En 1585 tuvo lugar el espectacular milagro de Empel, que ilustra la portada de este artículo, pero años antes se produjo un hecho extraordinario en defensa del honor de la Virgen.

En el año 1546 en el contexto de la guerra en Alemania entre el ejército católico del emperador Carlos V, compuesto en parte por soldados españoles de los Tercios y el ejército de la Liga Protestante alemana se produjo un episodio que parece una emocionante repetición del bíblico duelo entre David y Goliat. Fue en defensa del honor de la Virgen María y obtuvo la victoria el David español católico.

El 31 de agosto de 1546 se hallaba el ejército de Carlos V en sus líneas defensivas, situadas en torno a la ciudad de Ingoldstat en Baviera. Frente a él tenía a un ejército protestante de mayor tamaño. Carlos V había prohibido expresamente que los soldados saliesen a realizar emboscadas contra el enemigo porque podían debilitar las líneas propias. Un grupo de soldados españoles había partido en misión de exploración y fueron testigos de los gritos y desafíos de un soldado protestante alemán desde las líneas enemigas que empezó obstensiblemente a insultar a la Virgen.

Este grupo de soldados españoles no pudo soportarlo y uno de ellos llamado Martín Alonso de Tamayo decidió salir a desafiar al soldado enemigo con una pica o lanza en duelo singular. Aceptó el enemigo protestante, que era mucho más alto y de mayor envergadura física que el soldado español. Pese a que llegaron órdenes de sus superiores de regresar inmediatamente a la línea defensiva, el soldado Tamayo hizo ver que no las oía y salió a desafiar al enemigo. Salió a su vez el soldado protestante alemán con una espada y empezaron a intercambiarse golpes de espada y pica. Al tercer o cuarto golpe el soldado español le clavó la lanza en el cuello y a continuación le cortó la cabeza. Todo el campo imperial le aclamó como un héroe cuando supo lo que había pasado.

No obstante el emperador Carlos V decidió condenarlo a muerte por haber desobedecido sus órdenes de no moverse de las líneas propias, pero todos los Maestres de Campo y muchos soldados suplicaron al emperador que le perdonara la vida y probablemente la intercesión de la Virgen también jugó un papel. Carlos V le perdonó finalmente la vida.

Hoy en día con la mentalidad irenista que impera escandalizaría a algunos retarse en duelo y cortar la cabeza del enemigo muerto, pero en aquella época con el catolicismo tan vivo y fuerte, muchos jóvenes españoles, como el soldado Tamayo, no toleraban insultos contra la que consideraban su querida Madre.