Entrevistamos a Alejandro Descalzo, antiguo militante de La Guardia de Franco, que nos cuenta como vivió en primera persona la muerte de nuestro Caudillo y como España fue un clamor llorando la perdida de un padre.

¿Donde estaba usted cuando murió Franco?

Me encontraba en Madrid. En el 75 yo tenía 17 años y estaba estudiando. Militaba en La Guardia de Franco. En mi casa todos nos temíamos un desenlace muy próximo. Recuerdo con toda claridad a mi padre entrando en mi habitación a las 5:30h de la mañana a darme la noticia. Era jueves. La radio emitía música clásica y esto, junto a la inmensa tristeza era el presagio de unas horas muy duras. Era vivir la historia de primera mano.

Usted fue uno de los muchos españoles que pasó a darle el último adiós ante su cadáver...

Sí. Al militar en La Guardia de Franco. Mi Centuria. La nº 17, tuvo el honor inmenso de hacer un turno de guardia ante El Caudillo. Yo por razones físicas, no hice esa guardia, pero estuve allí para agradecer la inmensa obra del hombre y del estadista más grande desde los Reyes Católicos.

¿Como recuerda el ambiente de las colas de gente que querían despedirse del Caudillo?

Eran mares de gente agradecida. Personas mayores rozando la ancianidad, padres con sus hijos, grandes y pequeños, mujeres solas, jóvenes... Éramos el pueblo español. Éramos los que llenábamos la Plaza de Oriente todos los años para formar con él una unidad de destino en lo universal. Eran muchas cosas a la vez. Muchos sentimientos unidos.

¿Era consciente de que vivía unos momentos históricos?

Por supuesto que sí, pero con cierta zozobra, todo hay que decirlo.

Le impacto el caso de un obrero firme en actitud marcial ante los restos de Franco, ¿Podría contarlo?

Esa imagen puede ser el resumen de la gran obra de Franco. Serían las 5 de la tarde. El paso de las gentes delante del féretro era un río incesante de gestos de respeto. Habían rezos, inclinaciones de cabeza, lágrimas contenidas y sin contener. Mucho dolor. Mucho respeto. De pronto un hombre alto y delgado, que vestía un mono de trabajo, se paró delante del ataúd y cuadrándose militarmente levantó su brazo derecho en saludo falangista. Allí estuvo quieto. Con la mirada fija en el Caudillo. Tuvieron que cogerle entre dos miembros de seguridad y sacarle de allí. Nunca olvidare a ese hombre ni a su dolorosa gallardía.

Igualmente, su funeral fue seguido por todo el país...

Cierto. Otro momento de esas jornadas que no olvidaré fue unas palabras de mi padre contemplando por televisión la capilla ardiente. Dijo: Caudillo, tú ya has dejado de sufrir. Ahora nos toca a nosotros...Que razón tenía.

Hablemos de los grandes índices de popularidad que tenía Franco, de los que ya quisiera Sánchez tener la centésima parte.

Franco se ganó el respeto y cariño de todo su pueblo. Su inmensa obra dio los mayores índices de bienestar, desconocidos por todos. Aparte de salvarnos, ganando al comunismo y venciendo en nuestra Gloriosa Cruzada, que de haberla perdido, nos hubiera convertido en un satélite de la Rusia atea, la popularidad de Franco fue el resultado de la transformación de la ruina en progreso.