No pretendo terciar en la ya vieja polémica entre los falangistas antifranquistas y los franquistas. Creo que ambos poseen su parte de razón y yo mismo me siento, alternativamente, captado por ellas. Pero no voy a tomar partido e intentaré reducirme al solo efecto de cómo veía y sentía Franco ante la Falange y los falangistas.

El tema me preocupó de antiguo y quizá sin tener plena consciencia de ello, desde que llegué a la España Nacional en diciembre de 1936, no cesé de encuestar y planteármelo, hablando e interrogando a cientos de personas calificadas y, bastantes, muy próximas a Franco.

Primer hecho: Franco jamás tuvo receptividad para José Antonio y la Falange antes del 18 de Julio, disintiendo con ello de la posición de bastantes militares y políticos, muy en especial de la actitud, añeja, de su cuñado Ramón Serrano Suñer. Lógica pura: Franco, un liberal-monárquico, hombre del XIX, no podía entender lo que la Falange y su Jefe pretendían. Franco, un hombre serio, mesurado, provecto a los 30 años, no podía admitir ni congeniar con un movimiento llevado por poetas, intelectuales, jovencillos, locos y apasionados, insensatos, desmesurados... Quizá me atrevería a decir que, ni por asomo, previo las posibilidades que llevaba dentro Falange y que le sorprendieron, literal y absolutamente, después del 18 de Julio.

La eclosión falangista, su capacidad de arrastre y proselitismo, su inaudita e inesperada expansión que tiñó de azul y de banderas rojinegras a la España nacional; con el predominio de sus modos y canciones, fue para él un grave problema. El tenía prevista una acción militar "de caqui", con un respaldo "de civiles" respetables y conservadores... y se encontró que no tenía "caquis", que sus soldados eran unos azules que ni eran respetables y ni siquiera conservadores.

Es más, sus coroneles y generales, sus amigos de la derecha, tenían un santo horror hacia aquella muchachada entusiasta, virulenta e indómita, que —¡horror de los horrores!— no vacilaban en dar una camisa azul a gentes de izquierda y obreros.

Los líderes de su "entourage", militares y civiles, eran netamente antifalangistas y ello contribuía a subrayar, por contagio, su contrariedad y prevención, llena de hostilidad subyacente. En Castilla y León el movimiento azul era, además, tan prestigioso y fuerte porque gozaba de un Jefe en libertad de acción como Onésimo Redondo, bien secundado por buenos cuadros de mando, e, incluso, en Navarra —supuesto foco carlista, bien manejado por Mola— casi la mitad le "salió" también falangista.

¡Menudo problema! Es justo reconocer que el ambiente falangista era también muy tenso. En uno de mis libros, expliqué la gran decepción que me produjo escuchar la música zarzuelera y la literatura radiofónica del llamado Movimiento Nacional desde la zona roja... hasta que el día 20 de julio logré captar la radio falangista de Valladolid y la voz auténtica de Onésimo.

Encarcelado José Antonio en Alicante, Onésimo amenazaba alzarse con la Jefatura dando todavía mayor unidad y fuerza militar a la Falange. ¡Tremendo riesgo! Pero entonces acontece el extraño asesinato de Onésimo en Labajos, muy a retaguardia del frente. ¿Quién le mató? Oficialmente fue una patrulla roja infiltrada, pero, extrañamente, nadie reclamó la "gloria" de haber ejecutado a Onésimo y a mí me gustaría que se aclarara un hecho que tanto influyó en la marcha de la guerra civil...

Ni por asomo creo lícito insinuar que Franco fuera capaz de un hecho así. Pero es indudable que la muerte de Onésimo favoreció la causa conservadora y antifalangista, guarecida y en buena parte inspiradora de la causa Nacional... A Franco le sobraba capacidad y talento para resolver el problema sin necesidad de recurrir a tales para sus contemporáneos procedimientos.

Así, pues, y a pesar del "Qui prodest"?, hemos de estampar un no rotundo ante tamaña vileza... Aún sin pruebas, no pude jamás dejar de pensar que la autoría pudo estar en algún grupo conservador y tradicional. Otro hecho vino a posibilitar el desarrollo de los planes del General Franco. Me refiero a la liberación de José Antonio, el Ausente...

Si las izquierdas hubieran sido alguna vez inteligentes, habrían liberado a José Antonio y colocado en Burgos: Hubiera sido algo mucho más eficaz que cinco batallas de Brunete y del Ebro. ¿Se habrían entendido Franco y José Antonio? Aunque cabe pensarlo del patriotismo de ambos, eran hombres de formación y temperamento tan distintos que resulta casi impensable creerlo, sobre todo si se tienen en cuenta la actitud conservadora de Franco y la abiertamente reformista y revolucionaria del segundo. Cuando yo llegué, fugitivo, a Marsella, me explicó Carlos Sentís que parecía verosímil la liberación de José Antonio, pues sólo pedían una pequeña cantidad de dinero y quizá el canje con algún personaje de segunda fila. Pero la operación no se hizo: ¿por qué?, lo ignoro.

Parece indudable que no fue por el dinero y menos por el posible canje, ¿por qué, entonces...? ...Lo cierto es que José Antonio fue estúpida y criminalmente fusilado. Y la Falange, descabezada. ¿Una vez más, suerte inmensa de Franco...? Dejemos el tema aquí aún conscientes de que se puede pecar por omisión. Lo cierto es que Franco, aún lleno de recelos y prevenciones, se dio cuenta —en contra de Várelas, Molas, Rodeznos y demás monárquicos— que la masa popular era falangista y él, sensible siempre al voto del pueblo como buen liberal, comprendió que debía aceptar el hecho: pero llevando el agua a su molino. ¿Cómo? pues a través de una unificación de fuerzas que limara y destiñera a Falange, convirtiéndose él en su Jefe Nacional y aceptando la simbología externa del falangismo.

El único obstáculo era Manolo Hedilla y ya es bien conocido cómo fuimos utilizados unos falangistas contra otros. Es obligado efectuar un largo inciso para desenmascarar la participación en este proceso y en el posterior de Dionisio Ridruejo, uno de los personajes más tristes y deleznables, de nuestra historia contemporánea, manipulado utilizando sus propias fallas por el revanchismo rencoroso de los derrotados, al alimón de quienes tienen que hacerse perdonar vinculaciones al franquismo para dar verosimilitud a su neodemocratismo de traidores natos. Ridruejo no sólo no estuvo en el grupo de Hedillistas que reunió a los más auténticamente sinceros y desinteresados falangistas, sino que, en la mejor de las versiones, estuvo cucamente al pairo: Ni tuvo que huir y esconderse como muchos, ni fue perseguido, ni paró en la cárcel como bastantes. Él fue quien con su ejemplo, sus prédicas y su buena amistad con Serrano Suñer, máximo dirigente de la "operación Falange" del franquismo, arrastró a Laín, Tovar y a muchos de nosotros para establecer el acatamiento a la Jefatura de Franco y la colaboración dentro de la Unificación. Sin Ridruejo y su acción, probablemente una gran parte de los dirigentes de Falange no hubiéramos embarcado en la nave de Franco. Yo no le reprocho esto, sino que en 1942, ante el fracaso de sus ambiciones políticas dentro del franquismo, achacables a su propia e íntima inestabilidad (sin otra disculpa que su enfermedad), nos dejara en la estacada después de habernos embarcado. Él mismo reconoció su culpabilidad y desacierto.

En contraste con Dionisio, el prototipo de falangista en discordia, es para mí Vicente Cadenas, huido de la España Nacional a raíz de la Unificación, regresado muy tardíamente y de cuya boca, dignamente sellada, no salió jamás una sola palabra, ni actuó en nada políticamente.

Obsérvese cómo Franco no se deja llevar de sus tendencias e impulsos falangistas ni de los antis que (con la excepción de su cuñado) le rodeaban y asume la Jefatura Nacional. Sin entusiasmo ni identificación, pero la asume: se coloca el yugo y las  flechas y las tres estrellas doradas de la capitanía... arrostrando las críticas y animosidades que ello le ocasiona en los sectores carlistas, cedistas, nobiliario-terrateniente, o sea, en toda la oligarquía monárquica y conservadora.

Aunque su decisión es acertada y útil, Franco no puede vencer sus prevenciones y... "no ha dado el paso decisivo que le convierta en nuestro Jefe", escribirá Ridruejo al desengancharse, añadiendo: "La Falange lo encubre, carga con todos sus errores y nada más."

Franco no pudo ser falangista porque era otra cosa. Sin embargo es indiscutible, si queremos ser justos, que la Unificación franquista — como argumenta Antonio Izquierdo con toda razón— permitió que llegaran a entrever la Falange y fueran falangistas miles y miles de muchachos.

En contrapartida es obligado reconocer que, como dijo Ridruejo, "después de algunas perplejidades y desconfianzas, toda la Falange aceptó el caudillaje de Franco". "Hemos servido a Franco hasta el suicidio y Franco —gratuitamente— ha tenido en nosotros una fuerza mucho más válida que cualquiera de los creadores de regímenes que conocimos".

Esto es absolutamente cierto. Pero a pesar de ello Franco mantuvo el recelo temperamental contra Falange y falangistas, aunque carezca de pruebas testificales, porque probablemente hombres de bien como Girón, Raimundo, Arrese y Rodrigo Vivar mantendrán su lealtad innata hasta más allá de la muerte.

Más yo la he visto y la he sentido en diferentes ocasiones, hasta 1950. Son sólo impresiones personales, pero, para mí, nítidas. Un parpadeo de los ojos, un gesto, una mirada oblicua, cierta adustez... vistas en su visita a Tarragona, bastantes veces en los funerales de octubre en El Escorial, en el Consejo Nacional y en las Cortes, incluso fotos de sus triunfales viajes.

Luego, quizá no, porque fueron decenios de lealtad y sacrificio "hasta el suicidio", suficientes para adormecer y aún extirpar recelos y prevenciones. Pero falangista, falangista, nunca. Sé, y me apena, que este capítulo ha de contrariar y disgustar a muchos amigos míos.

Me alegraría estar equivocado. Y por ello les invito, y emplazo, a que me demuestren mi error... 

Del libro de JOSÉ Mª FONTANA - FRANCO. Radiografía del personaje