1. Juan José Olano Orive, estudiante militante del S.E.U, asesinado en Madrid.

Cuando España se encaminaba directamente hacia el abismo, el día 10 de marzo de 1936, dos jóvenes, uno militante del SEU (Sindicato Español Universitario) de derecho  Juan José Olano Orive, natural de Sevilla, de 18 años de edad y su compañero de los estudiantes Tradicionalistas, el madrileño Enrique Bellsolell Castiñeira, de 17 años, son asaltados en plena calle de Alberto Aguilera de Madrid, por un grupo de miembros del partido comunista, que armados de pistolas, les conminaron a enseñar la documentación. En la cartera de uno de ellos, encontraron unos recibos de las Juventudes de Acción Católica y otro del SEU Ahí comenzaron los insultos, golpes y patadas. Acusados de ser fascistas los jóvenes aguantan de forma firme y valerosa los ataques y provocaciones de los matones marxistas.  

Uno de ellos, para zanjar el acoso, disparó a quemarropa, de forma súbita, contra los dos jóvenes, hiriéndoles de extrema gravedad. Ambos consiguen zafarse de la turba roja que les acosa. Heridos, logran huir del lugar. Unas calles más adelante, debido a las heridas,  se desploman al suelo. Gracias  a la ayuda de unos viandantes, son conducidos, Juan José a la  casa de socorro de la Tenencia de Alcaldía y Enrique al sanatorio de Nuestra Señora de la Salud. Juan José fallecería a las dos de la madrugada del día 11, tras recibir la Extremaunción. Sus últimas palabras son para perdonar a sus asesinos y  para decir; “Muero por Dios y por España”.

Por su parte,  Enrique fallece el día 14, también con el nombre de Dios y España en sus labios. El Gobierno prohibiría expresamente que se le enterrara públicamente o se le efectuara homenaje alguno, algo que haría exclamar al Jefe nacional de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera: “No se puede ni llorar”. “Hay que continuar en la lucha, que será el mejor homenaje que le podamos rendir a Juan José Olano”

En aquella España, con un gobierno sectario, que se había declarado beligerante contra todos los que no participaban de sus ideas de disgregación de España, a los que perseguía y encarcelaba de forma arbitraria e injustificada, y que había encendido toda clase de odios, la venganza no se hace esperar.

A las ocho y diez minutos de la mañana del día 12 de marzo, el diputado socialista y catedrático de derecho penal, Luis Jiménez de Asúa, se disponía a salir de su casa, situada en el número 24 de la calle Goya de Madrid,  para dirigirse a su catedra de la Universidad. Le acompañaban el agente de Vigilancia Jesús Gisbert Urreta, de veintiséis años, encargado del servicio de escolta del señor Asúa, y un amigo del catedrático, que había ido a buscarle a su domicilio.

  1. Luis Jiménez de Asúa, diputado del partido Socialista.

El portal de la casa donde habitaba el señor Jiménez de Asúa, era largo y estrecho y antes de la puerta de acceso a la calle tenía una mampara de cristal. El diputado socialista que salía delante del policía de escolta y de su amigo, observó desde la mampara que en la acera, frente al portal, se hallaba estacionado un vehículo marca Chevrolet de color gris con una puerta abierta, ocupado por cuatro individuos. Asúa se percató, en ese instante, que uno de los ocupantes del Chevrolet vestido con gabardina clara y sombrero de color verde, desenfundaba una pistola.  ¡Gisbert!, gritó el diputado ¡Estos nos matan!

Jiménez de Asúa, su amigo y el agente de Policía salieron  a la calle. El diputado socialista señor Jiménez de Asúa, comenzó a correr en zig-zag por la calle de Goya, hacia la esquina de la de Velázquez, al mismo tiempo que desde el coche, con una pistola ametralladora, disparaban repetidas veces sobre él. El diputado socialista doblo la esquina de la calle de Velázquez y, ya en esta calle, se detuvo para esperar la llegada de su amigo y del agente, que venían corriendo tras él. Sin embargo Gisbert no llegaría nunca junto al diputado. Dos balas habían hecho blanco en el cuerpo del agente, que cayó al suelo en medio de un charco de sangre.

La acción fue vista y no vista. Incluso los agresores tuvieron que escapar del lugar de los hechos a pie, pues abandonaron el vehículo al no poderlo poner en marcha, huyendo por la calle de Núñez de Balboa, con dirección a la de Hermosilla.

El señor Gisbert, trasladado en un taxi, ingresó en el equipo quirúrgico de la casa de Socorro del distrito, mortalmente herido. Tenía un balazo en el hipocondrio izquierdo, que le atravesaba el hígado. También había sido herido por una bala, en el talón del pie derecho. Le fue practicada una operación quirúrgica por parte del doctor Segovia, que no pudo más que certificar su fallecimiento, que se produjo a las once y cuarto de la mañana.

El agente Gisbert pertenecía al Cuerpo de Vigilancia desde 1930. Al ingresar en la Policía fue trasladado a Jaca. Llevaba algún tiempo dedicado al servicia de custodias políticas. El día primero de diciembre del año anterior, había comenzado a prestar servicio de custodia cerca del señor Asúa.

 

En las fachadas de las casas que mediaban entre el portal de donde salió el señor Jiménez de Asúa hasta la esquina de la calle de Velázquez, quedaron perfectamente marcados en línea numerosos impactos de las balas de una pistola ametralladora, correspondientes a los disparos con fueron siguiendo los agresores la carrera del señor Jiménez de Asúa.

 

La capilla ardiente quedó instalada en el salón rojo de la Dirección general de Seguridad, de la calle de Víctor Hugo, a cuyo edificio, en una ambulancia, fue conducido a las diez de la noche el féretro del agente Gisbert.

 

A las cuatro y media de la tarde, del día siguiente  compañeros del agente muerto descendieron el cadáver hasta el coche fúnebre, que esperaba frente a la puerta de la dirección en la calle de Víctor Hugo. El descenso se hizo con grandes dificultades, puesto que las escaleras estaban llenas de público, entre el cual se veían diferentes representaciones de los distintos organismos del Estado y otras entidades políticas y sociales.

 

 

  1. Entierro del Policía señor Gisbert.

 

Colocado el féretro en el coche, la comitiva se puso en marcha. Iba primero una gran multitud, que precedía a los numerosos coches que transportaban las coronas enviadas a la Dirección general de Seguridad en homenaje al agente muerto. A continuación marchaba la presidencia familiar, integrada por un hermano del agente señor Gisbert y otros familiares. Iba a continuación la presidencia oficial, en la que figuraban: el ministro de la Gobernación, el inspector general de la Guardia civil, el director general de Seguridad, el alcalde de Madrid y otras personalidades oficiales. La marcha de la comitiva fue muy dificultosa. En la Gran Vía y en la calle de Alcalá se habían aglomerado miles de personas. Muchos jóvenes se habían encaramado en la techumbre de los tranvías, que permanecían sin circular en la calle de Alcalá. Desde la Dirección general de Seguridad hasta la Cibeles, lugar señalado para la despedida del duelo, la comitiva tardo más de una hora.

 

En la Cibeles se unieron a la presidencia oficial del duelo el subsecretario de Gobernación y el de la Presidencia del Consejo, señor Fernández Clérigo, que ostentaba la representación del presidente del Consejo de Ministros. La representación familiar y muchas personas siguieron el cortejo hasta el cementerio.

 

Desde la Cibeles, la mayor parte de la comitiva siguió hasta el cementerio, donde recibió sepultura el cadáver del agente señor Gisbert. Al regresar, los elementos de la comitiva que pertenecían a los partidos marxistas, sobre todo estudiantes adscritos a la FUE,  se encaminaron hacia el centro de Madrid, dando gritos y consignas contra las derechas y sus máximos dirigentes. Se detuvieron en la calle de la Montera donde prendieron fuego  a la iglesia de San Luis de los Franceses, quemando también la de San Ignacio, sin que  lo impidiese la Guardia de Asalto, que tenía órdenes del gobierno del Frente popular lleno de masones y anticlericales, de no intervenir en acciones contra la iglesia católica. En aquellos incendios resultaron muertos dos bomberos.  Atacaron y quemaron la redacción del diario La Nación y gracias a la intervención –esta vez si- de la Guardia de Asalto no pudieron asaltar el periódico ABC. Unos valientes Requetés defendieron la redacción del  Siglo Futuro, que tampoco pudo ser tomada y destruida por las turbas marxistas. España se encaminaba hacia una primavera y verano trágicos, que desembocaría en el alzamiento del mes de julio y la posterior guerra de liberación Española.

 

  1. Incendio de la iglesia de San Luis de los Franceses, en la calle de la Montera de Madrid, tras los disturbios producidos en el entierro del agente de Vigilancia, escolta del diputado socialista Jiménez de Asúa, Jesús Gisbert.

 

A pesar de que hubo detenciones y a uno de los detenidos,  Alberto Ortega, lo sentenciaron a veinticinco años de prisión, nunca se supo  a ciencia cierta la autoría del atentado contra Jiménez de Asúa. Algunos  historiadores, sin fundamento  lo achacaron a la Falange, mientras otras voces apuntaron que el atentado contra el catedrático y diputado socialista, fue realizado por alumnos de su propia clase, quienes decidieron llevar a cabo el hecho, sin tener ninguna relación de dependencia o afiliación con Falange Española. Todos ellos, movidos por el clima que ya vivía España de odio y rencor, fomentado por un gobierno malvado y beligerante contra todos los que no eran de su cuerda. El día 14 era detenida en Madrid la Junta Política de Falange Española entre ellos José Antonio Primo de Rivera, Raimundo Fernández Cuesta Julio Ruiz de Alda y Manuel Valdés Larrañaga, que quedarían internados en la cárcel Modelo. España se precipitaba sin remisión hacia el abismo.