En estos momentos que se sigue hablando de nacionalismo, porque esta matraca convive en Cataluña, convirtiendo el día a día en un eterno retorno, es interesante conocer unas reflexiones escritas en 1945. Y es que los nacionalismos de hoy son herederos de los de ayer. En poco han cambiado. Al contrario, el espíritu nacionalista es decrepito, caduco y anclado en un pasado. En un mundo cada vez más conectado y global los nacionalismos forman parte del siglo XIX. Los defensores de dichos nacionalismos no viven su momento, no viven en la actual civilización, no están en el siglo XXI. Forman parte de un pasado que huele a alcanfor.

En mayo de 1945 George Orwell finalizó un ensayo titulado Notes on Nationalism (anotaciones sobre el nacionalismo). Publicado en Revista de Filosofía, Psicología y Estética, en octubre de 1945. Orwell discute el nacionalismo y argumenta que hace que las personas ignoren el sentido común y se vuelvan más ignorantes de los hechos. Orwell muestra su preocupación por el estado social de Europa y el resto del mundo debido a la creciente influencia del sentimiento nacionalista en una gran cantidad de países.

¿Qué dice Orwell en este ensayo? La realidad es que, escrito al finalizar la II Guerra Mundial y teniendo en cuenta los problemas nacionalistas que habían llevado a esa guerra, podemos extrapolarlo a hoy en día. En realidad, si uno pusiera la fecha de 2019 no se daría cuenta de que lleva casi 75 años escrito.

 

El propósito perdurable de todo nacionalista es el de asegurar más poder y prestigio, no para sí mismo sino para la nación u otra unidad a la cual ha decidido someter su propia individualidad.

Es importante no confundir el nacionalismo con la mera alabanza del éxito. El nacionalista no es alguien que simplemente tiene como principio estar siempre del lado del grupo más fuerte. Al contrario, una vez que ha elegido su grupo, se convencerá a sí mismo de que aquel es el más fuerte, y estará en capacidad de mantener tal creencia aun cuando los hechos estén avasalladoramente contra dicha creencia. El nacionalismo es hambre de poder alimentada por el autoengaño.

 

Las acciones son tenidas como buenas o malas, no en atención a sus propios méritos, sino de acuerdo con quién las realiza, y prácticamente no hay clase alguna de barbarie –tortura, la toma de rehenes, trabajo forzado, deportaciones en masa, penas de cárcel (o ejecuciones) sin juicio previo, falsificación, asesinato, el bombardeo de poblaciones civiles- cuya calificación moral no cambie cuando es cometida por “nuestro” bando.

El nacionalista no sólo no desaprueba las atrocidades cometidas por su propio bando, sino que además tiene una notable capacidad para ni siquiera enterarse de ellas.

Todo nacionalista se obsesiona con alterar el pasado. Se pasa parte de su tiempo en un mundo de fantasía en el que las cosas ocurren como deberían –en que, por ejemplo, la Armada Española fue todo un éxito o la Revolución Rusa fue aplastada en 1918– y transferirá fragmentos de este mundo de fantasía a los libros de historia cada vez que pueda.

Y finaliza Orwell diciendo que “algunos nacionalistas están no muy lejos de la esquizofrenia, viviendo muy felices entre sueños de poder y conquista que no guardan conexión alguna con el mundo real”.

Todo nacionalista se obsesiona con alterar el pasado, desaprobando las atrocidades cometidas por su propio bando, porque viven muy felices en un sueño esquizofrénico. Este breve resumen de lo escrito por George Orwell no está muy lejos de la realidad que ha vivido y vive Cataluña desde 2015. El problema es que los nacionalistas no se verán identificados con estas palabras. Y es lógico porque, de verse reflejados en ellas ya no serían nacionalistas.