En la tarde del viernes 18 de agosto de 1944, la villa de Sada, cabeza del Ayuntamiento al que pertenece la parroquia de Meirás, donde se hallaba enclavado el pazo de Meirás, lugar de veraneo del Jefe del Estado, tributaba un homenaje fervoroso de adhesión y cariño al Caudillo, con motivo de la entrega  al Generalísimo  de la Medalla de Oro de la villa y los nombramientos  de alcalde honorario e hijo adoptivo de la misma.

El precioso pueblo de Sada, que celebraba ese día la fecha más importante de sus fiestas patronales, apareció profusamente engalanada con banderas de España y del Movimiento, así como con arcos de triunfo realizados con flores y verde. Casas, balcones y galerías lucían también la Bandera Nacional, en una jornada histórica en la que no hubo ningún tipo de actividad laboral al considerarse la fecha como día festivo 

En la Plaza de España, ante el Ayuntamiento, una gran pancarta  cruzaba la vía  con esta inscripción: “Sada saluda al Caudillo”.

Desde el Pazo de Meirás hasta Sada, cubrían la carrera miembros del Frente de Juventudes y de las Falanges Juveniles de Franco de La Coruña, Sada y otras delegaciones comarcales. El pueblo en masa, se agolpó en las calles del trayecto a partir de la entrada de la villa. Las calles estaban también acordonadas por una doble fila de militantes de la Falange, uniformados. De todos los pueblos y lugares de los alrededores, llegaron a Sada millares de personas, entre ellas  miembros de Falange, Sección Femenina, Sindicatos, así como del Frente de Juventudes, de la Vieja Guardia y de la centuria de la Guardia de Franco de La Coruña.

En la plaza de España, donde se hallaba situado el Ayuntamiento,  y en calles adyacentes, se había instalado un servicio de megafonía, a fin de que  los vecinos pudiesen seguir el acto que iba  a dar comienzo en breves instantes. A la espera de la llegada del Caudillo Franco marchas militares sonaron en el ambiente.

A las siete menos cuarto, con el disparo de numerosas bombas de palenque, se anunció la llegada del coche del Caudillo. En este instante  repicaron las campanas de la iglesia y sonaron las sirenas de los barcos surtos en el puerto. La muchedumbre prorrumpió en repetidos gritos de ¡Franco, Franco, Franco! y vítores a España y al Caudillo, mientras la banda de música municipal interpretaba el himno Nacional. Los  militantes de Falange, Frente de Juventudes y Sección Femenina,  agitaron sus boinas rojas al aire como saludo al egregio visitante.

Ante el Ayuntamiento, aclamado por miles de personas, el Jefe del Estado fue recibido por las autoridades y jerarquías, aclamaciones que se hicieron mayores  en intensidad al descender del vehículo el Generalísimo que vestía uniforme de la Falange y ostentaba sobre su pecho la Cruz Laureada de San Fernando. Le acompañaban su esposa,  Carmen Polo; el jefe de su Casa Militar, teniente general Muñoz Grandes: segundo jefe, general Franco Salgado Araujo; ayudantes y otros miembros de su séquito. Cumplimentaron  al Caudillo el capitán general de la Octava región, general  José los Arcos Fernández; capitán general del Departamento Marítimo de El Ferrol del Caudillo, almirante Francisco Moreno; vicesecretario de Educación Popular, señor Arias Salgado; gobernador militar de La Coruña, general Coll Fuster; gobernador civil, señor Aspe; jefe provincial del Movimiento y consejero nacional de F. E. T. y de las J. O. N. S., Diego Salas Pombo; presidente de la Diputación Provincial, señor Romay;  comandante de Marina de La Coruña capitán de navío Suances;  teniente de alcalde de La Coruña  señor Mínguez, en representación del  Alcalde coruñés y otras autoridades civiles, militares y eclesiásticas. También saludaron a  Franco, el alcalde de Sada,  Manuel Roo Ben; el jefe local del Movimiento,  Guillermo Valle: el ayudante de Marina de la villa, el comandante militar, párroco y todas las representaciones locales.

El Caudillo, su esposa y acompañantes subieron al salón de sesiones del Ayuntamiento. El Jefe del Estado se situó bajo un dosel. El alcalde de Sada, muy emocionado, pronunció unas palabras de salutación al Caudillo, en las que expresó la inquebrantable adhesión y perenne afecto del pueblo de Sada, cuyo Ayuntamiento se honraba con albergar esos días al Caudillo. Rogó al Generalísimo que se dignase aceptar la modesta ofrenda de cariño y admiración de todo un pueblo, pues esta era la significación de los nombramientos que le iban a ser entregados.

Seguidamente, el alcalde hizo entrega al Caudillo de un artístico bastón de alcalde y del fajín de la misma autoridad y le impuso la Medalla de Oro de la villa. Asimismo, le entregó tres pergaminos, obra de la artista coruñesa Lolita Díaz Valiño, y cuyos marcos fueron tallados por el escultor José Juan. En esos pergaminos estaban extendidos los nombramientos del Caudillo como alcalde honorario de la villa e hijo adoptivo de la misma; el tercero contenía la concesión de la Medalla de Oro.

Los vecinos de Sada, reunidos ante el Ayuntamiento y sus inmediaciones, siguieron por medio de los altavoces los pormenores de la ceremonia así como los discursos, y en diversos momentos prorrumpió en ovaciones y vítores.

Tras ello, el Generalísimo pronunció las siguientes palabras: “En estos pequeños ocios que la dirección política de la nación me permite, es para mí muy agradable el poder ponerme en contacto con los Municipios españoles y enterarme de las necesidades de cada pueblo. El Ayuntamiento, por ser la institución más antigua de la nación, es donde deben estar mejor representados los intereses de los distintos sectores de los pueblos y la primera rueda en las tareas administrativas de la nación.

El Estado nuevo no viene a mandar; viene a recoger las ansias del pueblo para convertirlas en leyes y directrices para la Patria. Por eso la familia, el Ayuntamiento y el Sindicato han de constituir los cauces por donde ha de recibir el Poder público las inspiraciones populares y por donde toda la nación ha de recibir las consignas y las inspiraciones del Estado. Si no reforzamos estos tres órganos: familia, Municipio y Sindicato, no cabe duda de que la gobernación del Estado carecería de contenido, de ese intercambio de ideas, de esa fuente de iniciativas que asciende hacía el mando y dan medios para que las decisiones del Estado lleguen a los últimos rincones de la nación, haciendo efectiva nuestra revolución nacional.

Quiero también repetiros que nosotros no nos dormimos en los laureles, no estamos jamás satisfechos de nuestra obra; tenemos unas ambiciones tan extraordinarias para España y el pueblo que cuando acabamos una tarea nos hemos empeñado en otra

Por eso os encarezco que reforcéis los Sindicatos y el Ayuntamiento, cauce natural de vuestras inquietudes, para que podamos mejor conocerlas.

Es necesaria la unión de todos vosotros, la cooperación dentro del Sindicato para tener una voluntad, para que se conozca esa voluntad para exponer luego al Mando las soluciones y así, con el esfuerzo de todos, se realizarán las grandes obras.

Esta es la misión de la Falange; Hacer que la inspiración del pueblo se encauce y no se pierda, pero una inspiración orgánica a través de los Organismos naturales del Sindicato y del Municipio.

Deseo en este día muchas felicidades a la villa de Sada y que me considere su Ayuntamiento como un edil más aquí para trabajar por Sada y por España.”

Una gran salva de aplausos y gritos de ¡Franco, Franco, Franco!, acompañaron  las últimas palabras del Caudillo.

El Caudillo tuvo que salir al balcón principal del Ayuntamiento, desde el que recibió la adhesión, los aplausos  y en el cariño  enfervorizado de los Sadenses.

De seguido entre ovaciones y vítores, el Generalísimo salió de la casa consistorial para dirigirse a la rampa del embarcadero del puerto, donde se había levantado una tribuna artísticamente adornada, para que presenciase desde allí las regatas de traineras que iban  a celebrarse a continuación. 

Al aparecer en la tribuna, Franco saludó repetidas veces con el brazo en alto a las aclamaciones de los vecinos. En ese instante, de nuevo,  todos los barcos surtos en la bahía hicieron sonar sus sirenas.

Todas las zonas del puerto se hallaban  atestadas de gente. Anta la rampa formaban  dos centurias de miembros del Sindicato Español Universitario, venidos desde todos los rincones de España,  que realizaban esos días un campamento Nacional en el albergue de Bergondo.

La prueba deportiva enfrentaría a tres tripulaciones de la Villa. Tenencia, Fontán y La Puente. El recorrido de la misma fue de dos mil quinientos metros, divididos en cuatro largos y tres viradas. El triunfo correspondió a la trainera de Fontán, que marcó un tiempo de  10 minutos 42 segundos, seguida de las de Tenencia y La Puente. Los vencedores fueron acogidos con una gran ovación. Terminada la regata, las tres traineras con sus remos levantados desfilaron  ante el jefe del Estado. Los patronos de las dos traineras, clasificadas en primero y segundo lugar, recibieron de manos del Caudillo, entre los grandes aplausos del público, dos magníficos trofeos,

Finalizada la regata, el Caudillo abandonó la tribuna para dirigirse a pie hasta  el Grupo Escolar de la villa, donde se celebró  una merienda en su honor.

A la caída de la tarde, el Jefe del Estado abandonó el Grupo Escolar para dirigirse a su residencia del  Pazo de Meirás. La despedida que se tributó al Caudillo fue emocionante. La muchedumbre ente vivas a España y gritos de ¡Franco! ¡Franco!, rodeó materialmente el coche del Jefe del Estado, que tardó un tiempo considerable en abandonar la bellísima villa de las Mariñas coruñesas.