El pasado 15 de agosto se cumplían 102 años de la batalla de Varsovia, en la que las fuerzas polacas, muy inferiores en número,  hicieron frente a las hordas bolcheviques y, en lo que muchos consideran un milagro, las derrotaron. Las menciones a esta victoria han estado marcadas este año por la invasión rusa,  y tanto polacos como ucranianos han recordado que ya entonces lucharon codo con codo para detener a Rusia. Pero,  más allá de su importancia como gesta histórica, el “Milagro del Vístula” recupera todo su simbolismo en un momento en el que Polonia ejerce de nuevo de barrera contra una nueva ideología totalitaria. Este hecho es lo que señala David Engels en este artículo publicado hace dos años con motivo del centenario de la batalla de Varsovia.

La inmensa mayoría de los europeos occidentales nunca han oído hablar de la guerra polaco-soviética, y mucho menos del “Milagro del Vístula”, ya que su conocimiento de la Europa Central y del Este sigue estando condicionado por una visión del mundo en la que la Europa “real” termina en algún lugar en medio de Alemania, mientras que lo que Milan Kundera llamó el “Occidente secuestrado” se considera una parte de Asia. Sin embargo, si Polonia, renacida apenas unos meses antes de su guerra con los soviéticos tras más de un siglo de dominio alemán, austriaco y ruso, y todavía organizada de forma desordenada y con fronteras cambiantes por todos lados, no hubiera reunido toda su fuerza para hacer retroceder el ataque soviético en 1920, la historia del siglo XX habría sido fundamentalmente diferente.

En efecto, en la década de 1920 los dirigentes comunistas de Rusia estaban todavía muy lejos de la fusión ulterior de Stalin entre el marxismo y el imperialismo ruso y, por lo tanto, se sorprendieron de que la “revolución mundial” hubiera comenzado en uno de los países menos industrializados del mundo moderno y no, como predijeron Marx y Engels (nota al margen, no es pariente mío), en Alemania, Francia o el Reino Unido. Por lo tanto, esperaban que muy pronto el entusiasmo revolucionario llegaría a Berlín y galvanizaría a las clases trabajadoras alemanas. Dada su inestable situación, ya que no sólo acababa de perder la Gran Guerra, sino también toda la fe en su orden tradicional, Alemania podría haberse unido rápidamente a la revolución mundial, y con ella el resto de Europa Occidental podría haber caído después. De haber sido así, gran parte de Europa podría haberse convertido fácilmente en comunista mucho antes que en 1945.

Polonia, al defender su recién ganada independencia y resistir la apisonadora soviética, no sólo protegió su libertad y logró asegurar su frontera oriental, sino que también creó una barrera que ayudó a Europa Occidental a encontrar un nuevo equilibrio tras los trastornos de la Primera Guerra Mundial y el caos de la posguerra; una hazaña que nunca se le ha agradecido debidamente. Por el contrario, después de la Segunda Guerra Mundial, los aliados occidentales, que habían entrado en la guerra para defender la independencia de Polonia contra la agresión alemana (y, aunque nunca se dijo explícitamente, la soviética), dejaron al Estado polaco, mutilado y muy reducido, en poder de uno de sus antiguos agresores, lo que llevó a Polonia durante otro medio siglo a la órbita de Moscú.

El destino de Polonia y de los polacos, desde el siglo XVIII, es ser a la vez las víctimas perpetuas, pero también los perpetuos saboteadores del expansionismo occidental y oriental. Esto nunca ha estado tan claro como en los últimos años, en los que Polonia se enfrenta a un nuevo intento de someter al país a una ideología extremista, aunque esta vez no se trate del comunismo clásico de pleno derecho del Este, sino de la “corrección política” de Occidente, aunque comparta algunas similitudes con el primero.

Como el socialismo, la “corrección política” es, en última instancia, universalista, ya que pretende aplicarse a todos los seres humanos; materialista, ya que quiere prohibir toda forma de espiritualidad en la esfera pública; internacionalista, ya que rechaza la importancia fundamental de las regiones, las naciones y las civilizaciones; multiculturalista, ya que se esfuerza por desdibujar las identidades y sofocar la oposición cambiando y mezclando poblaciones enteras; socialmente constructivista, ya que considera que todas las formas de comportamiento social (e incluso biológico) están condicionadas artificialmente por las élites “patriarcales”; colectivista, ya que se considera al Estado como garante último de la igualdad; totalitaria, ya que esta ideología no se limita al ámbito político, sino que se ha convertido en omnipresente gracias a los medios de comunicación modernos; antieuropea, ya que se considera a la cultura occidental como la máxima culpable del “imperialismo”, el “colonialismo” o el “fascismo”; proletaria, ya que todas las expresiones de la alta cultura se consideran elitistas y, en la mayoría de los casos, creaciones de “viejos blancos”; y fundamentalmente intolerante, ya que todas las visiones del mundo que compiten entre sí se consideran “de derechas” y “extremistas”. Incluso su economía supuestamente “liberal” parece estar gradualmente en peligro, ya que la cultura de consumo de masas se financia cada vez más a través de la redistribución de los ingresos de la clase media, mientras que sólo las élites logran escapar de los impuestos y, como es el caso, por ejemplo, de las empresas beneficiarias de los “big data”, apoyan plenamente y se benefician financieramente de la actual revolución cultural. Su participación en el sistema es evidente para ellos y lo defienden con gusto, utilizando todas las herramientas de los medios sociales a su disposición.

Al igual que en 1920, Polonia, con sus aliados de Visegrado en Hungría, la República Checa y Eslovaquia, está en la vanguardia de la lucha contra esta nueva dispensación. Por el momento, como han demostrado las últimas elecciones presidenciales, en las que el candidato conservador Andrzej Duda ganó a pesar de una poderosa campaña de prensa orquestada, en particular, por los medios de comunicación alemanes, y por una amplia alianza por parte de todos los partidos de la oposición, la resistencia se mantiene firme, pero ¿por cuánto tiempo? Si Donald Trump, uno de los más importantes defensores del actual gobierno polaco, pierde las próximas elecciones, Polonia podría encontrarse rápidamente en una posición incómoda. Sin embargo, una comparación entre el caos mundial creado por la cuarentena del coronavirus y la situación relativamente indemne de Polonia, entre la creciente desintegración interna de países occidentales establecidos como Francia y la estabilidad social y la seguridad de Polonia, y entre la crisis de la deuda de la eurozona, que no deja de aumentar, y las impresionantes tasas de crecimiento económico de Polonia, pueden dar todavía a Varsovia una excelente oportunidad para construir su propio sistema de alianzas antes de que sea demasiado tarde. Como señala Piotr Glinski, “la civilización occidental ya cayó una vez... El Imperio Romano se derrumbó no sólo como resultado de una invasión bárbara, sino también porque perdió la confianza en sí mismo”. Pero no es así en Polonia, donde proyectos como la alianza de Visegrado o la más amplia Iniciativa de los Tres Mares muestran el alcance de las ambiciones y perspectivas geopolíticas del país, y también la posibilidad de utilizar estas posiciones para “devolver el golpe: algún día.

Al igual que Polonia consiguió en 1920 proteger a la civilización occidental del ataque soviético, es muy posible que, un siglo más tarde, se convierta en el corazón de todos aquellos que quieren mantener los valores tradicionales del mundo occidental, como el cristianismo, la familia tradicional, la libertad de expresión, el patriotismo y la economía de libre mercado, y, una vez que se haga evidente que el camino emprendido por Occidente acabará llevando a Europa al desastre, en una base para su reconstrucción. ¿Puede esperarse un nuevo “Milagro del Vístula”?