Uno de los más siniestros y crueles chequistas de aquel abominable Madrid rojo del treinta y seis al treinta y nueve fue un sujeto llamado Pablo Sarroca nacido el 31 de enero de 1889 en Bigorre perteneciente al distrito francés de Trabes. Sus padres, de origen español, se trasladaron a España cuando Pablo era un niño, fijando su residencia en Cataluña.

 

Cuando contaba veintisiete años ingresa tras oposición en el Cuerpo Eclesiástico del Ejército de donde saldrá como capellán segundo, siendo trasladado en 1917 a  África al Regimiento de Infantería con sede en Ceuta donde sería  condecorado, en diciembre de 1920, con la Cruz de 1ª Clase al Mérito Militar con distintivo rojo. En ese año de 1920 Pablo Sarroca solicita su traslado a su tierra catalana, siendo destinado al Regimiento de Infantería Luchana nº28 que guarnecía la ciudad tarraconense de Tortosa. Posteriormente serviría como segundo capellán en el batallón de Montaña de Reus y de regreso a África en  el Regimiento de Infantería de Sicilia. En 1924 prestará sus servicios ya como capellán titular en el Regimiento de Infantería Guadalajara. Otros de sus destinos serán   el Hospital Militar de Vitoria (1924-1927) y el Regimiento de Lanceros de España 7º de Caballería. En marzo de 1928 fue ascendido por antigüedad a capellán primero (equivalente a capitán). En enero de 1931 se encuentra destinado en la Academia Especial de Ingenieros de Guadalajara. El 14 de abríl, con la llegada al del gobierno provisional de la II república  Sarroca se encuentra destinado como Vicario General en la primera Región Militar cuya cabecera es Madrid. Tres días después pasará  agregado al ministerio de la guerra, cuyo titular es el nuevo presidente del gobierno Manuel Azaña.

 

Sin razón aparente, a partir de ese momento, el sacerdote Sarroca  va a sufrir una completa transformación ideológica. En 1932 publicará un pequeño libro de profunda admiración y leal adhesión al régimen de la II república española, un año después de que los dirigentes republicanos hubiesen permitido la quema de numerosos conventos en toda España. El libro en cuestión levantó una ola de críticas entre sus compañeros capellanes castrenses, pero hizo que Sarroca lograse la consideración y amistad del presidente del Gobierno y ministro de la guerra, Manuel Azaña  quien le nombraría en ese año de 1932 capellán castrense del gabinete militar de Azaña con el grado de Comandante  a las órdenes del General Hernández Sarabia, Aquella amistad con el político de Alcalá de Henares se mantendría hasta el final de la contienda.

 

Tras el fracaso del alzamiento Militar del General Fanjul Goñi en Madrid, con la caída y la posterior matanza de los defensores del cuartel de la Montaña, el día 20 de julio, la capital queda en manos de las milicias socialistas, comunistas y anarquistas, armadas por el gobierno del socialista del boticario Giral,  En los primeros días de agosto de 1936, cuando ya en las calles de Madrid habían comenzado las detenciones, “paseos” y matanzas indiscriminadas de todos aquellos a los que se les consideraba enemigos del frente popular, tuvo lugar en los salones del Circulo de Bellas Artes una reunión convocada y presidida por el Director General de Seguridad, diputado a Cortes por el Partido de Izquierda Republicana y miembro de la Masonería con grado 33, Manuel Muñoz Martínez.

 

Libro de Sarroca de su decidido apoyo a la República.

 

De aquella reunión salió la creación de un Comité Provincial de Investigación Pública, que, en estrecho y permanente contacto con la propia Dirección General de Seguridad roja, habría encargarse con grandes atribuciones de dirigir la política represiva en la capital contra los que eran considerados como enemigos facciosos o quinta columnistas.

 

A finales de mes de agosto, a diferencia de otros religiosos, sacerdotes y monjas, ya detenidos e incluso asesinados,  Pablo Sarroca sería detenido, acusado de desafecto,  por agentes de policía, a los que opuso una gran resistencia,  en su casa ubicada en el número 7 de la calle Sánchez Díaz, situada en el Distrito de Ciudad Lineal.

 

Trasladado a la cárcel Sarroca fue acusado de desafecto al régimen frente populista, así como de atentado  a la autoridad debido a su agresión al policía que lo detuvo, Sin embargo y gracias a su amistad con Manuel Azaña, Pablo Sarroca fue puesto en libertad. Con la llegada a la presidencia del gobierno del socialista Francisco Largo Caballero. Sarroca vería la luz, tras emitir el propio presidente del gobierno la siguiente nota en el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra en la que se decía lo siguiente:   “Por las excepcionales circunstancias que concurren en el ex capellán mayor del Ejército, Don Pablo Sarroca Tomás y su reconocida adhesión al régimen, he tenido a bien disponer que pase a agregado de la Sección de Información del Estado Mayor de este Ministerio; percibiendo los haberes que por su anterior empleo venía disfrutando. Lo comunico a V.E para su conocimiento, en Madrid a 13 de septiembre de 1936”. 

 

De esa forma Pablo Sarroca pasó a formar parte del contraespionaje frente populista, en Servicios Especiales, teniendo como principal cometido, debido a su conocimiento de idiomas,  el de ser censor de correspondencia extranjera. Sarroca se encargó de leer y autorizar las cartas que enviaban los combatientes extranjeros, sobre todo los enrolados en las Brigadas Internacionales, para evitar que espías enemigos pudiesen enviar información al ejército Nacional.

 

A partir de ese instante a Sarroca le entra un inusitado furor revolucionario. Se olvida por completo de su vocación religiosa, abjurando de ella, renegando de su fe  y afiliándose  el 16  de septiembre de 1936 al  Ateneo Libertario de Ventas, el barrio en el que estaba residiendo. Allí conocerá a dos milicianas llamadas  Gregoria Rubio Acosta alias “Huesos” y Julia Redondo Herrero con las cuales mantendrá relaciones sexuales y comenzará a realizar labores de orden público. Estas dos individuas se encargaban de notificar a  Pablo Sarroca los asesinatos que cometían los miembros del Ateneo de Ventas.

 

Además de aquel furor revolucionario y marxista a Pablo le asaltó un desmedido apetito lascivo por las mujeres y por la bebida. Tras mantener relaciones sexuales con sus amigas milicianas Gregoria Rubio Acosta alias “Huesos” y Julia Redondo Herrero, inicio una relación sentimental con su cuñada Flora García, quien le llegaría a acusar de haber abusado sexualmente de su madre y querer abusar de su hija, la que supuestamente era hija de ambos, de nombre Teresa.

 

No será Flora la única mujer que rondase la cama  y alcoba del ex capellán. Sarroca tendría un escarceo amoroso con una joven y guapa miliciana, de 18 años, llamada Julia Sanz López, que mantenía entonces una relación sentimental con el jefe del batallón “Balas Rojas” Luis Echevarría. Julia lograría por sus servicios al frente popular, el grado de cabo honorifico de la Guardia de Asalto, siendo homenajeada por las autoridades frente populistas  que le ofrecieron una cena celebrada en la noche del 24 de septiembre de 1936, en el restaurante  de Madrid Achuli, y  a la cual acudieron altos mandos militares y policiales, entre ellos, además del propio Sarroca, el general Asensio Torrado y el comandante de asalto Ricardo Burillo.

 

Sin embargo es llamativo  que la entonces homenajeada sería detenida en 1937 junto a su amante Luis Bonilla Echevarría, jefe del batallón “Balas Rojas”, una partida de facinerosos, que cinco días después de ser homenajeada su adolescente novia, asesinaría y robaría en el pueblo de toledano de Los Navalucillos,  de forma brutal, a diez vecinos acusados de fascistas. En la partida de patibularios figuraban además de Luis Echevarría y su novia, los policías madrileños José Guerra  y Miguel Pérez Arellano, el capitán de milicias  Máximo Calvo Cano y Luis Morales, comandante de artillería.  

 

Con posterioridad Echevarría y su “niña” caerían en desgracia, al perder los favores de quienes antes no habían hecho nada por impedir los asesinatos y tropelías del batallón “Balas Rojas”. Por aquellos injustificados asesinatos, Echevarría y Julia serían juzgados por un tribunal popular, siendo Echevarría condenado a muerte y ejecutado  el 27 de junio de 1938 en Alcalá de Henares. Julia Sanz López, será juzgada por auxilio a la rebelión. Su causa fue sobreseída, quedando en libertad.

 

En el mes de diciembre de 1936 Pablo Sarroca pasó a ejercer como interrogador, primero en los despachos del Ministerio de Hacienda y luego directamente en el Ministerio de la Guerra. Allí se revelaría como un sádico interrogador.

 

  1. Milicianos fuertemente armados por las calles de Madrid.

 

Sin embargo y debido a sus modos y maneras en el verano de 1937, la dirección general de seguridad ordenó a los funcionarios de policía  Francisco Jiménez, Constantino Neila  y Argentino Rasillo, tras dos denuncias de vecinos,  que investigaran  a Sarroca al que se le acusaría posteriormente de asesinar a un farmacéutico Germán Pérez Carrasco, al que había intentado  en un primer momento  estafar, exigiéndole para salvar su vida y la de su esposa, 10.000 pesetas. Curiosamente el farmacéutico  sería encontrado muerto y abandonado su cadáver en la carretera de Hortaleza, tras ser ejecutado por el miliciano Gabriel Carmona, junto con otros dos hombres, la misma noche en que Sarroca  le exigió la “mordida”. El Policía Jiménez  hurgaría también en el asesinato de un muchacho apellidado Cubillo  al que Sarroca también había amenazado con ordenar su ejecución “por derechista” si no pagaba más de 3000 pesetas. Sarroca tuvo también una gran responsabilidad en los asesinatos del matrimonio Ramírez de Arellano y su hijo. Se comprobó también que Sarroca chantajeó primero y denunció después a  un teniente de la Guardia Civil llamado Ezequiel Rico, al que mandó detener y encarcelar  por el “terrible delito” de escuchar en su casa un disco de “la marcha Real”. Después de que la madre del Ezequiel Rico pagase a Sarroca con una gran cantidad de oro, el teniente de la Benemérita lograría la libertad.  

Además de ello el ex cura metido a revolucionario saqueó y robó en las casas de muchos de los madrileños, que vivían en la zona Ventas-Ciudad Lineal. Si no le entregaban dinero, joyas o incluso vehículos, si los poseían, les amenazaba con darles el “siniestro paseo”. Aquellos objetos, producto del pillaje, Sarroca los vendía al mejor postor.

 

Fue tal el latrocinio de Pablo Sarroca, que una vez finalizada la guerra de Liberación Española,  el Servicio de Información Militar del nuevo régimen descubrió que Sarroca  había controlado en su casa un importante depósito de comestibles, bebidas y otros artículos de primera necesidad, que escaseaban de forma alarmante en toda la capital, traficando y vendiéndolos a elevados precios con afán de enriquecerse de forma ilícita.

 

Sarroca, tras aquella investigación de las autoridades rojas fue detenido e ingresado en la cárcel del Duque de Sexto. Una vez en prisión hizo valer su amistad con Manuel Azaña, Indalecio Prieto, Largo Caballero, el general Miaja y otros destacados líderes frente populistas, presentándose como un leal defensor de la causa republicana. En su defensa se arrogó, según sus propias manifestaciones, el haber asesinado a más de doscientos fascistas enemigos del frente popular. E incluso alegó que si era puesto en libertad, gracias a  sus investigaciones realizadas desde su puesto de miembro del servicio especial, estaba en condiciones de aportar información para delatar y detener a otros trescientos o cuatrocientos enemigos más de la república con intención de hacerles desaparecer.

 

Las autoridades del frente popular, posiblemente influenciadas por las buenas amistades de Sarroca, no encontraron pruebas suficientes para condenarle, quedando en libertad. Tras ello Sarroca siguió sembrando desde el Ateneo Libertario el crimen y el latrocinio en Ventas y Ciudad Lineal hasta el final de la contienda. Junto a él en el comité de defensa del propio ateneo se distinguió por su maldad y sed de sangre un sujeto miembro de la agrupación Socialista de Madrid llamado Juan Carmona Campillo, alias “el matón” y  “el verdugo del Ateneo”, que disfrutaba hasta el paroxismo, asesinando a diestro y siniestro, pues incluso llegó a apiolar a muchacho socialista al considerarle maricón. Juan Carmona se ufanaba de haber asesinado a más de 160 personas. Otro siniestro miembro del ateneo fue el también miembro del partido Socialista Gabriel Carmona hermano de Juan y  la mujer de éste, Josefa Paredes. Antonio Hurtado Fajardo, alias "el Chato de Ventas" quien participo en distintas incautaciones y asesinatos, Antonio Salinas, miembro destacado del sindicato de la Construcción y Julián Antón, el administrador general del ateneo.

 

Por desgracia, en la zona de influencia  de Sarroca y Carmona y tras diversas peripecias y escapadas, iban a caer unas hermanas de la Orden de  la Inmaculada  Concepción Franciscana, que se refugiaron a 500 metros de su monasterio, en una casa situada en la séptima planta de la calle Francisco Silvela número 45. Su monasterio, situado en el número 19  de la calle de Sagasti, había sido asaltado el día 19 de julio por milicianos armados con pistolas y fusiles,  Entre blasfemias, insultos, golpes y constantes amenazas de muerte, a la tarde de aquel día las monjas Concepcionistas abandonaron su convento. Antes escucharon, con enorme devoción, la Santa Misa. Tras la comunión el capellán del convento  les preguntó en voz alta:” ¿Estáis dispuestas a dar la vida para manteneros fieles a vuestros compromisos de almas consagradas?”  Un sí rotundo y firme fue contestado al unísono por las valientes monjitas.

 

  1. Hermanas de la Orden de la Inmaculada Concepción Franciscana. Mártires del marxismo.

Vestidas de seglares, con apenas equipaje, en pequeños grupos, abandonaron el monasterio,  iniciando entonces un tortuoso y peligroso peregrinaje por diferentes casas de Madrid, donde se escondieron. Diez de ellas se instalaron en  el piso de la calle Francisco Silvela con la abadesa  María del Carmen Lacaba Andía al frente. Ese piso de la calle Francisco Silvela lo había alquilado la orden tras las elecciones de febrero de 1936, ganadas de forma escandalosamente fraudulenta por las candidaturas del Frente popular, Era un piso que apenas contaba con muebles y camas, teniendo que dormir varias de las hermanas en el suelo. Entre las hermanas que se acomodaron en aquel domicilio se encontraba Sor María de la Asunción Monedero, de 72 años de edad, afectada desde hacía más de veinte años de  un grave y muy doloroso proceso reumático degenerativo, que la tenía prácticamente incapacitada. Las otras ocho religiosas se acomodaron y escondieron en diversas viviendas, a lo largo y ancho de la capital, circunstancia esta que les salvaría la vida.

En la noche del 7 de noviembre de 1936 y tras la denuncia de  una malvada y cobarde delatora, portera de un inmueble vecino, varios vehículos llenos de milicianos, fuertemente armados,  pertenecientes al Ateneo de Ventas, que mandaba el ex cura Pablo Sarroca, se presentaron en el piso de Francisco Silvela aporreando la puerta. Con una acendrada Fe, la abadesa, antes de salir del piso,  se dirigió a sus monjas: ¡Hijas mías! Ha llegado la hora de dar testimonio de que somos almas consagradas, confiemos en la ayuda del Señor que no nos faltará”. A empellones y golpes fueron obligadas a abandonar la vivienda en grupos de tres e introducidas en varios coches

Las ultimas en abandonar la casa fueron la abadesa Sor María del Carmen Lacaba y la impedida Sor Asunción Monedero, que no podía ni moverse. Su paso lentísimo exasperó a uno de aquellos patibularios asesinos que la emprendió a patadas con la anciana religiosa, proponiéndole a sus aviesos compinches arrojarla por las escaleras para acabar así con su vida. Entre suplicas y ruegos de la madre abadesa y la ayuda del portero de la casa, a la monja enferma, aquellos matones, le permitieron para bajar, usar el ascensor. La madre abadesa fue la última en salir tras  abrazar y besar a los porteros de la finca y a su hija, a la que sin ser vista por sus indeseables verdugos, dejó entre sus manos 150 pesetas. La siniestra caravana automovilística se trasladó a las afueras de Madrid donde las diez monjas fueron vilmente martirizadas y asesinadas. Sus cuerpos no fueron encontrados nunca, desconociéndose, a día de hoy, si fueron exterminadas en Paracuellos del Jarama o en las proximidades de la plaza de toros de las Ventas del Espíritu Santo. La macabra lista la componían la Madre abadesa María del Carmen Lacaba Andía: Isabel del Carmen Lacaba Andía. Sor María Petra Pilar de los Dolores: Petra Manuela Pairós Benito. Sor María Eustaquia de la Asunción: Eustaquia Monedero de la Calle. Sor María Guadalupe de la Ascensión: María de las Nieves Rodríguez Higuera. Sor María Beatriz de Sta. Teresa: Narcisa García Villa. Sor María del Santísimo Sacramento: Manuela Prensa Cano. Sor María Juana de San Miguel: Juana Ochotorena Arniz.  Sor María Basilia de Jesús Díaz Recio; Sor María Clotilde del Pilar Campos Urdiales y Sor María Balbina de San José: Manuela Balbina Rodríguez.

No pararía ahí la persecución a las religiosas de la Orden. Dos monjas  Concepcionistas las hermanas Madre Inés de San José: Inés Rodríguez Fernández y Sor María del Carmen de la Purísima Concepción: María del Carmen Rodríguez Fernández, se refugiaron en la casa del capellán, tras ser expulsadas del monasterio que la orden tenía en El Pardo. El 23 de agosto fueron descubiertas y detenidas por una patrulla de milicianos que las trasladó a una checa donde fueron objeto de vejámenes y torturas. 

El día 25 de agosto los cadáveres de las  dos religiosas aparecieron con las ropas desgarradas en un descampado cercano al cementerio de Vicálvaro. El empleado del cementerio las encontró y tras lavar sus caritas y adecentarles los vestidos, las trasladó al cementerio para proceder a su enterramiento. Con una cámara de fotos decidió hacer unas instantáneas a fin de dejar constancia de donde las había enterrado, poniendo en el lugar también una señal. Aquello serviría para, una vez finalizada la guerra de Liberación Española, identificarlas. Tras ello, sus restos, fueron trasladados al cementerio de la orden en el convento de El Pardo. En la actualidad sus restos se encuentran  en el monasterio que la orden tiene en la imperial Toledo, donde se veneran  junto a los de la fundadora de la Orden de la Inmaculada Concepción, Santa Beatriz de Silva.

Dos hermanas más de la Orden, Sor María de la Asunción Pascual Nieto y Sor María de San José Ytoiz, que se encontraban en la localidad Toledana de Escalona, fueron también detenidas y trasladadas, al ser incautado su convento,   a la dirección general de seguridad de Madrid. De allí fueron enviadas a la checa establecida en el antiguo convento de Capuchinos. Maltratadas, torturadas con diferentes medios, sus sayones asesinos intentaron por todos los medios que apostataran y abandonaran su Fe. Ellas se mantuvieron firmes, aceptado de forma valerosa su sufrimiento y martirio. Finalmente fueron fusiladas a finales del mes de octubre de 1937.

En junio de 2002 por orden del Papa San Juan Pablo II, se inició el proceso de beatificación de las catorce hermanas Concepcionistas asesinadas por odio a la fe por milicianos comunistas, socialistas y anarquistas, en el Madrid rojo en 1936      

El sábado 22 de junio de 2019, las catorce inocentes religiosas mártires concepcionistas eran beatificadas por el cardenal Ángelo Becciu, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.

Pablo Sarroca Tomás

Regresando al siniestro Pablo Sarroca, finalizada la guerra de liberación fue detenido en Alcalá de Henares. En mayo de 1939 se inició contra él  un consejo de guerra   sumarísimo, celebrado en el jugado militar de la ciudad, cuna del gran Miguel de Cervantes.

En su estancia en la cárcel con una indignidad y cinismo atroz, el 9 de marzo de 1940, dirigió una carta al tribunal que le juzgaba en los siguientes términos: “Creyendo que no he perdido aún la categoría de capellán mayor del Ejército, por cuanto el 18 de julio de 1936, fecha del Glorioso Movimiento Nacional, se encontraba en la situación de disponible forzoso en unión de los 38 capellanes, no siendo dados de baja definitiva hasta el 2 de septiembre del mismo año. En consonancia con lo dispuesto en el Código de Justicia Militar y en varias disposiciones ministeriales, suplico a VE ser trasladado a prisiones militares. No dudando de ser atendido en su petición, pido a Dios que VE conserve la vida para bien y prosperidad de nuestra querida España. Alcalá de Henares 9 de marzo de 1939”.

El 13 de noviembre de ese año de 1940, tras ser declarado culpable y condenado a muerte, Pablo Sarroca Tomas fue fusilado por un pelotón de ejecución en las tapias del cementerio de Alcalá de Henares donde sería enterrado en una fosa común. Nadie reclamaría sus restos.

El juez municipal encargado del Registro civil de Alcalá de Henares Herrero certificaría su fallecimiento de esta forma: Anselmo Herrero González, Juez Municipal suplente encargado del Registro Civil de Alcalá de Henares.
Certifica, que en el tomo ochenta y uno de la sección Defunciones de este Registro Civil a mi cargo figura la inscripción de defunción de Don Pablo Sarroca Tomás de cincuenta años, natural de Vic-Bigorre, provincia de Francia. Domiciliado en Madrid, Ciudad Lineal, de profesión Capellán y de estado soltero, falleció en este término el día 13 de Noviembre de mil novecientos cuarenta a las siete horas y treinta minutos, a consecuencia de shock traumático producido por arma de fuego según resulta de informe médico y reconocimiento practicado, recibiendo su cadáver sepultura en el cementerio de esta ciudad”. Y para que conste a petición del Juzgado Militar Especial de Capitanía General de la Primera Región Militar”.

Las autoridades vencedoras de la guerra detendrían a Flora García Martínez, natural de El Ferrol de 38 años de edad, la pretendida viuda de Sarroca, al ser acusada de cómplice pues se pudo probar “que  conocía cuantas denuncias, asesinatos y saqueos cometidos por su marido y de complacencia de aprovecharse de los productos robados”. Flora fue condenada a cadena perpetua por adhesión a la rebelión. Si embargo su pena sería rebajada a 30 años. En marzo de 1947 Flora consiguió la libertad, beneficiándose del Decreto de Indulto otorgado graciosamente por el Caudillo de España  con fecha 9 de octubre de 1945, en donde se hacía referencia   a los delitos de Rebelión Militar cometidos con anterioridad al 1 de abril de 1939. Gregoria Rubio Acosta alias “Huesos” y Julia Redondo Herrero serían detenidas y juzgadas por la justicia franquista en el año 1941. Condenadas serían también con posterioridad puestas en libertad.

Los otros malvados miembros de aquel criminal  ateneo de Ventas serian también detenidos y juzgados. Julián Antón y Gabriel Carmona Campillo condenados a muerte, serian fusilados en 1940. Po su parte Antonio Hurtado “El Chato de Ventas” y Antonio Salinas lo serían en 1942. El socialista Juan Carmona también sería detenido al finalizar la contienda. El 31 de mayo de 1940 fue trasladado desde la cárcel de Valencia  a la prisión de Valladolid. En mayo de 1944 el consejo de guerra sumarísimo que le juzgó en Madrid le condenó  a muerte siendo fusilado en el Campo de Tiro de Carabanchel el 17 de enero de 1945.

 

PD:Con mi reconocimiento al vocal de la Hermandad de Nuestra Señora de los Caídos de Paracuellos del Jarama, nieto de una de las víctimas de aquel holocausto, extraordinario e incasable investigador y un grandísimo español José Manuel Ezpeleta.