Proclamada la República, todo el elemento armado la aceptó sin reservas. Se ha discutido mucho sobre si ésta debió ser o no la conducta a seguir. Yo entiendo que, acatados por el gobierno e incluso por el rey los que, con grandes visos de realidad, parecían ser los deseos del pueblo español, no cabía otra actitud. Nadie debe olvidar que tanto el ejército como la marina del pueblo salen y al pueblo se deben: son el pueblo mismo. Y éste, precisamente éste, es su mayor orgullo.

Desaparecida la monarquía, a pesar de la actitud correcta del ejército durante las jornadas del13 y 14 de abril y de las espontáneas manifestaciones de adhesión al nuevo régimen que por parte de muchos militares, y aun de guarniciones enteras, siguieron la marcha del rey, el encono de la opinión pública contra las instituciones armadas se hizo más patente, adquirió mayor violencia. Ello obedeció a la creencia equivocada de que éstas habían sido el más firme sostén de cuanto acababa de desaparecer y las únicas capaces de darle nueva vida. Tan falso concepto no podían en forma alguna compartirlo las personas que se hicieron cargo del poder. Sin embargo, se permitió por los elementos sensatos del gobierno provisional, que fuera a encargarse del ejército un individuo que, sin bien años antes había publicado un libro exponiendo ideas de otros sobre asuntos militares, era evidente se hallaba ayuno de todo cuanto con la milicia tuviera relación.

Debió confiarse tal misión a persona que, por su inteligencia despierta, su acendrado patriotismo e imparcialidad, pudiera haber realizado una labor constructiva, dentro de los límites impuestos por la política militar de la República. Desgraciadamente, el encargo fue a parar a un hombre que, sobre no reunir las cualidades expresadas, efecto de haber pasado la mayor parte de su vida entre las salvaderas y el balduque de cierta covachuela del Ministerio de Gracia y Justicia sin lograr la aureola de popularidad a que se consideraba acreedor como intelectual -pomposo título este último que, a falta de otros, suelen otorgarse los pedantes a sí mismos para satisfacción de su vanidad- y ni aun siquiera un mediano éxito editorial en sus publicaciones literarias, fue poco a poco saturando su corazón de otros sentimientos muy distintos a los que necesita un gobernante cualquiera y en mayor dosis el llamado a regir un organismo como el ejército, cuyo prestigio radica en su fuerza moral, y ésta en el amor de todos, y muy especialmente en el de quienes están llamados a organizarle, regirle y utilizarle.

Don Manuel Azaña, hombre frío, sectario, vanidoso y con más bagaje de odios que de buenos deseos, desde el mismo instante que tomó posesión del Palacio de Buenavista se dio a la tarea de <<triturar>> el ejército; más todavía, de pulverizarlo.

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Manuel Azaña jugando al ajedrez

Sería injusto si dejase de consignar que sus primeras medidas fueron tomadas con el beneplácito de sus compañeros de Gobierno y obedecieron a un plan político previamente acordado en el seno del comité revolucionario. Es posible que en la actualidad algunos de los que con el señor Azaña compartieron la responsabilidad en los primeros meses de la República -de ello hay bastantes pruebas- estén arrepentidos de haber colaborado en aquellas primeras medidas, ante la obra demoledora y difícilmente reparable que durante su gestión al frente del Ministerio de la Guerra ha realizado el citado ministro, pues ningún político amante de su patria puede aprobar una conducta que nos ha llevado al más lamentable estado de desorganización, indisciplina e impotencia militar. Hay que decirlo bien claro: las llamadas reformas del señor Azaña no pueden reputarse como militares, sino como exclusivamente políticas, y no han tenido otra finalidad que dar satisfacción a sus sentimientos antimilitaristas y a sus rencores.

La política de trituración militar, iniciada por el señor Azaña, y seguida después por él mismo con implacable tenacidad, fue acogida con general satisfacción por la opinión pública española. Los que, con fines egoístas e inconfesables, se hallaban interesados directamente en la cosa pública, veían en ella la garantía de que, por muchos que fueran los desaciertos cometidos, jamás podría el pueblo volver sus ojos al ejército para que, con su fuerza y prestigio, le ayudase a sacudirse de quienes los cometían; los demás se sentían complacidos en ver maltratada la colectividad que tanta antipatía les inspiraba. Cada nuevo latigazo a los militares -que la prensa extremista se apresuró siempre a recoger y comentar con fruición- aumentaba el regocijo del elemento civil; al mismo tiempo, el señor Azaña, en desenfrenada carrera de velocidad, pasaba de ministro improvisado a ser la figura más destacada del Gobierno provisional, y más tarde, para muchos, genial estadista. No hubo hombre alguno en el mundo que, sin más armas que una buena dosis de mala intención y una pluma de acero, lograse, como él, en escaso tiempo, destrozar un ejército, dejándolo convertido en una verdadera piltrafa. Lo sensible del ca­ so es que en esta tarea le ayudaron algunos individuos que vestían uniforme militar, y hasta puede asegurarse fueron éstos quienes le sugirieron determinadas medidas encaminadas a separar del ejército generales competentes, jefes dignos y oficiales pundonorosos por el solo hecho de no series simpáticos o haberse negado a colaborar en la revolución.

Esos individuos fueron los que, desde el primer momento, integraron un organismo de la invención del señor Azaña, que se designó oficialmente con el nombre de «gabinete militar>>, aun cuando en los cuartos de banderas y estandartes fuera más conocido por el de «gabinete negro».

***

¡Ah!, pero en enero también sucedió algo importante para España, para el ejército y para Franco... pues, el día 23 llegó al ministerio de la Guerra, en sustitución de Martínez Barrio, el notario don Diego Hidalgo Durán, un sincero seguidor de Lerroux, una buena persona y un político más sagaz de lo que muchos creyeron entonces... y, además, el hombre que, de verdad, relanza la cartera militar de Franco, como él mismo puntualiza­ ría años más tarde en su libro ¿Por qué fui lanzado del Ministerio de la Guerra? De ahí son estos párrafos:

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Diego Martínez Barrio

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Conocí a este general en Madrid en el mes de febrero. Le traté por primera vez en mi viaje a Baleares, y en aquellos cuatro días pude convencerme de que su fama era justa.

Entregado totalmente a su carrera, posee en alto grado todas las virtudes militares, y sus actividades y capacidad de trabajo, su clara inteligencia, su comprensión y su cultura están puestas siempre al servicio de las armas.

De sus virtudes, la más alta es la ponderación al examinar, analizar, inquirir y desarrollar los problemas; pero ponderación que le impele a ser minucioso en el detalle, exacto en el servicio, concreto en la observación, duro en la Ordenanza, exigente, a la vez que comprensivo, tranquilo y decidido.

Es uno de los pocos hombres, de cuantos conozco, que no divaga jamás.

Las conversaciones sostenidas con él sobre temas militares, durante mi estancia en aquellas islas, me revelaron además sus extraordinarios conocimientos.

Franco, en el silencio de su despacho, lleva muchos años, los años de paz, consagrado a documentarse. El estudio ha da­ do sus frutos, y hoy bien puede afirmarse que no hay secretos para este militar en el arte de la guerra, elevado a ciencia por el ingenio de los hombres.

No es el narrador más o menos elocuente, sino el expositor de problemas, que hace pasar de la teoría y de la tesis genérica a la práctica y al caso concreto, analizando con frialdad los postulados de la ciencia guerrera desde el punto de vista del armamento y estudiando con calor cuanto afecta al soldado, a su moral y a su espíritu.

Con este juicio se explica fácilmente que, a la vista de unas maniobras militares, quisiera yo tener cerca de mí a un comentarista tan singularmente capacitado para el asesoramiento. Y no sé, ni me importa, si faltaba al protocolo invitando a Franco a que me acompañara a las maniobras militares de los montes de León.

Al terminar éstas, ya en Madrid, en los primeros días de octubre, el general, antes de marchar a su destino, me pidió permiso para ir a Oviedo para asuntos particulares; yo se lo concedí gustoso, y por una casualidad no se encontró en Oviedo los días de los sucesos.

Al comenzar éstos y tener que suspender su proyectado viaje, fue cuando yo dispuse que quedara agregado a mis órdenes, pues, aparte de su asesoramiento en el orden militar, por el hecho de haber residido largas temporadas en Asturias y tener allí intereses familiares, conocía muy bien no sólo la capital y la cuenca minera, sino la costa y las todas las comunicaciones de la región.

Todos los que, con más o menos elementos de juicio, han comentado mi actuación en el Ministerio de la Guerra duran­ te los sucesos de Asturias, han ponderado la meritoria y eficacísima labor de este general, pero ninguno ha tenido ni una sola palabra de elogio para el ministro que le nombró. Tengo el derecho a enterar al país que ese ministro fui yo, y que sin haber hecho yo el nombramiento, el general Franco, con su técnica y sus admirables condiciones, hubiera presenciado los sucesos de Asturias a través de la prensa en las lejanías de las islas Baleares.

***

 

3.2. Febrero: Prieto se pasa a la Revolución

Sí, fue el día 4 de este mes cuando Indalecio Prieto, el hombre que había dicho en Torrelodones que «nuestro reino no es de este momento>>, al referirse a las posibilidades del socialismo es­ pañol y que estuvo siempre del lado de la libertad, se pasó al lado de Largo Caballero y se erigió en paladín y portavoz de la Revolución (luego, años más tarde y ya en el exilio de México, lamentaría esta decisión) con su famoso discurso del cine Pardiñas de Madrid..., porque allí fue donde el PSOE lanzó pública­ mente su desafío revolucionario.

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Revolución de Asturias

En aquella ocasión Prieto dijo entre otras cosas:

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En fecha muy próxima, el partido socialista y las organizaciones sindicales han de cumplir el destino que la historia les ha deparado. El triunfo es indiscutible e innegable. Frente a estas falanges socialistas y a la Unión General de Trabajadores es imposible oponer nada. Somos no solamente los más, sino los más poderosos. Nuestro triunfo es inevitable. Os llamo la atención sobre cómo podemos y debemos administrar la victoria. Yo tengo del poder una experiencia. No hay más reme­ dio que domeñar a la burocracia española y hacerla fiel servidora de la República sin contemplaciones. Los órganos de la administración deberán estar intervenidos por comisarios del pueblo. Hay que democratizar a la fuerza pública y principalmente al ejército: éste debe desaparecer pero la necesidad de la defensa del país hace precisa la existencia de un elemento armado. Hay que ir a la dignificación moral de cabos y sargentos, abriéndoles de par en par las puertas para su ingreso en la oficialidad y el generalato. Hay que cerrar la Universidad al señoritismo y abrirla para el proletariado. El paro obrero podrá ser atendido con el importe de la plusvalía del oro que guarda el Banco de España, que yo descubrí siendo ministro. Se trata nada menos que de 3.500 millones de pese­ tas. Debe desaparecer la propiedad privada de la tierra y socializarse la tierra... Hágase cargo el proletariado del poder y haga España lo que España merece. Para ello no debe titubear, y si es preciso verter sangre, debe verterla.

29. La cursiva es del autor, porque luego, en el exilio, Indalecio Prieto quiso borrar lo que había dicho en el cine Pardiñas de Madrid.

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Fue un paso más por el camino de la Revolución ya inevitable..., a pesar de que el Gobierno no lo tomara en consideración y cerrase una vez más los ojos. Y es que aquella etapa de España parecía un fiel remedo de la Rusia que va de Kerensky a Lenin, es decir, del mes de febrero al mes de octubre de 1917. Allí una revolución se comió a otra revolución y aquí una república se quería merendar a otra república, y en ambos casos con el bene­plácito de las víctimas.

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Jose Antonio Primo de Rivera

Mientras tanto en el Congreso se discutía el Estatuto vasco y si Álava iba a formar parte o no de Euskadi. Con tal motivo, José Antonio Primo de Rivera dijo estas palabras:

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Lo esencial aquí es que el Estatuto vasco tiene, además de un sentido hostil separatista para España, un profundo espíritu antivasco, del que acaso no se dan cuenta sus propios autores... La misión de España en este trance no es averiguar si ha tenido el Estatuto tales o cuantos votos; la misión de España es ayudar al pueblo vasco para librarle de ese designio al que le quieren llevar sus propios tutores. Porque el pueblo vasco se habrá dejado arrastrar por una propaganda nacionalista; pero todas las mejores cabezas del pueblo vasco, todos los vascos de valor universal son entrañablemente españoles y sienten entrañablemente el destino unido y universal de España.

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Y el tradicionalista Esteban Bilbao puntualizó de este modo:

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Yo, español fervoroso, no puedo admitir la imposición a Álava de la determinación plebiscitaria de las otras dos provincias, que en este caso ya no serían sus hermanas, sino sus dominadoras... Nosotros queremos la libertad, pero con España: Estatuto con alma y conciencia vascas, que es decir también españoles, y autonomía dentro de la unidad nacional.

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Pero para Franco este mes de febrero de 1934 fue algo mucho más personal e íntimo, fue el mes que murió su madre, doña Pilar Bahamonde de Franco, la mujer que más quiso en su vida y, sin duda, la persona que más influyó en él. Sucedió el día 28 y en Madrid. El historiador Ricardo de la Cierva dice a este respecto:

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Doña Maria Pilar Bahamonde, madre de Franco

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A mediados del mes de febrero de 1934, el general Franco pide y obtiene inmediatamente permiso para venir a Madrid. La vieja herida del Biutz se ha resentido alarmantemente y el matrimonio Franco coincide en su casa de la Castellana con doña Pilar Bahamonde de Franco, dispuesta a emprender una peregrinación a Roma. Justamente en aquellos días se firma en un ignorado piso de la Gran Vía madrileña el acuerdo de fusión entre Falange Española y las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista de Ramiro Ledesma; es el día 13 de febrero y dos fechas más tarde Juan de la Cierva Codorniu recibe un homenaje popular por los nuevos éxitos de su autogiro. Al llegar a Madrid, Franco se presenta al ministro de la Guerra, quien le retiene bastante más tiempo del requerido por el protocolo. El mandante general de Baleares conversa con el ministro sobre un asunto harto delicado: un nuevo capítulo de las andan­ zas de su hermano Ramón, quien acababa de llegar a los Estados Unidos en viaje oficial de estudio, atribuyéndose ante la prensa y las autoridades norteamericanas la categoría de agregado aéreo a la embajada. Resultan poco creíbles los tele­ gramas del embajador español preguntando si el héroe del

Plus Ultra era o no tal agregado. Es muy posible que su hermano Francisco presentase a doña Pilar el lado cómico del asunto y ahorrase así a la venerable dama el último disgusto de su vida; porque la ventisca del Guadarrama acabó con ella a los pocos días, tras una pulmonía que contrajo a la salida de misa. Era el 28 de febrero de 1934. Los sucesos que aguardaban a Franco a las vueltas de ese mismo año lograron apartar­ le parcialmente de la profunda pena que siguió a la pérdida de su madre.

***

 

3.3. Marzo: Franco asciende a general de División

Sin duda, fue éste el mes de la crisis del Partido Radical como se demostró desde el mismo día 1 tras la reunión celebrada por la minoría que presidía Lerroux. Martínez Barrio dimitió de su cargo de ministro y ello provocó la caída del Gobierno y poco más tarde la división de los Radicales. La cosa estaba cantada, sin embargo, desde que el lugarteniente y hombre de confianza plena de «don Alejandro>> vio que éste rompía con los socialistas y se apoyaba en las derechas pm•a gobernar. Como demostrarían después los acontecimientos -sobre todo a la hora de dividirse España en los dos bandos de la guerra- Martínez Barrio, Gran Oriente de la masonería española, estuvo siempre en contra de la política de «rectificación»30 que marca esa época, es decir, el «bienio blanco» de Lerroux y Gil Robles.

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La Sanjurjada

 Así se conoce a la política emprendida por Gil Robles, a diferencia de la de «trituración» de Azaña.

Política que, por otra parte, Gil Robles exigía para satisfacer a su electorado, el electorado que le había dado el triunfo en las elecciones pasadas:

***

Nosotros -dijo en las Cortes-, tenemos un programa, con el que fuimos a las elecciones, cuyas reivindicaciones noble y dignamente tenemos que mantener en su integridad; pero no diréis que en estos meses hemos colocado esas reivindicaciones de partido por encima de los altos intereses de la Nación; incluso hemos consentido en que se aplace su planteamiento y su discusión, porque esperábamos del gobierno, y seguimos esperando, que acometiera los grandes problemas que son de interés para toda la Nación. Eso es lo que pedimos hoy: que sin olvido de esas cuestiones que tenemos que mantener, el Gobierno se apresure a dar satisfacción a las necesidades del pueblo en el orden material. Porque no habría tantos intentos de revolución y tantas excitaciones desde aquellos bancos (los socialistas) si hubiera en España una política económica que en lugar de pensar sólo en la distribución de la riqueza pensara en crear una riqueza que equitativamente pudiera luego re­ partirse entre los ciudadanos... En resumen, señor presidente y señores diputados: vamos a hacer política positiva. Todo lo que vosotros necesitéis en ese orden lo tendréis en nuestra colaboración, para eso, todo lo que queráis. Problemas positivos, problemas de creación de riqueza, problemas de remedio del paro obrero; todo lo que deseéis en ese aspecto; todo menos que continúe una situación como la actual, en la cual, entre todos, parece que estamos empeñados en desacreditar al Parlamento, parece que estamos queriendo concluir con todas las instituciones democráticas. Habría algunos que lo celebren; yo, ciertamente, no lo celebro.

***

Pero los socialistas ya no escuchaban, inmersos como estaban en la preparación de su revolución. En realidad, no podían soportar el ver a su República y a sus Cortes en manos de las derechas que tanto habían atacado y denigrado.

Marzo también fue el mes del ascenso de Franco a general de División. El ministro Hidalgo diría más tarde: «En la primera y única vacante de general de División ocurrida durante mi permanencia en el Ministerio de la Guerra, ascendí al general Franco», aunque don Alejandro Lerroux, el jefe de Gobierno, también se atribuiría su parte en la hazaña: «Yo le puse al presidente de la República a la firma el ascenso del general Franco.» El hecho es que el congelado Franco fue ascendido y que las derechas rectificaron lo que había hecho Azaña durante su etapa de «trituración». Aunque en el fondo quien estaba detrás de la recuperación de Franco era José María Gil Robles, como se demostraría más tarde.

 

3.4. Abril: el mes de la ley de amnistía militar

Muchas cosas pasaron durante este mes, pues no hay que olvidar que ya el día 6 saltó a la palestra la noticia de la conquista de Ifni a manos del coronel Oswaldo Capaz, jefe de Intervenciones en la zona norte de Marruecos y un grupo de soldados que en total no llegaban al millar. Capaz tomó posesión de Sidi Ifni en nombre de España y se ganó el ascenso al Generalato en medio de grandes alegrías y parabienes..., quizás porque para los españoles aquello era como un recuerdo del imperio perdido. El día 15 un abogado de Sevilla, don Manuel Fa!Conde, comienza a dirigir el carlismo a nivel nacional...

Durante los días 18 y siguientes se celebró en el salón grande de la Casa del Pueblo de Madrid el V Congreso de las Juventudes Socialistas, en el que tomaron parte 164 delegados, representando a 40.768 federados. Allí se fijó la postura francamente revolucionaria de las Juventudes y se acordaron las bases de actuación para los próximos meses, como puede verse en estas palabras de la Ponencia de posición política y misión de las juventudes en un estado socialista

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Carrillo en un discurso como miembro de las JSU

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En la época presente se enfrentan las Juventudes Socialistas con un problema de trascendental importancia para la táctica a seguir por todos los partidos revolucionarios: la agitación del régimen democrático burgués como forma de Gobierno. Las fórmulas liberales van perdiendo rápidamente su contenido realizador. El liberalismo económico conduce al desequilibrio de la producción, con su consecuencia del paro forzoso en gran escala. El liberalismo político lleva en definitiva al fas­ cismo. Es por esta causa por lo que, aun dentro de un régimen burgués, se pretende esta superación como medio de defensa de los intereses imperialistas del capitalismo moderno.

Consecuencia de este debilitamiento de las posibilidades democráticas es la polarización de las fuerzas sociales alrededor de consignas que permitan el imperio claro y decidido de una clase sobre otra. Agudizada enormemente la lucha, si la burguesía triunfa instaura su dictadura fascista. Si es la clase trabajadora la que vence, habrá de recurrir inexorablemente a gobernar en régimen de dictadura del proletariado, si quiere mantenerse en su posición dominante.

***

Y más adelante:

***

Ante la situación ultrarreaccionaria y antiobrerista de los Poderes Públicos, que impiden todo avance social y revolucionario y que han retrotraído la situación de la clase trabaja­ dora española a los peores tiempos de la monarquía, esta Ponencia considera que las Juventudes Socialistas sólo podrán tener satisfacción a sus aspiraciones mediante la conquista plena del poder político y económico. Por ello, consideramos que es estatalmente inútil elevar a los Poderes Públicos actuales petición alguna.

***

Fue el congreso del joven Santiago Carrillo, donde, en realidad, comenzó su carrera política y quien, andando el tiempo, llegaría a ser secretario general del Partido Comunista. Porque la elección para los cargos de la Comisión Ejecutiva dio estos resultados:

Presidente .......................................  Carlos Hernández .........................  16.283 votos

Vicepresidente ...............................  Enrique Puente ..............................  14.781 votos

Secretario .......................................  Santiago Carrillo ...........................  16.200 votos

Vicesecretario ................................  José Laín ........................................  11.271 votos

Contador .........................................  Federico Melchor .........................  11.114 votos

Vocal 1° ..........................................  José Cazarla ..................................  15.388 votos

Vocal 2° ..........................................  Serrano Foncela ............................  13.836 votos

Vocal 3° ..........................................  Leoncio Pérez ...............................  11.235 votos

Vocal 4º ..........................................  Juan Pablo García .........................  11.039 votos

Director de Renovación................... Santiago Carrillo ...........................  13.982 votos

Delegados a la Internacional:

Efectivo ..........................................  Carlos Hernández .........................  16.767 votos

Suplente ..........................................  Santiago Carrillo ...........................  16.767 votos

 Renovación era un medio de difusión del Partido Comunista de España.

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Sin embargo, el gran acontecimiento de abril fue la aprobación por las Cortes de la Ley de Amnistía Militar, cosa que sucedió el día 20, aunque se publicara y fuese efectiva días más tarde, dadas las reticencias del presidente Alcalá Zamora para firmar. Alcalá Zamora hizo incluso todo lo posible por no firmar la ley, ya que ponía reparos a estos puntos concretos:

1. Quedan nulas y sin efectos las expropiaciones sin indemnización de fincas rústicas y derechos reales constituidos sobre ellas que se hayan llevado a efecto por aplicación de lo dispuesto en la Ley de 24 de agosto de 1932, restituyéndose los bienes objeto de las mismas a los expropiados.

2. Serán reintegrados en la escala activa los miembros del Estado Mayor General del Ejército a quienes, a partir del 10 de agosto de 1932, les haya sido aplicado el artículo 1º de la Ley de 9 de marzo de 1932.

3. Se autoriza a la sala segunda del Tribunal Supremo de Justicia para que, a solicitud de parte, y dentro del plazo improrrogable de tres meses desde la publicación de esta ley, pueda, con carácter extraordinario y formación de expediente, con audiencia del Tribunal sentenciador y del Ministerio Fiscal, acceder a la revisión de aquellas sentencias que adoleciendo de evidente injusticia en el fondo o de una falta grave de garantías procesales en la forma a juicio de la propia sala, no aparezcan compren­ didas explícitamente en los casos previstos en las leyes para los recursos de casación o de revisión.

4. Si en las causas a que tales sentencias hubiesen puesto término, existiese acusador particular, sería indispensable su previa conformidad con la revisión. No será obstáculo para el ejercicio de esta facultad por el Tribunal Supremo, en la circunstancia de que el caso examinado haya sido objeto de negación o de concesión de indulto parcial.

Pero la ley fue aprobada, lo que causó la alegría de las derechas y del ejército, que vieron restituidos en sus puestos o excarcelados a los represaliados del lo de agosto, y el disgusto de las fuerzas de izquierdas que se enrabietaron como si les hubiesen puesto unas banderillas de fuego, especialmente cuando vieron que el propio general Sanjurjo salía del castillo de Santa Catalina en Cádiz con todos los honores debidos a su alta jerarquía militar. Si a esto se le suma la celebración de la famosa <<Concentración de las Juventudes de Acción Popular>> de El Escorial-con su aparatosa presencia de símbolos, uniformes y saludos paramilitares- el cuadro ya está completo. Largo Caballero y sus seguidores, y en general toda la izquierda marxista, se comían los puños y se disponían ciegamente a la conquista del poder aunque fuese con las armas en la mano.

Hubo una cosa curiosa con respecto a esta Ley de Amnistía y fue que el ministro de Justicia que hubo de sacarla adelante se llamaba don Salvador de Madariaga, quien según confesaría más tarde <<había caído en una verdadera trampa>> ...

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Salvador de Madariaga

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Acepté la idea -añadiría el propio Madariaga- decidido a hacer que la derecha pagase la libertad de Sanjurjo amnistiando a la mayor cantidad posible de sindicalistas. Durante el resto del debate, la mayoría tuvo que embotellar su indignación contra mí mientras yo aceptaba las enmiendas que a tal fin iba proponiendo don Indalecio Prieto.

***

Consecuencia de todo aquello fue la caída del Gobierno Lerroux y la llegada del Gobierno Samper. ¿Que quién era Ricardo Samper Ibáñez? Veamos lo que escribió excitado Madariaga como comentario de la crisis ministerial y del nuevo presidente del Gobierno:

***

Desde un punto de vista de prudencia política, quizá más alto que el meramente jurídico de respeto a la Constitución, este veto tácito de don Niceto Alcalá Zamora para con el señor Gil Robles se justifica perfectamente. Pero frente a la actitud rebelde y anticonstitucional de los socialistas, que se arroga­ ron el derecho de negar acceso al poder a un partido elegido en condiciones impecables por el pueblo, alegando razones que todo observador imparcial sabía que eran falsas, y que los hechos probaron más tarde como falsas (los supuestos propósitos dictatoriales del jefe de la CEDA), el presidente debió haber tomado una actitud más enérgica, imponiendo la Constitución a tirios y troyanos, y dando el poder a la coalición de Gil Robles-Lerroux a cambio de una declaración explícita de fe republicana y parlamentaria... En el verano de

1934 debió haber gobernado a la República la coalición de Gil Robles; pero si el presidente creía demasiado alejado de la Re­ pública al Jefe de la CEDA, cosa que los hechos probaron ser un error, pero que era entonces imposible imaginar, debió haber dado el poder al Ministerio de más prestigio y fuerza moral que le hubiera sido posible encontrar. ¿Qué hizo el señor Alcalá Zamora? Confió el poder al señor Samper. ¿Quién era el señor Samper? ¿Qué vio en él el presidente de la República para confiarle la nave del Estado en uno de sus momentos más difíciles? Sólo el señor Alcalá Zamora podría contestar a esta pregunta, pero al final del verano la nave del Estado tuvo que atravesar la primera tormenta grave, presagio de la que dos años más tarde la hundió en el abismo de la guerra.

***

El hecho es que allí estaba ya el señor Samper y que su Gobierno sólo sería un plano inclinado hacia la revolución.