El 13 de Abril de 1943 fue descubierta lo que pasaría a la historia como la "Masacre de Katyn", pero los hechos sucedieron entre Abril y Mayo de 1940.

Reconocido por el Gobierno ruso en 1990, fue Stalin el que dio la orden de asesinar a 22.000 polacos. Uno a uno, a sangre fría, 22.000 militares polacos fueron ejecutados de un tiro en la nuca en 1940 y arrojados a fosas comunes en territorio de lo que entonces era la Unión Soviética. Fueron víctimas de la policía secreta de Stalin, el temido y siniestro NKVD. La conocida como matanza de Katyn -el bosque próximo a la ciudad de Smolensk en el que fueron hallados los primeros cadáveres- supuso el exterminio, en menos de un año, de la élite polaca. Durante medio siglo, el crimen fue censurado por el régimen comunista, que siempre acusó a la Gestapo de esa terrible carnicería.

En conducciones de varias decenas cada vez, los presos fueron trasladados en camiones a bosques cercanos. Los prisioneros de Kozielsk fueron llevados a Katyn; los del campo de Starobielsk, a Járkow; los del campo de Ostaszkow, a Kalinin (Tver, en la actualidad). Uno a uno, fueron colocados frente a su propia tumba, y a veces con la cabeza tapada, a veces al descubierto, maniatados, recibieron un tiro en la cabeza. Así durante semanas, meses...

Las primeras huellas de aquella matanza fueron destapadas en 1943. Y lo hizo Radio Berlín, en aquella época en manos de los nazis. Unos obreros polacos que trabajaban en las líneas ferroviarias en el este del país, entonces ocupado por la Alemania nazi, descubrieron los primeros cadáveres. Había decenas de fosas, llenas de esqueletos apilados unos sobre otros, en el bosque de Katyn, a pocos kilómetros de la ciudad rusa de Smolensk. Unidades del Ejército alemán desenterraron allí 4.500 cuerpos. Medio siglo después se hallaron más cementerios de este tipo, pero el nombre de Katyn ya se había convertido en el símbolo de todos ellos.

Tras el fin de la guerra, en 1945, se consumó la ocultación de los crímenes de Katyn. La censura del régimen comunista impedía pronunciar ese nombre en público. Y quienes hablaban de ello en privado podían acabar en las listas de la policía política polaca, la SB, y en algunos casos ir a parar a la cárcel.