Hoy, 20 de noviembre del 2020, hace exactamente 45 años que murió Francisco Franco, el Generalísimo, Caudillo y Jefe del Estado Español entre 1936 y 1939 y España entera lo recuerda. Naturalmente, unos a favor y otros en contra. Como siempre. Lo que la Historia  y el mundo entero reconoció y sigue reconociendo es que Franco salvó a España del comunismo y que figurará ya para siempre como uno de los personajes más importantes del siglo XX. En su recuerdo hoy muchos españoles elevarán sus preces y celebrarán actos en su recuerdo.

“El Correo de España” como decimos , lo recuerda publicando el capítulo 4 de la obra “El otro Franco” de Julio Merino, donde se demuestra que el Generalísimo solo se sublevó cuando España se hundía y el Poder estaba en el arroyo. Pasen y lean.

 

Capítulo 4

LOS ÚLTIMOS ESFUERZOS POR SALVAR LA LEGALIDAD CONSTITUCIONAL

 

 

4.1. Franco alcanza la cúspide militar

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Y llegamos a 1935, otro año decisivo para España, para la República y, naturalmente, para Franco..., pues es en este año cuando el general más joven de Europa alcanza la cúspide de su carrera militar antes de la Guerra Civil, cosa que sucedería el día 20 de mayo al tomar posesión de la Jefatura del Estado Mayor del ejército, tras la breve estancia en África, otra vez, como jefe supremo de las fuerzas españolas destacadas en Marruecos... Francisco Franco Bahamonde tiene en ese momento cuarenta y dos años, cuatro meses y veintidós días, y es ya, sin duda, el pri­mer general de la República. Aquel que, siendo monárquico de corazón, ha dicho ya no a un golpe militar de derechas y no a un golpe revolucionario de izquierdas, en defensa de la legalidad vigente. El mismo que se dispone a rectificar la política militar trituradora de don Manuel Azaña.

Pero ¿qué había pasado en España desde octubre, desde la Revolución de Asturias del 34, y cómo habían evolucionado las cosas en esos meses de ausencia de Franco? Sencillamente, lo que tenía que pasar: que las derechas, aquellas ciegas derechas, no supieron ganar la posrevolución y cayeron, como siempre, en las rencillas personales y en los dimes y diretes partidistas... Indalecio Prieto, otra vez huido, lo dijo entonces bien claro:

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Y lo peor no es lo que ha pasado en Asturias y lo que está pasando; lo peor es el torrente de odio que se está represando en España. Mi alma está impregnada de una extraña mezcla de tristeza y de ira. Veo horizontes muy negros en el porvenir...

Sin embargo, lo más grave de aquellos meses fue la postura del mismísimo presidente de la República, don Niceto Alcalá Zamora, al decir de Gil Robles («La postura equívoca adopta­ da a lo largo de 1934 y la actitud claramente impunista sostenida después de la Revolución de Octubre me afirmaron en la creencia de que uno de los más graves peligros para la paz de España se encontraba en el señor Alcalá Zamora»), y el desbarajuste económico-social que provocaba la tambaleante situación política. ¿Qué habría sucedido entonces si Alcalá Zamora entrega el poder a la CEDA y hace jefe del Gobierno a Gil Robles, el verdadero triunfador en las elecciones de 1933? Pero Alcalá Zamora no sólo no hizo esto, sino todo lo contrario: retrasar, entretener, poner trabas, obstruir, encizañar e, incluso, impedir que la CEDA y su jefe obtuviesen el poder que, por otra parte, y en buena lógica democrática y constitucional, hubiese sido lo normal. Naturalmente, esta obsesión del presi­ dente Alcalá Zamora y su sueño de instrumentar un «centro» político sólo podía desembocar en lo que a la postre desembo­ có. Claro que antes la CEDA, al fin, entró en el Gobierno y tu­ vo sus ministros, primero casi de puntillas y luego, ya en el mes de mayo, casi a la fuerza, como diría Alejandro Lerroux: «Abiertas las consultas, tan del gusto de Alcalá Zamora, hallose éste ante una clara alternativa: o disolución de las Cortes (tesis de las izquierdas) o Gobierno mayoritario (tesis de las derechas)... Por último -escribe Lerroux-, o tomarlo, o de­ jarlo. S.E. se vio en el trance de tener que darle el poder a Gil Robles si no me lo daba a mí, porque fuera de estas soluciones no había solución, sino disolución... en el sentido más amplio de la palabra: disolución de las Cortes, de los partidos, de la República, ¡quién sabe!

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El hecho fue que José María Gil Robles ocupó entonces, ya que no la presidencia del Gobierno, sí el más importante de los ministerios: el de la Guerra[1]. ¿Y por qué eligió el líder de las de­ rechas, precisamente, el ministerio de la Guerra, es decir, la suprema jefatura del ejército? ¿Acaso para emular al líder de las izquierdas, don Manuel Azaña, y fastidiar al sinuoso Alcalá Zamora? ¿Acaso para preparar el golpe de Estado que ya parecía inevitable?... Esto nadie mejor que el propio Gil Robles puede contestarlo.

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La lucha con el señor Alcalá Zamora en las crisis ministeriales de abril y mayo de 1935 -escribe en No fue posible la paz[2]- se desarrolló, principalmente, en torno al interés que se me atribuyó, primero, y manifesté, después, en desempeñar la cartera de Guerra. Al verme salir triunfante en la porfía, las gentes hubieron de plantearse, como era lógico, los motivos de aquel deseo. A partir de entonces no han dejado de formularse numerosas preguntas acerca de mi actitud, hasta ahora sólo contestadas por la pasión de los amigos o de los enemigos.

¿A qué se debió mi empeño en ser ministro de la Guerra? ¿Pretendí tan sólo humillar al presidente de la República o reducirle, cuando menos, al cumplimiento de sus deberes constitucionales? ¿Eran más ambiciosos y de mayor alcance mis proyectos? ¿Preparaba tal vez un golpe de estado? ¿Por qué abandoné mi puesto en diciembre de 1935 en vez de adueñar­ me del poder por la fuerza? ¿No hubiera desempeñado con mayor acierto cualquier otro departamento en consonancia con mi preparación y mis aficiones?

La intervención del ejército español en la política durante los últimos ciento cincuenta años ha obedecido a una ley inexorable del mundo material y del orden moral: el horror al vacío. Si actuó en ese terreno fue para sustituir a fuerzas políticas inexistentes o ficticias. De haberse delineado, por el contrario, en el panorama nacional grupos sociales y partidos políticos de suficiente solidez, el ejército, subordinado al poder civil, no se habría salido de la función que estrictamente le corresponde. Pero la falta de esa poderosa estructura social, capaz de hacer frente a los choques cada vez más violentos de la lucha de clases, le obligó a convertir sus intervenciones esporádicas para defender el orden público en una acción política permanente. Poco a poco la solicitud de grandes intereses, en sus apelaciones sistemáticas al ejército para consolidar unas posiciones privilegiadas, y la tendencia de la masa inerte de la nación a regir sus responsabilidades políticas y vegetar al amparo de la fuerza, le fueron apartando del cumplimiento de su misión profesional específica, para convertirlo en eje de la vida pública del país.

Consideraba muy grave el proceso y estimaba indispensable oponerme a sus avances, en bien de la sociedad toda, comenzando por el propio ejército. Para conseguirlo, era preciso una doble tarea: vigorizar los núcleos políticos ya sociales en los que parecía irse modelando una nueva contextura de la vi­ da española y rehacer el destrozado ejército de la República. Para lograr este último objetivo y convertirlo en instrumento adecuado de una vigorosa política nacional, se necesitaba restablecer la satisfacción interior en el elemento armado, depurar su mando y dotarle de los medios precisos para cumplir su alta misión con dignidad y eficiencia...

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¿Y qué fue lo primero que hizo Gil Robles al llegar al Ministerio de la Guerra?

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Para proceder con el debido convencimiento de causa -dice Gil Robles-, puesto que no era yo un técnico en los problemas y cuestiones militares, quise, ente todo, asesorarme por los altos mandos castrenses. A ese propósito obedeció la reunión celebrada el11 de mayo -cuatro días después de haberme posesionado del cargo- en mi despacho del Ministerio. Asistieron a ella el subsecretario y jefe de la división de Burgos, general Fanjul, y los generales Rodríguez del Barrio, jefe de la Primera Inspección del ejército; Cabanellas (Virgilio), de la primera división orgánica -Madrid-; Lon Laga, segundo jefe del Estado Mayor Central; Villa Abrille, jefe de la división de Sevilla; Franco, jefe superior de las fuerzas de Marruecos; Riquelme, de la división de Galicia; Villegas, de la de Aragón; Goded, jefe de las fuerzas militares de Baleares; Molero, de la división de Valladolid; Sánchez Ocaña, de la de Cataluña; Núñez del Prado, segundo jefe de la Inspección del ejército; Peña, jefe de la División de Caballería de Madrid, y Gómez Morato, de la división de Valencia.

Durante cinco horas, interrumpidas por un breve descanso, escuché los informes de mis interlocutores, en contestación a las numerosas preguntas de un cuestionario en el que procuré reflejar todos los problemas que afectaban a la colectividad castrense. El resumen de los informes fue desolador. La realidad superaba los cálculos más pesimistas. En el ejército faltaba todo: satisfacción interior, unidad espiritual, organización adecuada, medios materiales... No se había milagrosamente disuelto, por la práctica de las más altas virtudes militares en la parte más selecta de las fuerzas armadas.

La terrible realidad no deprimió, por fortuna, mi ánimo, sino que me infundió mayor vigor para emprender la inmensa tarea de hacer el ejército con que soñaba. Era necesario trabajar sin descanso, redoblar los esfuerzos, multiplicar los sacrificios y mantenerse en el poder el mayor tiempo posible.

Por lo pronto, debía escoger con sumo cuidado los colaboradores. Para la Jefatura del Estado Mayor Central, pieza clave de la reorganización del ejército, busqué un máximo prestigio militar: el general Franco...

 

¿Y por qué Gil Robles eligió a Franco para la Jefatura del Estado Mayor Central del ejército? Helo aquí escrito por el propio Gil Robles:

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... si me decidí a nombrarle jefe del Estado Mayor Central fue porque la voz casi unánime del ejército le designaba como jefe indiscutible. El presidente de la República se opuso en un principio tenazmente al nombramiento, lo que me obligó a amenazarle con la dimisión.

 

Bien, pues ya tenemos a Franco situado en la cúspide de mando del ejército. Naturalmente, éste sería el momento de relatar la labor de gran organizador que fue siempre el más tarde llamado Generalísimo y jefe del Estado español... pero, como no es éste el propósito del libro vamos a dar un salto en el tiempo e irnos a lo que sí es objetivo de éste: la crisis de Estado del mes de diciembre de 1935. Porque, entonces una vez más, Franco tuvo en sus manos el destino de la República.

¿Y qué sucedió, concretamente, en la tarde del 11 de diciembre de 1935? Pues ocurrió que el presidente Alcalá Zamora, abierta otra crisis ministerial y en pleno período de consultas, movió los hilos para que la Guardia Civil rodease el Ministerio de la Guerra y tomase algunos puntos estratégicos de Madrid en previsión de lo que pudiera pasar ante su decisión de no entregar el Gobierno a quien parlamentaria y constitucionalmente le correspondía en aquella encrucijada, es decir, a don José María Gil Robles, el jefe de la CEDA. Lo que traducido al lenguaje político y según todas las opiniones, era realmente un golpe de estado dado desde la jefatura del Estado. Y sucedió que, ciertamente, el señor Gil Robles, a la sazón todavía ministro de la Guerra, se enfrentó cruda, abierta y frontalmente al presidente Alcalá Zamora.

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Mis razones no hicieron mella alguna en el ánimo del jefe del Estado -escribirá más tarde en sus Memorias-. Insensible a toda voz que no halagara su ilimitada vanidad y su espíritu caciquil, satisfecho por los proyectos de creación de un partido de centro, se encerró en una actitud de aparente reserva, que no lograba ocultar la decisión de consumar la maniobra. Comprendí que era inútil todo esfuerzo. El presidente llevaba a España hacia el abismo. Su decisión -terminé diciéndole- arrojará, sin duda, a las derechas del camino de la legalidad y del acatamiento al régimen. Con el fracaso de mi política, sólo podrán ya intentarse las soluciones violentas. Triunfen en las urnas las derechas o las izquierdas, no quedará otra salida, por desgracia de su responsabilidad, y la catástrofe que se avecina será inmensa. Sobre usted recaerá, además, el desprecio de todos. Será destituido por cualquiera de los bandos triunfantes. Por mi parte no volveré a verle jamás aquí. Ha destruido usted una misión conciliadora.

La última parte de nuestra conversación fue durísima, violenta. Como pretendiese, por ejemplo, el señor Alcalá Zamora, justificar su negativa a entregarme la confianza para formar gobierno en el hecho de que yo no había votado la Constitución de 1931, hube de responderle incisivamente: «Es cierto; pero tampoco juré, como otros, la Constitución de la monarquía.» Hasta el despacho donde se encontraban los ayudantes de servicio, incluso hasta la sala donde esperaban las visitas, llegaba mi voz, vibrante de indignación...

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Como puede verse era otra encrucijada vital para la República y más teniendo en cuenta que para entonces las izquierdas estaban ya contra el sistema y contra el presidente Alcalá Zamora, a quien incluso despreciaron olímpicamente no acudiendo a las consultas para la formación de Gobierno.

Pero si Alcalá Zamora había utilizado a la Guardia Civil, Gil Robles tampoco se anduvo por las ramas, pues nada más volver de palacio se reunió con su subsecretario, el general Fanjul, y se planteó la posibilidad de un contragolpe, ahora sí militar...

 

Al llegar al Ministerio de la Guerra -son palabras del pro­ pio Gil Robles-, donde reinaba gran excitación, acudió a mi despacho el subsecretario, general Fanjul. Estaba alarmadísimo por las noticias que circulaban acerca de la actitud del presidente de la República. La camarilla civil y militar de don Niceto ya se había encargado de divulgarla.

Di a conocer a Fanjul el desarrollo de la entrevista que acababa de tener, y los términos en que, a mi juicio, quedaba planteado el problema. En el acto me contestó: «Hay que impedir que se cumplan los propósitos de don Niceto. Si usted me lo ordena, yo me echo esta misma noche a la calle con las tropas de la guarnición de Madrid. Me consta que Varela piensa como yo, y otros, seguramente, nos secundarán.»

Mi respuesta fue sustancialmente -casi podría decir literalmente- la siguiente: «Estoy convencido de que el decreto de disolución en que piensa el presidente, contrario ato­ da ortodoxia constitucional, representa un verdadero Golpe de Estado que nos llevará a la guerra civil. Alabo y admiro su patriotismo, tantas veces evidenciado. No me parece, sin embargo, adecuado el medio que me propone para evitar la catástrofe. Hoy no se hacen los pronunciamientos como en el siglo XIX, sobre todo cuando hay que contar con una fuerte reacción de las masas encuadradas en el Partido Socialista y en la CNT, que se lanzarán a la calle, después de haber desencadenado una huelga general. Además yo no intentaré ningún pronunciamiento a mi favor, pues me lo impide la firmeza de mis convicciones democráticas, y mi repugnancia invencible a poner las fuerzas armadas al servicio de una fracción política. Ahora bien, si el ejército, agrupado en torno a sus mandos naturales opina que debe ocupar transitoriamente el poder con objeto de que se salve el espíritu de la constitución y se evite un fraude gigantesco de signo revolucionario, yo no constituiré el menor obstáculo y haré cuanto sea preciso para que no se rompa la continuidad de acción del poder público[3]. Exijo, eso sí, como condición esencial, que los jefes responsables del pronunciamiento den su palabra de honor de que la acción se limitará rigurosamente a restablecer el normal funciona­ miento de la mecánica constitucional y a permitir que la voluntad de la nación se exprese con plena e ilimitada libertad. Consulte usted inmediatamente con el jefe del Estado Mayor Central y con los generales que más confianza le inspiren. Deme mañana mismo la contestación. Yo no asistiré a esas reuniones, en primer lugar porque no proyecto ni patrocino un Golpe de Estado que me lleve al poder y, además, para que puedan ustedes deliberar con libertad completa.»

 

***

 

¿Y qué contestó Franco una vez consultado por expreso deseo del ministro Gil Robles?

 

***

 

Con ansiedad enorme -responde el propio Gil Robles­ aguardé el resultado de las conversaciones mantenidas aquella noche por los generales Franco, Fanjul, Varela y Goded. En un principio, no hubo entre ellos absoluta identidad de criterio. Al fin, la resolución fue unánime. El general Franco les convenció de que no podía ni debía contarse con el ejército, en aquellos momentos, para dar un golpe de Estado. Así me lo comunicaron a primera hora de la mañana siguiente, los generales Fanjul y Varela.

 

***

 

O sea, que el general Franco les convenció de que no podía ni debía contarse con el ejército, en aquellos momentos, para dar un golpe de Estado.

Es decir, que Franco, una vez más, vuelca todo su poder, su prestigio y su experiencia (sacrificando, de nuevo, sus sentimientos monárquicos) en defensa de la legalidad vigente... aquella legalidad que ni el presidente de la República, ni las derechas, ni las izquierdas ni el centro sabían ya dónde estaba, al igual que el 10 de agosto de 1932, o como en octubre de 1934.

¡Y es que allí todo el mundo quería su golpe de Estado o su legalidad o su República!... Todos, menos Franco, quien a pesar de todo sólo pensaba en España.

Así salió Gil Robles del Ministerio de la Guerra y así comenzó el Gobierno Portela Valladares... aquel que, como veremos enseguida, provocaría otra encrucijada vital para la República y otra situación de golpe de Estado. Pero, vayamos al encuentro del Frente Popular y de la penúltima escena de la tragedia.

4.2. Ante el abandono del poder de los centristas y la huida del gobierno

 

Y llegaron las elecciones de febrero de 1936... si es que aquello fue un acto electoral. Porque cantado estaba que cual­ quiera que fuese el resultado de las urnas, la Guerra Civil era inevitable.

El Frente Popular lo había dicho muy claro por boca del líder socialista Largo Caballero: «Si triunfan las derechas no habrá más remisión: tendremos que ir forzosamente a la guerra civil declarada. No se hagan ilusiones las derechas, ni digan que esto son amenazas; son advertencias... y ya saben que nosotros no decimos las cosas por decirlas» (Alicante, 25 de enero).

El Bloque Nacional, igual, por boca del líder derechista Calvo Sotelo: «Se predica por algunos la obediencia a la legalidad republicana; más cuando la legalidad se emplea contra la Patria y es conculcada en las alturas, no es que sobre la obediencia, es que se impone la desobediencia, conforme nuestra doctrina católica desde santo Tomás al padre Mariana. No faltará quien sor­ prenda en estas palabras una invocación indirecta a la fuerza. Pues bien, sí, la hay... Una gran parte del pueblo español, desdichadamente una grandísima parte, piensa en la fuerza para implantar el imperio de la barbarie y de la anarquía... Pues bien, para que la sociedad realice una defensa eficaz, necesita también apelar a la fuerza. ¿A cuál? A la orgánica; a la fuerza militar puesta al servicio del Estado...» (Madrid, 12 de enero).

Y José Antonio Primo de Rivera, todavía más claro: «La Falange no acatará el resultado electoral. Si el resultado de los escrutinios es contrario, peligrosamente contrario a los eternos destinos de España, la Falange relegará, con sus fuerzas, las actas del escrutinio al último lugar del menosprecio» (Madrid, 2 de febrero).

Bueno, el hecho es que el domingo 16 de febrero las urnas dieron la mayoría al Frente Popular, aunque muchos de los votantes -como dijera Unamuno- se arrepintiesen nada más hacerlo. El hecho es que España, o mejor dicho las dos Españas, iniciaban la recta final hacia la Guerra Civil...

 

***

 

Sin embargo, y antes de que Alcalá Zamora le entregase el poder a don Manuel Azaña, aquellos tres días fueron decisivos y vitales para la República y la legalidad vigente. Aunque ¿quién se acordó en aquellos momentos estelares de la legalidad o dónde estuvo la legalidad desde la noche del16 a la tarde del día 19?... Porque ¿fue legal al escrutinio de los votos y el posterior reparto de diputados?, ¿fue legal el comporta­ miento del presidente del Gobierno, señor Portela, abandonando su puesto casi por la puerta trasera?, ¿fue legal toda la actuación del presidente de la República, don Niceto?

 

***

 

Pero, veamos, aunque sea muy de pasada, la película de los hechos.

Todo comenzó, naturalmente, en cuanto comenzaron a llegar los resultados electorales y se vio que podría ganar la izquierda revolucionaria. En la madrugada del domingo al lunes Gil Robles saca de la cama al presidente del Gobierno para decirle, entre otras cosas, esto: «Aún es tiempo, Portela, aún es tiempo... Tiene usted en sus manos los principales resortes del mando... Esos teléfonos bastan... Ellos le ponen en comunicación con las Capitanías Generales y con los Gobiernos Civiles de toda España... Prepárese a cualquier eventualidad, y empiece por declarar inmediatamente el estado de guerra.» Minutos más tarde el presidente del Gobierno despierta al presidente de la República, quien sólo autoriza el Estado de alarma. Gil Robles despierta a Franco. Franco despierta al ministro de la Guerra, general Molero. El ministro no sabe qué hacer («¿Y qué cree usted que puedo hacer?»). Franco habla con el general Pozas, inspector general de la Guardia Civil, para orquestar la defensa del orden y la legalidad...

Según cuenta el historiador Joaquín Arrarás, que cita como fuente el relato que le hizo el propio general Franco, entre ambos generales se produce el siguiente diálogo:

 

***

 

FRANCO: -Te supongo enterado de lo que sucede.

POZAS:      -No creo que pase nada...

FRANCO: -Por eso te llamo para informarte de que las masas están en las calles, y en orden a la revolución, unas consecuencias que no están implícitas, ni mucho menos, en el resultado, y me temo que aquí y en provincias van a comenzar los desmanes, si es que no han comenzado ya...

POZAS:      -Pero creo que tus temores son exagerados.

FRANCO: -Ojalá suceda así, mas por si no lo son TE RECUERDO QUE VIVIMOS EN UNA LEGALIDAD CONSTITUIDA QUE YO ACEPTO, Y QUE NOS OBLIGA, AUNQUE PARTICU­ LARMENTE SEA CONTRARIO A ESTE SIS­ TEMA, A ACEPTAR EL RESULTADO DE LAS URNAS. Mas todo lo que sea rebasar el resultado un solo milímetro, ya es inaceptable por virtud del mismo sistema electoral y democrático.

POZAS:      -No será rebasado, te lo juro.

FRANCO: -Creo que prometes lo que no podrás cumplir. Más eficaz sería que las personas de responsabilidad y las que ocupamos determinados puestos al servicio del Estado y del sistema constituido, estableciéramos el contacto debido para que la masa no se rebase...

POZAS:      -Vuelvo a decirte que la cosa no tiene la importancia que le concedes. A mi parecer lo que ocurre es sólo una legítima expansión de alegría republicana. No creo que haya fundamento para temer nada grave...

(Reproducido de Las Memorias de Gil Robles)

 

***

 

Es decir, que Franco se aferra a la legalidad constituida, aunque particularmente sea contrario a ella y al sistema.

Como ocurrió en diciembre cuando el hecho ya relatado de Gil Robles y Alcalá Zamora... ¡ni está con unos ni está con otros!

Al día siguiente, 17 de febrero, efectivamente los simpatizantes del Frente Popular se echaron a la calle y provocaron los primeros enfrentamientos (sobre todo por la reapertura de las Casas del Pueblo y la puesta en libertad de los presos Wenceslao Carrillo, de Francisco y Hernández Zancajo)... Madrid era una olla a punto de estallar.

Aquella misma mañana se acordó en Consejo de Ministros la proclamación del Estado de alarma en toda España y Portela quedó autorizado por Alcalá Zamora para declarar el Estado de guerra donde considerase y fuese necesario.

Fue entonces, al terminar el Consejo, cuando Portela comunicó a Franco lo acordado y le autorizó para hablar con los capitanes generales de las divisiones orgánicas y, según las circunstancias, tomar decisiones... El «Estado de guerra fue proclamado en Zaragoza, Valencia, Oviedo y Alicante para reprimir -son palabras de Gil Robles- la locura colectiva de las masas, que incluso liberaron a los leprosos de Fontilles».

Sin embargo, el presidente de la República dio marcha atrás y Portela y Franco tuvieron que dejar la situación en Estado de alarma... Claro que Franco, entonces, se fue a ver al presidente del Gobierno, señor Portela, para hacerle ver la gravedad de los acontecimientos... Fue en esta entrevista, al parecer, donde se cruzaron estas palabras:

 

***

 

- Ya no soy jefe de Gobierno. Acabo de dimitir -dijo Portela.

Franco sorprendido por aquella revelación, exclamó con energía:

- ¡Nos ha engañado, señor presidente! Ayer sus propósitos eran otros.

-Le puedo jurar -replicó Portela- que no les he engañado. Yo soy republicano pero no comunista y he servido lealmente a las instituciones en los gobiernos de que he formado parte o presidido. No soy un traidor. Yo le propuse al presidente de la República la solución; ha sido Alcalá Zamora quien se ha opuesto a que se declarase el Estado de guerra.

- Pues, a pesar de todo, y como está usted en el deber de no consentir que la anarquía y el comunismo se adueñen del país, aún tiene tiempo y medios para hacer lo que debe. Mientras ocupe esa mesa y tenga a mano esos teléfonos...

Portela interrumpió:

- Detrás de esta mesa no hay nada.

- Están la Guardia Civil y las Fuerzas de Asalto...

- No hay nada, replicó Portela. Ayer noche estuvo aquí Martínez Barrio. Durante la entrevista penetraron los genera­ les Pozas y Núñez del Prado, para decirme que usted y Goded preparaban una insurrección militar. Les respondí que yo te­ nía más motivos que nadie para saber que aquello no era cierto. Martínez Barrio me pidió que me mantuviese como fuera durante ocho días en el Gobierno. Querían, sin duda, que la represión de los desórdenes la hiciera yo. También me dijo Po­ zas, que el inspector general de la Guardia Civil y el jefe de las Fuerzas de Asalto se habían ofrecido al Gobierno del Frente Popular que se formase. ¿Ve usted -concluyó Portela- cómo detrás de esta mesa no hay nada?[4]

 

***

 

O sea, que Franco primero tiene que recordarle al Jefe del Gobierno cuál es su deber y luego rechazar, otra vez, la sugerencia del golpe de Estado. ¿Qué habría sucedido si en ese momento Franco acepta y se decide por el golpe que le sugiere el mismísimo presidente del Gobierno?... Pero, el hecho cierto es que Franco no cayó en la trampa y, contra sus sentimientos, acató la última decisión de Portela...

¿Y qué le dijo la almohada aquella noche al señor Portela? ¿Qué sucedía en España mientras el Gobierno dormía plácidamente?...

La situación de España, mientras tanto -escribe Gil Robles­ empeoraba por momentos. Aquella misma mañana (la del día 18) se habían promovido serios incidentes en el penal de San Miguel de los Reyes. Los detenidos, tras desarmar a los vigilantes de la prisión, hicieron frente con sus pistolas a la Guardia Ci­ vil. Igualmente grave fue la situación que se produjo algo más tarde en el interior del Dueso, donde los soldados, al repeler a los agresores, ocasionaron tres muertos. También los reclusos de Cartagena, al difundirse la noticia del triunfo de las izquierdas, desarmaron a los guardianes y sostuvieron un vivo tiroteo con las fuerzas del ejército que vigilaban el exterior del edificio. Los presos comunes de Burgos se hicieron dueños al día siguiente electoral de la cárcel, custodiada por unidades del ejército y la Guardia Civil, detuvieron al director y hubieran conseguido es­ capar, de no impedirlo una sección motorizada de asalto.

Y la almohada habló, claro que habló. Portela despertó la mañana del día 18 dispuesto a entregar el poder sin pérdida de tiempo a las izquierdas, quizás por indicación de su mentor el señor Alcalá Zamora o lo más seguro por miedo..., pues lleno de miedo estuvo siempre, durante aquellos tres días, el Jefe del Gobierno centrista.

Así que llamó a Martínez Barrio, como interlocutor válido del Frente Popular, y le dijo -tarde del día 18- que «no debo seguir aquí ni un minuto más. Háganse ustedes cargo del poder rápidamente, porque yo no puedo responder de nada». Bueno, pues todavía Franco va a verle a última hora del día 19 con dos objetivos: convencerle de que no dimita o se vaya y asegurarle que está con la legalidad y en su puesto («Vengo a ver al señor presidente para decirle que estoy entregado exclusivamente a mis deberes profesionales y completamente alejado de toda actividad política»). Por eso, no sorprende que Portela dijera, al abandonar su despacho poco después en rueda de prensa: «Me ha visitado el general Franco. El general Franco no se mete en nada[5]… y es mentira que él u otro general se hayan extralimitado en el cumplimiento de su deber.»

Y, en fin, los centristas de Portela y Alcalá Zamora huyen sin más, casi con nocturnidad y alevosía, y don Manuel Azaña asume, otra vez, la Jefatura del Gobierno. Sucedió la tarde del día 19 de febrero de 1936.

Pero ¿cuál había sido, cuál fue, el comportamiento de Franco, todavía jefe del Estado Mayor Central del ejército?

Bien claro está por todo lo dicho. Franco fue, quizás, el único que en ningún momento perdió los nervios ni se apartó de la legalidad. Frenó a unos, frenó a otros e insistió ante el jefe del Gobierno para que éste cumpliese con su deber y tomase las medidas que la ley y su cargo le autorizaban.

Exactamente igual que en 1932, igual que en 1934, igual que en 1935...

 

 

 

4.3. El último intento legal para contener la tragedia: la carta a Casares Quiroga

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Bien, y ya tenemos al Frente Popular como amo y señor de la legalidad republicana salida de las elecciones del16 de febrero... y a Franco, en Canarias, cumpliendo la penitencia impuesta por su implacable perseguidor don Manuel Azaña y por los vencidos en octubre de 1934. ¿Qué sucede entonces? ¿Cuál es el ambiente general de España y el particular del ejército?

Pues, sucede que las derechas -al igual que las izquierdas tras la derrota electoral de 1933- no aceptan los resultados de las elecciones de febrero y se preparan abiertamente para reconquistar el poder aunque sea por la fuerza. Sucede que el ambiente general de España es de preguerra y que en los cuarteles no se habla de otra cosa que no sea sublevarse. Sucede que el gobierno, frontal y públicamente beligerante, ha roto con la democracia y se ha entregado a las masas que quieren la revolución y la dictadura del proletariado... y sucede -como diría Gil Robles- que la otra media España no está dispuesta a desaparecer.

¿O acaso no decía lo mismo José Antonio desde la cárcel Mo­ delo de Madrid en su «Carta a los militares de España»?... Ésta es su carta:

 

***

 

Militares de España, ante la invasión de los bárbaros: ¿Habrá todavía entre vosotros -soldados, oficiales españoles de tierra, mar y aire- quien proclame la indiferencia de los militares por la política? Esto pudo y debió decirse cuando la política se desarrollaba entre partidos. No era la espada militar la llamada a decidir sus pugnas, por otra parte harto mediocres. Pero hoy nos hallamos en presencia de una pugna interior. Está en litigio la existencia misma de España como entidad, y como unidad. El riesgo de ahora es exactamente equiparable al de una invasión extranjera. Y eso no es una fi­ gura retórica: la extranjería del movimiento que pone cerco a España se denuncia por sus consignas, por sus gritos, por sus propósitos, por su sentido.

Las consignas vienen de fuera, de Moscú. Ved cómo rigen, exactas, en diversos pueblos. Los gritos los habéis escuchado en las calles: no sólo el «¡Viva Rusia!» y el «¡Rusia, sí; España, no!», sino hasta el desgarrado y monstruoso «¡Muera España!» y no ha sido castigado nadie hasta ahora; en cambio, por gritar «¡Viva España!» o «¡Arriba España!» hay centenares de encarcelados. Si esta espeluznante verdad no fuera del dominio de todos, se resistiría uno a escribirla, por temor a pasar por embustero.

Los propósitos de la revolución son bien claros. La Agrupación Socialista de Madrid, en el programa oficial que ha redactado, reclama para las regiones y las colonias un ilimitado derecho de autodeterminación, que incluso les lleve a pronunciarse por la independencia.

El sentido del movimiento que avanza es radicalmente antiespañol... Hoy se ha enseñoreado España de toda villanía; se mata a la gente cobardemente (cien contra uno); se falsifica la verdad por las autoridades; se injuria desde inmundos libe­ los y se tapa la boca a los injuriados para que no se puedan defender; se premian la traición y la soplonería...

¿Es esto España? ¿Es esto el pueblo de España? Se dijera que vivimos una pesadilla o que el antiguo pueblo español -sere­no, valiente, generoso- ha sido sustituido por una plebe frenética, degenerada, drogada con folletos de literatura comunista. Sólo en los peores momentos del siglo XIX conoció nuestro pueblo horas parecidas, sin la intensidad de ahora. Los autores de los incendios de iglesias que están produciéndose en estos instantes alegan, como justificación, el rumor de que las monjas han repartido entre los niños de obreros caramelos envenenados. ¿A qué páginas de esperpento, a qué España pintada con chafarrinones de bermellón y de tizne hay que re­ montarse para hallar otra turba que preste acogida a semejante rumor de zoco?

El ejército, salvaguardia de lo permanente. Sí; si sólo se disputara el predominio de éste o de otro partido, el ejército cumpliría con su deber quedándose en sus cuarteles. Pero hoy estamos en víspera de la fecha -¡pensadlo, militares españoles!- en que España pueda dejar de existir. Sencillamente: si por una adhesión a lo formulario del deber permanecéis neutrales en el pugilato de estas horas, podréis encontraros, de la noche a la mañana, con que lo sustantivo, lo permanente en España, que servíais, ha desaparecido. Éste es el límite de vuestra neutralidad; la subsistencia de lo permanente, de lo esencial, de aquello que pueda sobrevivir a la diversa suerte de los partidos. Cuando lo permanente mismo peligra, ya no tenéis derecho a ser neutrales. Entonces ha sonado la hora en que vuestras armas tienen que entrar en juego para poner a salvo los valores fundamentales, sin lo que es vano simulacro la disciplina. Y siempre ha sido así, la última partida es siempre la partida de las armas. A última hora -ha dicho Spengler- siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización.

Tendríais derecho a haceros los sordos si se os llamara para que cobijaseis con vuestra fuerza una nueva política reaccionaria. Es de esperar que no queden insensatos todavía que as­ piren a desperdiciar una nueva ocasión histórica -la última­ en provecho de mezquinos intereses. Y si los hubiera, caería sobre ellos todo vuestro rigor y nuestro rigor. No puede invocarse el supremo honor del ejército, ni señalar la hora trágica y solemne de quebrantar la letra de las Ordenanzas para que todo quedase en el refuerzo de una organización económica en gran número de aspectos injusta. La bandera de lo nacional no se tremola para encubrir la mercancía del hambre. Millones de españoles perecen y es de primera urgencia remediarlo. Para ello habrá que lanzar a toda máquina la gran tarea de la reconstrucción nacional: ello implicará sacrificio para los que hoy disfrutan de una posición demasiado grande en la parva vida española. Pero vosotros -templados en la religión del servicio y el sacrificio-y nosotros -que hemos impuesto voluntariamente a nuestra vida un sentido ascético y militar­ enseñaremos a todos a soportar el sacrificio con cara alegre. Con la cara alegre del que sabe que a costa de algunas renuncias en lo material salva el acervo eterno de los principios que llevó a medio mundo, en su misión universal, España.

Ojalá supieran estas palabras expresar en toda su gravedad el valor supremo de las horas en que vivimos. Acaso no las haya pasado más graves, en lo moderno, otro pueblo alguno, fuera de Rusia. En las demás naciones, el Estado no estaba aún en manos de traidores; en España, sí. Los actuales fiduciarios del Frente Popular, obedientes a un plan trazado fuera, descarnan de modo sistemático cuanto en la vida española pudiera ofrecer resistencia a la invasión de los bárbaros. Lo sabéis vosotros -soldados españoles del ejército, de la marina, de la aviación, de la Guardia Civil, de los Cuerpos de Seguridad y Asalto-, despojados de los mandos que ejercíais, por sospecha de que no ibais a prestaros a la última traición. Lo sabemos nosotros, encarcelados a millares, sin proceso, y vejados en nuestras casas por el abuso de un poder policíaco desmedido, que hurgó en nuestros papeles, inquirió nuestros hogares, desorganizó nuestra existencia de ciudadanos libres y clausuró los centros abiertos con arreglo a las leyes, según proclama la sentencia de un Tribunal que ha tachado de indigna censura gubernativa. No se nos persigue por incidentes más o menos duros de la diaria lucha en que todos vivimos; se nos persigue -como a vosotros- porque se sabe que estamos dispuestos a cerrar el paso a la horda roja destinada a destruir a España. Mientras los semiseñoritos viciosos de las milicias socialistas remedan desfiles marciales con sus camisas rojas, nuestras camisas azules, bordadas con la flecha y el yugo de los grandes días son secuestrados por los esbirros de Casares y de sus pondos. Se nos persigue porque somos -como vosotros­ los aguafiestas del regocijo con que, por orden de Moscú, se pretende disgregar a España en repúblicas soviéticas independientes. Pero esta misma suerte que nos une en la adversidad tiene que unirnos en la gran empresa. Sin vuestra fuerza -sol­ dados-, nos será titánicamente difícil triunfar en la lucha. Con vuestra fuerza claudicante es seguro que triunfe el enemigo. Medid vuestra terrible responsabilidad. El que España si­ ga siendo depende de vosotros. Ved si esto no os obliga a pasar sobre los jefes vendidos o cobardes, a sobreponeros a vacilaciones y peligros. El enemigo, cauto, especula con vuestra indecisión. Cada día gana unos cuantos pasos. Cuidad de que al llegar el momento inaplazable no estéis ya paralizados por la insidiosa red que alrededor os tejen. Sacudid desde ahora mismo sus ligaduras. Formad desde ahora mismo una unión, una unión firmísima, sin esperar a que entren en ella los vacilantes. Jurad por vuestro honor que no dejaréis sin res­ puesta el toque de guerra que se avecina.

Cuando hereden vuestros hijos los uniformes que ostentasteis, heredarán con ellos, o la vergüenza de decir: «Cuando vuestro padre vestía este uniforme, dejó de existir lo que fue España», o el orgullo de recordar: «España no se hundió por­ que mi padre y sus hermanos de armas la salvaron en el momento decisivo.» Si así lo hacéis, como dice la fórmula antigua del juramento, que Dios os lo premie, y si no, que os lo de­ mande. ¡Arriba España!, Madrid, 4 de mayo de 1936.

 

***

 

Pero Franco, el mismo Franco que salvó la República democrática en 1934 y que en 1935 y que 1936 todavía quiso salvaguardar la legalidad republicana era mucho más frío que José Antonio y que Calvo Sotelo e, incluso, que Gil Robles. Franco recapacita, mide, sopesa, estudia, medita y frena a los compa­ ñeros que le urgen... sí, está de acuerdo en que el ejército no puede cruzarse de brazos ni esconder la cabeza debajo de las alas cuando España está en peligro de muerte, pero hasta última hora puede haber una solución, tal vez un milagro.

Por eso, un día del mes de junio, a menos de un mes visto del 18 de julio, se sienta a la máquina y escribe una delicada carta al ministro de la Guerra, su ministro, don Santiago Casares Quiroga, que también es jefe del Gobierno. Una carta que sería histórica, aunque no tuviese respuesta. Ésta es la carta:

 

***

 

Respetado ministro: es tan grave el estado de inquietud que en el ánimo de la oficialidad parecen producir las últimas medidas militares, que contraería una grave responsabilidad y faltaría a la lealtad debida si no le hiciese presente mis impresiones sobre el momento castrense y los peligros que para la disciplina el ejército tienen la falta de interior satisfacción y el estado de inquietud moral y material que se percibe, sin palmaria exteriorización, en los cuerpos de oficiales y suboficiales. Las recientes disposiciones que reintegran el ejército a los jefes y oficiales sentenciados en Cataluña, y la más moderna de destinos antes de antigüedad y hoy dejados al arbitrio ministerial, que desde el movimiento militar de junio del 17 no se habían alterado, así como los recientes relevos, han despertado la inquietud de la gran mayoría del ejército. Las noticias de los incidentes de Alcalá de Henares con sus ante­ cedentes de provocaciones y agresiones por parte de lamentables extremistas, concatenados con el cambio de guarniciones, que produce, sin duda, un sentimiento de disgusto, desgraciada y torpemente exteriorizado, en momentos de ofuscación, que interpretado en forma de delito colectivo tuvo gravísimas consecuencias para los jefes y oficiales que en tales hechos participan, ocasionando dolor y sentimiento en la colectividad militar. Todo esto, excelentísimo señor, pone aparentemente de manifiesto la información deficiente que, acaso, en este aspecto debe llegar a V. E., o el desconocimiento que los elementos colaboradores militares pueden tener de los problemas íntimos y morales de la colectividad militar. No desearía que esta carta pudiese menoscabar el buen nombre que posean quienes en el orden militar le informen o aconsejen, que pueden pecar por ignorancia; pero sí me permito asegurar, con la responsabilidad de mi empleo y la seriedad de mi historia, que las disposiciones publicadas permiten apreciar que los informes que las motivaron se apartan de la realidad y son algunas veces contrarias a los intereses patrios, presentando el ejército bajo vuestra vista con unas características y vicios alejados de la realidad. Han sido recientemente apartados de sus mandos y destinos jefes, en su mayoría, de historial brillante y de elevado concepto en el ejército, otorgándose sus puestos, así como aquéllos de más distinción y confianza, a quienes, en general, están calificados por el noventa por ciento de sus compañeros como más pobres en virtudes. No sienten ni son más leales a las instituciones los que se acercan a adularlas y a cobrar la cuenta de serviles colaboraciones, pues los mismos se destacaron en los años pasados con dictadura y monarquía. Faltan a la verdad quienes le presentan el ejército como desafecto a la República; le engañan quienes simulan complots a la medida de sus turbias pasiones; prestan un desdichado servicio a la patria quienes disfracen la inquietud, dignidad y patriotismo de la oficialidad, haciéndoles aparecer como símbolos de conspiración y desafecto. De la falta de ecuanimidad y justicia de los poderes públicos en la administración del ejército en el año 1917, surgieron las Juntas Militares de Defensa. Hoy pudiera decirse virtualmente, en un plano anímico, que las juntas Militares están hechas.

Los escritos que clandestinamente aparecen con las inicia­ les de U.M.E. y U.M.R.A. son síntomas fehacientes de su existencia y heraldo de futuras luchas civiles si no se atiende a evitarlo, cosa que considera fácil con medidas de consideración, ecuanimidad y justicia. Aquel movimiento de indisciplina colectivo de 1917, motivado, en gran parte, por el favoritismo y arbitrariedad en la cuestión de destinos, fue producto en condiciones semejantes, aunque en peor grado, que las que hoy se sienten en los cuerpos del ejército. No le oculto a V.E. el peligro que encierra este estado de conciencia colectivo en los momentos presentes, en que se unen las in­ quietudes profesionales con aquellas otras de todo buen es­ pañol ante los graves problemas de la patria.

Apartado muchas millas de la península, no dejan de llegar hasta aquí noticias, por distintos conductos, que acusan que este estado que aquí se parecía, existe igualmente, tal vez en mayor grado, en las guarniciones peninsulares e incluso entre todas las fuerzas militares de orden público.

Conocedor de la disciplina, a cuyo estudio me he dedicado muchos años, puedo asegurarle que es tal el espíritu de justicia que impera en los cuadros militares, que cualquier medida de violencia no justificada produce efectos contraproducentes en la masa general de las colectividades al sentirse a merced de actuaciones anónimas y de calumniosas delaciones.

Considero un deber hacerle llegar a su conocimiento lo que creo una gravedad grande para la disciplina militar, que V.E. puede fácilmente comprobar si personalmente se informa de aquellos generales y jefes de cuerpo que, exentos de pasiones políticas, vivan en contacto y se preocupen de los problemas íntimos y del sentir de sus subordinados.

Muy atentamente le saluda su affmo. y subordinado, Francisco Franco.

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Como se ve era una carta modelo y, seguramente, el último deseo íntimo de Franco de evitar la tragedia de la Guerra Civil. Según algunos historiadores Franco escribió esta carta para des­ pistar al Gobierno y confundir a sus enemigos de uniforme. Hay otros que acusan a Franco de haber jugado sucio con los otros uniformes que ya estaban en la conspiración o para curarse en salud si las cosas rodaban mal y terminaba todo como el famoso «10 de agosto».

En mi criterio, Franco, aun teniendo todo eso en su mente, escribe al ministro presidente porque le sale del alma y porque hasta ultimísima hora confió en un milagro. No olvidemos que ese 23 de junio de 1936 todavía no ha muerto asesinado Calvo Sotelo... Franco tuvo fe precisamente hasta ese día: el día que asesinaron a Calvo Sotelo.

 

 

4.4. El asesinato de Calvo Sotelo inclinó la balanza

 

El hecho es que Franco mandó a Madrid la carta al presidente del Gobierno y ministro de la Guerra y se quedó a la espera. Confiado y esperanzado (según su ayudante y primo Franco Salgado-Araujo) en que habría respuesta y tal vez, tal vez, un milagro de última hora. ¡Increíble, pero cierto! A esas alturas de la «conspiración», Franco seguía creyendo que el choque brutal que se avecinaba entre las dos Españas todavía podía evitarse.

Y así vivió los últimos días de junio y los primeros de julio. Esperando una respuesta de Casares Quiroga y al mismo tiempo en contacto permanente con el general Mola... Aunque uno de esos días envió un mensaje cifrado por el conducto reglamenta­ rio de los conspiradores (el teniente coronel Valentín Galarza) que alarmó a los generales implicados: «Geografía poco extensa.» Era un golpe a la conspiración o al menos así lo recibió el «director» Mola, que hasta dio puñetazos al aire porque interpretó que Franco no se sumaba a la sublevación inminente.

Y esperando se quedó. Porque Casares Quiroga nunca respondió a la carta de Franco, el último intento de evitar la tragedia.

Y esperando estaba cuando llegó a Canarias el notición del asesinato de Calvo Sotelo a manos de fuerzas del propio Estado, con el capitán de la Guardia Civil Fernando Cortés Romero al frente. ¡Y eso fue definitivo!, porque Franco ya no dudó ni un segundo más y se puso a la cabeza de la acción, con mensajes a Mola, a los demás generales y a sus hombres de Marruecos.

«¡Ese atentado es la guerra!», gritó más que comentó Julián Zugazagoitia, el director de El Socialista y luego ministro de la Gobernación, al escuchar de boca de su «correligionario» (¿Luis Cuenca?), el autor material de los dos tiros en la nuca que acabaron con Calvo Sotelo, la noticia de la muerte del líder de las derechas[6].

«Julián, ese atentado es la guerra», dijo Indalecio Prieto al ser informado por Zugazagoitia de la muerte de Calvo Sotelo. Indalecio Prieto estaba pasando el fin de semana en el pueblo vasco de Pedernales, al pie del cabo Machichaco, en la ría de Mundana, junto al islote de Chacharramendi y frente al peñón de Izaro, un bello rincón de su tierra. «Ya lo sé, respondió el director de El Socialista, y por eso le aconsejo que se venga cuanto antes a Madrid. Aquí va a hacer falta.» (Zugazagoitia moriría fusilado al terminar la guerra).

«¡Esto es la guerra!», exclamó Azaña, ya presidente de la Re­ pública, en cuanto le comunicaron la muerte de Calvo Sotelo..., y según su cuñado Rivas Cherif, Azaña quedó tocado para el resto de su vida, pues fue ésa la gota de agua que colmó el vaso de su aparente fortaleza. No hay que olvidar que don Manuel Azaña, el hombre de la República, una de las mejores cabezas de su tiempo, un gran escritor y una buena persona al decir de los que le conocían bien, era cobarde por naturaleza (como lo de­ mostró cuando fue detenido el Comité Revolucionario en 1931 permaneciendo escondido a cal y canto durante meses mientras sus compañeros iban a la cárcel y luego en 1934, cuando la sublevación de Companys en Barcelona... y durante los tres años de Guerra Civil).

A este respecto, Indalecio Prieto cuenta en sus Memorias que la noche del 18 de julio tenía tal miedo que sólo preguntaba «¿Y ahora qué hacemos, qué hacemos?», y cuando el vasco le dijo «¿Ahora?, ahora esperar que entre por esa ventana un obús de las tropas que ya vienen a por nosotros», Azaña se puso pálido y casi se mete debajo de la mesa.

Y Gil Robles, el líder de la CEDA, dijo rotundamente en la sesión extraordinaria de la Diputación Permanente de las Cortes (entonces el Gobierno prohibió un Pleno para debatir el asesinato): «Muy vulgar, por muy conocida, pero no menos exacta, es la frase de que las revoluciones son como Saturno, que devoran a sus propios hijos. Ahora estáis muy tranquilos porque veis que cae el adversario. ¡Ya llegará un día en que la misma violencia que habéis desatado se volverá contra vosotros... dentro de poco vosotros seréis en España el Gobierno del Frente Popular del hambre y de la miseria, como ahora lo sois de la vergüenza, del fango y de la sangre»[7] .Y acabada la reunión de aquella Co­ misión de luto (y de despedida de las dos Españas) del día 15 de julio, Gil Robles cogió el tren y se marchó a Francia. ¡Era la guerra!

Y así lo entendió también el gran, grandísimo, Federico García Larca cuando aquella mañana del 13 fatídico le despertaron en su casa de la calle Alcalá, plaza de Gaya, para comunicarle la muerte de Calvo Sotelo, pues sin hablar apenas recogió sus co­ sas más elementales y lo dispuso todo para viajar a Granada. La noche anterior había leído a un grupo de amigos su nueva obra, La casa de Bernarda Alba, entre aplausos y abrazos. Lo que no sabía, no supo, ese día es que ya no volvería nunca y que la guerra, aquella guerra de la que ya hablaban todos, se lo tragaría ab­ surda y criminalmente.

¿Y Franco? ¿Qué hacía, qué hizo, franco tras conocer la muerte de Calvo Sotelo?

Como hombre de acción, y una vez sopesados los pros y los contras y habiendo intentado el milagro de última hora en vano, Franco pisa el acelerador y ya no para.

Aquella misma tarde-noche del día 13, todavía impresionado por el asesinato de Calvo Sotelo, les repite una vez más a sus más íntimos colaboradores (su primo y ayudante Franco Salgado-Araujo, el comandante jurídico Martínez Fuset y el coronel González Peral) lo que tantas veces había dicho durante los años republicanos:

 

«Al ejército no le es lícito sublevarse contra un partido ni contra una Constitución porque no le gusten; pero tiene el deber de levantarse en armas para defender a la Patria cuan­ do está en peligro de muerte.»

 

Y luego, ya en la madrugada del13 all4, se encierra consigo mismo y escribe de su puño y letra el siguiente «Manifiesto a los españoles»:

 

***

 

¡Españoles! A cuantos sentís el santo nombre de España, a los que en las filas del Ejército y la Armada habéis hecho profesión de fe en el servicio de la Patria, a cuantos jurasteis defenderla de sus enemigos hasta perder la vida, la nación os llama a su defensa. La situación en España es cada día más crítica; la anarquía reina en la mayoría de los campos y pueblos; autoridades de nombramiento gubernativo presiden, cuando no fomentan, las revueltas, a tiro de pistola y ametralladoras se dirimen las diferencias entre los asesinos que alevosa traidoramente os asesinan, sin que los poderes públicos impongan la paz y la justicia. Huelgas revolucionarias de todo orden paralizan la vida de la población arruinando y destruyendo sus fuentes de riqueza y creando una situación de hambre que lanzará a la desesperación a los hombres trabajadores. Los monumentos y tesoros artísticos son objeto de los más enconados ataques de las hordas revolucionarias, obedeciendo a la consigna que reciben de las directivas extranjeras, con la complicidad y negligencia de los gobernadores de monterilla. Los más graves delitos se cometen en las ciudades y en los campos, mientras las fuerzas de orden público permanecen acuarteladas, corroídas por la desesperación que provoca una obediencia ciega a gobernantes que intentan deshonrarles. El Ejército, la Marina y demás institutos armados son blanco de los más soeces y calumniosos ataques, precisamente por parte de aquellos que debían velar por su prestigio, y, entretanto, los estados de excepción y de alarma sólo sirven para amordazar al pueblo y que España ignore lo que sucede fuera de las puertas de sus villas y ciudades, así como también para encarcelar a los pretendidos adversarios políticos.

La Constitución, por todos suspendida y vulnerada, sufre un eclipse total; ni igualdad ante la ley; ni libertad, aherrojada por la tiranía; ni fraternidad, cuando el odio y el crimen han sustituido el mutuo respeto; ni unidad de la Patria, amenaza­ da por el desgarramiento territorial, más que por regionalismos que los Poderes públicos fomentan; ni integridad ni defensa de nuestra frontera, cuando en el corazón de España se escuchan las emisoras extranjeras anunciar la destrucción y reparto de nuestro suelo. La Magistratura, cuya independencia garantiza la Constitución, sufre igualmente persecuciones y los más duros ataques a su independencia. Pactos electora­ les, hechos a costa de la integridad de la propia Patria, unidos a los asaltos a Gobiernos Civiles y cajas fuertes para falsear las actas formaron la máscara de legalidad que nos presidía.

Nada contuvo las apetencias del Gobierno: destitución ilegal del moderador, glorificación de las revoluciones de Asturias y Cataluña, una y otra quebrantadora de la Constitución, que en nombre del pueblo era el Código fundamental de nuestras instituciones.

Al espíritu revolucionario e inconsciente de las masas, engañadas y explotadas por los agentes soviéticos, se ocultan las sangrientas realidades de aquel régimen que sacrificó para su existencia 25.000.000 de personas, se unen la molicie y negligencia de autoridades de todas clases que, amparadas en un Poder claudicante, carecen de autoridad y prestigio para imponer el orden en el imperio de la libertad y de la justicia.

¿Es que se puede consentir un día más el vergonzoso espectáculo que estamos dando al mundo? ¿Es que podemos abandonar a España a los enemigos de la Patria, con proceder cobarde y traidor, entregándola sin lucha y sin resistencia?

¡Eso, no! Que lo hagan los traidores; pero no lo haremos quienes juramos defenderla.

Justicia, igualdad ante las leyes, ofrecemos.

Paz y amor entre los españoles; libertad y fraternidad, exenta de libertinajes y tiranías.

Trabajo para todos, justicia social, llevada a cabo sin encono ni violencia y una equitativa y progresiva distribución de riqueza, sin destruir ni poner en peligro la economía española.

Pero, frente a esto, una guerra sin cuartel a los explotadores de la política, a los engañadores del obrero honrado, a los extranjeros y a los extranjerizantes, que, directa o solapadamente, intentan destruir a España.

En esos momentos es España entera la que se levanta pidiendo paz, fraternidad y justicia; en todas las regiones el Ejército, la Marina y fuerzas de Orden Público se lanzan a defender la Patria.

La energía en el sostenimiento del orden estará en proporción a la magnitud de la resistencia que se ofrezca.

Nuestro impulso no se determina por la defensa de unos intereses bastardos ni por el deseo de retroceder en el camino de la Historia, porque las instituciones, sea cuales fuesen, deben garantizar un mínimo de convivencia entre los ciudadanos, que, no obstante, las ilusiones puestas por tantos españoles, se han visto defraudadas pese a toda la transigencia y comprensión de todos los organismos nacionales, con una res­ puesta anárquica cuya realidad es imponderable.

Como la pureza de nuestras intenciones nos impide el yugular aquellas conquistas que representan un avance en el mejoramiento político social, el espíritu de odio y venganza no tiene albergue en nuestro pecho; del forzoso naufragio que sufrirán algunos ensayos legislativos, sabremos salvar cuanto sea compatible con la paz interior de España y su anhelada grandeza, haciendo reales en nuestra Patria, por primera vez y en este orden, la trilogía: fraternidad, libertad e igualdad.

Españoles: ¡Viva España! ¡Viva el honrado pueblo español! Tetuán, 17 de julio de 1936.

 

***

 

Bueno, y ya no hubo más. Mejor dicho, todavía Franco acertó cuando dijo al subirse al Dragón Rapide que le conduciría a Tetuán para ponerse al frente del ejército de Marruecos: «No con­ fundiros. Esto va a ser una guerra larga y cruenta.»

Tan larga que duró desde el18 de julio de 1936 al1 de abril de 1939... y tan cruenta que en el camino quedaron un millón de muertos.

Y aquí termina esta obra. Porque lo que vino después ya es otra historia.

 

 

 

[1] José María Gil Robles nació en Salamanca en 1898. Estudió leyes en su ciudad natal y en 1922 ganó por oposición la Cátedra de Derecho Político de la Universidad de La Laguna, aunque poco después pidió la excedencia y se trasladó a Madrid, donde ingresó en El Debate. Comenzó su actuación política en el Partido Social Popular. En 1931 fue elegido diputado por Salamanca para las Cortes Constituyentes de la República, formó parte de Acción Nacional y presidió Acción Popular, nuevo nombre que adoptó este partido. Destacó como un gran orador y fue el creador y líder indiscutible de la de­ recha católica en su partido la CEDA.

[2] Este libro de memorias de José María Gil Robles fue publicado en 1978 por la Editorial Planeta, Barcelona.

[3] Como puede verse por su claridad, lo que Gil Robles quiere, desea y pide en esos momentos es que el ejército le saque las castañas del fuego. Es decir, que agrupados en tomo a sus mandos naturales los militares se hagan con el poder para luego, eso sí, entregárselo a él. ¿Y en quién está pensando cuando habla de mandos naturales? Tres lí­ neas más abajo se descubre a sí mismo, aunque no cite el nombre de Franco... porque él sabe que el ejército hará lo que diga Franco.

[4] Joaquín Arrarás, Historia de la Segunda República, op. cit.

[5] Ese día se estaba hablando de que Franco preparaba un golpe y no era verdad. Por eso lo resalta el mismo jefe de Gobierno.

[6] Ian Gibson, La noche en que mataron a Calvo Sotelo, op.cit.

[7] Ian Gibson, La noche en que mataron a Calvo Sotelo, op. cit.