Recordamos que nuestra fragata comenzó su singladura en Ferrol, un 11 de noviembre de 1892 para llegar a Las Palmas el 10 de diciembre. Tras fondear en la isla canaria, proseguiría navegando rumbo a Bahía de Todos los Santos del 13 de diciembre al 5 de enero.

La nueva derrota de Bahía a Cape Town tuvo lugar del 8 de enero al mismo día de febrero. África, el Cabo de Buena Esperanza, el puerto y la ciudad del Cabo. Aquí, la marinería, se preguntaba: ¿Será verdad que África estaba unida a Europa en otros tiempos por Andalucía? La realidad es que, desde 1869, África pasó a ser una isla por obra y gracia del Canal de Suez de Fernando Lessepe.

Para llegar a Australia hay que dejar este extremo de África, poner rumbo a Oriente y navegar 6.000 millas sin escalas. En las estimaciones del comandante Villaamil pesaban estos factores: con vientos favorables, tantos días, y con malos tiempos, entonces, ¡sólo Dios lo sabe!, además de la provisión de víveres; portaba en su despensa víveres para cuatro meses y carnes para 40 días.

El sábado 18 de febrero todo estaba listo para salir a la mar: a las once de la mañana retiraron la plancha que les unía al muelle, arriaron y cobraron calabrotes y cadenas, y un remolcador tiró por la proa hasta dejarlos fuera del puerto. Allí quedaron el “Falke”, un buque de guerra alemán, y otra fragata rusa. Al ver nuestro buque en movimiento, ambos izaron las señas de “feliz viaje”, según la etiqueta marinera, a la que respondería el Nautilus con señas de agradecimiento.

Al mirar por la popa, apreciaron que, desde una terraza, les hacían señas. Luego supieron que uno de los jóvenes guardiamarinas había roto el corazón de una dama. Las inglesas son con sus paisanos tan inofensivas como la glicerina, pero al mezclarse con los españoles, cuyo carácter es comparable al ácido nítrico, la combinación resulta explosiva.

Aquí, como en América, y allí como en España, hay que ceñir el viento contrario a la derrota que se desea seguir al salir del puerto.

Hasta el cuarto día de navegación no fue posible remontar el dichoso Cabo de Buena Esperanza. Razón tuvieron los portugueses en bautizarlo Cabo de las Tormentas. Hay a su alrededor un bajo fondo llamado de las Agujas, por el que bifurca una gran corriente de aguas templadas de la costa oriental africana. El encuentro de aquella enorme masa de agua caliente con la corriente fría que baja del Polo Sur, origina las frecuentes tormentas. El día 24 se inició un temporal después de la medianoche, aumentando su fuerza hasta las cuatro de la tarde siguiente.

Aquella fue la primera ocasión, para un buque de la Armada, que atravesaba el Índico por latitud alta. La línea que une Cabo de Buena Esperanza con Puerto Adelaida, sin rebasar el paralelo de los 45º de latitud. Tuvieron muy en cuenta el límite señalado para las bancas de hielo y las noches con luna.

El comandante de la Nautilus, en la definición de la derrota entre El Cabo y Australia, tuvo que decidirse entre recorrer esa distancia por la senda de mayor seguridad, aconsejada por los ingleses, y la indicada por Muary para luchar con las bancas de hielo y los duros temporales, eligiendo la derrota más corta.

Si nos encontramos con esas montañas flotantes de hielo, decía el comandante, ¡que Dios se apiade de nosotros!

Lo real fue que atravesaron el Índico en veinte días, con vientos frescos favorables a la derrota E, aguantando con más vela de lo esperado, aunque no todos los vientos fueron de buena ley.

Dice un refrán marinero: “barco a la capa, marinero a la hamaca”.

La fragata cerró la capa el 26 de febrero a las tres de la tarde y, antes del amanecer del día siguiente, el viento había cedido para dejarlos en una posición muy molesta en la mar: al ceder de repente el viento atemporalado, el buque quedó en medio de una mar agitada, sin recursos para defenderse de los insoportables balanceos.

La tendencia de un buque cuando carece de gobierno, como sucede al de vela, por falta de viento, es la de atravesarse, y si hay mar gruesa por temporal, se pasan horas muy amargas.

El Nautilus pudo capear estas dificultades, sin cerrar el timón y la banda; no cayó a sotavento y la cubierta sólo fue barrida por una ola, que destrozó uno de los botes colgados.

En aquel viaje sufrieron cambios repentinos de viento, de “contrastes”, que pusieron en apuros al buque velero.

Era el 13 de marzo, a las doce y cuarto de la mañana, a la hora de la comida; tiempo cerrado con agua menuda, la mar gruesa del NO, con viento fresco, rumbo E, y con las velas dispuestas a recibir el viento por babor.

De repente, en medio de un chubasco, el viento cambia a S, cogiendo todas las velas por delante, oprimiéndolas contra los palos y marteleros, que tendían a detener la marcha del buque, quitándole el gobierno, rompiendo los palos e inclinando el barco contra las olas, haciéndole casi zozobrar.

La situación vivida fue impresionante, en especial cuando el nuevo viento entraba con fuerza y cogía todo el aparejo en cruz, con la ola a babor. Afortunadamente era de día y el timón ayudó mucho al buen éxito de la maniobra.

En esta travesía tuvieron de dos a tres “currelos”, con la humedad como mayor enemigo; aguantaron un par de días, lloviendo sin parar, calados todos hasta los pies, empapados de agua y frío, mar gruesa y noche oscura.

Después de esto, fue necesario que la gaita dejase oír la alborada y que violines, guitarras, bandurrias y acordeón alegrasen con sus sones a la entumecida tripulación, ansiosa de un día de sol como el sediento de agua.

Temple la lira

cuantos gorrones

hay por aquí,

que hoy es el día

de encapillarse

botellas mil.