Torrijos —que tenía mejores motivos que Junqueras— y a sus compañeros en las afables playas de Málaga. Era lo que les pasaba a los conspiradores cuando la conjura para tomar el poder o para subvertir el orden establecido se malograba. Una vez el complot no llegaba al punto deseado, los implicados ingerían veneno sin dudar o se tajaban las venas con serenidad y soportando estoicamente su destino atrabiliario. Por contra, los secesionistas, que son pusilánimes a la hora de pagar por su crimen pero audaces a la hora de, rodeados por su homilía, afirmar que volverán a cometerlo, no aceptan gallardamente las consecuencias derivadas del fracaso de su intento de secesión.

Contraviniendo a Santayana, el historiador Marc Bloch afirmó que “La historia es, en lo esencial, la ciencia del cambio. Sabe y enseña que es imposible encontrar dos acontecimientos que son exactamente iguales, porque las condiciones de la primavera no son idénticas”. La valentía del traidor Torrijos no es la valentía del traidor Junqueras quien, como los niños, quiere acceder a las posibilidades de ganar la mano con su apuesta sin asumir los riesgos de una probable derrota. Como ha perdido, le ha pedido a Sánchez que se vuelva a jugar la partida, igual que los niños. Solo que Sánchez, pensando en los votos secesionistas del Congreso de los Diputados que necesita para seguir gobernando; en los planes de sus jefes globalistas para vaciar y acabar con la existencia de los Estados nacionales; y en la honda tradición del PSOE que promueve acabar con la Unidad de España; ha decidido concederle ese deseo a Junqueras y a los suyos. Y vuelve a empezar.