Por un Real Decreto de 13 de julio del año de 1926, se aprueba, durante la Dictadura del General Primo de Rivera, el Plan de artillado y defensa de las Bases Navales de Ferrol, Cartagena y Mahón, tres de las más importantes con las que contaba la Armada en aquellos años.

Ello supone, en la práctica, dotar a estas Bases de unas modernas defensas artilleras, tanto lejanas, como próximas y antiaéreas, a base de piezas de la firma inglesa Vickers de 381 mm.; 152,4 mm. y contra aeronaves de 105 mm.

Partiendo de este material de primer nivel mundial, cada uno de los Grupos encargados de desplegarse para la defensa del litoral próximo a las Bases citadas, se organiza con tres Baterías, una de defensa lejana, con dos gigantescos cañones 381/45; otra próxima, en otro emplazamiento, con cuatro piezas 152,4/50 y una tercera con material antiaéreo de 105/43,5, también con cuatro montajes, además de la Plana Mayor.

Dentro del despliegue para la defensa del Golfo Artabro, donde se encuentran enclavadas tanto la Base Naval de Ferrol, como el puerto de La Coruña, se determinó la instalación de las distintas Baterías y sus correspondientes piezas en Campelo Alto, Campelo Bajo, Prior Sur, Prior Norte, Lobateiras, Peña Roiba, Montefaro, San Pedro y Monticaño, estas dos últimas en La Coruña.

En cuanto al despliegue coruñés, que es el que nos interesa, señalar que, en un principio, se valoró la posibilidad de instalar alguna pieza en Punta Herminia para una mejor defensa del acceso al puerto de nuestra ciudad, llegando a construir pozos y túneles y, al parecer, a montar una pieza de 152,4/50 en 1940, que fue pronto retirada.

No sucedió lo mismo con las otras dos posiciones y de esta forma, en el monte de San Pedro se instalaron, además de los dos colosos de 381/45 que todavía se pueden visitar, si bien en un estado de lamentable semiabandono, una batería antiaérea monolítica, de cuatro piezas, del calibre 105/43,5.

Por su parte, la Batería de Monticaño (Pastoriza), se formó con la instalación de cuatro piezas del calibre 152,4/50, unas de las cuales, a día de hoy, creemos que todavía puede verse en su emplazamiento original, también muy abandonada.

Los dos grandes cañones de 38,1 cm., fueron desembarcados del carguero “Brotón Maner”, en el muelle de Santa Lucía del puerto coruñés, durante la primera decena del mes de agosto de 1929 y, desde allí, trasladados a su emplazamiento final en el Monte de San Pedro, recorriendo una distancia de 4.750 m., buena parte de ella discurriendo por el casco urbano coruñés.

Guardias del Cuerpo de Seguridad, custodiando los tubos de 38,1 en el Puerto coruñés

El traslado se verificó, tendiendo railes ferroviarios que iban montándose y desmotándose al ritmo de la marcha de todos los elementos que formaban la pieza. De esta forma, cuando el material transitaba por una zona, re retiraban los raíles que pasaban a instalarse en el siguiente tramo del recorrido y así, sucesivamente.

La instalación de estas piezas constituyó una obra de ingeniería militar de primer nivel, siendo este material artillero de lo más moderno de su época, además de constituir el de mayor calibre utilizado por la artillería española.

Las obras se prolongaron en el tiempo, toda vez que no solo se realizaron en los asentamientos de las piezas, sino que también se construyeron los accesos necesarios hasta la ubicación de la Betería y no fue hasta el 19 de diciembre de 1933, cuando ambos cañones realizaron sus primeras pruebas de fuego.

Las piezas de 38,1 cm. se fabricaron íntegramente en Inglaterra, al contrario que las otras que formaban el dispositivo que se hicieron en España bajo licencia. El origen de este material de 38,1 cm. Vickers, se remonta a 1911 y sirvieron para artillar los seis acorazados ingleses pertenecientes a la clase “Queen Elizabeth”, uno de ellos cancelado, botados entre 1913 y 1915; los cinco de la clase “Revenge”, entregados a la Royal Navy entre 1916 y 1917; los dos de la clase “Repulse”, asignados en 1916, y el “Hood”, entregado en 1920.

Se trata de un cañón construido en acero cromoniquel, con una longitud de tubo de 17,671 m. y un peso de 86 tm., pesando todo el montaje 617 tm. El cañón rayado, con 76 rayas, disparaba proyectiles de 800-855 kg., a una velocidad de 762 m/seg., hasta un alcance máximo de 35.100 m. La máxima elevación permitida era de 40º y la depresión máxima 5º, con un ángulo de giro de 300º.

Su cadencia de fuego era de un disparo por minuto, hasta dos por minuto utilizando sistema mecánico. Para cargar la pieza era necesario nivelar el tubo a 13º de elevación y 0º de azimut. Disponía de un complejo sistema electrohidráulico de movimiento para la carga y puntería, a base de ascensores y vagonetas sobre rieles, aunque también se podían cargar manualmente.

El proyectil perforante atravesaba corazas de 550 mm. a 9 km. y de 360 mm. a 23 km. Cada pieza estaba protegida por un carapacho de acero de 7 mm. de espesor.

En el pozo de carga, situado bajo tierra, se encontraba la cámara que conectaba con las salas de repuestos de proyectiles y cargas de cañón, estando separados unos de otros. También bajo la pieza se encuentra la sala de máquinas para el alumbrado y movimiento hidráulico de la misma. Todo ello en locales enterrados al mismo nivel, protegidos por un blindaje de hormigón armado contra proyectiles de 38,1 cm.

Uno de los gigantescos tubos de 38,1, en la plaza de Pontevedra de La Coruña

Las direcciones de tiro estaban constituidas por dos grupos telemétricos, cada uno con un telémetro de 30´ (9,14 m.) que enviaban los datos a un calculador de tiro, situado en otro edificio del complejo de la Batería, donde se ubicaba la mesa de cálculo que recibía los datos necesarios para predecir la posición del objetivo y así batirlo en movimiento.

Tras proceder a su baja para el servicio, fueron rescatados, en 1995, para la ciudad por el Alcalde Francisco Vázquez quien los salvó, in extremis, del soplete asesino que se llevó por delante a sus gemelos instalados en las otras Baterías del dispositivo del golfo Artabro, y convertió su emplazamiento en un hermoso parque desde el que puede contemplarse una estampa casi onírica de la ciudad abrazada, cual sirena varada, por un mar cuyas olas se asemejan a dos largas manos azuladas que acarician su rostro.

Se procedió al ajardinamiento de la zona, a la construcción de un centro de interpretación y una sala de exposiciones y se le dotó de infraestructura hostelera; incluso, se instaló un ascensor de forma esférica, totalmente acristalado que permitía el acceso al parque de San Pedro desde el Paseo Marítimo. El proyecto traía aparejado la musealización del recinto, con la finalidad de que ambas piezas pudiesen ser visitadas, máxime teniendo en cuenta que son las únicas que se conservan en el litoral gallego.

Tras la marcha de Francisco Vázquez como Alcalde y el infame pacto realizado por Javier Losada con el sectario Bloque, asumiendo la concejalía de cultura una estulta separatista cuya única preocupación era que, en los documentos de siglos pasados, aparecía recogido el topónimo de “La Coruña”, con el que se le conoció siempre, y no el de “A Coruña”, los cañones comenzaron a abandonarse ya que para aquella individua carecían de valor por ser “cosas de los militares” que no merecía la pena conservar.

Más tarde, con la llegada al Ayuntamiento de Carlos Negreira, se iniciaron los trabajos de recuperación, con el fin de hacerlos visitables, buscando convertir aquel espacio –“Los Fuertes” como se le conoce popularmente en La Coruña- en un referente de primer orden tanto de la ingeniería como de la técnica de los primeros treinta años del pasado siglo XX.

Se colocaron paneles informativos, fotografías de las piezas cuando se encontraban operativas y otros elementos que servían para ilustrar la visita a la Batería. Sin embargo, el tiempo no fue suficiente ya que, tras cuatro años de mandato, irrumpió en el Ayuntamiento coruñés el tsunami negro y malvado de la marea quien, contando con el apoyo, ¡cómo no!, de los socialistas, permitieron, por su sectarismo y odio a todo aquello consustancial a la ciudad, que los cañones fuesen literalmente abandonados no volviendo a invertir ni un euro en su conservación ya que los dineros se dedicaron a financiar a amiguetes y correligionarios.

Hoy, la falta de entretenimiento ha permitido que la humedad haya corroído una buena parte de los elementos habidos en los pozos, abiertos bajo las piezas; los carapachos están agujereados y si la sala de cálculo, auténtica joya de la técnica, se conserva se debe a que está aislada y poco visitada.

La Batería B-8, como se conoce a la del monte de San Pedro coruñés, debería constituir una prioridad para el gobierno municipal coruñés, por cuanto posee de atractivo turístico y su adecuada conservación y correcta musealización un objetivo prioritario para la gerencia de Turismo Coruña, un departamento municipal que, durante los últimos cinco años, no ha movido un dedo ni ha presentado un proyecto serio de promoción de la ciudad.

Por otra parte, alguno de los grupos municipales coruñeses debería plantearse exigir responsabilidades a los componentes del desgobierno municipal de la Marea por la negligencia consciente, movidos por el sectarismo malvado, con la que trataron este asunto, permitiendo que un bien, propiedad de todos los coruñeses, llegase al estado de abandono en el que se encuentra, simplemente porque a estos siniestros tipos no les gustan las cosas militares, ni tampoco nuestra Historia.