Cuando a primeros de agosto de  1936, el director general de seguridad Manuel Muñoz, decidió reunir, en el círculo de Bella Artes, a  todos los partidos políticos de izquierdas madrileños, saliendo de aquella reunión la creación de un Comité Provincial de Investigación Pública, que, en estrecho y permanente contacto con la propia Dirección General de Seguridad roja, habría de encargarse, con grandes atribuciones, de dirigir la política represiva en la capital contra los que eran considerados como enemigos facciosos o quinta columnistas.

 

De ese modo nacían las checas, lugares siniestros y abominables, que empleó la izquierda en  aquel Madrid rojo de la guerra española de 1936-39, tomando el nombre  del apócope ruso “Chrezvichaianaia Komissa” CK, comisión extraordinaria en español, creada en la Unión Soviética en 1917 por los bolcheviques, como primera policía política,  para reprimir con dureza y terror todo acto contrario a la revolución de roja Lenin. En ellas, sin ningún tipo de ley, ni justicia, copiando las formas soviéticas, se  detuvo, interrogó, torturó,   y juzgó, de forma sumarísima, con el único fin de asesinar a personas sospechosas, en unos casos de simpatizar con el bando Nacional; en otros por sus creencias religiosas e incluso simplemente por vestir de forma elegante o llevar sombrero.

 

A partir de ahí todos los partidos políticos que conformaban el Frente popular, socialistas, anarquistas, comunistas, izquierdistas republicanos, así como ateneos, comités, radios, sindicatos y otras organizaciones, dispondrán de su propia checa, donde se cometerán todo tipo de desmanes, torturas, latrocinio y mucho asesinato.

 

Junto a todo aquel siniestro  mapa de checas que el gran escritor e investigador Alfonso Bullón de Mendoza, cifra en 345 las que hubo en la capital de España, se dio el caso,- para dejar bien claro la implicación de los autoridades del Frente popular en tamaña acción criminal, a pesar de que en estos últimos años, para intentar borrar de la historia páginas muy negras y comprometedoras del socialismo y comunismo español, historiadores y pseudo historiadores se empeñan de forma falaz y mentirosa, sirviendo a la canallesca y anticonstitucional ley de memoria histórica, promulgada con la sanción del Rey Juan Carlos I,  por el  gobierno del avieso y malvado  José Luis Rodríguez Zapatero, en  blanquear por todos los medios el asunto, convirtiéndolo en un acción represiva indiscriminada e incontrolada de la que el gobierno nada sabía-, en que además de todas las organizaciones de izquierda también tuvieron su checa particular alguna de las comisarías de Policía de Madrid.  En este caso nos referiremos a la Comisaría del Distrito de Buenavista, situada en el número 24 de la calle Hermosilla, en pleno barrio de Salamanca donde vivía una gran parte de la burguesía madrileña.

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Una camioneta de la Dirección General de Seguridad con guardias de asalto,  tras el asalto al Cuartel de la Montaña en Madrid, el día 20 de julio de 1936.

Al fracasar en la capital de España el Alzamiento de julio de 1936, con el asesinato en masa de patriotas en el asalto al cuartel de la Montaña el día 20 de julio,  y una vez el gobierno del boticario Giral armase al pueblo, Madrid se convierte en una ciudad sin ley. Se inicia entonces una metódica y brutal represión y eliminación de todos aquellos funcionarios de policía considerados como enemigos del frente popular. Asesinatos, separaciones del servicio, encarcelamientos de comisarios, inspectores, jefes, oficiales, suboficiales, Guardias de Asalto o Guardias Civiles, tendrán lugar esos días. Las comisarías y cuarteles madrileños pasan a manos de elementos marxistas, unos profesionales, partidarios de la revolución y otros elevados a la condición de agentes de la autoridad de forma improvisada por el Frente Popular, que ejercerán  el mando y constituirán el mayor número dentro del personal en cada una de las Comisarías y acuartelamientos. Los pocos agentes profesionales y guardias de seguridad y asalto, que lograron salir indemnes  de aquella feroz represión, pero de los que no se fiaban los nuevos mandos frente populistas, fueron objeto de una constante y estrecha vigilancia. El Frente popular decidió ante esa sospecha y desconfianza, sustituir el Cuerpo de Vigilancia y Seguridad y la Guardia Civil por las Milicias de Vigilancia de  Retaguardia. La Policía tradicional, la poca que sobrevivió a la revolución roja madrileña,  apenas tuvo que ver con las checas, pues casi siempre fue mantenida al margen por aquellos patibularios marxistas que conocían a la perfección en que comisarias se podían presentar a los detenidos, sin que los comisarios o agentes  pudiesen intervenir o frenar detenciones tan arbitrarias. Por ello los “nuevos agentes” todos de marcado cariz izquierdista, solían presentar en la dirección general de Seguridad o directamente en varias checas a los detenidos, evitando así que los comisarios de los distritos, que a pesar de estar vigilados por dos comisarios políticas en cada comisaria, lograran en algunos casos, como así fue,  salvar de una muerte segura a varios detenidos. A mayor abundamiento, muchos de aquellos comisarios, inspectores o simples guardias, a partir de la primavera de 1937, pasarán a formar parte  de diversas organizaciones de la quinta columna, todas ellas de carácter falangista,  que operaron con gran éxito en la capital de España, pasado información de carácter militar al bando Nacional  distribuyendo comida, ayudando a familias de represaliados, escondiendo en embajadas o lugares seguros a perseguidos,

Precisamente al finalizar la guerra de liberación, el Comisario General de Policía, adscrito a la República, Teodoro Illera Martín, en declaración efectuada ante la Causa General declaró “que los nuevos agentes nombrados por la Dirección General de Seguridad procedían a detener a personas desafectas, la mayoría de las veces de forma arbitraria. En esos momentos surgieron radios comunistas que ejercieron funciones policiales con autonomía y libertad, denominándose a éstos como grupos de “incontrolados”. Aquellas radios, y no los policías, fueron los que verdaderamente controlaron  la calle y actuaron en detenciones y saqueos y registros de domicilios.”

Un funcionario profesional, Luis Omaña Díaz, tendría a su cargo, en julio de 1936, la comisaría de Buenavista. Omaña, que resultaría  ser un despreciable sujeto, fue elevado por las autoridades del frente Popular  al condición de Comisario y asistido, desde el fracaso del alzamiento por dos agentes provisionales, uno llamado Santiago García Imperial, otro abominable sujeto, y el otro el socialista Manuel Aguirre Cepeda.  

A partir de ahí la Comisaría de Buenavista se convertirá en uno de los lugares más perversos de la represión en Madrid. A ella llegará destinado otro sujeto legendario en aquel canallesco Madrid teñido de rojo por la sangre y por la política, Fernando Valentí, un individuo de filiación socialista de 35 años de edad, que vivía junto a su mejer en la calle de Preciados,  y que trabajaba como agente comercial  en la empresa Salt Perricete And Trading Company,

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Fernando Valentí, un siniestro funcionario de Policía.  

Unas semanas después de ver como fracasaba el  Alzamiento en Madrid, Valentí solicitó el ingreso en la Policía tras leer un anuncio en un periódico en el que se convocaban plazas para incorporarse al Cuerpo de Investigación y Vigilancia tras la depuración interna que se estaba haciendo en el mismo. El 24 de agosto de 1936 fue nombrado agente provisional de tercera clase, siendo destinado a la comisaría del distrito de Buenavista donde prestaría los servicios más diversos: pero destacando en la realización de registros y detenciones de personas enemigas del frente popular, interviniendo en varias de las redadas que acabaron con grupos de  la quinta columna organizados en la capital de España. Le dedicaremos, en su momento,  un apartado especial a Fernando Valentí, que llegó a ser apodado como el “Sherlock Holmes” de la retaguardia madrileña.

Volviendo a  Omaña, este se rodeó, además de con García Imperial y Aguirre Cepeda, con un grupo de milicianos llegados de distintos centros y comenzaron desde la propia de Buenavista a practicar todo tipo de registros, asaltos, saqueos y asesinatos. 

En noviembre de ese año 1936, disuelta la checa de Fomento, Omaña recibió la ayuda de Bruno Carreras Villanueva, Benigno Mancebo Martín y varios facinerosos más que secundaban a los mencionados. Entre todos crean el Consejillo político de la comisaria de Buenavista que seguiría al pie de la letra, la estela de terror, latrocinio y muerte de la checa de Fomento.

El malhechor Santiago García Imperial se distinguió en ese consejillo, al ser el segundo jefe de la comisaría, en actuar en todo tipo  de asesinatos y robos,  quedándose para sí cuanto le convenía   de lo incautado en los saqueos. García Imperial se pavoneaba, sin ningún tipo de recato, contando como se aprovechaba de la situación  de angustia de las mujeres que iban a interesarse por sus familiares detenidos, para abusar de ellas. Algo que a la postre sería fatal para él, pues el conserje de la Comisaria  José Hernández Díaz, declararía en marzo de 1941, ante la Causa General instruida por el ministerio de Justicia, la andanzas malvadas del siniestro García Imperial.

Ha quedado constancia de que miembros de la comisaría del distrito de Buenavista participaron en los asesinatos, de entre otras, de las siguientes personas: José Velázquez, Guillermo Villamora Pablo, Pedro Onsurbe Molinero, Joaquín Martín Criado, Antonio Flores Guillamón,  Antonio Arenas Ramos, Francisco Cobos Carmona, Juan Ramis Meas, Ángel Esteve Jimeno, Teófilo Chico García, Miguel de la Torre de Traviena, Juan  Echevarría Orejón, Enrique Rodríguez Hurtado, María Gómez, Tomás Rodríguez Losada, Joaquín Pérez Linares, Manuel Albite Antero, Rodolfo del Castillo Martí, Rafael Mondria Merín, José Rico Martín, Pedro Ardura Gallo,  Germán Garibaldi González, Carlos Navarro y Díaz Agüero, Julio Llantada Martínez, Antonio Dávila Avalos, Manuel Grande Magdalena, Manuel Ramos Roales, Miguel Lahoz Burillo, Domingo Soria Andrés, Severino Guspegui Suescun,  Tomás Bueno Romero, Ricardo Nárdiz Zubía, Rafael Bartolomé y Fernández de Angulo, Juan Tomás Rodríguez Romero, D. Joaquín Grau y Crespo, y los Agentes de Policía Antonio Gil Varela,  Basilio Gamo y Mariano Fernández de la Cruz, así como Manuel Sánchez Peláez, cuñado del anterior.

También  miembros del consejillo  la comisaria de Buenavista, detuvieron el día 29 de noviembre de 1936 a Teresa Polo, y tras robarle cinco mil pesetas y numerosas alhajas fue vilmente asesinada. Este cruel asesinato hizo que el entonces comandante de una de las Brigadas Internacionales que operaban en el frente de Madrid al servicio de la autoridades del Frente Popular, el  italiano Ángel Lorito, que se había interesado vivamente y de forma inútil en salvar la vida de Teresa, una mujer ajena a todo tipo de actividad política, denunciase ante las autoridades judiciales del Madrid rojo semejante asesinato, según consta  en un expediente rollo 2.045 de 1937. Muy afectado por aquel suceso, Lorito, solicitaría su inmediata salida de España, pues según dejó constancia en su declaración “él defendía una causa, pero no podía hacerse cómplice de un vil asesinato”.

Con el Consejillo del Distrito de Buenavista cooperaron estrechamente otras checas de Madrid, como la “Escuadrilla del Amanecer”, los Centros anarquistas del Puente de Vallecas y el 14 Batallón de Izquierda Republicana, que radicaba en la calle de Mondéjar, número 2.

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Milicianos miembros de las Milicias de Vigilancia de  Retaguardia de Madrid.

Al consejillo acudía casi a diario un individuo conocido con el sobre nombre de “El matacuras” que ejercía de chofer en uno de esos centros anarquistas radicados en el Puente de Vallecas y se jactaba todos los días de sus asesinatos. El “matacuras” de nombre Justo Roldán Sainero, intervino en las torturas y posterior  asesinato  de Juan Creus Vega –presidente de la Federación Agrícola Madrileña, junto a tres de sus hermanos, Jesús, Félix y José, el 22 de agosto de 1936, en el kilómetro 14 de la carretera de Andalucía. Por aquellos asesinatos, Justo Roldán fue condenado a muerte, una vez finalizada la guerra de liberación española. Si embargo la pena de muerte se le conmutó por una de 30 años de reclusión.

En el archivo general histórico de Defensa,  figuran los sumarios abiertos al “matacuras”, destacando en ellos su  presencia en el pueblo de Pinto, en aquel verano de 1936, que fue dantesca. En uno de los sumarios de los dos consejos de guerra –a que se enfrentaría Justo Roldan, una vez finalizada la guerra de Liberación y por los cuales sería condenado, por “actuar como miliciano armado” y pertenecer al comité rojo de Pinto, con una gran capacidad de decisión”, en un pueblo donde se cometieron verdaderas atrocidades como el asesinato y violación de cinco mujeres de Pinto: Valentina Pascual, María García Busquet, las hermanas Pilar y María Gallego Granados e Isabel Solo de Zaldívar, que presidía la Catequesis. Las cinco fueron violadas por varios hombres; entre ellos, Federico Lorenzo alias “El Federo” y su padre, del mismo nombre, que previamente les robaron todo lo que tenían. Las cuatro primeras murieron, acribilladas a balazos por sus violadores, el 7 de septiembre de 1936, en la carretera de Villaverde Alto a Madrid. La quinta murió al día siguiente en la carretera de Andalucía.

También en Pinto fue asesinado un sacerdote, don Manuel Calleja Montero, de veinticuatro años de edad. Ordenado sacerdote en 1935, Manuel Calleja celebró la primera misa el 16 de junio en los Mercedarios de la calle Silva. Su primer y único destino fue Santo Domingo de Silos, de Pinto, donde también fue capellán de las Ursulinas, del Colegio de San José.

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Sacerdote Don Manuel Calleja, asesinado en Parla en julio de 1936.

Un grupo  de milicianos se lo llevaron  a la fuerza y lo asesinaron en Parla, el día 27 de julio de 1936. El padre del sacerdote, José María Calleja,  también fue detenido. Como ruego a sus verdugos solicitó que lo matasen antes de a su hijo. Obligados a desnudarse  los asesinaron en el kilómetro 23 de la carretera de Badajoz. Los sicarios marxistas no  escucharon la petición del padre que imploró ser fusilado antes que su hijo. En 2017 se inició el proceso de Beatificación de Manuel Calleja. Otro vecino de Pinto, el mecánico de profesión  Ladislao Martin fue enterrado vivo por la única condición de ser de “derechas”

Iglesias saqueadas, el Santísimo profanado, numerosos desordenes y el odio al cristianismo,  quedaron reseñados en aquel sumario contra el matacuras.

Sin embargo en los dos sumarios contra “el matacuras” no consta de forma fehaciente que Roldan asesinara a algún sacerdote. Curiosamente, una vez conmutada su pena de muerte, Justo Roldán  se incorpora desde la prisión de Yeserías a los penados que redimirían condena en la construcción del Valle de los Ciados.

Como detalla de forma soberbia el imprescindible libro “Los presos del Valle de los Cáidos” del profesor Alberto Bárcena, “Justo llegó de preso a Cuelgamuros  y estuvo de cocinero para los presos y le llamaban el ‘‘Matacuras’’ porque se decía que había matado a catorce curas. Cogió mucha amistad con D. Diego Méndez, uno de los arquitectos de la gran obra, quien le puso de guarda en la Hospedería.”  

El profesor Bárcenas explica en las páginas de su exhaustivo y esclarecedor trabajo a fin de desmontar la leyenda infame que la izquierda español creo sobre la construcción del Valle de los Caídos  lo que sigue: “En cualquier caso, a Justo se le conmutó la pena, como a tantos penados del Valle, por la de treinta años de prisión, que redimió en siete.”

“Fray Laurentino Sáenz de Buruaga, uno de los benedictinos a quien entrevisté en noviembre de 2005, recordaba estos datos del expediente penitenciario del que fuera llavero de la abadía como el resto de los monjes venidos de Silos, que trataron a Justo durante años. También recordaba que el “Matacuras” había sido, además, conserje de la Hospedería. Y lo fue por recomendación de Diego Méndez, que le favoreció cuanto pudo. Vuelve a aparecer la figura del arquitecto-director de las obras como protector constante de los penados, algo que ya habíamos visto y señalado al hablar de la viuda del primer muerto del Valle.

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Portada del libro “Los presos del Valle de los Caídos del profesor Alberto Bárcena Pérez.

“Por otra parte, fue también Fray Laurentino quien me confirmó que fueron cinco los sacerdotes asesinados por este peculiar llavero de los monjes.

Estas fueron sus palabras: “El Matacuras” vino aquí como preso. En siete años había redimido treinta de condena. Pena de muerte, conmutada por cadena perpetua, que quedó en siete años...”. 

“Coincidía en este punto con lo manifestado en la misma fecha por el padre abad, don Anselmo Álvarez Navarrete, a quien también entrevisté en aquella ocasión. Añadió entonces un curioso detalle; la manera en la que Justo le dio a conocer el origen de su apodo.

En cierta ocasión, sin mayores preámbulos, le espetó: “¿Sabe usted por qué me llaman Matacuras?”. Ante la respuesta negativa –y desconcertada– del monje, continuó: “Porque yo en guerra maté a cinco”. Dicho lo cual, siguió su camino sin más comentarios.
 

“Después de años de investigación, puedo afirmar que dentro de Cuelgamuros se trató de encubrir hasta donde fuera posible cualquier indicio de las causas que habían motivado la llegada de los penados a los destacamentos.”

“También recuerdan en esa comunidad benedictina otra anécdota del peculiar conserje: en cierta ocasión, tras despedirse ceremonioso, del primer abad del Valle, fray Justo Pérez de Urbel, al darse éste la vuelta, el “Matacuras”, creyendo no ser visto, le hizo un gesto muy característico: con el dedo índice extendido, recorrió rápidamente su garganta de izquierda a derecha, dando a entender que le degollaría allí mismo. Los monjes lo cuentan con una sonrisa, como si hablaran de alguna rareza del que fuera su extraño conserje; algo así como un gesto atávico y casi reflejo que no pudiera evitar. Si ahora les divierte, en su momento no debió de preocuparles demasiado esa actitud ya que no se tomó ninguna medida. A pesar de que, como veremos, ya años antes, el Consejo de las Obras había acordado reemplazarle, sin llegar a hacerlo.”

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Obras del Valle de los Caídos.

Mi querido amigo, Pablo Linares, en su libro sobre el Valle de los Caídos, se refiere también a Justo Roldan, resumiendo así su trayectoria:
“Un caso singular fue el de Justo “El Matacuras”, asesino de cinco sacerdotes y dos guardias civiles, y condenado a muerte por tres de aquellos crímenes probados, conmutada a treinta años; terminó como portero de la abadía contratado por Patrimonio Nacional.

“Pocos casos tan llamativos en cuanto a la inmensa ventaja que la redención de penas significó para tantos reclusos, condenados, en ocasiones, por acumulación de los delitos más graves. No cabe presentarle como “preso político” de ninguna de las maneras. Aunque sea éste el término empleado por la legislación del primer franquismo para designar, englobándolos, a todos los procesados por delitos cometidos durante la Guerra Civil que estuvieran directamente relacionados con la contienda misma o la represión.”

“En este último apartado, es, sin duda, donde habría que incluirle, ya que sus crímenes nada tuvieron que ver con el campo de batalla, ni sus víctimas fueron soldados capaces de defenderse con las armas en la mano.”

El 9 de Octubre de 1.945 el “Matacuras” pudo acogerse a un indulto concedido por el Generalísimo Franco. En esa fecha terminó su “brutal” condena en medio de la “terrible” represión franquista que según la izquierda montaraz, odiosa y malvada, quien tuvo la desfachatez de cifrar en  27.000 los muertos causados por la obra del Valle de los Caídos; todos ellos, antiguos soldados republicanos. El médico Ángel Lausín, uno de los presos que redimió pena por el trabajo en el Valle, declaró a Daniel Sueiro, un escritor nada sospechoso de franquista,  que los fallecidos a causa de las obras fueron exactamente catorce.

Por cierto, después de su libertad, Justo Roldán, siguió como trabajador libre, con casa propia asignada por el estado, en el Valle de los Caídos hasta la finalización de las obras. Esa fue la “enorme represión del franquismo en el Valle de los Caídos”. En siete años redimidos treinta de prisión, incluso con pena de muerte. ¡Ah! y pagando por la realización de los trabajos. A pesar del CNI, ¡vergüenza le debía de dar a un organismo tan patético, que pagamos todos los españoles, y que ha resultado tremendamente ineficaz véase sino la gran matanza de los trenes del 11 de marzo de 2004 en Madrid y que ahora se dedique a perseguir a españoles de bien!   Seguiremos descubriendo al socialismo y comunismo más atroz, ruin y malvado. Y al canallesco globalismo del infame masón de  Soros.