El epistolario entre Francisco de Paula Oller y el barón de Montevilla se extienden entre los años 1925 a 1926. Oller vivía en Argentina y, aunque exiliado, mantenía un constante contacto con su país natal. Una de las personas más cercanas a Oller era Jaime de Orbe.

Jaime de Orbe y Vives de Cañamás, nació en Érmua (Vizcaya), 30 de mayo de 1894 y falleció en Pamplona el 21 de febrero de 1933. Era Barón de Pardiñas de Montevilla y prohombre carlista. Hijo menor de José María de Orbe y Gaytán de Ayala, marqués de Valde-Espina y de Dolores Vives de Cañamás y Fernández de Villamil, hija del conde de Faura. En 1920 contrajo matrimonio con Mercedes Tuero Castro. El matrimonio tuvo tres hijos: José Ignacio, Fernando e Ignacio. Como carlista destacó por sus colaboraciones de carácter histórico en la prensa tradicionalista de ámbito nacional como El Pensamiento Navarro, El Correo Catalán, El Tradicionalista de Valencia, Tradición Vasca, El Fuerista de San Sebastián, La Fita de Sitges (Barcelona) y en la Revista España de Buenos Aires (Argentina). Fue director de la revista ilustrada Estampa tradicionalista. Miembro de la Sociedad de Estudios Vascos. Jaime de Borbón lo nombró Caballero de la Orden de la Legitimidad Proscripta.

Desconocemos cómo se inició la relación entre Oller y Orbe. Lo que sí que es cierto es que, durante muchos años fueron entrañables amigos. Esta amistad queda demostrada por el hecho que Oller, en carta a Orbe, le comunica que él será el depositario de su archivo personal. Con tal propósito, Oller le fue enviando parte de él a lo largo de los años. Éste archivo lo conserva, hoy en día, la familia Orbe Jaurrieta. Es curioso éste hecho. Hay que tener en cuenta que Oller, tuvo una hija e incluso una nieta. Parecía lógico que ellas continuaran con él pero, no fue así. Deducimos que Oller no tenía confianza en la perdurabilidad de su archivo y, por eso, decidió mandárselo a Orbe. De esta manera certificaba su conservación y su supervivencia. No sabemos si todo el archivo llegó a manos de Orbe. La razón es sencilla. Éste falleció en 1933 y Oller en 1941. Con lo cual, es de suponer que una parte del mismo quedó en Buenos Aires sin que, hasta este momento, se halla podido localizar.

Las cartas de Oller a Orbe tienen una doble importancia. La primera radica en el hecho que es la primera vez que se publican. En segundo lugar, porque el propio Oller explica, a través de ellas, su vida, sus vivencias y sus impresiones con respecto al Carlismo. Oller se marchó de Barcelona decepcionado. Llegó a Buenos Aires y allí se convirtió en el máximo representante del Carlismo en ese país. Así y todo, no ya sólo por sus cartas, sino por el hecho de enviarle a Orbe su archivo, se evidencia que tampoco estaba muy ilusionado o esperanzado en la continuidad de su trabajo. Suponía, como así sucedió, que después de él, todo se acabaría.

En definitiva, gracias a estas cartas conoceremos, un poco más, el pensamiento de Oller con respecto al Carlismo y a la labor realizada en pos de Carlos VII y de Don Jaime. Lo que ocurrió posteriormente pertenece ya a la historia.

Buenos Aires, 28 de abril de 1925

Nací el 17 de febrero de 1860 (perdónele Dios al Padre Misionero que ha dicho que en 1850), en Barcelona. Me casé a los 21 años; tengo una hija casada y una netezuela, de trece años de edad.

¡Ya a los doce años y medio me escapaba por primera vez de mi casa para ir a los carlistas!, lo que realicé en mi tercera salida, a principios del 1874, terminando mi carrera militar como prisionero de la Seo de Urgel.

No digo ni puedo afirmar que Savalls fue traidor. Lo que sí creo y aseguraría que cuando el Sitio de la Seo de Urgel no hizo lo que podía para ayudarnos. Castells sí. Recuerdo como si fuere hoy, que al retirarme en una madrugada a las cuatro más o menos, con mis camaradas al ser relevados de la guardia que habíamos dado desde las doce, vimos en un monte próximo una línea de fogonazos; a los pocos segundos oyese el chasquido de la fusilería, que habían provocado las fuerzas de Castells. Sorprendieron a los sitiadores, pero como éstos eran muchos más, poco después tuvieron que emprender la retirada. Entretanto, Savalls estaba con sus batallones en Vic o en Manlleu, no recuerdo bien, de puro holgorio.

Buenos Aires, 5 de mayo de 1925

Recuerdo a este propósito, que en una de mis estadas en el Loredán, Respaldiza, Gentilhombre del Rey, la víspera de abandonar yo el Palacio, me pidió el “cachet” de mis armas… Le contesté que no las tenía; que era plebeyo por los cuatro costados. Y esto mismo digo a Vd. Entre las partidas de nacimiento, de matrimonio y de defunción de mis antepasados, algunas del siglo XVIII, en latín y en catalán, aparece un Oller (más exactamente Ollé), que era pescador; de modo que no puedo alardear entronques nobiliarios ni ostentar blasones.

Cierta vez, hará de ellos unos cuarenta años, acompañando yo a la Estación del F.C. (Ferrocarriles Catalanes) a Sardá y Salvany, charlamos largo y tendido sobre política nuestra, y recuerdo como si hoy fuere, que me dijo así: “Aún cuando por revelación supiésemos que Don Carlos no ha de triunfar, deberíamos ser carlistas e inculcar a los que se están formando, nuestras ideas”.

Una curiosidad tengo: saber quién fue el que a mi salida de Barcelona, se constituyó en editor estilo mío, y dejó el “negocio”, luego de gastarse miles de duros. Quiero suponer que haya sido el Duque de Solferino, con la Biblioteca Popular Carlista; pero como dejo indicado, no me consta.

Me recomiendo Vd. que no me arruine. No hay cuidad pues carezco de fortuna; ahora sí, lo confieso, a pesar de lo mucho que revivido  de la experiencia que tengo de los hombres, su llegare mañana a disponer de miles de pesos, “temo” que volvería a las andadas, derrochándolos, si es justa la palabra, en la propaganda de nuestras ideas.

Buenos Aires, 13 de octubre de 1925

De antemano, si Dios no dispone de otra cosa, al faltar yo, o antes tal vez, será íntegro para Vd., pues estoy de acuerdo con sus apreciaciones, que me hieren muy de cerca, porque no tengo hijo varón y sí una hija casada, y una netezuela, de trece años cumplidos; mi señor yerno, argentino él, y de ideas del todo opuestas a las mías, no hay que decir que no sería jamás capaz de valorar mis papeles y objetos políticos.

Buenos Aires, 30 de octubre de 1925

Sin restarle responsabilidades a quien las tiene ante España y ante España, diría, contraídas, le atribuyo gran parte de culpa de lo que pasa, a Mella, el prodigioso y estupendo orador que, después de haber realizado campañas incomparables en pro de la Causa, ha desencantado a todos, esto es, a los viejos carlistas, que contemplamos las consecuencias de la obra nefasta de quien -ya lo he dicho desde la Revista- ha sido capaz de destruir y no de edificar.

También lo he dicho desde la Revista: el día que faltare Don Jaime (y esto es hablar por hablar, ya que por ley natural he de “sentarme” yo antes que él), sería cuestión de ofrecer nuestro programa a Don Alfonso el XIII, y decirle que si lo acepta, acepto a él por rey; e si non, non.

Mi bonísimo padre, e.g.e., no empuñó jamás un arma, y aseguro a Vd. que era uno de los propagandistas católicos y monárquicos de más empuje en Barcelona. Él, y bendita sea su memoria, me enseñó a ser lo que soy, a pensar como pienso, y era un luchador de tenacidad admirable. Como si hoy fuera, recuerdo aún la época aquella del 69 a 73, en que el Protestantismo puso su inmunda planta en España. Mi padre, en pleno paseo, donde la Secta hacía propaganda, combatía él y hacía polémica y sin duda yo aprendí de él a hacerla, pues aún hoy persiste en mí el odio a esas doctrinas, y, entre muchos otros motivos, no transigiré jamás con el Alfonso XIII, por su matrimonio con luterana.

Buenos Aires, 20 y 23 de marzo de 1926

Recordará Vd. que en uno de los recuerdos de mis mocedades, he hecho constar, y es muy cierto, que cuando el 16 de julio de 1873, vinieron a mi casa para prender a mi padre, yo deseaba que me llevaran “prisionero”. Lo fui de la guerra cuando el Sitio de la Seo de Urgel; he estado preso una porción de veces, y hacía poco que había cumplido los 7 meses de condena en la cárcel de Barcelona, que el Marqués de Cerralbo, el Barón de Albí y yo, visitamos en su Palacio al Obispo de Barcelona, Catalá y Albosa. Era en Cuaresma, y “por ser el más joven”, el Señor obispo me hizo leer en voz alta la Pastoral que iba a dar a la imprenta, pidiendo al Marqués que le hiciese las observaciones de orden literario que creyera de oportunidad. Nos obsequió con sendos habanos, y fue entonces que dirigiéndose a mí dijo: “éste es el que le gusta estar preso”, a lo cual repliqué yo: “No, señor Obispo; es a los otros que les gusta que yo lo esté”. La frase del S.S.I. tiene su explicación: hacía ya varios meses que la sentencia condenatoria era firme, y nada se había dicho por las autoridades judiciales; en cambio, no faltó quién, de entro los nuestros, sospechare y dijese que yo había solicitado indulto. Mortificado en mi amor propio y, Quijote a la vez, romántico, seguramente como mi actual estimadísimo amigo el señor Barón de Montevilla, hice citar desde el periódico “delincuente” que no había tales carneros; que no había pedido ni pensaba jamás pedir tal cosa, caer en bajeza tal, que era indigna de un carlista que adoraba en la memoria de un Lozano, que se dejó fusilar por no pedir el indulto, etc. Y, en efecto, poco después cumplí los 7 meses, hasta el 13 de enero de 1889, y el día 23, siendo yo huésped del Rey, estábamos comiendo, cuando llegó “La Defensa de Venecia”, y al pasar al Salón de fumar, Don Carlos dio un vistazo a los telegramas de España y me hizo saber que con motivo de los días de Don Alfonso, había concedido un indulto a los periodistas presos. Resultado, y me felicito de ello, que nada le debo al Gobierno de Madrid; pero con lealtad debo a Vd. que si a la mitad de los 7 meses hubiese caído el indulto, yo me habría alegrado de corazón. Porque, se lo digo a Vd. con franqueza, es muy feo estar privado de libertad; y fue entonces que me hice la siguiente consideración: que en este mundo había que aspirar a tres cosas todo y en este orden: Salud, Libertad y dinero. Quiero ahora recordar algo sobre esto. Estábamos comiendo en Manresa, en casa de un carlista riquísimo, señor Vidal, Cerralbo, Solferino, Llauder, Albí, el Marqués de Villa-Huerta, etc. Y yo, cuando oyó Cerralbo que con este último, hablaba yo de dinero. Preguntóle así: “¿De qué estás hablando Oller?” Explicole Villa-Huerta, dándome la razón, que yo colocaba como última de estas tres aspiraciones humanas, la del dinero. Réplica de Cerralbo: “No, no; que el dinero es la palanca que lo mueve todo…”

Ya que de anécdotas se trata, aunque me escuece al acordarme de ella. Cuando en marzo de 1890 hicimos la expedición por Cataluña, y luego por Valencia, en donde terminó el 10 de abril como el Rosario de la Aurora (allí estaba también el difunto abuelo de Vd.) se presentó en Barcelona una comisión presidida por el Presidente del Círculo Carlista de Igualada, Carlos Puget, diciendo con vivas instancias que fuéramos todos allá. La ciudad aquella tenía fama de muy republicana, y temiendo el Marqués, el Duque de Solferino, Llauder, con razón (así lo veo ahora) que ocurriera un fracaso, dieron la negativa. Me visita la comisión; me ruega y suplica que influya y que se les complazca. Hay que tener en cuenta, que yo había sido candidato (derrotado) de aquellos buenos carlistas, para Diputado Provincial; además, yo había presidido la inauguración del Círculo Carlista, mis tres publicaciones se leían mucho en aquella comarca, y los nuestros estaban enterados de mi fogosidad, etc. Conseguí que se celebrase una nueva reunión, en el Hotel de las Cuatro Naciones, donde se hospedaban los Cerralbo, estaba él, su mujer y los entenados, el Marques y la Marquesita de Villa-Huerta; allí tuve que discutir contra todos, pues no había ningún alocado como yo, y se decidió salir el siguiente domingo. Llegamos a Capellades, a (xx) leguas de Igualada, nos hospedamos en la casa del Alcalde, Antonio Bagué, gran carlista, que vive aún y lee con entusiasmo la “España”, y entonces corresponsal de mis Revistas, etc. Estábamos a la mesa, cuando llega una tartana con dos carlistas de Igualada, trayendo noticias esperanzantes: que todos los liberales de allí y de los alrededores nos esperaban con garrotes para hacer fracasar la expedición; que de una silbatina paliza no nos íbamos a librar; que cuando llegara el Marqués, iban a tocar a somatén, etc. Allí jugué yo un papel importante, pues se me venía a decir que todo aquello era culpa mía. Total: que el Marqués de Cerralbo, me mira y me dice si estoy dispuesto a ir yo a Igualada con Puget. Contesto que sí, y quedamos en que yo diría a los carlista que nos esperaban, que Cerralbo había quedado enfermo en Capellades, que iría a la noche, etc., etc.; que yo me informase con serenidad de cómo estaba aquello y que le mandase noticias exactas (“nada de optimismos” agregó). Salimos Puget y yo, sin comer, y rápido fuimos a Igualada. Unos centenares de metros antes de llegar a la población, nos esperaba un grupo de chicuelos y mocetones, que nos obsequiaron con una silba. Entramos sin novedad por la calle principal y nos bajamos de la tartana. Por cierto que la vez esa al quererme tomar el pelo el diario integrista de Barcelona, no mintió al decir que a mí me creyeron, bastantes de los vecinos apostados a las puertas, el Marqués. Y, en efecto, varios me saludaban y yo, a riego de pasar por desatento, como es natural, contestaba el saludo. Llegamos al local en que estaban sentados nada más y nada menos que 400 carlistas de pelo en pecho, esperándonos para dar comienzo a la comida. Nuestra llegada fue objeto de una grandiosa expectación, creyendo llegaba, con Puget, el Marqués de Cerralbo. Me senté en una mesa, pedí silencio y les dije que el Marqués les mandaba un cordialísimo saludo; que había quedado enfermo en Capellades, y que a la noche vendría, como en efecto vino, pues yo le mandé reseña de todo sentido optimista, pues nada había ocurrido, aparte de la silbatada mencionada. El delegado gubernativo que estaba a mi izquierda, durante la comida, me pidió por favor que no hubiera brindis, pues sabía él muy bien que aquellos 400 hombres estaban dispuestos a todo y no quería caldear la atmósfera. Pedíle y conseguí brindar yo solamente. Excuso decirle a Vd. que dada la responsabilidad del momento, estuve “conservador”, esto es, que les recomendé mucha cordura, etc., etc., y recuerdo muy bien que al aplaudir uno de esos párrafos de mi improvisación, les dije que con soldados disciplinados como ellos, el Rey iría a Madrid, etc. Bueno y ahora viene lo ídem. Todo esto ocurrió el domingo; no había telégrafo  a Barcelona, por ser festivo; y resulta que había llegado a la Ciudad condal noticias terroríficas, fantaseando lo que jamás ocurrió, porque el lunes por la mañana el Marqués y al menos 50 acompañantes, visitamos la iglesia del Santo Cristo, que adoró el Marqués, donando un billete de 50 pesetas; estuvimos en un Convento de Padres Franciscanos, donde Cerralbo declamó varias poesías suyas, etc. Hubo luego recepción en el Círculo y al caer la tarde regresamos a Barcelona. Pues bien, en la Estación de Ferrocarril nos esperaban muchos correligionarios, y al frente de todos la esposa de Cerralbo y la señorita de Villa-Huerta (creo que su nombre es Amalia) y yo, que regresaba engreído y “triunfante”, pues todo había ido muy bien, al saludar a esta última, le dije textualmente así: “¿Ha visto usted,  Señorita, cómo no pasó nada?” Y también textualmente fue esta su contestación: “¿Aún se atreve usted a hablar?”… No hay que decir que me sentí abochornado, pues esperaba un aplauso y recibí una pedrada. Rectificó y rectificaron todos después, pero la alarma había existido y a mí, según supe, se me culpaba de todo.

Buenos Aires, 16 de abril de 1926

Porque, el Rey es como el padre; errar puede éste, pero nunca tenemos derecho a divulgar sus faltas y errores. No seguirlo, y si se equivoca, está bien, pero no difamarlo, y sobre todo en el caso actual, opino que el tal padrecito trata de justificar su deserción o traición y la de la Señora. Aquí, en 1915, sostuve una fuerte polémica con un tránsfuga del Partido, Félix Ortiz y San Pelayo, al cual dije entonces, y ha de tener usted ocasión de leerlo cuando le mando los números de “España” que le faltan, que santo y bueno dejar al Rey, si creemos que el Rey falta a sus deberes, pero abandonarlo, como en ambos casos, para ampararse del triunfante, es por demás sospechoso.

Fue el 30 de enero de 1889, que visité en Viareggio, a Doña Margarita y a los Príncipes. Doña Margarita conversando conmigo acerca de la escisión nocedalina, refiriéndolse a los ultrajes de los disidentes a don Carlos, la reina me dijo así: “Si Carlos tiene defectos, no hay derecho para que se los echen en cara. Al fins y al cabo es su Rey”.

Buenos Aires, 27 de abril de 1926

Hoy dirígole la presente carta “espontánea”, esto es, sin que sea ella contestación a ninguna de las suyas, para transcribirle un párrafo de la que recibí hace dos días del Conde de Doña Marina, que no dudo interesará a usted.

“Supongo a V. enterado de la estancia de Doña Berta en Madrid y de su visita al Palacio de la Plaza de Oriente, en el que parece fue recibida con todos los honores, que consentía el incógnito, presentándola D. Alfonso a Su Mujer y Madre, como la viuda de Si Tío Carlos, Jefe de Su Casa. No negaré a V. que me disgustó esta visita, pero habiendo ido la Señora D. l.g.a visitara Mella, y habiéndome rogado éste que fuera a firmar en el ALBUM y habiéndolo hecho mi primo el Conde de la Florida, dije a mi Sobrina que firmase, y al día siguiente nos escribió la Dama de Honor concediéndonos la audiencia, que creyó solicitábamos. Contestó la condesa que nuestro luto y mi enfermedad nos privaba de poder aceptar ese honor y anoche la Condesa de Asmir nos trajo un cariñoso autógrafo dándonos el pésame y manifestando su deseo de vernos. Respondemos… dando las gracias y añadiendo que: “Recordando el día de hoy se ha aplicado la Misa de diez de la inmediata Iglesia del Rosario por Quien tan lealmente personificó la Legitimidad Española”. He llamado telefónicamente a Florida para que sea portador de esa misiva… no tan efusiva como yo quisiera pero temeroso de que sea verdad lo que otro lealísimo legitimista el Conde de Villanueva de la Barca me afirma. Conoce V. mi transigencia grandísima con las humanas flaquezas; pero, realmente mejor sería se retirase a vivir modestamente en una Casa Religiosa que no a sostener vida más o menos mundana y a costa del INTRUSO. Feliz o desgraciadamente: mi optimismo cree lo primero; pronto se extinguirá la rama de los Carlos y los defensores de la LEY FUNDAMENTAL de Felipe V; habremos de reconocer por nuestro Rey al que debiera llamarse Alfonso PRIMERO DE ESPAÑA… para quitar el mal recuerdo de los 12 y 13. Y cumpliríase entonces la profecía de León XIII, de santa y venerada memoria”.

Se habrá dado usted cuanta que la Misa mencionada se aplicó el 30 de marzo, fecha del natalicio de Carlos VII.

A los diez años era socio -¡gran socio!- de un Centro Carlista, y en 1872, teniendo yo 12 años y medio, hice mi primera de las tres salidas (como Don quijote) para ir a la Guerra, logrando realizar mi propósito, apenas cumplidos los 14 años.

Se me informa que nuestros Círculos en Barcelona están llenos de policía secreta… Se lo confieso a usted categóricamente: el tal Dictador, ya me está cargando.

Buenos Aires, 1 de junio de 1926

Quiero revelarle un secreto que quizás no merezca el nombre de tal. Cuando en el 1898 inicié aquí la propaganda carlista, acariciaba muchos sueños: uno, en que en cada Capital política de los Estados de América Española, apareciese una publicación nuestra, ilustrada y por lo menos mensual; como también opinaba que en España debíamos de tener a lo menos 49 y las excedentes que fuere posible; por ejemplo, Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia, etc., admiten diarios y revistas. Aquí en América, en el 1899 se fundó, en La Habana, “La Regeneración Española”, y en el 1908, en Santiago de Chile, “El Tradicionalista”, que en su fugaz tiempo de vida, me respondían; en Montevideo, estuvo por aparecer “La Bandera Blanca”, nombre elegido por mí, por existir entonces en la República del Uruguay, el famoso partido “Blanco”, que tantas afinidades tenía con el nuestro… yo ya me considero, en cuarteles de invierno; poco me queda por luchar; usted, en cambio, ha de ver muchas cosas sea con Monarquía de opereta, sea con República, quizás algún día será levada a la práctica, en más o en menos, ese sueño mío. Triste es ver que hoy tiene España poca prensa nuestra, de vida precaria la de nuestros periódicos. Quisiera equivocarme, pero barrunto que hasta “El Tradicionalista”, de Valencia, hecho con tanto cariño y distinción, pasa por un mal momento.

Buenos Aires, 3 de julio de 1926

Recalcando e insistiendo sobre lo que “hemos conversado” hace unos días usted y yo, quiero suponer que un atentado o una sublevación o un avance comunista dan al traste en España con todo lo actual. ¿No sería posible entonces nuestra actuación? Los Somatenes, la parte sana del Ejército, el elemento conservador, EL ALTO Y BAJO CLERO, no habían de apoyar y secundar. Conviene, pues, no dejar que se apague el entusiasmo entre los nuestros; sobre todo, a la juventud, hay que darles ánimos e infundirles esperanzas.

A fuerza de repetirme en otro punto ya también “muy discutido” entre ambos, sostengo mi tesis de que no debemos hacer públicos los lunares, defectos y a veces algo más, de los nuestros. Así la posteridad, digamos, se forjaría una ilusión hermosísima, lo que de otra suerte no, pues confesando nosotros hechos tristes o punibles, ya no cabe duda acerca de la veracidad; mientras que relatados por los otros, no siempre son creídos. No negaremos la posibilidad de que en los cristianos de las Catacumbas, en las Cruzadas, entre los soldados de Lamoricière y Pimodán en 1860, ha de haber habido muchos defectos, deslices, celos y ambicione; no obstante, todo ello lo rodea la Historia sana y discreta, con un nimbo de gloria, de veneración y de amor. En lo que de mí dependa, tal criterio aplicaré siempre respecto al Ejército de Carlos VII, en el cual tengo el orgullo de haber actuado. Un caso concreto que digo a usted ahora y no haría pública jamás, si bien es de género diría que humilde: llevaría yo dos meses en las filas, que de charla conmigo y otros voluntarios, uno de éstos, mocetón de unos 20 años (yo no tenía 15 y medio), dijo con la mayor frescura que él, si se había incorporado a las filas, era por las dos pesetas. Hoy, no me asustaría oír cosa igual o peor; pero entonces, en que yo tenía fe pura y entusiasmos sin egoísmo, se me antojó aquello una blasfemia, y estuve por contárselo al Capitán de la Compañía (lo que por suerte no hice).

Ya que va de anécdotas o cuentitos, y por aprovechar el papel, ahí va un sucedido. Poco después de haberme hecho cargo en 1883 de la Dirección de “Lo Crit de la Patria”, hice imprimir (recuerdo que costeó la edición D. Ramón de Valls y de Bartola), 50.000 ejemplares de la Carta-Manifiesto de Carlos VII, sin darle fecha, y los Fueros de Cataluña, etc. Fue un sábado a la noche que en los teatros, desde el piso alto, varios socios de nuestro Círculo, los lanzaron a las plateas; la Policía detuvo a los dos que estaban, y yo también, en el Tívoli; me voy enseguida al Gobierno Civil, conferencio con el Jefe de Policía (Freixas, que después fue amigo mío y en cierta ocasión me prestó un gran servicio). Yo me fingí como de la familia de los muchachos; habla Freixa tonel Gobernador, y viene con el mensaje de que yo vaya al calabozo a sonsacarles quién les había hecho hacer la tal propaganda. Pregunto yo entonces: “Pero, ¿es acaso clandestina la hoja?”. “Lo es y no lo es. Si tiene pie de imprenta, no lo es”. Me la muestran, y haciéndome de nuevas, les indico el que trae (bien lo sabía yo, pues estaban tomadas todas las medidas, y yo tenía en el bolsillo una hoja sellada en el Gobierno Civil, de acuerdo con la ley) y les dije así: “¡Bueno! Pues sepan ustedes que ni Uds. Ni nadie les hará declarar a esos muchachos en tal sentido. Yo sí les digo que soy el único responsable de la propaganda ésta, que es perfectamente legal. Soy director del periódico que aparece en la cabecera (la misma de “El Legitimista Español”), y resultado que largaron a los muchachos, y con otros más que nos esperaban frente al Palacio, nos fuimos a cenar. Eran las dos de la madrugada. Continúo, para acabar pronto. Desde las cuatro de la mañana, se repartieron, a estilo de repartidos de diarios, varios miles de ejemplares, echándolos bajo las puertas. A las once, desde el Imperial de los tranvías, se lanzaron muchas más hojas; y a las dos y media, hora de entrar en los teatros, tres de mis muchachos, uno de ellos redactor del periódico, que se firmaba “Batllori Picafort”, José Sanromá, estaban repartiendo hojas, y me los detienen. Yo estaba en acecho (de levita cruzada y sombrero alto, trastos que gracias a Dios pasaron de moda), les quito los papeles a los chicos, me hago el enojado al ver que así se coartaba la libertad de imprenta y de pensamiento, me la eché de muy liberal, y dije que en prueba de ello repartiría yo las hojas, como hice hasta la última. Y vuelta al Gobierno Civil, de donde saqué con salud y buen humor a los chicos. Le advierto que en ese domingo, a la mañana, en multitud de ciudades y pueblos de Cataluña, se hizo igual reparto, pues yo previamente había mandado cartas a varios centenares de carlistas, diciéndoles que debidamente autorizado por el Jefe-Delegado (Felipe de Savater), les remitía un paquete de impresos que no debían abrir hasta salir de Misa Mayor, y repartirlos entonces. Ni uno sólo me falló. Agregaré que, hasta entonces, el Fiscal de S. M. no había hecho caso del semanario, pero luego se interesó por él más de lo que hubiese yo querido, y a fuerza de multas, secuestros y condenas, me aburrieron. Llegué a tener como fianza 4.000 pesetas en el Banco de España; las había puesto mi padre la vez primera que me prendieron y llevaron ataco codo con codo a la Cárcel. Cumplí el total de las dos condenas de siete meses, y como había fallecido mi padre y eran mías las mil quinientas pesetas, se me quedaron, como costas, la mitad; y gracias que no se lo quedaron todo.