Jueves, 14 de julio:

El día ha transcurrido relativamente tranquilo, alterado tan solo por el incesante fuego de los “pacos” ocultos tras los peñascos.

Capitán de Artillería, Laureado de San Fernando, Federico de la Paz Orduña, muerto gloriosamente en la Posición de Igueriben

Entre los Oficiales hemos cruzado apuestas sobre la fecha de nuestro regreso a Melilla. Creo que todos estamos convencidos de que jamás ninguno de nosotros ganará la apuesta, pero al hacerlo delante de la Tropa, entre risas, hemos ayudado a levantarles el ánimo.

Durante todo el día no se ha podido efectuar el servicio de aguada. El Comandante lo ha prohibido por la seria peligrosidad que entraña para el convoy. Echamos de menos el depósito que el Comandante Mingo solicitó al Mando y que no recibimos por no haber ninguno disponible en Melilla. Hubiera sido una previsión elemental que, sin embargo, no se tuvo en su momento.

Hemos hablado de ello varios de los Oficiales. La improvisación ha sido total. No es fácil explicar como el Mando, teniendo en cuenta la orografía de esta tierra y la situación de la posición, no ha tenido en cuenta que podía presentarse una situación como esta. El agua es imprescindible para nuestra supervivencia y el fantasma de su falta comienza a planear sobre nosotros.

Al caer la noche, aprovechando las sombras, hemos recibido el primer ataque serio de la harka que ha irrumpido violentamente frente a la posición con nutrido fuego de fusilería. El ataque ha arreciado con el alba y se ha mantenido vivo hasta las diez de la mañana. Por vez primera he disparado contra un enemigo real.

La Guarnición se ha mantenido sin titubeos y el moro se ha retirado con muchas bajas.

El Capitán de la Paz, con sus piezas, ha logrado mantener a los rifeños a raya, desalojándolos de las alturas.

No hemos sufrido bajas.

Me he dado cuenta de que la mayoría de los Soldados son bisoños y que este ha sido, como el mío, su bautismo de fuego contra un objetivo tangible, un enemigo que se echó sobre nosotros y que hubo que repeler. Hasta ahora había sido abrir fuego contra los pozos de los “pacos” o contra alguna sombra que se movía entre los peñascos, sin embargo, hoy hemos tenido al enemigo frente a nosotros y fue necesario desalojarlo a tiros.

Estoy seguro de haber causado más de una baja al enemigo. Me han temblado las manos al empuñar mi arma y hacer fuego por primera vez, pero he sabido superar todos mis miedos. Siempre aguardé con inquietud este momento inseguro de mi propia actitud. Creo que el innato afán de supervivencia me ha hecho desterrar cualquier duda y esto servirá como revulsivo para ayudar a vencer mis temores.

(Tomado de la novela “Tiempos de amor y muerte. El infierno de Igueriben”. LC Ediciones 2018, del mismo autor).