Lo que no dice la Memoria Histórica ASÍ SE VIVIÓ EN EL MADRID ROJO, DEMOCRÁTICO,LEGÍTIMO, CONSTITUCIONALISTA Y LEGAL DE 1936.Según el estremecedor relato del gran periodista "El Caballero Audaz"(2)

 

 

Por su interés, voy a reproducir algunas páginas estos días de su obra "Horas del Madrid rojo" (aunque yo en lugar de horas les llamaría "Escenas"), en las que cuenta lo que vivió en los 3 meses que vivió en el Madrid rojo, entre el 18 de julio y el mes de octubre cuando pudo salvar su vida y huir al exilio

 

Son escenas de película (y algunas de sus obras también han sido llevadas al cine), son relatos apasionantes y tétricos, trágicos, en los que como periodista va recreando lo que fue y vivió aquel Madrid rojo, republicano, constitucional y legitimo (cuando un Gobierno LEGÍTIMO permitió que grupos desorganizados, descontrolados, y vengativos sembraran la muerte y el terror en Madrid)

 

Les aseguro que estos relatos del "Caballero Audaz" debían ser divulgados por un Gobierno que dice ser constitucionalista y legítimo como aquel.

 

Pasen y lean. Son escenas muy cortas pero muy expresivas y eminentemente gráficas:

 

Escena 4 LA DEL PERSEGUIDO

 

Adrián se hacía bien el cojo, apoyado en el bastón, renqueando, arrastrando trabajosamente el pie derecho. Esto le permitía caminar inclinado, disimulando su estatura. Llevaba subido el cuello del chaquetón de cuero, prenda de sus tiempos de cazador. La boina, inclinada, casi le cubría la frente, y bajo ella se desbordaban las greñas sin peinar... La barba y el bigote, crecidos, le desfiguraban el rostro...

Realmente tenía un tipo de pordiosero, de pobre hombre inválido y sucio. Nadie reconocería en él a Adrián Ruipérez, aristócrata, deportista, socio de la Peña y del Casino, galán afortunado, rico propietario de varias casas en Madrid...

¿Nadie?... En aquel momento iba por la calle de Sevilla y sintió un latigazo de alarma, de miedo...

Por la acera, cara a él, avanzaba un hombretón erguido con uniforme de capitán de Milicias... Era el Eustaquio, el portero de una de sus casas... De su brazo venía colgada una prostituta pintarrajeada, envuelta en un rico abrigo de pieles...

Adrián no tuvo tiempo sino de dirigirse al escaparate de «Les Petits Suisses» y ponerse a contemplar el interior con la cara casi pegada al cristal... Pero la pareja se detuvo también a su lado. Tan cerca, que el Eustaquio le rozaba en el hombro derecho.

La lumia exclamó:

-Mira qué zapatos más bonitos... Pero ¡qué caros! Es un escándalo. ¡Doscientas pesetas!...

-¿Los quieres? -preguntó el portero.

-No, ¿para qué? -murmuró con falsa desgana ella-. Era un decir... Porque, de verdad, son bonitos... Pero no me hacen falta... Ya sabes que tengo en casa lo menos veinte pares...

-¿Y qué más da?... ¿No te han gustao?... Pues vamos a por ellos.

-Hombre, como gustarme, ¡un rato!... Pero ¿para qué vas a gastar?

-¿Y para qué quiero los cuartos?... -barbotó él-. Tendría gracia que se pusiera uno a ahorrar y luego le pegasen un balazo...

La pareja, enlazada, entró en el establecimiento.

Hasta entonces no respiró a fondo Adrián. Si el Eustaquio lo reconociera, estaba perdido.

El ex portero, pistolero comunista, lo había estado buscando al principio de la Revolución. Él había detenido a sus dos cuñados y a varios vecinos de derechas, que murieron en la Casa de Campo... A pesar de su disfraz, de la delgadez, que le había extenuado durante diez meses de encierro y privaciones, Adrián temía la sagacidad del asesino convertido en capitán...

Preocupado con el encuentro, se le había olvidado cojear. Caminaba erguido, rápido...

Se vio en la luna de una perfumería y sintió un nuevo escalofrío de miedo por su imprudencia. Se detuvo, miró a su alrededor... No se creía observado...

Y cuando echó de nuevo a andar, ya otra vez había adquirido un paso claudicante, de inválido...

Fue una fortuna haberse dado cuenta...

Porque en la esquina de la calle de Arlabán había dos parejas de milicianos de retaguardia, con fusiles y brazalete rojo, que pedían la documentación a los transeúntes más jóvenes.

Un nuevo peligro.

Adrián exageró su cojera... Pasaba ante los milicianos. Uno de ellos le miró fijamente. Tembló Adrián... A pesar de que las barbas le envejecían, temía que en los ojos se le descubriera la juventud...

Pero el miliciano, tras el examen, pareció desdeñado.

No valía la pena perder el tiempo identificando a un inválido...

Todas las mañanas Adrián recorría este calvario. El hambre le echaba de su escondite, como a un lobo de su cubil el invierno.

Ya en la pobre casa, donde una vieja criada habíale acogido, no le era posible alimentarse... La ración mínima de la cartilla estaba obligado a dejársela a la pobre mujer... Por mediación de un vecino compasivo, Adrián había logrado adquirir una tarjeta de abono en el comedor colectivo instalado en el antiguo restaurante «La Concha»...

Cada mediodía sufría este martirio de miedo. En «La Concha» había siempre mucho público. Obreros, golfantes, prostitutas de ínfima estofa, milicianos borrachos...

No faltaban, sin embargo, en la parte de la taberna, gente conocida...

El día anterior había visto en el mostrador, rodeados de tipos siniestros que bebían con él vinazo, a Antonio Hoyos, el novelista aristócrata, amigo suyo en tiempos de paz. Se le quedó mirando con sus ojos turbios a través del monocle. No le reconoció... No se fiaba Adrián de este tipo degenerado y traidor, vendido a la Revolución.

En el comedor había visto también gentes conocidas... Otros que, como él, estaban disfrazados, perseguidos... Dos muchachas alegres, antiguas «estrellas» de la galantería, habían comido con dos milicianos en la mesa de al lado, sin reconocerle...

Haciendo más claudicante su andar, entró en el comedor... Eligió sitio al fondo, en un rincón... Llevaba un periódico y lo abrió, fingiendo abstraerse en la lectura; pero, en realidad, lo hacía para disimular el rostro tras el papel...

Le sirvieron un plato de lentejas, un pedazo de pan y una naranja golpeada...

Comía con ansia... Hambre del día anterior, porque de noche no se atrevía a salir de su refugio por temor a la vigilancia, que se intensificaba desde el anochecer.

Tragaba casi sin masticar el deslabazado condumio. Recordaba la rica sopa al horno, los grasientos y sabrosos «callos» que alguna vez, como excepción pintoresca para su paladar de «gourmet», había venido a comer aquí con amigos y amigas aficionados a lo castizo...

Con este recuerdo en el paladar se le hacía menos desabrido el potaje. Con la mano izquierda sostenía el periódico... Lo miraba sin ver... De repente una sombra se interpuso entre él y la claridad de la ventana frontera...

Alzó los ojos. Dos milicianos estaban ante él. Fusil al hombro y brazalete al brazo.

-¡A ver! ¡La documentación!

No la tenía. La cédula de rico propietario la había destruido hacía mucho, como documento delator.

-No llevo nada encima, camaradas -balbuceó-: He salido un momento a comer., porque estoy inválido, enfermo... Pero mi nombre está aquí...

Y enseñaba la tarjeta del comedor. Allí rezaba: Alfonso Martínez, encuadernador.

La leyó en voz alta uno de los milicianos.

Pero tras él vibró una voz de mujer, agria, con acento rencoroso:

-Eso es filfa, compañeros... Aquí, el manús, es Adrián Ruipérez, un tío de derechas con más dinero que pesa... Tiene un sin fin de casas... ¡Si lo reconoceré yo, que he estado con él de juerga más de una vez en la Cuesta!...

Adrián se vio perdido. En la que hablaba acusándole reconoció a una de las dos mujeres de vida alegre que el día anterior comieron a su lado...

 

Escena 5

LA DEL «PASEO»

 

 

 

Eran tan fuertes los golpes en el cancel de hierro, que el portero se decidió, al fin, a atender a los que llamaban.

Se embutió el guardapolvo de faena y salió de su cuchitril. Apenas apareció en el portal recibió una rociada de insultos feroces.

-¡Venao! ¿Te hacías el sordo, eh?... Llevamos aquí media hora llamando.

-¡Abre la puerta! ¡Me... en tu madre!

El portero, hombrecillo cetrino, habituado ya a las brutalidades de los milicianos, respondió calmoso y como si para él no fueran los improperios:

-Bueno... bueno... ¡Menos prisa!... Eso de abrir será según. Vamos a ver: ¿Traéis autorización de la Dirección de Seguridad?

El jefe de la patrulla replicó con violencia:

-Sí. Esta. ¿Te parece bastante?... Pues cómetela...

Y por entre los hierros del cancel entró su mano diestra, que empuñaba una pistola del «nueve largo».

El portero, socarrón, que había preguntado por pura fórmula, dijo:

-Pa mí, colosal. Eso es un documento, compañeros. Mejor, ni firmao por Azaña.

Y abrió la puerta.

Entraron cuatro milicianos. Uno de ellos proyectó la estela de luz de su linterna sobre un papel que llevaba en la mano:

-Vamos a ver, tú. ¿En qué piso vive un tal Ramírez, que estaba empleao en las cajas de alquiler del Banco Central? Un tío «carca» muy metido con las beatas.

El portero fingió hacer memoria. Después sonrió, como ante un hallazgo:

-¿Ramírez?... ¿Ramírez?... No, compañero. Será Martínez... Alfredo Martínez. ¿No es uno que administra unas casas de una comunidad allá por las Delicias?...

-¡Ese, ése! -asintió el miliciano-. Ramírez o Martínez, da igual. ¡Le vamos a borrar el apellido dentro de unos momentos!... En cuanto lo vea no se me despinta. Pues sí que no me tié dao malos ratos los primeros de mes con los recibitos... Las últimas noticias que tengo de él son las de la notificación de un desahucio por falta de pago.

-Bueno, ¿pero es que venís por él... pa detenerle?

-No. Verás... Es que ahora estoy en fondos y se me ha ocurrido ponerme al corriente en el pago de la casa... Y mejor ocasión pa que cobre, ni pintá... Bueno, ¿en qué cuarto vive?

-En el tercero izquierda -se apresuró a decir el portero.

-¿Con quién vive?

-Con su mujer nada más. Ella está muy achacosa y se pasa el tiempo en la cama y él no pisa la calle desde que empezó esto.

Se lanzó escaleras arriba la patrulla.

La casa estaba muda. ¿Cuántos corazones latirían en aquel instante frenéticamente a impulsos del terror, tras las puertas cerradas de los pisos? ¿Cuántas pupilas febriles brillarían entre las rendijas de las mirillas acechando el paso de los milicianos?... ¿Cuántos suspiros de alivio ensancharían los pechos al sentirlos pasar sin detenerse?...

No tuvieron que repetir la llamada en la puerta del piso que buscaban. Al primer golpe, se abrió lentamente, y en su hueco apareció un hombre pálido, de cabellos grises y gesto sereno. Silencioso, rígido.

-¿Eres tú Alfredo Martínez? -interrogó el jefe de la banda.

-Ya lo creo. Este es -gruñó jubiloso un miliciano.

- Si. Yo soy - respondió, con voz suave y tranquila, el interpelado-. ¿Qué deseáis?

-Que tiés que venir con nosotros... Pa una diligencia en el Ateneo.

-¿Ahora mismo? -interrogó, sin inmutarse.

-Pues claro; ahora mismo.

Vaciló el requerido un momento. Volvió los ojos al interior de la casa con una mirada profunda y triste, como de despedida.

-No tengas miedo, hombre -dijo otro miliciano con acento hipócrita-. A lo mejor estás aquí de vuelta en seguida. El tiempo de prestar una declaración.

-Sí, sí. Ya lo supongo -murmuró Martínez-. Una declaración.

-Bueno, ¡hale! ¡Que tenemos mucho que hacer y estamos perdiendo el tiempo! -gritó otro miliciano desde el rellano.

Entonces la víctima vibró, estremecida de alarma.

-Por favor, os ruego que no deis voces... Yo me voy con vosotros a donde queráis, y ahora mismo; pero no hagamos ruido. Mi mujer está muy enferma. Hace un cuarto de hora le he puesto una inyección y se ha dormido: Por todo lo del mundo, no quisiera que despertase ahora y se diera cuenta de que me lleváis.

-Bueno. Pues entonces, ¡anda!

Volvió a mirar Martínez hacia adentro de la casa. Larga, triste, profunda mirada de despedida. Después murmuró:

-Vamos allá.

Y dio dos pasos hacia afuera. Tiró hacia sí de la puerta, con cuidado, y la cerró cauto... Después echó a andar, casi a correr; por el rellano, como queriendo alejar lo más pronto posible aquel último episodio de su vida el hogar donde fue tan feliz y en el que dormía su esposa.

Empezó a bajar tan de prisa, que uno de los milicianos le gritó:

-¡Eh, tú, facha, frena! ¡Que no vas a coger el exprés!

Pero él siguió bajando rápido. Sólo tenía un pensamiento: Alejarse... Que no sintiese nada. Que no oyera nada la pobre compañera de su vida, que dormía un sueño piadoso allá en la alcoba, en penumbras que olían a medicamentos.

En el portal, Martínez se detuvo. Sacó una llave del bolsillo y se la dio al portero.

-Oiga, señor Pepe: Por si tardo, mañana, apenas sea de día, le da usted esta llave a la señora Engracia, la del tercero derecha... Que entre a dar una ojeada a mi mujer.

-Descuide usted... Se la daré si es caso.

-¿Qué va a ser?... ¿No te hemos dicho que es cosa de poco?... –barbotó un miliciano-. El tiempo de una comprobación.

 

* * *

 

Corría el coche carretera de Aragón arriba... Enfiló la Ciudad Lineal... y allá a lo alto, frente a los pinares de Chamartín, se detuvo ante un descampado.

Saltaron a tierra tres hombres... Luego, otro descendió lentamente del estribo... Avanzó unos pasos y se detuvo... Voces imperativas le conminaron a seguir andando.

Dio tres pasos más y se hincó de rodillas. En el mismo instante sonaron, unánimes, varios disparos...

Se plegó a la tierra el arrodillado.

Una figura negra se destacó del grupo. Aproximóse al caído y relampagueó otro tiro. Una vez cavernosa dijo entre las sombras:

-Pa ti es también primero de mes. ¡Ya has cobrao!

Y una risa brutal tembló en la noche.