Serán los Dioses, será el destino o será el “sino” del cordobés Séneca… pero lo curioso, lo trágico es que la muerte de Calvo Sotelo fue causa impredecible de la muerte de Federico García Lorca. Porque si aquella mañana del 13 de julio no se hubiese producido la noticia del asesinato seguramente Federico no se abría movido de Madrid y en consecuencia no habría tenido el fin que tuvo. 

Reproduzco lo que escribí sobre ese día y Federico de mi obra “El Viacrucis de los escritores españoles”:

 

A su vuelta, en 1934, vivió los dos años más intensos y fructíferos de su vida. Escribió “Yerma”, “Doña Rosita la soltera”, “La casa de Bernarda Alba” y “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”. La noche del estreno de “Yerma” (29-12-1934) Lorca subió a la cúspide de la gloria, entre aplausos y vítores, porque además la estrella Margarita Xirgú bordó el papel de la protagonista. Por cierto, que aquel éxito lo celebró también con su buen amigo José (que no era otro que José Antonio Primo de Rivera) “José es un buen chico – les diría a otros amigos que le criticaban la amistad con el ya fundador de la Falange – ¿Sabéis que todos los viernes como con él? Solemos salir juntos en un taxi con las cortinillas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo ni a mí me conviene que me vean con él”.

Sin embargo, con el triunfo del “Frente Popular”, en febrero del 36, le llegó la vorágine, aquella vorágine que acabaría en la Guerra Civil. Todo le alcanzó el 5 de julio, el día que cumplió los 38 años, porque aquella noche, mientras los hunos y los hotros se mataban en las calles de Madrid, conoció a un joven de Albacete del que se enamoró locamente nada más conocerle. Se llamaba Juan Ramón de Luca, era rubio y guapo y sólo tenía 19 años (justo la mitad que él)… y desde ese momento “el rubio de Albacete” entró en su alma e inundó su corazón. También aquella noche le pasó algo que no esperaba y que pudo ser su final, pues cuando fue a entrar en su casa (calle Alcalá, en el cruce con la de Goya) unos pistoleros, no se sabe si “rojos” o “azules”, le dispararon a quemarropa y huyeron dándole por muerto. Afortunadamente en aquella ocasión se salvó.

  • Federico, – le dijo a la mañana siguiente el Embajador de México, un buen amigo, que fue a verle nada más enterarse del atentado – tienes que irte de Madrid. España es un polvorín y sólo falta la mecha que encienda el fuego. Creo que tu vida corre peligro.
  • No te preocupes, Embajador, no pasará nada, al final llegará el 7º de Caballería y aquí paz y después gloria.
  • No lo veo yo así, porque eres una pieza demasiado golosa. Yo te invito a México. Podíamos organizarte, de momento, un ciclo de conferencias… al menos hasta que pase lo que aquí, desgraciadamente, va a pasar.
  • Bueno, amigo mío, lo pensaré.

Y en esas estaba cuando la mañana del 13 de julio le despertó su secretario particular para darle la noticia de la muerte de Calvo Sotelo. ¡Dios, y eso sí que le conmovió y le asustó!...

  • ¡Es la Guerra! – se dijo a sí mismo.

Así que en cuanto desayunó se fue a ver a su novio, “el rubio de Albacete”, al “Comercial”, donde habían quedado

  • Juanito ¿sabes ya lo de Calvo Sotelo? – le dijo a su “rubio” en cuanto se sentó a su lado.
  • Si, Amor, lo sé.
  • ¡Es la Guerra!... Nos tenemos que marchar de Madrid y de España.
  • ¿Qué dices? ¿Tan mal lo ves?
  • ¡Muy mal! ¡esto está a punto de estallar!
  • “Fede”, ¿Y dónde nos vamos a marchar?
  • A México. El Embajador me ha ofrecido que me vaya a su país para dar un ciclo de conferencias, hasta que pase la tormenta.
  • Pero, Federico, tu sabes que yo soy menor de edad y que sin la autorización de mis padres yo no puedo salir de España.
  • Vaya, eso es verdad. Pues eso quiere decir que hoy mismo te tienes que ir a Albacete para que tu padre te dé la autorización.
  • ¿Y tú?, no quiero separarme de ti.
  • No te preocupes por mí, yo me marcho a Granada para despedirme de mis padres y la familia… y en cuanto me avises nos vamos.

Y así lo hicieron. A las 5 de la tarde ya estaban en Atocha y uno cogió un tren para Albacete y otro para Granada. No sabían ellos que sería la última vez que se vieran.

Porque las cosas no rodaron tan fáciles como  había previsto Federico, ya que el padre de Juan Ramírez no sólo se negó a darle la autorización para salir al extranjero, sino que hasta le prohibió salir de Albacete. Tampoco le fue bien a Federico, ya que cuando llegó vio que Granada estaba igualmente al borde del incendio. De momento se encerró en la Huerta de San Vicente, la casa de la familia, a ver qué pasaba. Pero pocos días después, el día 20, la Guarnición Militar se sublevó y rápidamente se apoderaron de la ciudad. El cuñado de Federico, que era en ese momento el alcalde, fue detenido en su despacho y poco después fusilado. Uno de aquellos días, al ser preguntado por un periodista sobre su ideología política respondió: “Yo me siento a la vez, católico, comunista, libertario, falangista, anarquista, tradicionalista, monárquico, republicano… pero por encima de todo me siento español… y ciudadano del mundo”.

Sin embargo, las cosas fueron a peor, ya que las Derechas habían comenzado una implacable persecución contra todos los que no fuesen adictos al Alzamiento o fuesen rojos. En ese ambiente de peligro Federico y los suyos consideraron que el mejor sitio donde podía refugiarse era en la casa de los Rosales, dado que dos hermanos de su amigo Luis eran destacados falangistas de Granada y allí permaneció hasta que el 16 de agosto se presentó la Guardia Civil y lo detuvo, a pesar de la numerosas gestiones que hicieron los Rosales a su favor. De momento fue trasladado al Gobierno Civil, pero el Gobernador, José Valdés Guzmán, autorizó a un grupo de radicales nacionales, entre ellos el ex diputado de la CEDA, Ramón Ruiz Alonso para que se lo llevaran a Viznar en el término de Alfacar y en el camino, en la madrugada del 19 de agosto, fue vilmente asesinado a tiros por la espalda.

No, tampoco Federico, Federico García Lorca, pudo quedarse en España ni marcharse al exilio.

¡No!

¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,

que no quiero ver la sangre

de Ignacio sobre la arena.

¡Que no quiero verla!

La luna de par en par.

Caballo de nubes quietas,

y la plaza gris del sueño

con sauces en las barreras.

¡Que no quiero verla!