León Trotski, en la reunión organizada el 9 de mayo de 1924 por el departamento de prensa del Comité Central sobre “la política del Partido en el campo de la literatura”, explicaba: “En literatura, como en política, denominamos compañero de viaje a quien renqueando y titubeando sigue hasta un determinado punto el mismo camino que nosotros, un camino que naturalmente nos lleva, a vosotros y a mí, mucho más lejos. […] todos os acordáis de Novoié Slovo (“Nueva Palabra”), la mejor de las viejas revistas marxistas legales, en la que colaboraban muchos marxistas de la antigua generación, incluido Vladimir Ilich. Como sabéis, esa revista mantenía relaciones muy amigables con los decadentes. ¿Por qué? Porque en esa época los decadentes constituían una tendencia joven, y perseguida, de la literatura burguesa. El hecho de ser perseguidos les empujaba a nuestro lado porque representábamos una fuerza de oposición, oposición que evidentemente era de un carácter muy distinto a la suya. Sea como fuere, los decadentes, de modo temporal, fueron para nosotros compañeros de viaje”.

“Compañero de viaje”, “tonto útil”… Términos intercambiables que muy pronto adquirieron un sentido inequívoco para referirse a la élite cultural cómplice del comunismo fuera de la Unión Soviética.

Como resumió el economista austriaco Ludwig von Mises: “No son los ejércitos rusos, sino las ideologías comunistas las que amenazan a Occidente. Los rusos lo saben muy bien y confían, no en su propio ejército, sino en sus partidarios extranjeros. Quieren derrocar las democracias desde dentro, no desde fuera. Sus armas principales son las maquinaciones pro-soviéticas de sus quintacolumnistas. Son las divisiones de choque del bolchevismo”. (Caos Planificado, 1947, “La agresividad de Rusia”).

De hecho, von Mises no añadió nada a lo que el mismo Trotski había expuesto veinte años antes, haciendo especial hincapié en lo que hoy conocemos como “marxismo cultural”. He aquí las palabras del fundador y jefe del Ejército Rojo acerca de las artes: “Entre el arte burgués que agoniza en medio de repeticiones o silencios, y el arte nuevo, que todavía no ha nacido, se está creando un arte de transición, que está más o menos orgánicamente conectado con la Revolución, aunque no sea todavía el arte de la Revolución. […] Ellos no son los artistas de la Revolución proletaria, sino sus compañeros de viaje, en el sentido en que esta palabra era empleada por la antigua socialdemocracia. […] Respecto al compañero de viaje, el problema que se plantea es siempre el mismo: saber hasta dónde nos acompañará”. (León Trotski en Literatura y revolución, capítulo 2, “Los compañeros de viaje literarios de la revolución”, 1924).

Aunque lo cierto es que algunos compañeros de viaje llegaron muy lejos predicando la Revolución según la ortodoxia marcada por el Partido. Véase, por ejemplo, el manifiesto de la revista Les Temps Modernes, fundada por Jean Paul Sartre en 1945: “No queremos escapar de nada de nuestro tiempo; quizá los haya más bellos, pero éste es el nuestro; no tenemos más que esta vida para vivir, en medio de esta guerra, quizá de esta revolución. Nuestra intención es contribuir a la producción de ciertos cambios en la sociedad que nos rodea”. Un “compromiso” que identificó muy bien un desengañado André Gide: “El manifiesto de Los Tiempos Modernos es inquietante. Supongo que después de la literatura lo veremos comprometer la pintura y la música”.

Tal fue el caso de Picasso, que sirvió al comunismo a través de reivindicaciones simbólicas que blanqueaban sus crímenes por la vía de una enorme impostura: el “pacifismo”. Una de las banderas preferidas de quienes, desde Lenin –conviene recordarlo–, tenían ¡la guerra civil! como primer punto en su programa para la conquista del poder; y que, enarbolada una y mil veces, permitió avanzar al socialismo en el seno de las democracias hasta hoy.

Así, Picasso asumió encargos como el Guernica –en 1937–, o la Paloma de la Paz para el Primer Congreso Mundial por la Paz –celebrado el 20 de abril de 1949 en París–, que se convirtieron en imágenes emblemáticas al servicio de la propaganda soviética. No en vano, el citado congreso fue puesto en marcha y financiado por la Kominform (Oficina de Información de los Partidos Comunistas y Obreros), sucesora de la Komintern (Internacional Comunista) a partir de 1947, pero con la misma función: crear y sostener entidades dedicadas a favorecer la penetración del comunismo en todo el mundo. Organizaciones, en la misma línea de las impulsadas por Willi Münzemberg antes de la II Guerra Mundial –Movimientos contra la guerra y el fascismo, Ligas contra el imperialismo y la ocupación colonial, Ayuda Internacional Obrera, Asociación Internacional de Amigos de la Unión Soviética, Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, etcétera–, renovadas durante la Guerra Fría. Igualmente, bajo la dirección de Andréi Aleksándrovich Zhdánov, se crearon, entre otras: la Federación Sindical Mundial, la Unión Internacional de Estudiantes, la Federación Internacional Democrática de Mujeres, la Asociación Internacional de Abogados Democráticos y muchas otras “iniciativas” que, tras una fachada aparentemente neutra o inofensiva, sirvieron a la expansión del Comunismo tras la II Guerra Mundial. No se olvide que, de forma simultánea a este “esfuerzo por la Paz”, la Unión Soviética ponía todo su empeño en la obtención del arma atómica, detonando con éxito su primera bomba nuclear el 22 de agosto 1949, apenas tres meses después del mencionado I Congreso Mundial por la Paz.

Y dado que siempre hay algún ingenuo suspicaz, pregúntese –atendiendo sólo a las sedes de los distintos congresos mundiales por la paz, el desarme o la cultura–, si hay que ser muy perspicaz para advertir un patrón en la ideología que las conecta: Congreso de Escritores (1947, Berlín Oriental); Congreso de Intelectuales por la Paz (1948, Varsovia); Segundo Congreso Mundial de los Partidarios de la Paz (1950, Varsovia); Congreso Mundial de los Partidarios de la Paz (1959, Pekín): Congreso Mundial por el Desarme General y por la Paz (1962, Moscú); Congreso Mundial de la Paz (1972, Santiago de Chile); Congreso Mundial de la Paz (1974, Moscú); Congreso Mundial de la Paz (1976, La Habana); Congreso Mundial de la Paz (1979, Berlín Oriental); 1983 Conferencia por la Cultura y la Paz (1983, Sofía). Curiosamente, todas ellas, sin excepción, en la órbita soviética. Y es que no hay azar ni casualidad en la expansión del comunismo, cuya pretensión universalista va de la mano con su naturaleza totalitaria.

Citando de nuevo a von Mises: “Las masas están a favor del socialismo porque creen en la propaganda socialista de los intelectuales. Los intelectuales, no el pueblo, están moldeando la opinión pública. […] Ellos mismos han generado las ideas socialistas y adoctrinado a las masas con ellas”. (Op. Cit., “La supuesta inevitabilidad del Socialismo”).

Lo que reza también, por supuesto, para Picasso. Ese icono de la modernidad que ilustró la portada dedicada al genocida Stalin a su muerte, en Les Lettres Françaises, en marzo de 1953. Cuando nadie podía ignorar ya, a esas alturas, la abrumadora e incomparable magnitud de sus crímenes. No por nada, Picasso recibió el “Premio Lenin de la Paz” –¡menuda broma macabra!– en 1962.