Agosto de 1936                                                                               

Florentino Asensio Barroso, (beato), fue uno de los trece Obispos españoles, martirizados y ejecutados durante el gobierno criminal del Frente Popular.

Nació en Villasexmir, un pueblecito de Valladolid, el 16 de octubre de 1877,  y ordenado sacerdote en 1901.

Tomo posesión de la Diócesis de Barbastro el 16 de marzo de 1936, cinco meses antes de morir mártir a manos de la turba roja.

Proclamada la Segunda República, Barbastro fue un centro de disturbios anti católicos muy acusado. Tal y como hacen en la actualidad, los rojos se estrenaron cambiando la nomenclatura de las calles, vg: la calle de Santo Domingo pasó a llamarse de Pablo Iglesias,  La calle  de  Capuchinos se llamó Ferrer y Guardia etc.

En abril de 1932, el Frente Popular incautó el cementerio y el 1 de agosto asaltaron el seminario.

 A los sacerdotes Ramón Lacruz y Ramón Vinós les sacaron los ojos, les cortaron las manos antes de fusilarlos y arrojaron sus cuerpos al pantano de Barasona el 23 de julio de 1936. A los sacerdotes Arcadio Alemán, Ángel Alfaro, José Chiriveta, Ramón Bergua y Miguel Salamero Azlor les mataron aplastándoles el cráneo a martillazos

 

 

El Padre Gabriel Campos Villegas recoge en su obra Mártires Claretianos
de Barbastro, las últimas horas del mártir: atado a otro prisionero, fue llevado al Ayuntamiento, donde le esperaba un “tribunal popular” formado por un oculista “de mala entraña”, Héctor M., Antonio R., el Marta y Santiago F., el Codina. Este último le dijo a un tal “Alfonso G., analfabeto”:

¿No decías que tenías ganas de comer co…de Obispo? Ahora tienes la ocasión>. Alfonso
G. no se lo pensó dos veces: sacó una navaja de carnicero; y allí, fríamente, le cortó en vivo
los testículos
.
Saltaron dos chorros de sangre que enrojecieron las piernas del prelado y
empaparon las baldosas del pavimento, hasta encharcarlas. El Obispo palideció, pero no se
inmutó. Ahogó un grito de dolor y musitó una oración al Señor de las cinco tremendas llagas.
…Le cosieron la herida de cualquier manera, con hilo de esparto, como a un pobre caballo
destripado. Los testigos garantizan que aquel guiñapo de hombre, el Obispo de Barbastro, se
habría derrumbado de dolor si no hubiera estado atado al codo de su compañero, que se
mantuvo y lo mantuvo en pie, aterrado y mudo.
El Obispo fue empujado a la plazuela, sin consideración alguna, y conducido al camión
de la muerte. “Le obligaron a ir por su propio pie, chorreando sangre” ante los ojos de los
hombres, era un pobre perro escarnecido. Ante los ojos de Dios y de los creyentes, era la
propia imagen ensangrentada y bellísima de un nuevo mártir, en el trance supremo de su
inmolación: completaba con su cuerpo lo que le faltaba a la pasión de Cristo.

El heroico prelado, que el día anterior, el 8 de agosto, había terminado una novena al
Corazón de Jesús, iba diciendo en voz alta: ¡Qué noche más hermosa ésta para mí: voy a la
casa del Señor! José Subías, de Salas Bajas, el único sobreviviente de aquellas cárceles de
Barbastro, oyó comentar a los mismos ejecutores: Se ve que no sabe a dónde le llevamos. –
Me lleváis a la gloria. Yo os perdono. En el cielo rogaré por vosotros…
-Anda, tocino, date prisa –le decían- y él: -No, si por más que me hagáis, yo os he de
perdonar. Uno de los anarquistas le golpeó la boca con un ladrillo y le dijo: “Toma la
comunión”. Extenuado, llegó al lugar de la ejecución, que fue el cementerio de Barbastro.

Tenía setenta años, y era Obispo de Urea en Epiro, además de administrador apostólico de la diócesis de Barbastro, desde abril de ese mismo año. Antes había sido Confesor del Seminario de Valladolid y director espiritual del sindicato de Obreras Católicas. Los milicianos que le fusilaron le oyeron decir: “Señor, compadécete de mí”. Otro de los testigos le oyó que “ofrecía su sangre por la salvación de su diócesis”, porque decidieron no rematarle para que sufriera más: no recibió el tiro de gracia hasta horas más tarde.

“San Lucas nos cuenta cómo Jesucristo después de la Última Cena se retiró al huerto de los olivos a rezar. “Y entrando en agonía oraba con más intensidad. Y le sobrevino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo” (22,43-44). También el beato Florentino Asensio, antes y después de ser brutalmente castrado, se dedicó a rezar intensamente.

El beato Florentino hizo su entrada en la diócesis el lunes 16 de marzo de 1936, para evitar los desórdenes que habían anunciado los izquierdistas de Barbastro. Como escribió al nuncio apostólico: “Retrasé un día la entrada para no coincidir con la anunciada manifestación del domingo, y fue muy grata mi sorpresa cuando al llegar el lunes hallé llena de gente la Catedral, entusiasmada y edificante con su nuevo Obispo” (1). Fue una primavera cargada de sobresaltos para el nuevo obispo, en la que tuvo ocasión de demostrar su temple sobrenatural.”

El sábado 18 de julio la ciudad de Barbastro estaba tomada por los izquierdistas, quienes comenzaron las detenciones el domingo 19. Ese día detuvieron al empleado de banca José María Puente, al beato Ceferino Giménez Malla –tratante de ganado- y al sacerdote don Félix Sanz. Al día siguiente detienen a los Misioneros y los llevan al colegio de los Escolapios, al salón de actos. El obispo Florentino se mantiene en el palacio episcopal, con guardias que le impiden salir. Será detenido el miércoles 22 y trasladado al colegio de los Escolapios, que se encuentra a muy pocos metros. El padre escolapio Eusebio Ferrer, de nacionalidad argentina, escribió: “Yo lo coloqué en una habitación que da al río, el cuarto del director, porque no sufriera la bulla que se armaba en la plaza”. Hay que recordar que el salón de actos donde se hallaban los claretianos daba a la plaza y que muchos de los que allí se congregaban les insultaban o pedían su muerte.

Durante los días en que estuvo preso en el colegio, el beato Florentino traslucía una gran sensación de paz, no exenta de un semblante un tanto apesadumbrado. Siguió llevando una vida devota y austera. Un colegial de los Escolapios que coincidió con él uno de esos días recuerda que les dijo: “No tengáis miedo. A vosotros no os harán nada. A nosotros nos van a matar a todos”.

El beato Florentino rezaba de continuo y lo hacía delante del Santísimo, que estaba oculto en el Gabinete de Física del colegio, recibiendo la Eucaristía clandestinamente de manos del P. Mauro Palazuelos, prior del santuario de El Pueyo. Sus devociones a la Virgen y al Sagrado Corazón las siguió viviendo con intensidad. Lo mismo que las disciplinas. Cuando salió del colegio hacia la cárcel, lo hizo con el cilicio en su muslo izquierdo.

El día 8 de agosto, los milicianos lo volvieron a citar para un nuevo interrogatorio en el Ayuntamiento. Como todo hacía sospechar un rápido desenlace, don Florentino pidió la absolución al padre Ferrer.

Ya encerrado en la cárcel, el carcelero -Andrés Soler- se da cuenta de que el obispo lleva algo en la mano. Sí, en sus dedos tenía un rosario. “Ocúltelo, no lo enseñe; me puede comprometer por no haberle cacheado al entrar y no haberle quitado eso”. El rosario es arma poderosa y don Florentino repite una y otra vez en silencio: “hágase tu voluntad”, “no nos dejes caer en la tentación”, “Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”.

Don Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, en su libro “Getsemaní” en el que glosa la oración del huerto tiene unas frases esclarecedoras: “Y entrando en agonía oraba con más intensidad. Jesús está acompañado por el ángel, enviado de lo Alto, que le da apoyo y consuelo; Él, postrado en tierra, dirige su oración al Padre (cfr. Jn 18,10), que ya le ha escuchado: es la segunda plegaria de la que nos habla san Mateo: Padre mío, si no es posible que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. El Redentor está en total obediencia y en la más completa concordia con la Voluntad del padre: no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Ésa es también la actitud que vemos en el beato Florentino, de aceptación rendida de la voluntad de Dios, y de oración en su agonía. Que esto es así nos lo demuestran además, las palabras que pronunció en la madrugada del día 9 de agosto, pocas horas más tarde de ser torturado. Cuando los sacan fuera y les atan de dos en dos, codo con codo, el beato Florentino musitó: “¡qué hermoso día para mí!”. Preguntado por qué se alegraba, respondió: “Me lleváis a la casa de mi Dios y mi Señor, me lleváis al cielo”.

Al llegar al cementerio, después de diferentes burlas y blasfemias, y de un fuerte culatazo en su lado izquierdo que le hunde varias costillas, el obispo dijo: “Por más que me hagáis, yo os he de perdonar”. Poco más tarde se arrodilla y es asesinado. Le quitan los zapatos y los pantalones, que aprovechan varios de sus asesinos. También le arrancan los dos dientes de oro que llevaba.

Cuenta su biógrafo don Manuel Iglesias que algunos de los que lo vieron o que oyeron al día siguiente la narración de su martirio supieron que: “Tardó el Sr. Obispo en morir más tiempo que los demás y murió dando la bendición y perdonando a todos”

El beato Florentino intentó imitar a Cristo en su vida, en su agonía y en su muerte. Rezó por los fieles cristianos y por aquellos que les perseguían y odiaban. Por eso alcanzó la corona del martirio.