El Boletín Oficial del Estado de 7 de diciembre de 1940, insertaba una Ley, fechada el día anterior, por la que se creaba el Frente de Juventudes, una Institución que mereció la calificación de la “obra predilecta del Régimen”.

En su preámbulo, la Ley referida señala como objetivos la formación de las juventudes de la Patria en el espíritu católico, español y de milicia, tres conceptos, propios de la Falange, que presidieron, durante sus años de vigencia, el quehacer de esta querida y entrañable Institución que tantos y tan buenos servicios prestó a España.

En el articulado, se destacan como funciones para con sus afiliados, en lo que al personal masculino se refiere, entre otras, las siguientes:

1ª. La educación política de las juventudes en el espíritu de la Falange.

2ª. La educación física y deportiva.

3ª. La educación premilitar.

4ª. La formación cultural, social y moral de sus afiliados.

5ª. La organización de campamentos, albergues, cursos, academias, etc., que contribuyan a lograr los fines previstos.

Prescindimos de aludir al resto del articulado toda vez que refiere la organización tanto del Frente de Juventudes como de la Sección Femenina, su estructura orgánica y sus aparatos de dirección y gestión.

Basta con repasar los puntos que se han señalado para comprender la importancia de la dimensión de la obra que se creaba y que quedaba sustentada en un pilar fundamental: la formación integral de las juventudes de España.

Los que tuvimos el honor de formar parte de la Organización Juvenil Española (O.J.E.), creada en 1960 y encuadrada en la Delegación Nacional del Frente de Juventudes, todavía participamos de estos mismos objetivos, si bien, en el caso de la formación política, notablemente atenuados y adecuados a la realidad de una España que ya había dejado muy atrás la posguerra y se encaminaba, resuelta, a su pleno desarrollo como Nación moderna sin olvidar las bases sobre las que se sustentaba.

Hay muchos aspectos que habría que destacar de la ingente labor llevada a cabo por el Frente de Juventudes y que todavía hoy convendría recordar a muchos de estos malvados ignorantes que pretenden burdamente afear los objetivos de aquella Institución.

Creo que la mejor forma de referir estos extremos es hacerlo con un lenguaje claro y sencillo, sin alaracas, poniendo especial énfasis en lo que realmente constituía la esencia de la organización.

En primer lugar, baste con señalar que todos los que participamos de aquella obra, independientemente del grado de implicación, lo hicimos de forma voluntaria, sin que nadie nos obligase ni coaccionase y, por supuesto, sin obtener otra recompensa ni privilegio que el saber del deber cumplido para con España, objetivo ideal que todos anhelábamos.

A nadie le preguntaban sobre las capacidades económicas de sus familias, ni tan siquiera sobre la formación intelectual de las mismas y, mucho menos, por el bando en que sus padres habían combatido en la desgraciada guerra civil. Al igual que en La Legión, cada uno era lo que era y a nadie le importaba lo que fuera él o su familia con anterioridad.

Tampoco nadie ocupaba puestos de mando o dirección por ninguna de las razones anteriormente descritas, ni como una prebenda o privilegio, antes bien, todo lo contrario, y cada uno tenía que ganarse, por entrega, carisma, formación y capacidad de liderazgo, los galones que ostentaba en las hombreras de sus camisas.

Durante mis años de permanencia en la organización -1962-1973- aprendí, fundamentalmente a ser hombre, a amar a Dios, a España y a entregarme a su servicio a cambio de nada salvo la enorme recompensa de engrandecer a mi Patria; amar a mi familia y respetar a mis camaradas siendo uno más de ellos y sintiéndome parte viva de un proyecto ilusionante del que todos, sin distinción, formábamos parte.

Tuve la suerte de conocer otras tierras de España y a otros jóvenes como yo, con las mismas inquietudes y con idénticas preocupaciones. Poco importaba que fueses gallego, catalán, andaluz, castellano, vasco, del Sahara o de la Guinea Española; que tu piel fuese de un color o de otro, que fueses estudiante o trabajador, todos formábamos parte indisoluble de un proyecto que trascendía más allá de tales conceptos.

Nos formamos teniendo muy presente la imborrable figura de José Antonio y su pensamiento, el que hablaba de que la vida es poesía que construye, de que España es una unidad de destino en lo universal, de que el hombre es portador de valores eternos; el mismo que exigía para los españoles patria, justicia y pan; el que repudiaba la lucha de clases, en la misma medida que la mezquindad de los partidos políticos y de los localismos trasnochados.

Nos formamos haciendo camino al andar, recorriendo los campos y las montañas de España y llevando al último rincón de la Patria nuestro mensaje de alegría y orgullo juvenil.

Nos formamos oyendo hablar de nuestros héroes legendarios que daban nombre a nuestras Escuadras, Grupos y Centurias, aprendiendo de ellos, como el mejor paradigma, los conceptos de valor, lealtad, honestidad, sacrificio y nobleza de miras; de la magna empresa realizada por España a lo largo de la Historia como fuente de cultura, de raza y religión, buscando en todo ello un paradigma de vida para así sentirnos orgullosos de ser españoles, amando a España por encima de todo.

Nos formamos llevando como bandera nuestro lema “vale quien sirve” en el que se condensaba toda una filosofía de vida, un estilo, una forma de ser: el espíritu de servicio.

La vida para nosotros tenía mucho de milicia. Nuestras actividades jamás se concibieron para entretenernos, para pasar el tiempo; todas ellas, desde la más importante a la más cotidiana, tenían por objetivo nuestra formación como hombres y así, se adecuaron a todas las exigencias que demandaba nuestra juventud.

Cada año, miles de españoles, muchos más pertenecientes a familias humildes que a potentados, acudíamos a formarnos en aquellos inolvidables campamentos en los que todas las actividades imaginables tenían cabida y donde nos enseñaron a amar a España, a superarnos cada día, a servir a lo difícil, a dormir bajo el cielo estrellado, a respetar la naturaleza, a cantar nuestras canciones, a sentirnos importantes y caminar sin descanso por los caminos de la Patria con nuestro macuto a la espalda, el Cisne plateado sobre el bolsillo izquierdo de nuestras camisas y sobre el derecho la Cruz potenzada de San Fernando con el león rampante ibérico. En resumen, nos enseñaron a ser hombres con todo lo que ello implica.

Que nadie olvide que aquellas generaciones que nos formamos en Juventudes desde 1940 en adelante, fuimos, en buena medida, los responsables de engrandecer a España, situándola entre los diez países más importantes del mundo; los mismos que, en 1978, nos brindamos solícitos para recibir a la democracia con la esperanza y la ilusión de prestarle el mejor servicio a la Patria.

Alguien podría señalar que este texto, escrito con el corazón, queda cojo al no establecer parangón con la juventud española de hoy en día. A quien así piense, simplemente le respondería con una pregunta: ¿alguien cree que lo hay?