Como ocurre muchas veces, existe una doble moralidad. Esto es, la pública y la privada. Sobre todo cuando hablamos de las mujeres… 

De la frecuencia de visitas se siguen muchos daños, e inconvenientes, y no pocas veces graves ofensas de nuestro Señor. El primer daño es la pérdida de tiempo, pues se están los días de fiestas, y los más entre semana toda la tarde, y la mayor parte de la noche las mujeres en vanas conversaciones, meriendas, juegos, y entretenimientos, sin cuidar de sus casas, sin hilar, ni hacer otra labor decente a su estado, y en muchas necesario para su sustento”. 

En los “Consejos Políticos y Morales” que Enríquez de Zúñiga publicó en el 1634 leemos…

No basta que una mujer sea doncella y honesta, sino que es necesario, que se entienda, y se crea que lo es, de manera que ninguno que la viere, lo dude. La honestidad y la entereza así en la exterior apariencia, como en la verdad interior se ha de mostrar igual de tal fuerte, que en el excesivo adorno no desacredite la bondad e integridad del cuerpo”. 

En “La Perfecta Casada” de fray Luis de León se exalta, de cara a la mujer, la importancia de la higiene, el cuidado de la casa y el dudoso valor de la belleza femenina. ¿Cómo debía ser una esposa? Leamos…

 

Han de ser en el hablar muy compuestas: preciarse más del silencio: y deben tener siempre como la pintura de la buena mujer, el candado en la boca: en particular con sus maridos no han de tener porfías ni bachillerías, queriendo que pase como dicen la suya...

 

También quedaban reguladas las relaciones sexuales en el caso que la mujer tuviera la menstruación…

 

Opinión fue común de los doctores antiguos, que pecaba mortalmente el hombre casado, conociendo a su mujer en el tiempo del menstruo. Por ser dañoso esto, a la generación, pues los hijos engendrados en este tiempo, nacen tullidos, o lisiados. Y así por ser esto tan pernicioso, afirmaron antiguamente los doctores, que era pecado mortal”.

 

Los conocidos como “libros lascivos” de la época, invitaban a soñar, sentir, experimentar, o encontrar respuestas a temas considerados tabú…

 

¡Cuántas por ellos se han encendido en amores lascivos, de que, aun la menor noticia tenían! ¡Cuántas han logrado los ruines intentos de su deshonestidad, provocada; y del temor de perder la honra, impedida: valiéndose de trazas peligrosas, que aprendieron en ellos, y que antes totalmente ignoraban! Y finalmente cuántas se han salido de casa de sus padres, dejando las arruinadas en la hacienda, honra y consuelo; y ausentándose su patria, seguido la detestable compañía de perversos hombres que cansándose de ellas (que es lo más cierto, y lo que más comúnmente sucede) las han dejado expuestas a gravísimas miserias corporales, y a la mayor de las desdichas, que es la perdición de sus almas motivadas del mal ejemplo, que recibieron de otras, que leyeron haberles salido bien este arrojo, y librándose de las desventuras de este principio”.

 

En el siglo XVII, durante el reinado de Felipe IV, había tres clases de prostitutas. Estaba la manceba, que vivía maritalmente con un hombre; la cortesana, que era una asalariada con disimulo y de cierta categoría; y la ramera, cantonera o buscona, que era de todos y acechaba a los pasajeros desde las esquinas o cantones. Estas tres categorías eran las oficiales y costaban en la legislación.

 

Ahora bien, en lenguaje vulgar las mujeres que traficaban con su cuerpo eran conocidas como: cisne cosejil; iza; urgamandera; coima; gaya; germana; marca; marquida; marquisa; maraña; pelota; pencuria; tributo; moza de partido; sirena de respigón; niña del agarro; golfas; rubizas; mujeres enamoradas; mujeres del amor; marcas godeñas; damas de achaque; o tusonas. Francisco de Quevedo, por ejemplo, en varias de sus obras las llamaba niñas de tima y daca.

 

Los lugares donde ejercían su oficio se llamaba mancebía. Estos locales eran tolerados, reglamentados y amparados por la Corte. Los alguaciles vigilaban las casas non sanctas. Los clientes tenían que acceder sin espada ni puñal. Las mujeres que ejercían este oficio llevaban medios mantos negros. Por eso también se las llamaba damas de medio manto. Las mujeres honradas llevaban manto entero.

 

Para entrar a trabajar en una mancebía se tenía que acreditar ser mayor de 12 años; haber perdido la virginidad; ser huérfana; de padres desconocidos o abandonada por su familia, siempre que esta no fuera noble. El juez intentaba convencerlas y disuadirlas. Si no conseguía hacerlo las autorizaba para que ejercieran este oficio.

 

Las mancebías, en lengua vulgar, se conocían como berreaderos; cambín; cercos; campos de pinos; cortijos; dehesas; guantes; manflas; manflotas; mesonesde las ofensas; montes; montañas; piflas; y vulgos.

 

Los propietarios de las mancebías eran llamados padre o madre. Respondían ante el juez sobre las mujeres que tenían en su casa y se cuidaban de la manutención. Los ingresos solían ser unos 4 o 5 ducados diarios. Esto era una cuarta parte del dinero que recaudaban diariamente. Las otras tres cuartas partes eran para el padre o la madre. Estos, según aseguraban, gastaban parte de ese dinero en alimentarlas y vestirlas. En resumen, las explotaban

 

Las prostitutas, en el momento de ejercer su oficio, se pintaban el rostro y las partes reservadas de su cuerpo. Normalmente de color rojo. De vez en cuando un médico las reconocía para saber si estaban sanas.

 

Por supuesto, otro de los grandes peligros, que preocupaba especialmente a las autoridades públicas, era la proliferación de enfermedades venéreas, y en particular de la sífilis, el “mal francés”, que tuvo brotes verdaderamente violentos entre los siglos XVI y XVII. Se trata de una enfermedad de transmisión sexual, producida por la bacteria Treponema Pallidum, la cual infecta el área genital, los labios, la boca o el ano, afectando por igual a hombres y mujeres.