Por su interés, voy a reproducir algunas páginas estos días de su obra "Horas del Madrid rojo" (aunque yo en lugar de horas les llamaría "Escenas"), en las que cuenta lo que vivió en los 3 meses que vivió en el Madrid rojo, entre el 18 de julio y el mes de octubre cuando pudo salvar su vida y huir al exilio

Son escenas de película (y algunas de sus obras también han sido llevadas al cine), son relatos apasionantes y tétricos, trágicos, en los que como periodista va recreando lo que fue y vivió aquel Madrid rojo, republicano, constitucional y legitimo (cuando un Gobierno LEGÍTIMO permitió que grupos desorganizados, descontrolados, y vengativos sembraran la muerte y el terror en Madrid)

Les aseguro que estos relatos del "Caballero Audaz" debían ser divulgados por un Gobierno que dice ser constitucionalista y legítimo como aquel.

 Pasen y lean. Son escenas muy cortas pero muy expresivas y eminentemente gráficas: 

Escena 9 LA DEL RESPONSABLE 

 Había sido peón de albañil el Eustaquio. Si no había progresado más en el oficio, la culpa no era realmente suya. Es que no había tenido tiempo. En cinco años estuvo once veces en huelga, dos temporadas en la cárcel, unas cuantas semanas escondido. Aunque no tenía más que veinticuatro años, era ya un veterano en las luchas sociales. Un proletario consciente y disciplinado. Él era siempre el primero en abandonar el tajo como protesta contra las injusticias patronales y el último en volver a la tarea, porque tenía la teoría de que la huelga era el estado perfecto del trabajador. Su arma más eficaz contra la burguesía explotadora.

Y después de la huelga, el sabotaje y el atentado. Si todos los obreros del gremio participaran de sus opiniones, los capitalistas no harían casas, y cuando toda la humanidad estuviera a la intemperie, habría empezado a realizarse el bello sueño de la igualdad social.

En la huelga de la construcción que precedió al Movimiento, consagró el Eustaquio su capacidad revolucionaria. Puso tres petardos en otras tantas obras paralizadas. Una de las explosiones hirió gravemente al guarda de la finca y otra dejó ciega a una mujer que recogía ropa blanca tendida en un solar.

Otra mañana, el Eustaquio, capitaneando a tres camaradas más, tiroteó a una cuadrilla de trabajadores de la U. G. T. que, dando por terminada la huelga, iban al trabajo.

Estas hazañas le convirtieron en un pequeño personaje dentro de la F. A. I. Si el Eustaquio no fuera analfabeto, hubiera tenido un puesto en la Directiva de la organización anarquista.

Pero la revolución le hizo justicia. El peón de albañil era «el responsable», la autoridad suprema del Ateneo Libertario de su barriada.

Sabía el Eustaquio vestir el cargo. Se puso un chaquetón de cuero, unos pantalones-briches y botas altas hasta la rodilla; un cinturón-canana repleto de balas y dos pistolas del «nueve largo» que le adornaban las caderas. Un pañuelo rojo y negro al cuello, y bajo el brazo, como todo «responsable» que se respeta, una cartera grande, que, a falta de documentos, llenó de periódicos y proclamas revolucionarias.

Los milicianos del Ateneo -sus chacales, como él los llamaba- requisaron para él un magnífico automóvil y un secretario. Un tipo canijo y miope, redactor de uno de los libelos anarquistas. Un intelectual que se preparaba para genio literario, emborrachándose a conciencia de aguardiente.

En el Ateneo, el responsable tuvo en seguida un despacho suntuoso. No costó más que el trabajo de trasladarlo de la casa de un abogado ilustre, asesinado previamente.

Arrellanado en su butacón de cuero, tras la mesa magnífica, con dos escribanías, el teléfono, una campanilla de plata y una pistola ametralladora, que servía de pisapapeles, el Eustaquio estaba verdaderamente imponente.

En una habitación contigua, tres mecanógrafas esperaban inútilmente a que el responsable se decidiera un día a dictarles algo.

Mientras; dos de ellas distraían su ocio tecleando en las máquinas para aprender a escribir.

Esta tarde, el camarada secretario acaba de entrar en el despacho del responsable. Hay una expresión de alarma en sus ojos bovinos.

-Oye, tú, Eustaquio -le dice-: hay dos tipos que dicen que son empleados de no sé qué casa. Se han enterado que tenemos aquí una máquina de calcular que estaba en un comercio. Que ellos la habían vendido a plazos, y como no está pagada vienen a llevársela.

-¿Y qué máquina es ésa?...

-Aquella tan bonita que te llevaste a tu casa anteayer.

-¿Y pa qué sirve?...

-Yo no la he manejado nunca. Pero dicen que hace cuentas...

-¿Ella sola?

-Hombre, naturalmente.

El responsable, devoto del credo marxista «la propiedad es un robo», exclama iracundo:

-¿Y se la quieren llevar los tíos esos?... ¡Llevarse mi máquina! ¿Que no está pagada?... ¿Y qué?... ¿Pero es que hemos hecho la Revolución pa seguir con las costumbres burguesas?... Los tipos esos son unos fascistas, no te quepa duda.

-Eso creo yo -aprobó el secretario-. Tú dirás lo que hacemos con ellos...

Meditó un momento el responsable.

-Lo mejor es -dijo- que los entretengan aquí un rato, sin darles contestación... Mientras, tú llamas al Sindicato: que venga el coche con unos milicianos y que se lleven a esos... ¡Por sospechosos!... Que averigüen quiénes son, y, al menor detalle, se les pica y en paz... ¡Se necesita cara dura pa venir aquí a quererme quitar mi máquina!... Y el día que yo quiera hacer una cuenta... ¿qué pasa?...

-Y a propósito de cuentas -dijo el secretario-. El faccioso ese que tenemos desde anteayer encerrado en el sótano se ha explicado por fin. El «Mangas» y el «Celes» se encerraron con él a mediodía y le han sacao partido a vergajazo limpio. Ya te dije que éste era un buen asunto.

-¿Ha sudao la tela? -interrogó, ávido, el responsable.

-Él no. Jura y rejura que no le queda un céntimo. Que se lo quitaron todo en el registro. Pero tiene una hermana rica que vive en la calle de Serrano. Porque le pongan en libertad, está seguro que la hermana esa dirá quince o veinte mil duros, entre dinero y alhajas. ¿Qué te parece?...

-¡A hacerlo! -ordenó el responsable-. Vais a por la hermana y que traiga la pasta. Los veinte mil machacantes y to lo que tenga. ¡A estos beatos hay que sacarles hasta la entrañas!...

-Bueno. Y después, ¿qué hacemos? Hay que tener cuidado con esta gente. No vayan a chivarse luego y nos cueste un disgusto.

Sonrió despectivo el responsable.

-No sé pa qué te sirve tanto leer y escribir... Lo que yo digo: os volvéis idiotas con las letras.

- Hombre, es que si se corren las voces del asunto, tú verás. Se enteran los dirigentes de la organización y van a querer que les demos parte...

-Miá que eres primo, camarada. Las cosas hay que hacerlas bien. ¿Qué le hemos prometío al baranda ese? Pues se lo damos. Hay que ser honraos... Los machos cumplen siempre su palabra... Que traigan la pasta y esta noche los ponéis en libertad a los dos hermanos...

-Pero, ¿y si se van de la lengua luego?...

Sonriente, ladino, atenuando cauteloso la voz, dijo el responsable:

-No hay cuidao... Nosotros cumplimos lo convenido. Juego limpio. Los ponemos en libertad esta noche... Ahora que luego, en la esquina, pué que dé la casualidad que estén el «Mangas» y el «Celes» con otro par de compañeros de confianza y, a lo mejor, les da por detenerlos y llevárselos por su cuenta a dar un «paseíto»... En eso, ¿ya qué tenemos que ver tú y yo?...

El secretario enfocó al responsable con sus lentes, que le daban a sus ojos huevudos una expresión de perenne asombro, y murmuró entusiasmado:

-Eustaquio, ¡qué grande eres!

Se finchó el bandido.

-¡Y que lo digas!... Pa ser un revolucionario verdá, ¡maldita la falta que hacen los libros! El anarquismo lo lleva uno dentro, en la sangre... ¡Lo demás es to cuestión de tener sentido común!...

 

Escena 10 LA DE LA REDACCION 

 

Cuando el periódico era un verdadero rotativo, de gran tirada, con Empresa solvente y firmas ilustres, el obtuso Perlado ocupaba en su Redacción un puesto casi insignificante. Durante diez años, Perlado no pasó de inflar o extractar sencillos telegramas de provincias. Pero como él se creía -aunque jamás dio motivos para que nadie lo sospechara- un auténtico genio literario, este vulgar trabajo, que era su pan, lo creía Perlado una postergación, una injusticia del Destino. Y este complejo de inferioridad hizo de Perlado, gordo, linfático, un ser bilioso, amargado, carcomido por la envidia.

Cuando, al estallar la Revolución, una banda de forajidos de la pluma se incautó del periódico y los redactores de prestigio fueron expulsados, y los colaboradores ilustres encarcelados o asesinados, a Perlado lo respetaron en su puesto, porque tenía bien sentada su fama de rebelde, de enemigo de cuantos compañeros encumbró el trabajo y el talento.

En las vísperas dramáticas del 7 de noviembre, Perlado, que como periodista y como hombre había sido siempre el tipo del perfecto estúpido que no se entera, tampoco se enteró de que las tropas nacionales pisaban el suelo de Madrid y que un vendaval de pánico había hecho huir aquella madrugada hacia Levante a la horda de facinerosos y traidores.

Perlado, ignorante; como de costumbre, se encontró aquella mañana solo en el periódico, a donde había ido, fiel a 1a rutina, como hizo durante diez años.

Y esto bastó para convertir a Perlado, cobarde, inepto, fracasado, en un héroe de la causa roja. Héroe a la fuerza, se tuvo que dejar elegir director por los obreros, y aquel día él solo, en un delirio de vanidad, llenó de tópicos mitinescos las dos hojas del periódico.

El idiota de Perlado tomó en serio su cargo directivo.

El automóvil del periódico le trae y le lleva de su casa a la Redacción. Él usa «Canadiense» de miliciano, lentes de concha y una cartera grande, que no se le cae nunca de la mano. En esta cartera lleva Perlado su bagaje intelectual. Todo lo que recoge en su diario zascandileo por los altos «centros oficiales»: los botes de leche condensada con que le subvenciona el mandón de Puericultura, cajetillas de tabaco que sablea en el Estado Mayor, vales de víveres, que canjea por gacetillas elogiosas para el Socorro Rojo; un reloj de mesa, que se perdió en el despacho del delegado de Evacuación.

Perlado, obtuso en todo, es un «águila» para los pequeños «straperlos». Llega a la Redacción bufando, después de la comida en el comedor colectivo del Partido Comunista, que controla ahora el rotativo. En la Redacción se encuentran en aquel momento dos desgraciados viejos periodistas anónimos y tres granujas que la guerra ha improvisado «intelectuales».

-¡A ver! -grita Perlado, que de veras se siente director-. ¡Tú, compañero Gómez, tienes que hacer un suelto para la primera plana! ¡Urgentísimo! Es la consigna de hoy del Partido.

-¿Y qué digo?...

-«Hay que exterminar a la «quinta columna». Ahí te puedes hinchar.

-¿Tienes tabaco?... -interroga Gómez.

-Ni una mota -contesta el director, tacaño como Harpagón.

-Pues entonces... -gruñe Gómez-, ¡que escriba el suelto «la Pasionaria»!

-¡Así no vamos a ninguna parte! -interviene a voces Regúlez, un facineroso que es el delegado del Comité obrero-. No tenemos disciplina. Si todos nos echamos atrás, ¿quién va a ganar la guerra?...

-¡«El Campesino»! -contesta, rápido, López, el reportero que hace información en la Junta de Defensa-. Ayer se ha cargado a setenta milicianos.

-¡Eso es un bulo! -aúlla Regúlez.

-Me lo han dicho en el Estado Mayor.

-En el Estado Mayor son todos fascistas.

-No lo creo. ¡Son muy brutos! -replica, rápido, López.

-¡A ver si va a poder ser que pueda uno trabajar! -protesta «Acrato», el poeta de la Revolución-. No hay manera de encontrar una consonante...

-Anda, pues lo mismo le pasa a la gente con el aceite. ¡Se lo quedan todo los dirigentes! -comenta, incorregible, López, que es el satírico de la casa.

Sánchez, un tipo patibulario con facies de cretino, se pasea por la Redacción con las manos en los bolsillos. Sánchez no escribe nada. Es el que confecciona el periódico. Antiguo mozo de máquinas en la imprenta, su sueño dorado era ser redactor. Y con la Revolución lo consiguió. Hizo méritos para el Partido. Dio tantos «paseos», que el gatillo de la pistola le formó un callo en el dedo índice derecho.

Perlado, el director, le tiene miedo a Sánchez. Y, para ganarse sus simpatías, se lo lleva aparte y le da reservadamente noticias optimistas, de las que aún no es prudente hablar en el periódico.

Con el antiguo mozo de máquinas, Perlado juega al periodista bien informado.

Esta tarde se lo lleva a un rincón y le confidencia:

-La cosa va estupenda, camarada. Se está preparando una ofensiva sobre Oviedo, irresistible. Van a mandar a Asturias a la gente más fogueada de la Sierra. Y a los de Líster y «el Campesino». Llevan una de tanques que asusta... Ese Aranda va a tener que hincarla.

-¡Ya era hora! -gruñe Sánchez, el asesino-. Hay que dar un golpe de efeto… y que no quede en agua de borrajas, como otras veces...

-No, ahora no -dice Perlado-. La noticia es auténtica. Lo sé de buena tinta... Esta madrugada saldrán de Madrid las fuerzas...

Perlado es todo un carácter. Fiel a su costumbre, todavía, a los diez meses de guerra, no se ha enterado de que el Gobierno rojo está incomunicado por tierra con Asturias desde que empezó el Movimiento.

Iñíguez, el redactor jefe, cesaba de pergeñar en este instante el artículo de fondo. Se titula: Todos los hombres al frente. Hay que resistir hasta la muerte. 

Se guarda la estilográfica. Y al hacerlo, acaricia con las yemas de los dedos su cartera. Y sonríe, pensando que guarda en ella, desde esta mañana, un pasaporte para Francia en toda regla...

Escena 11 LA DE LA COMPRA

 

La Eulalia había sido diez años cocinera en casa de unos marqueses. Sus señores tuvieron la fortuna de estar veraneando, en viaje por Francia, cuando estalló la Revolución. Ni que decir tiene que su casa fue asaltada y saqueada.

La buena Eulalia -rara especie de sirviente leal- no quiso participar en el despojo que las dos doncellas, el ayuda de cámara, la pincha y el chófer del señor hicieron en el palacete.

La Eulalia, diestra y hacendosa, tenía «cubierto el riñón», como decían sus compañeros. En efecto: desde los quince años, Eulalia había servido en buenas casas, era económica y tenía su buena «pacotilla»: unos miles de pesetas guardadas sólo ella sabía dónde.

Se refugió en la casa de su hermana, donde también vivía su madre, ya octogenaria, y donde había cuatro sobrinos rollizos y zalameros.

Al cuñado de la Eulalia, que era ferroviario, el Movimiento le sorprendió de servicio por el Norte y quedó incomunicado con Madrid.

Gracias a los ahorros de la Eulalia podían vivir la abuela, la hermana y su prole. La ex cocinera llevaba el timón de la casa. Y como lo había hecho durante veinte años al servicio ajeno, ahora era también Eulalia la encargada de salir a la compra, ciencia y arte en la que era maestra.

En el Mercado de Pardiñas y en casi todas las grandes tiendas del barrio de Salamanca, la Eulalia tenía prestigio de buena clienta. Y como la Eulalia, sensata y bien enterada, sabía el ningún valor futuro del dinero rojo, se daba prisa a gastarlo, a pesar de sus hábitos de economía. Lo principal era que no pasase demasiada hambre la familia, aunque los billetes se hicieran polvo. Ya llegaría la paz, volverían los señores y habría tiempo de reparar pérdidas...

Ella conocía los misterios y trampas del mercado, y lo que Eulalia no encontrara, no lo compraba nadie... Esta mañana empezó con suerte. En el puesto de libros de Torrijos, esquina a Ayala, pudo cambiar una «Novela rosa» por otra de Pérez y Pérez que llevaba buscando hacía tiempo. Era su autor favorito, después de los escritores de folletines.

Se fue derecha al mercado. A pesar de que casi todas las tiendas estaban vacías y cerradas, la concurrencia allí y en las aceras de Torrijos era enorme... Las mujeres, rutinarias y hambrientas, no perdían la costumbre de ir a la compra, con la absurda esperanza de encontrar algo que comprar.

La Eulalia iba siempre dispuesta a arramblar con cuanto veía. No compraba sólo para ella. En el piso de aliado del suyo había refugiado un matrimonio, personas ricas, perseguidas, que no se atrevían a salir a la calle. Y la Eulalia tenía carta blanca para comprar para ellos.

A la puerta del Mercado, una mujeruca de traza campesina vendía, a platos, unas desconocidas hojas verdes.

-¿Qué es esto, compañera? -le preguntó la Eulalia.

-Yerbas del campo; archicorias. Mejores que los berros... Para ensalada.

Aunque la Eulalia, veterana en artes culinarias, ignoraba la virtud comestible de estas hierbas, compró dos platos. Por probarlas. Ya vería de sacarles algún partido.

La Eulalia se fue derecha a una tabernita de la calle Hermosilla. Allí se hallaba Román, su antiguo carnicero. Ahora estaba empleado en la frigorífica de los sótanos del Mercado, donde se expendía carne de caballo, nada más que para los hospitales y algún que otro privilegiado que obtenía vales del Sindicato de Matarifes.

Abordó a Román misteriosamente:

-¿Hay algo hoy?...

-Casi nada -respondió él recatando la voz- Apenas he podido sacar cuatro kilos, con hueso, y un poco de hígado para un cliente que está enfermo.

-¿De caballo?

-De mulo, y gracias.

-¿A cómo la carne?...

-Un duro más que ayer… Esta gente cada día abusa más… Hoy está a cuarenta pesetas.

-No importa. Me guardas un kilo.

-Te reservaré medio, y eso por ser tú... Tengo muchos compromisos...

En la tienda recogió la ración de su cartilla: un real de pimentón y cincuenta gramos de alubias -que serían amargas- por persona... Para dos días, no estaba mal...

Le salió al encuentro la señora Rosa, antigua dueña de la mejor frutería de Torrijos. Le hizo una seña discreta y Eulalia la siguió hasta un portal de General Porlier. Allí, la hija de la señora Rosa ocultaba un saquillo -su tesoro- hortelano: unos limones mustios y, como excepción magnífica, unas cabezas de ajo... Barato en lo que cabía. La media docena de limones, un duro. La cabeza de ajo, seis reales.

Se daba, indudablemente, bien la mañana. Como que en seguida tuvo Eulalia la suerte de colocarse la segunda ante una mujer que acababa de situarse en la esquina con un cubo de sangre líquida... Tres pesetas nada más la medida, que era un bote de conservas.

Llenó Eulalia la lechera, que llevaba a prevención.

En la «Cola» del pan, las mujeres entretenían la espera cambiando chismorreos, quejas, protestas...

-¡Hay que ver cómo está la vida! -clamaba una.

-¿Pero a esto le llamas vivir, compañera?... Así ardiera quien tiene la culpa y yo me sé...

-Chitón -le advertía otra-, que a lo mejor hay por aquí chivatas del S. I. M.

-¡Y qué que las haya!... ¡A mí qué!... Si me trincan, peor no lo voy a pasar...

Otra argüía:

-¡Y pensar que hay a quien le sobra de to!... Tengo yo una vecina que está liá con un

comisario, ¡que quisieras ver su cocina!... Ayer le trajeron en un coche un saco de patatas, y huevos no sé cuántos, y una garrafa de aceite...

-¡Si la culpa es de nosotras! -rugía una vieja. -. Un día debíamos de ir piso por piso de los enchufaos y dejarlos limpios... ¡Miá si Dios quisiera!...

La interrumpió una chavala:

-No mientes a Dios, abuela. ¿No sabes qué está evacuao?...

Pasó un coche lujoso, con banderín militar al capó... Dentro, un tipo gordo de uniforme.

Miá al Lorenzo! -gritó una mujer-. No se da pote el gachó... Y se ha pasao la vida limpiando botas.

-¡Esos son los que viven! ¡Maldita sea! -gruñó un viejo.

Sonó, dominando el vocerío, un ronco bordoneo.

-¡La Aviación, la Aviación!

En efecto, cuatro aparatos, muy altos, cruzaban majestuosamente el cielo.

La gente -«cumpliendo» el bando de correr a los refugios- se situó, para verlos, en el centro de la calle... Los chiquillos jaleaban las evoluciones de los aviones.

-¡Son los nuestros! ¡Son los nuestros! -gritaban por doquier.

El viejo de la «cola» del pan gruñó en voz baja:

-¡Los nuestros!... ¡Pero qué ilusa es esta chusma!... No tienen camisa y ahora quieren tener aeroplanos...

Todavía, a media mañana, la Eulalia hizo otras dos compras afortunadas: una pastilla de asperón y unas sandalias con suela de goma para el sobrinillo más pequeño. El asperón se deshacía y las sandalias estaban un poco deterioradas. Pero, para ser de segunda mano, no eran caras: cinco duros...

Compró también un cajón pequeño, para hacer astillas, en tres pesetas; y ¡la ganga del día!, el mejor negocio de la mañana: en el bar del Cine Salamanca, donde un vaso de mal vino blanco le costó una peseta, encontró a un dependiente de Borregón, que le cedió una piedra de mechero por doce pesetas... Una ocasión, porque se estaban pagando a veinte y en el saco del intercambio, en Alcántara, las cambiaban por dos chuscos...

Cuando la Eulalia iba para su casa, la satisfacción del éxito le llenaba el pecho...

Había hecho la compra del día: Y, en total, no había gastado más que setenta y cuatro pesetas cincuenta céntimos...