Reconozco que no tengo una sensibilidad especial para gozar de la poesía; se ve que ese don, como tantos otros de esta vida, me lo negó el Señor. Y yo lo acepto resignado. Como consecuencia de lo anterior, yo no tengo ningún poeta favorito, como mucha gente sí afirma poseer. A pesar de lo dicho antes, lo que sí tengo son poemas concretos que, por haberlos leído en un momento determinado de mi vida propicio para ello, me han impactado, las poesías digo, hasta el punto de que ya siempre me han acompañado en el transcurrir del tiempo.

Tal es el caso del poema “Elogio de la vida sencilla”, de José María Pemán, que descubrí hace mucho tiempo, con cuya lectura he disfrutado bastante, pero que ahora, cuando los años, y todo lo que conllevan los años, pesan, se ha convertido para mí en una especie de lema de vida, o casi de una oración laica, si me permiten ustedes el oxímoron, pues vuelvo a dicho poema con frecuencia, como queriendo encontrar entre sus versos el sentido de mi existencia actual, complicada por momentos. Así lo afirmaba Pemán, y no precisamente ayer:

Placa que estaba situada en la fachada de la casa natal de Pemán.

Conciencia tranquila y sana

es el tesoro que quiero;

nada pido y nada espero

para el día de mañana.

 

Ni voy de la gloria en pos,

ni torpe ambición me afana,

y al nacer cada mañana

tan sólo le pido a Dios

 

casa limpia en que albergar

pan tierno para comer,

un libro para leer

y un Cristo para rezar.

Me ha venido todo esto a la memoria porque, como bien saben ustedes, el Ayuntamiento de Cádiz, gobernado por un partido que no me interesa y por un alcalde cuyo nombre no recuerdo, está despojando a José María Pemán de todos los honores que en su día le fueron otorgados al poeta gaditano, incluso han retirado la placa que había colocada en la fachada de la casa en la que el poeta nació. Como quiera que yo conocí a Pemán (aunque a través de un cristal), todo este asunto me está doliendo de una forma especial, fundamentalmente por lo que significa despojarme de una parte de mis recuerdos, y como ya se sabe, las personas, sin nuestros recuerdos, nos difuminamos en la nada. Voy a intentar explicarlo.

Durante tres años viví en Cádiz, primero para cumplir con mis obligaciones militares y, después, desempeñando allí mi trabajo docente. Me gustaba mucho pasear por aquella ciudad milenaria que, sin entrar en consideraciones de otro tipo, pues no hacen al caso, tiene su encanto, ya creo que lo tiene, sobre todo cuando uno es joven y se cree que se va a comer el mundo. Quienes conocen Cádiz, saben que tiene una configuración urbanística muy peculiar. Todo su casco antiguo, una vez que se pasa la popular Puerta de Tierra, es un entramado de calles estrechas y, a veces, tortuosas. Yo paseaba por ellas con gusto y, casi siempre, hacía una parada en la plaza de San Antonio, que es un espacio amplío, diáfano, con un estilo arquitectónico singular y uniforme, y presidida, la plaza, por la iglesia que le da nombre.

Recuerdo que, una vez que estaba sentado en un banco de la plaza de San Antonio, tomando el sol, una persona que estaba justo a mi lado me dijo: “Allí vive don José María Pemán”, señalando los ventanales de un edificio de fachada blanca que daba al sur. Como quiera que el astigmatismo no había hecho todavía estragos en mi vista, en alguna ocasión pude distinguir con nitidez el rostro del poeta que, corriendo el visillo de la ventana, se asomaba a la plaza, una plaza soleada en la que los niños jugaban y las palomas revoloteaban. Supe pronto que la enfermedad sí había empezado ya a hacer estragos en el anciano poeta que, de hecho, nos dejó al poco tiempo. También visité varias veces la casa natal de José María Pemán, situada en la calle de Isabel la Católica, en cuya fachada había una placa que le dedicó el Ayuntamiento de la ciudad en 1939, y que se debía, la placa digo, a Juan Luis Vassallo Parodi, un escultor que ya por entonces me era familiar a mí, pues había tallado varias imágenes para la Semana Santa tanto de Baeza como de Úbeda, amén de obras de otro tipo en esta última ciudad, en la que yo he ejercido mi profesión durante algunos años.

Plaza de San Antonio, Cádiz, en la que Pemán residía, y en la que murió en 1981

Pues bien, dicha placa ha sido retirada recientemente de la fachada de la casa, corriendo así la misma suerte que el busto del poeta que había en el patio de la vivienda, que también desapareció, amén de otros desaires que Pemán está sufriendo por parte del Ayuntamiento de la ciudad que le vio nacer.

Yo no voy a criticar al alcalde de Cádiz, ni voy a hacer ningún chiste fácil sobre su apodo y sus circunstancias personales, que conozco bien. No es ese mi estilo. Es más, creo que el regidor municipal de la “Tacita de Plata”, hace bien en hacer lo que está haciendo (perdonen ustedes la reiteración), pues para eso lo han votado sus vecinos, para llevar a la práctica sus ideas y su programa electoral: es la democracia.

Tampoco creo yo que al bueno de José María Pemán nada de esto le extrañe, cuando lo contemple desde la atalaya privilegiada del cielo. Ya lo predijo en su referido poema “Elogio de la vida sencilla”, a modo de vaticinio mesiánico:

Tras los honores no voy;

la vida es una tirana,

que llena de honores hoy

al que deshonra mañana.

Y justo a eso se está dedicando, con un empeño digno de mejores causas, el alcalde de Cádiz y quienes piensan como él: a deshonrar a un hombre que, con sus luces y sus sombras (todos las tenemos), tanto hizo por la literatura, en general, y por la tierra que le vio nacer, en particular. Como esa concejal (sí, he dicho concejal), del Ayuntamiento de Jerez de la Frontera, la cual, en el transcurso de un pleno, llamó a Pemán “fascista, misógino y asesino”. Y no pasó nada, queridos lectores, absolutamente nada.

Pero a mí no me duelen, ni las decisiones del alcalde de Cádiz, ni la opinión de la concejal (sí, he dicho concejal), del Ayuntamiento de Jerez de la Frontera. Lo que sí me duele, hasta herirme el alma, es la actitud de los gaditanos, en particular, y de los españoles, en general, que asistimos, impasibles, a que nos roben la memoria, pues José María Pemán, con su vida y su obra, es un referente de Cádiz, al menos lo era en el Cádiz que yo viví y conocí, y por supuesto, es también patrimonio cultural de todos los españoles. Porque somos, aunque a mí me duela reconocerlo, un pueblo aborregado, adormecido, anestesiado, entontecido por la televisión, sin más ambición que cobrar el paro, ver el partido de la Champions, o el Carnaval, según proceda, y así nos va, en todos los órdenes de la vida.

Mientras escribo estas líneas, en Cádiz estarán disfrutando de su Carnaval, que tanto les gusta, y hacen bien. Pero no se dan cuenta (no nos damos cuenta), de que mientras eso sucede, nos están robando los referentes morales, sociales y culturales que nos han formado como nación, que nos han configurado como pueblo, con una historia común en la que poder reconocernos.

Rafael Alberti saluda a Pemán en el Carnaval de Cádiz de 1981

Por ello, yo hago mía la idea expresada por Pemán en el poema sobre el que ha versado este artículo:

Quiero gozar sin pasión,

esperar sin ansiedad,

sufrir con resignación,

morir con tranquilidad. 

No quiero honores de nombres;

vivo sin ambicionar,

que ese es honor que los hombres

no me lo pueden quitar.

Pues dicho queda. Ese honor, el de vivir sin ambicionar, nunca se lo podrán quitar a José María Pemán, ni a quienes nos identificamos con su poesía: ni el alcalde de Cádiz, ni ninguna concejal de turno. Y sí, he dicho concejal.