“En la parroquia Insigne Colegiata de Santa María del Campo de la ciudad de La Coruña a dieciocho de marzo de mil ochocientos sesenta y nueve, yo, Don José María Camba, Rector cura propio de la misma, bauticé solemnemente y puse los Santos Óleos  y los nombres de Ramón Francisco Antonio y Leandro a un niño que nació en la calle de Santa María número dieciocho antiguo y ahora dos, a las ocho de la noche del día trece de este mes, hijo de legítimo matrimonio del señor Don Juan Menéndez, caballero comendador de la Real y Distinguida Orden de Carlos III, magistrado de esta Audiencia, natural de la villa de Pajares, provincia de Asturias y de la señora Doña Ramona Pidal, natural de Villaviciosa, en la misma provincia, vecinos de esta parroquia. Abuelos paternos don Juan Menéndez y doña María Fernández, naturales de dicha villa de Pajares; maternos don Agustín Pidal y doña Gertrudis Pando, naturales de Villaviciosa. Fueron sus padrinos don Francisco Reguera, abogado, propietario y su señora doña Antonio Bermúdez, vecinos de esta ciudad, a los que advertí el parentesco y obligaciones que han contraído. Y para que conste los firmo  ut supra.-José María Camba.”

 

Así dice textualmente el libro de bautizados de la muy querida Colegiata coruñesa de Santa María. Aquel día se bautizaba al que con el paso del tiempo se convertiría en el más ilustre y universal de los polígrafos españoles, Ramón Menéndez Pidal.

 

Algunos autores  han puesto en entredicho el carácter coruñés de Don Ramón debido a sus orígenes asturianos, alegando que había nacido en la ciudad de forma circunstancial.

 

Por el ilustre cronista oficial de La Coruña, Ángel del Castillo, hemos conocido que el matrimonio Menéndez-Pidal, padres de Ramón se asentaron en La Coruña en los años sesenta del siglo diecinueve, en una casa de la calle de Santa María, enclavada en un lateral de la Real e Insigne Colegiata de Santa María del Campo, en la parte alta o vieja de la ciudad, que era propiedad del escribano de cámara José Pérez Arias. En esta casa nacieron Alejandrina Petra en 1862 y dos años después, Antonio. Lamentablemente ambos fallecieron de forma prematura y están enterrados en la sacramental coruñesa de San Amaro, En 1867 nacería otra hija a la que pusieron por nombre María del Rosario en honor  a la Patrona coruñesa y en 1869 como apuntamos, venía al mundo Ramón.

 

Es cierto que el padre de Ramón, cuando el niño contaba algo más de trece meses, se trasladó a Oviedo al ser cesado de su puesto en la Coruña por haberse negado a jurar la constitución de 1869. La movilidad de su padre, rehabilitado en 1876, llevaría al niño Ramón a vivir en Sevilla, Albacete, Burgos, de nuevo Oviedo y finalmente Madrid, donde siendo discípulo del gran santanderino, Marcelino Menéndez Pelayo, finalizaría sus estudios universitarios obteniendo la cátedra de filología románica.

 

Don Ramón Menéndez Pidal junto a su esposa Doña María Goyri.

 

En 1900 contrajo matrimonio con María  Goyri, la primera mujer española que realizó estudios superiores licenciándose en filosofía y letras. De su matrimonio nacieron dos hijos, Jimena y Gonzalo. En 1901 es elegido miembro de la Real Academia Española. Por su valía y conocimientos el Rey Alfonso XIII lo elige en 1905 como mediador en un conflicto de límites fronterizos entre Ecuador y Perú, que se saldará con la firma de un acuerdo amistoso entre ambos países. Fue el impulsor y creador del Centro de Estudios Históricos.

 

Presidente de la Real Academia  en 1925, huyó de España al inicio de la guerra civil en 1936, instalándose entre otros países en Francia, Cuba y Estados Unidos. Precisamente estando en la universidad de Columbia, el frente popular lo cesó del cargo de director del centro de estudios históricos por abandono del servicio.

 

Finalizada la guerra española Don Ramón regresa a España en julio de 1939. En ese año cesará como presidente de la Real Academia Española al discrepar con algunas decisiones del nuevo régimen político salido la contienda. Sobre su persona recaerá un expediente de depuración por parte del gobierno del Generalísimo Franco, que de todas formas permitió a Menéndez Pidal ser elegido de nuevo  para ocupar la presidencia de la Real Academia Española en 1947, cargo que ostentaría hasta su muerte. Logró que el Caudillo aceptase su idea de no cubrir los sillones de los miembros académicos exiliados hasta el fallecimiento de los mismos. Curiosamente aquel expediente que nunca se activó, se sobreseyó  en 1952 cuando don Ramón cumplió 83 años.

 

Con motivo de los actos del centenario de la fundación de la Reunión Recreativa e Instructiva de Artesanos, celebrados en su local de la calle de San Andrés, en marzo de 1947, la directiva de la entidad coruñesa invitó a los prestigiosos escritores, Ramón Menéndez Pidal, Joaquín Calvo Sotelo y Horacio Ruíz de la Fuente,  a participar en  una magna velada de homenaje a Doña Emilia Pardo Bazán, presidenta de honor del Círculo de Artesanos. En aquella ocasión Menéndez Pidal pronunció  un sentido discurso de enaltecimiento de la figura de la gran escritora. Fue la última visita que Menéndez Pidal realizó a la ciudad de La Coruña.

 

La corporación municipal presidida en aquellas fechas por el alcalde Eduardo Ozores Arrainz, tomó entre otras iniciativas la de nombrar hijo predilecto y otorgarle a don Ramón la medalla de oro de la ciudad, rotular  una nueva calle con su nombre y fijar en su casa una placa conmemorativa de la efeméride de su nacimiento.

 

Placa en la casa donde nació en La Coruña el insigne Don Ramón Menéndez Pidal.

 

La placa conmemorativa, encargada por la propia corporación para ser fijada en la fachada de la casa donde nació el insigne escritor, durmió más de veinte años en dependencias municipales. Derribada la casa número dos de la calle de Santa María, se alzó un moderno edificio de galerías, donde en la actualidad figura la placa que hace reseña al nacimiento de aquel esclarecido filólogo, folclorista, historiador, posiblemente el mejor medievalista español llamado Ramón Menéndez Pidal, que declaró a La Coruña cuna de la idea imperial de Carlos I de España y V de Alemania.

 

En 1966, la corporación presidida por Demetrio Salorio Suárez acordó dar el nombre de Menéndez Pidal a una nueva calle en la zona de la estación del ferrocarril. También  un instituto de Enseñanza media coruñés lleva su nombre. Sin embargo la concesión del título de hijo predilecto con su consabida medalla de oro de la ciudad, nunca se produjo.  

 

Con casi cien años de existencia, Don Ramón falleció en su casa de Chamartín un jueves catorce de noviembre de 1968, rodeado de sus dos hijos, tres nietos y diez bisnietos y después de que el padre Llanos le hubiese administrado la Santa Extremaunción. Su esposa había fallecido en 1954.  Durante su larga vida, su trabajo se ciñó a la máxima de que siempre hay un después  y un más adelante: “No hay joven que no pueda morirse al día siguiente; ni viejo que no pueda vivir un año más”. Don Ramón nunca ocultó  sus raíces coruñesas. Con enorme orgullo siempre decía: “No soy nada, tan sólo un viejo coruñés de la ciudad vieja. Y eso es mucho”.

 

Su entierro presidido por el ministro de Educación y Ciencia, José Luis Villar Palasí, que ostentaba la representación del Jefe del Estado Generalísimo Franco, quien lamentó la muerte de una las figuras más colosales de la historia contemporánea, constituyó una impresionante manifestación de duelo.

 

De la  dimensión intelectual de su extensísima obra, que nada les gusta  a los separatistas gallegos, que lo tildan de traidor. ¡Hay que joderse!,   bien sirvan como ejemplos unas valoraciones salidas de las plumas de otros escritores e intelectuales de gran prestigio, donde ensalzan las extraordinarias virtudes de la eximia figura de Don Ramón Menéndez Pidal en el momento de su muerte. “Para fabricar un personaje como Menéndez Pidal se necesitan, escribirá Luis María Ansón, ochenta años de entrega con estudio y sin ira a la investigación paciente. Pueden las gentes dejarse deslumbrar por la espuma brillante y fugaz pero sólo permanece la ola oscura que pasa una y otra vez hasta dejar huella incesante y surcos broncos en la roquedad”. Pedro Rocamora apuntará: “Su vocación española representaba para él la mejor fórmula de realidad histórica por encima de enconos seculares, de luchas fratricidas, de odios, de antagonismos. Ese fue su gran tema. Porqué la diana hacia donde Don Ramón disparó siempre sus limpias flechas intelectuales era el alma de España”. José María de Areilza de forma sincera proclamará: “La lengua le llevó a la historia.  A través del alma del Cid llegó al estudio insuperable del personaje y de su época; por los textos de Colón a proyectar su luz sobre el Descubrimiento; con las memorias y documentos del quinientos el examen del pensamiento imperial de Carlos V. Su ardiente pasión, su gran amor a España presidió todo su trabajo”. El doctor Marañón, presidente del Instituto de Cultura Hispánica se sumará a los elogios con esta cita: “Con la bandera a media asta, el Instituto de Cultura Hispánica no olvidará cuanto le debe a la generosa colaboración que Don Ramón nos prestó. Nuestro corazón hoy dolorido, rezumará siempre impagable gratitud. Pero este dolor es hoy y mañana será otro día. Seguiremos leyendo a Don Ramón Menéndez Pidal, es decir, seguiremos escuchando su voz sublime. Hombres como él no mueren nunca; renacen todos los días, con el sol”. 

 

  1. Don Ramón Menéndez Pidal, brinda en su 95 cumpleaños.

 

Julián Marías dirá de Don Ramón: “Al marcharse Don Ramón hemos perdido una de las cimas de lo que podríamos llamar la posesión de España. España está ahí; en sus campos, en sus ciudades, en sus gentes, en sus hechos, en sus hazañas, sus errores, sus dolores, sus esperanzas, sus fracasos, sus memorias, sus olvidos. ¿Quién posee esa realidad? ¿Dónde se reúne, comprende y expresa? Ramón Menéndez Pidal ha poseído inverosímilmente a España; cuando se le lee con detenimiento asombra lo que descubrió, atesoró, elaboró con genial paciencia. Y cuando lo tuvo  reunido lo dejó decantarse, caldeado por el fuego de un corazón que parecía frío porque todos sus rayos se volvían hacia dentro y porque tenía exquisito cuidado de no perturbar, no remover, no agitar con ocurrencias ni caprichos la clara imagen amadísima que se iba formando y dibujando en el fondo de su alma: una España que no quería olvidar ni uno solo de los latidos de su historia.” Dámaso Alonso afirmó. “Se puede decir sin exageración alguna que después de él, en materia de historiografía medieval  en lengua castellana estamos en otra era, en otro mundo que el siglo XIX no pudo sospechar.” O el marqués de Lozoya: Menéndez Pidal nos  enseñó a conocer y a amar a España. “Fue un hombre de la restauración”, comentará Guillermo Díaz Plaja, “de ahí su preocupación por la misión ordenadora de Castilla, personificada en la figura de mío Cid en torno a la unidad  peninsular y su tarea ingente en orden a la trascendencia de la historiografía medieval, como constructora de una conciencia colectiva tal como alumbra en “Loor de España de Alfonso X el Sabio.” “Toda una maravillosa construcción histórica en cuanto investigó en torno a la España de los Reyes Católicos y de los Austrias”.  “Decir que descansa en paz”, en palabras de José María Pemán,  “es casi repetir la fórmula de su vida. Porque su trabajo fue como un modo de descansar en su máxima vocación y tesoro. Y la paz estuvo siempre firmada entre él y la Verdad y el Amor de España.”

 

Y ahora vienen una banda de desarrapados, mentirosos, cobardes, vividores marxistas, a borrar de los premios Nacionales de Investigación los nombres de  Ramón Menéndez Pidal, Santiago Ramón y Cajal, Juan de la Cierva, Gregorio Marañón, Julio Pastor, Leonardo Torres Quevedo, Pascual Madoz y Alejandro Malaspina. Unas auténticas glorias Nacionales y mundiales. Investigadores, inventores. Un premio Nobel, como si España estuviese sobrada de ellos,  pero  que tuvieron la “desgracia” de nacer hombres y encontrarse con gentuza sectaria, rencorosa, feminazi en el gobierno de su Nación, tras dar sus esclarecidos nombres  a los premios Nacionales de Investigación durante muchos años. No sé qué harán con los nombres de Enrique Moles, Blas Cabrera, que los propusieron ellos. Esta visto y comprobado que esta infame canalla socialista trata a la historia según le convenga. Si no fue como le hubiera gustado que hubiese sido, la eliminan sin contemplaciones, la persiguen, la difaman, la motejan, la intentan ridiculizar. Y lo que es  peor la cambian por otra llena de mentiras y maldad. Todo lo que nos les gusta es fascista.

 

Todo vale por mantenerse unos meses más en la Moncloa. Tenía que darte vergüenza matón de sauna barata. Traidor. Y el astronauta, Cada día que pasa creo más que el “chiquilicuatre” ese con apellido nobiliario,  en vez de ir al espacio, fue como Tony Leblanc al desierto de Almería, en aquella inolvidable película de 1970. Habrá que pedirle a Iker Jiménez  que lo investigue. Es lo que ha traído  a esta desventurada España, la infame y anticonstitucional  ley de memoria histórica y su revisionismo insano, perverso y trufado con un insoportable feminismo de cartera bien llena de billetes.     

 

¡Ah! y esto  como remate va a vosotros dedicado. No son anglicismos, ni anglicanismos, como dice la “lumbrera”, por cierto cada día más desmejorada, de vicepresidente del Gobierno. Son sinónimos de los que sois vosotros, el  gobierno, los correligionarios socialistas y sus lacayos colaboradores comunistas, independentistas, peneuvistas,  etarras y demás “gandalla”. La hez más tirada de los enemigos de España.  Ignorantes, nescientes legos, iletrados, incultos, analfabetos, asnos, cortos, más que el rabo de una boina;  necios, torpes, incapaces, groseros, zafios,  berzotas, ceporros, imbéciles, bobos, idiotas, memos, tontos, ridículos, abobados, badulaques, cenutrios, cretinos, estultos, majaderos, mastuerzos, necios, simples, más que Abundio, que dio la vuelta al mundo, que quedó de segundo participando él solo.

 

Unido a otra condición  que lleváis, además de la traición a España,  impresa en vuestro ADN, de malvados, pérfidos, perversos, ruines, viles, maliciosos, malignos, malos, rastreros, miserables, mezquinos, bandidos, granujas, sinvergüenzas, chusma, gentuza, morralla, bellacos, depravados, indignos, infames, execrables, atravesados, aviesos, desalmados, facinerosos, inicuos, malandrines, malditos,  malévolos, satánicos, siniestros y sucios. Y además cursis y ¡Gilipollas!