Entre el totalitarismo del puño cerrado (odio) y el totalitarismo de la mano abierta (paz), existe una diferencia radical:

El primero jamás se preocupa de la recuperación del adversario y sólo se propone alcanzar su extinción; mientras el segundo busca la preservación del contrario y se propone siempre convencerle. Los rojos tienen enemigos, nosotros, los azules, sólo adversarios.

Es inútil que busquéis entre los poetas falangistas la temática del odio, mientras a cada paso os surgirá la quijada de Caín, incluso entre los más seráficos como el pobre Miguel Hernández. Si es fácil encontrar montones de literatura comprensiva y hasta justificativa de los adversarios, especialmente entre los escritores falangistas, yo no he podido hallarlos en los izquierdosos, y jamás entre los marxistas: estos son hechos y tan inconmovibles como las catedrales.

Hoy, en mi senectud, me he preguntado mil veces sobre cuál de ambas, y contrarias actitudes, es la mejor. Y llegué a la conclusión de la superior ética de la nuestra, pero reconociendo una cierta operatividad de la de ellos". En esto, las derechas clásicas y auténticas —(¿subsisten tales bichos en "los países del Estado Español"?)— sabían más a qué atenerse y pensaban y actuaban en forma parecida a las izquierdas, o sea, lucha a muerte hasta acabar con el enemigo. Recuerdo —con estremecido horror— a un Marqués granadino que me explicó cómo cada vez que iba a visitar a caballo su finca, no dejaba de patear determinado olivo donde ajusticiaron y enterró a uno de sus braceros, líder rojillo del pueblo.

Bueno, dejémonos de tristes digresiones: las derechas eran, más o menos, como las izquierdas. Pienso que Franco, liberal-monárquico de derechas, estaría en un principio en la línea dura y halconera. Pero los falangistas no nos sentíamos de derechas ni de izquierdas y con sincera honradez intentábamos ser sólo españoles sin bandería. Y lo conseguíamos casi siempre.

Tal actitud era fiel y estaba de acuerdo con nuestra manera de ser, pues pretendíamos unir los postulados patrióticos de la derecha con los fines de justicia social de la izquierda. Con toda la razón nos adoctrinaba José Antonio sobre la innatural dicotomía de los partidos políticos, las carencias de derechas e izquierdas, así como la exigente necesidad de una solidaridad comunitaria entre todos los españoles. Con claridad orteguiana él fue quien reconoció las virtudes de nuestros antagonistas y la obligación de sumar y completar.

La Falange intentó, siempre, entender y justificar al adversario: por ello combatimos sin odio, con la palma abierta del amor entre hermanos. De ahí que desde el 18 de Julio los banderines de enganche de Falange no preguntaran a nadie por sus orígenes y antecedentes políticos, entregando la camisa azul y encuadrando a todos los que se presentaron.

Reconozco que tal actitud —que no era un subterfugio— sirvió a millares y millares de izquierdistas para evitarse inconvenientes o riesgos. Admito que llevaban razón los que nos motejaron de "failangistas" y llamaron a nuestras unidades "el refugium pecatorum". Pero los neofalangistas se encontraban a gusto en un ambiente que en sus consignas reconocía y respetaba y hacía suyas las de su anterior militancia izquierdosa. La Falange fue un formidable instrumento de captación que centuplicó las fuerzas del Movimiento Nacional, preservó a los contrarios y aún los hurtó y salvaguardó de los odios y venganzas de ciertos grupos de derechas. Muchos, muchísimos, llegaron a ser valiosos y leales falangistas, rubricándolo, incluso, con el heroico sacrificio de sus vidas en el frente de  combate. Esta fue una actitud estrictamente propia de Falange y nada habitual en los otros sectores que secundaron el movimiento del 18 de Julio. Nuestra fuerza captatoria demostró inmediatamente su eficacia, tanto en el reforzamiento de las unidades combatientes como en la estabilidad y orden de la retaguardia.

Debe pensarse que en los primeros meses eran mayoritarios los combatientes "de milicias", e ínfimas las unidades militares regulares. Creo que Franco —pragmático por excelencia— pronto se dio cuenta de la eficacia del instrumento falangista y toleró y se aprovechó de nuestra actitud, aunque se esforzara tenazmente en ir sustituyendo el azul por el caqui. Pero ya para siempre admitió, comprendió e hizo suya la política de hermanamiento y superación de las banderías de la derecha y de la izquierda. Es probable que también influyeran en él las actitudes azules, comprensivas y superadoras, de Jefes tan apreciados como el General Yagüe, de grata memoria, y hasta la experiencia práctica de su emulador el siempre inestable General Queipo de Llano.

Lo cierto es que Franco empezó a sentirse y a ser Caudillo de todos los españoles, así como a intentar convencer después de vencer. Pienso que los conservadores cegatos y recalcitrantes, jamás nos perdonaron nuestro ánimo de superación del trauma de la guerra civil, adoptado por Falange desde sus inicios. Y lo digo porque todavía en fase tan avanzada como la batalla del Ebro, gentecilla de derechas montaron una conspiración contra mí, Jefe Provincial de Tarragona "in partibus", e intentaron convencer al General Dávila para que me fusilara... por haber organizado el paso del Ebro por los republicanos merced a la complicidad de los Jefes locales de Falange, que "eran todos rojos". La cosa fue bastante seria y en Burgos me envió Serrano Suñer a explicar quién era a bastantes personajes dubitativos... ¡incluido el Cardenal Goma que se sorprendió mucho al saber que-tan peligroso sujeto era... nieto de su íntimo colaborador José M.a Tarrats! Franco llegó a asimilar tanto el ideario falangista, en este aspecto, que su concepción y obra del Valle de los Caídos, quiso que fuera una obra nacional, no partidista, que guardara los huesos de los combatientes de ambos lados.

Digamos, con profundo orgullo, que a tan cristiana y justa concepción no se ha llegado en ningún país donde se padeció una guerra civil, sea democrático o marxista. Allí, en el extranjero, los restos de los vencidos suelen ir al estercolero y sólo los vencedores gozan de marmóreo mausoleo. Ni después de transcurridos más de cien años, cabe pensar en los superdemocráticos Estados Unidos de América, que reposen y sean honrados, juntos, nordistas y sudistas.

Pues bien. Aquí, donde existió un ánimo superador y comprensivo, donde unos y otros, hermanados por un común sacrificio y esfuerzo progresista y restaurador, vivimos una larga y fecunda reconciliación de cuarenta años, en la fase declinante del franquismo, un triste contubernio de marxistas y sucios pseudo católicos defraudados, se inventaron la campaña de la "Reconciliación", tan bendecida por muchos Obispos que cuando eran seminaristas y simples curas nos reprochaban comprensiones liberales y lenidades a los "failangistas".

¿Hará falta recordar que desde que triunfó "la reconciliación", vuelve el País a ser un manicomio de odios, de sectarismos irreconciliables, de atropellos y de crímenes, de españas enfrentadas a muerte y que vuelve a circularse con el puñal, la pistola, o el explosivo en la faltriquera...?

¡Qué hermoso fruto estamos cosechando, Padre Llanos...!

Del libro de JOSÉ Mª FONTANA - FRANCO. Radiografía del personaje para sus contemporáneos